Cuento con muñeca inflable

Pequeño cuento con muñeca inflable y final feliz

Un amigo, escritor jalapeño cuyo nombre no voy a pronunciar, tenía un hijo excesivamente tímido y poco agraciado. Mi amigo, preocupado por el poco interés de su hijo por las mujeres, decidió hacer un movimiento algo atrabiliario: le compró una muñeca inflable. 
        Por la muñeca inflable, de nombre Lovella, rostro sereno e impasibilidad ante los embates del joven (apenas si emitía un tenue y sugestivo lamento cuando era intervenida por alguno de sus vínculos amatorios) el muchacho desarrolló una dependencia que llegó a ser preocupante. Se encerraba días enteros con su amada y cuando salía de su encierro estaba pálido, lucía cansado, ostentaba unas ojeras de Trimalción y una languidez de muerte próxima.
     Un día el muchacho apareció en casa con una mujer tan perjudicada por la vida como él. Dijo me voy a casar. 

      Se casó, tuvo hijos y fue, fueron, felices.
     Lovella permanece sentada en la sala de la casa de la pareja: inflada siempre, limpia, sonriente, se ha convertido en el dios titular de esta familia feliz. 
Mi amigo escritor me ha dicho que considera que ha cumplido con el sagrado deber de ayudarle a su hijo a encontrar un sitio adecuado en el mundo y que puede morir feliz.
En cuanto a su obra, mi amigo sabe que vale poco, pero eso en realidad no le importa mucho.


Marco Tulio Aguilera

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