Las enseñanzas de Juan García Ponce

Este es el cuarto artículo, escrito hace casi quince años, sobre las incidencias de la escritura de lo que he llamado El libro de la vida.

Hay una gran cantidad de historias que se entretejen en Crónica de la intervención: las narraciónes de Anselmo y Estéban, que comparten una mujer (Creo que la única frase que conocen todos los que se hallan metidos en el asunto de la literatura en México sobre Crónica.. es aquella con que se inicia: "Quiero que me cogan todo el día y toda la noche", frase que parece anunciar una orgía de todos los colores y sabores, algo semejante a Justine o las desventuras de la virtud de Sade (es claro que García Ponce tiene un modelo en Sade, más que en Bataille o Klossoski), pero que luego resulta en un falso anuncio: Inmaculada o los placeres de la inocencia, del mismo García Ponce, es mucho más fuerte en el aspecto erótico, o pornogáfico, como preferiría designarlo G. Ponce); también está la historia de Mariana, la mujer compartida, que tiene un doble en María Inés; tenemos la historia de José Ignacio y María Inés, un matrimonio de clase media alta; la narración de los avatares eróticos de Evodio, el chofer del matrimonio anterior, y su relación con las sirvientas de la casa. Además se narran los eventos en torno al Festival de la Juventud, que acompañó a las Olimpiadas y a la masacre del 68. Como en la mayor parte de las obras anteriores de García Ponce, lo que importa son dos cosas: el comportamiento erótico (el deseo, "la alta torre del deseo") de los personajes y lo que se halla más allá de todo, es decir, el significado, lo trascendente dentro de lo contingente. Hay varias "tesis" identificables en esta novela: 1. Todo se diluye en palabras, no somos más que palabras. 2. Nadie es lo que cree ser. 3. La novela no es otra cosa que un pretexto para exteriorizar las obsesiones del escritor. 4. Casi todos los personajes carecen de una fe (a excepción de Diego Rodríguez, pseudónimo de José Revueltas, quien es admirado y compadecido por el autor-narrador) y todos tienen nostalgia de certezas. 5. Sólo la locura permite que que los personajes permanezcan relativamente lúcidos. 6. Nadie es inocente. 6. Sólo entregando una mujer a otro, es posible poseerla plenamente. Por otra parte, García Ponce se permite jugar con la novela, romper todas las reglas, intervenir como autor, criticar su propia obra, llenarla de ramazones, de absurdos, de escenas que parecen carecer de importancia. Con ello lo que hace es escupir en el tiempo presente y privilegiar su propio capricho: Escribo como se me da la gana, lo que se me ocurre y no obedezco a preceptiva alguna. Pretende meter en una sola novela un mundo que depende de "su" realidad vivida y con ello imponer su propia lógica a la lógica de la "cultura" actual, que quiere fijar nuevas reglas a los novelistas: efectividad, selectividad, efectismo, dependencia de la anécdota sin significados ulteriores, sencillez, es decir, acercamiento al mundo plano del cine. García Ponce se enraiza en su convicción de que la novela tiene un sentido y que el novelista debe luchar por su pervivencia". Las notas anteriores sobre la primera parte de Crónica de la intervención las escribí hace tres años, cuando estaba en la mitad del proyecto de El Libro de la Vida. Desde que comencé a trabajar en el proyecto todas mis lecturas son de tarea. La idea es leer grandes novelas (en tamaño) para entender qué es lo que las hace memorables y que los que las convierte en mamotretos. De Crónica de la intervención saqué en claro que no se puede dejar volar la memoria impunemente y que uno debe respetar al lector, buscando una coherencia. Nadie tiene el derecho a imponer su caos a los caos ajenos: en eso consiste el arte del arte: en hacer coherente para los demás lo que parece coherente solamente para el autor. Las reseñas que he leído hasta ahora de esta enormne novela de García Ponce, son en general laudatorias. Me parece que se elogia el paginaje y la intención, pero no se pone un juicio equilibrado al resultado. Creo haber escuchado que la novela se la dictó García Ponce a José Luis Rivas y quedó tal y como la escuchó el poeta. Siendo así las cosas, entiendo el tamaño y los resultados. Tal vez un día me anime a leer la segunda parte, pero no estoy muy seguro de ello. Si alguien se atreve a editar (a recortar, sacar líneas básicas, ordenar) la novela, me facilitaría las cosas. Para consuelo de puristas he de decir que me gustaría que alguien hiciera lo mismo con En busca del tiempo perdido, que sería una de las más hermosas novelas del mundo, si sus siete volúmenes se vieran reducidos a uno.

Marco Tulio Aguilera

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