Lectura de Crónica de la intervención y La plenitud del amor

Esta es la tercera parte de un viejo artículo en el que detallaba allá por 1990 algunos asuntos referentes a la serie de novelas que he llamado El libro de la vida. Hoy, 27 años después, el proyecto ya no tiene cuatro novelas sino siete y La plenitud del amor está guardada.

El último volumen de la serie El libro de la vida, que he titulado La plenitud del amor, El libro de la Vida IV, ya está escrito y corregido, pero es un texto demasiado difícil, que linda peligrosamente con lo cursi, pues por primera vez afronto sin tapujos el tema del amor (ya no solamente el del erotismo y los simulacros del amor). La responsabilidad que afronto en el último volumen es grande: se trata, ni más ni menos, que de llegar a unas conclusiones sobre el amor. Se me ocurre que quiero hacer algo como una Fenomenología del espíritu pero aplicada al tema del amor, pero sin el abstruso y confuso estilo hegeliano, que acaso solamente Adolfo Sánchez Vázquez entienda en México. Entiendo que todo esto suena pretensioso, pero qué vamos a hacer: cuando uno desde chiquito se soñó Cervantes no tiene otra alternativa que hacerse ilusiones y trabajar para estar a la altura de ellas. Leí también otro proyecto enciclopédico, pero me perdí en él. Me refiero a Crónica de la intervención de Juan García Ponce. Escribí sobre el primer volumen de esta obra lo siguiente: "De tanto leer y admirar la literatura alemana, Juan García Ponce ha terminado por escribir como Hegel. Esto, que puede sonar como una censura, también puede resultar un elogio. Quien haya leído o intentado leer La fenomenología del espíritu --o más bien la traducción disponible en español-- sabrá a qué me refiero. Esas frases abstrusas, largas, laberínticas, con verbos puestos como piedras infranqueables, que deben leerse hasta cinco veces para ser comprendidas, revelan la dificultad de una lógica muy particular, a la que se ha acercado García Pone no sé si por ósmosis, conscientemente o por falta de claridad mental. No siempre escribió este autor de forma tan confusa (sus primeros cuentos son de claridad meridiana) pero tampoco ha llegado antes tan a fondo en sus indagaciones sobre una serie de problemas que poco les importan a otros escritores mexicanos (Salvador Elizondo y especialmente Juan Vicente Melo son dos que le son afines). Las anteriores reflexiones me las hago después de terminar la lectura del primer volumen de Crónica de la intervención. ¿Qué es este mamotreto? Aventuro una respuesta. Es la novela de una generación, de un grupo, de una complicidad. Si bien puede leerse como novela simplemente, el placer de la lectura se redobla cuando se descubren ciertas claves, que tienen que ver con el establecimiento cultural mexicano del presente. Francisca Pimentel parece ser Inés Arredondo; Heriberto Bolaños, Huberto Batis; Gurría, Gurrola; Esteban debe ser J.G. Ponce; Diego Rodríguez, José Revueltas; Horacio Peña, quizá Juan Vicente Melo. Siendo una obra monumental (la edición mexicana, dividida en dos partes, suma 1074 páginas, en letra pequeñísima, apretada, no apta para miopes). No sé si la crítica mexicana le ha metido el diente. Sé que un jurado integrado por José María Espinasa, Pérez Gay y otra persona le concedieron un premio y sé que hubo quien impugnó tan decisión (creo que fue René Avilés), afirmando que debía habérsele dado a Tinísima, de Elena Poniatowska. ¿Qué es Crónica de la intervención, esa novela grande que tardó más de diez años para editarse en México --ya había sido editada en España y recibido atención de autores como Rafael Humberto Moreno Durán, cuando en México se la ignoraba (y hasta donde sé se la sigue ignorando o existe apenas como un mito, al que pocos estudiosos o reseñistas se atreven a acercarse). Es la crónica de un fracaso, es decir, la crónica del paso del tiempo --que siempre resulta en fracaso, como lo quiso probar Proust en más de 3500 páginas-- y de la evolución de un grupo de amigos promiscuos y cultos, que buscaban, como todos los grupos, como todos los seres humanos, un sentido, una justficación para sus existencia. Quien se atreva a escribir sobre esta obra correrá siempre un riesgo: no estará a la altura de la obra, porque su complejidad --incluso su confusión-- son tales, que sacar algo en claro es no sólo ambicioso sino absurdo. Pienso que tras este proyecto hay una intención semejante a la de Proust, a la de Durrel, creadores de largas series de novelas que persiguen a sus personajes a lo largo de los años, tratando de meter, como aderezo, una situación política, vivencial, que sirve como paisaje pero no siempre ayuda a los efectos estéticos de la novela. ¿Qué tanto ayuda el asunto Dreyfus a hacer de En busca del tiempo perdido una novela interesante? ¿O qué tanto importa la situación política de Alejandría a un lector de Andorra u Osaka? Me atrevo a afirmar que muy poco. En general las novelas psicológicas, que basan su interés en el desarrollo de una serie de individualidades, pertenecen a una categoría ahistórica y es por ello que los novelistas bien podrían olvidar los aderezos históricos en aras de narrar historias limpias de sargazos y aserín.

Marco Tulio Aguilera

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