SALVAJE, la salvaje novela de Guillermo Arriaga

Cuando abro por primera vez la novela  de algún amigo, lo hago con emoción y cierto temor; con emoción porque me hace feliz saber que aquéllos a quienes aprecio forman parte de mi mundo y cumplen con algunas expectativas a las que aspiro al escribir mis libros; con temor porque siempre existe la posibilidad de que me desilusionen: me parece que cuando un amigo escribe lo que me parece un mal libro, se aleja un poco, y comienza a ser menos amigo. Sé que esto que digo es absurdo pero me parece explicable en una persona que resulta ser intolerante en el tema de la calidad literaria.
Compré El salvaje tras haberlo rastreado por semanas en varias ciudades y en cuanto lo tuve en mis manos comencé e leerlo.
Tras un buen inicio hallé algunas debilidades estilísticas que me hicieron dudar de que una novela tan voluminosa (casi 700 páginas) lograra mantener mi atención. Más adelante, la historia me comenzó a atrapar y ya no me fue importante la escasa elaboración estilística. Resulta ser el recorrido casi biográfico por la vida de un rebelde, o más bien un salvaje, que tiende la mano descaradamente hacia los dones de la vida y que recibe de ella incontables reveses y malaventuaras. Las desventuras agobian al protagonista: asesinado atrozmente su hermano por un grupo de fundamentalistas cristianos, muertos sus padres en un accidente de tránsito, descubre que su amante se acostaba son su hermano y con  varios del vecindario.
Lo que pinta Arriaga es un mundo violento, despiadado, de disputas entre bandas, peleas de perros,  mundo de territorios delimitados: los Nazis, los Defensores de Cristo, los narcos, las autoridades venales e inescrupulosas, las azoteas del Barrio Modelo en la Ciudad de México (un auténtico universo al margen de las calles). Simultáneamente con las narraciones de la vida desventurada de Juan Guillermo, el protagonista, aparecen entreverados fragmentos de narraciones de la existencia de un perro lobo y de un mercenario norteamericano (lo que me hace pensar en la estructura de la famosa película Amores perros, de la que fue guionista Arriaga): capítulos cortos, casi fulgurantes, entreverados con la historia central: estructura netamente cinematográfica (se cortan las historias para dar paso a otras; se alternan; se continúan, creando varios focos de interés).
Particularmente dramáticas son las historias de la relación entre el protagonista, huérfano, azotado por todas las inclemencias de la vida, y el perro lobo (que resulta ser un lobo pura sangre): un salvaje enfrentando a otro salvaje, los dos buscando imponer sus leyes. El protagonista, Juan Guillermo, a partir de tantas desgracias y de su propósito febril de conseguir venganza contra los que asesinaron de la forma más despiadada a su hermano, se convierte en un ser que deja salir la parte bestial de su persona, se torna, pues, un  salvaje, tan feroz como el lobo; como ese lobo llamado Colmillo, que termina siendo compañero de vida, su cómplice.
La amante infiel, Chelo, personaje muy destacado, secundario pero fundamental, no es el prototipo de la mujer seductora, atractiva, misteriosa, sino un ser físicamente defenestrado, débil de carácter, propicia a la depresión (que la lleva a acostarse con cualquiera que esté cerca). Chelo cojea, chorrea semen ajeno, desaparece, regresa, desgarra con sus relatos de infidelidades a Juan Guillermo. Me recuerda a uno de los personajes más memorables de la narrativa contemporánea, la insignificante Lisbeth Salander, de Millenium, la trilogía novelística de Stieg Larssen, que logra desmantelar la estructura de poder corrupto de todo un país, a lo que llega después de haber sido violada, vejada, sepultada, casi resucitada y humillada hasta el tuétano.
Salvaje es una novela salvaje, tramada con frialdad racional, matemática, por un narrador ducho en las técnicas cinematográficas;  es una obra grande (casi 700 páginas) que nos lleva  de las guerras soterradas entre las bandas de la Ciudad de México a la cruda existencia de los cazadores solitarios en las montañas nevadas, inhóspitas y casi intocadas el Yukón; es un apretado itinerario de vida que nos obliga a asistir al crimen tramado con sevicia  y al  espanto faulkneriano de la convivencia con el  cadáver de un ser amado; es un testimonio de descargo que nos lleva de la mano, casi como testigos implicados,  a una travesía de terco y desigual amor (el protagonista es casi un adolescente; su amada es una mujer madura, ducha en los lechos) que acompaña y en cierta manera justifica la necesaria venganza.
Hay en la novela un emparentamiento (espiritual) entre la bestia (el lobo) y el protagonista, vínculo que nos permite atisbar la parte oscura del ser humano, esa sombra que según Jung, debemos asumir los humanos para reconocernos como lo que somos en lo más íntimo: más que divinos: satánicos, es decir, salvajes.
El final de la obra es un canto a la libertad y un canto al poder de la voluntad sobre la fuerza del destino.


Muchos reparos podría hacerle a la edición pero me los guardo. Me quedo con la memoria de una semana de lectura intensa como pocas.

Marco Tulio Aguilera

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