Historia de todas las cosas: ¿la mejor novela?

Hace varios años un amigo escritor nicaraguense escribió una de las más entusiastas reseñas de mi novela Historia de todas las cosas.  La publiqué en este blog, pero con una tipografía demasiado pequeña, lo que la hace ilegible. La estoy volviendo a reproducir, ahora con tipografía más grande, lo que la hace, obviamente, más legible.

Guillermo Goussen Padilla
 Lo diré de la manera más rápida, sin ambages ni paños tibios, sin “dar la con dulce” ni “el avión”: Historia de todas las cosa ha sido la mejor novela recién editada que he leído en las últimas dos décadas (hago esta aclaración porque en este lapso, por ejemplo, he devorado tardíamente La montaña mágica y otras obras ya clásicas que, con suerte, han pasado para mí la prueba del añejo), así como puedo asegurar que Frío de vivir, de  Carlos Castán, es el libro de cuentos que más me ha conmocionado en este periodo aludido.
Así las cosas, debo confirmar por qué Marco Tulio Aguilera Garramuño, el autor de esta novela, merece tal afirmación de un reseñista sin enseña ni obligatoriedad, sin penas ni glorias, sin cargo alguno en las editoriales de postín ni muchos menos paga o lote de libros al calce.
Cuando terminé de leer la novela de Garramuño se me vinieron a la cabeza tres imágenes casi fotográficas:
1)      El joven soberbio que a principios de los setenta,  flaco como una percha y desgarbado, pero con una estatura muy conspicua en el territorio istmeño, todavía no puteaba como loco contra el establishment literario; el montañista caminante y corredor de largo aliento que confiaba en sus lecturas y en sus estudios académicos como un marino avezado cree ver en el libro del agua la ruta siempre certera hacia el mejor puerto. Un muchacho de 20 y pocos años que estaba escribiendo una obra monumental, pero (como dicen en América Latina) le faltaba un poco más de verde para ser perico. No obstante, en su cortedad, el tipo se aventó con todos los fierros para pergeñar una novela que desde su génesis pensó como el fin de un malestar que ya chimaba o producía salpullido: darle fin a una fórmula multirreconocida y multipremiada: el realismo mágico o lo real maravilloso.

Marco Tulio -lo pienso así- siempre ha estado orgulloso de sus nombres latinos; quizá el Aguilera no le acomoda y por ello hasta ha hecho uso del Garramuño. Ha barajado una y otra vez cómo quieren que le digan para la posteridad. Amante de la palabra, ha buscado cómo, dónde y desde qué perspectiva acometer la empresa literaria que ya trae en mente: una novela que asocia mucho con los cronistas del Nuevo Mundo, como Gonzalo Fernández de Oviedo y su Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano, y a la que el entonces muchacho cachaco antepuso el “Breve” en un descuido del ego, quedando como Breve historia de todas las cosas.
Desde un comienzo, MTAG, el irreverente, intentaba hacer con los seguidores del realismo mágico los que Enrique González Martínez le hizo al modernismo con su “Tuércele el cuello al cisne…”
Toma como base la novela emblemática de Gabo, un poco de su técnica, pero luego se desentiende porque el no quiere hacer un plagio sino una ópera bufa, un remedo, una parodia que burla burlando se acerque a la iconoclasia, un pastiche, y para ello cuenta con una cultura sostenida por la lectura de todos los clásicos habidos y por haber. Sabe cómo se construye un espacio mítico-literario, le ha dado las tres vueltas al perro narrativo para acordar consigo mismo que Cervantes sigue siendo un vanguardista en asuntos de la voz cantante a la hora de relatar –un Cide Hamete Benengeli convertido en Mateo Albán, que a su vez es deudor de Mateo Alemán y su Guzmán de Alfarache-, le encantan los juegos verbales de Guillermo Cabrera Infante y el barroquismo de un Severo Sarduy, ha disfrutado las greguerías de Gómez de la Serna, el lenguaje escatológico de la picaresca española, admira cómo Rulfo pone a hablar a los muertos y los recicla en el tiempo sin tiempo que el mito vuelve perenne. Mientras todo sucede (o deja de suceder o sufre la procrastinación de un “ranador” que cuenta a sus compañeros de celda -¿les suena a Manco de Lepanto?- lo escrito en sus cuadernillos, propensos éstos a desaparecer o a ser utilizados como limpia culos por los “perfidiarios”) en su novela atreve algunos guiños a su panteón literario pues se siente como pez en las aguas procelosas de un Boom literario latinoamericano que se ha amafiado y que no le perdonará ser la Margarita que una estrella quiso coger. Tras su publicación en Argentina en Ediciones La Flor, la crítica le cargó el pesado fardo de epígono del realismo mágico y sucesor de GGM.
El mismo nativo de Aracataca dijo de él -palabras más, palabras menos- que Breve historia… debía ser la obra más importante de MTAG, como decirle a ese muchacho de 24 años que sería como el burro que había tocado la flauta.

2)      En los ochenta, tras un largo periplo por los Yunaites, las aguas siempre traicioneras de la academia, el periodismo literario y el Prêt-à-porterobligatorio para “escupir en rueda”, el pelao de amplios hombros, gran estatura y no patas flacas como su personaje Betóben Chúber recaló en Mexico, motivado por los pelos de una mujer que siempre jalan más que una yunta de bueyes. Y aquí buscó acomodo no tan Lejos de Veracruz, en Jalapa, y entre los outsiders intelectuales que Huberto Batis aglutinaba como reservoir dogs en su siempre memorable suplemento “Sábado”, de ese buen  periódico que el salinismo aniquiló, Unomásuno. Su columna “Descabezadero” fue partemadres, “guerrillera”, iconoclasta, antisistémica, aunque sus lectores tuviéramos que sufrir su ego sublimado a la n potencia (aquí tengo que aclarar que en mi vida he estado rodeado por muy buenos amigos “egoandantes”, como Guido Münch, Pablo Amor, Pepe Toño de Lara, Gustavo Peñalosa y “dos que tres” que no aguantarán la vara de ser balconeados. Sin embargo, debo decir que Marco Tulio no es mi amigo, como tampoco mi paisano Sergio Ramírez lo es, porque los amigos se buscan o buscan la oportunidad calva para verse, y eso está por verse…).

MTAG peleó su lugar en el establishment mexicano con estas banderas: soy un escritor culto con grados académicos. Nunca le besaré el pito a los que tienen poder. Gano los concursos en buena lid (los que no organizan las grandes editoriales), y no he construido mi casa en la nada, sino con el dinero de los premios, jejejeje. Como en México nunca me darán las becas de creador, puedo mentarle la madre a los mafiosos que las adjudican. Y la más cierta: soy un gran escritor que escribo sin afanes meretrices, pero buscando ser leído…
Y ahí es donde se ha equivocado, ya que él no es un escritor para lectores hebdomadarios ni "menstruarios", ni cautivos de las tristes estadísticas de América Latina, sino del lector “diarina y huevo”. Tampoco puede llegar a ser “de culto” pues tiene la necia idea de durar 130 años, por lo que no podrá competir con idolatrados como Roberto Bolaño ni Pedrito Infante. Es más, no se emborracha ni dispara “netas” para el futuro –como los Bukowski, Fante, etcétera-, mal punto para él.

Además, México, hay que decirlo, viene de una larga tradición que ha soslayado el realismo mágico, con su Julio Torri, Francisco Tario, Juan José Arreola, Pacheco, Fuentes y el  incombustible Rulfo, y menos ahora con los que hacen exotismo a la “visconversa”, o sea, los crackitos Volpi y Cia. Por eso a Garramuño le pesó la etiqueta de “epígono del realismo mágico”, “la zaga de Gabriel García Márquez”: mató un perro y le llamaron mataperros.
Pero no lo mató, porque condenado al ostracismo y a la etiqueta, los verdaderos epígonos como Isabel Allende y, en el caso de Nicaragua –que sí me interesa-, novelistas descubridores del hilo negro escupieron relatos de familias criollas o puertos fluviales y lacustres tan anacrónicos como el romanticismo más demodé.
Lo interesante es que MTAG siguió haciendo novelas y cuentos que no volvieron a tocar el tema “macondiano” ni reintentaron elevar al cielo a las paisanas continentales de Remedio La Bella por ninguna otra vía. Pero sí rescató a los Profesionales devenidos Intelectuales, y los frenápteros llenaron de genial locura el mundo garramuñano, para disfrute de nosotros, sus lectores.

3)      En este nuevo siglo se ve con más masa corporal y grasa, ha puteado como loco, escrito ya casi 30 libros, asistido a un chingo de congresos y presentaciones de su obra, ha visto cómo el poder le ha birlado uno y otro premio de las grandes editoriales, como el Alfaguara, para darlo a la mafiosa mayor de México por una mala novela llamada La piel del cielo. Para no renegar de su ego se ha puesto a nadar y, como toda persona competitiva, se ha dedicado a cosechar medallas categoría masters en las piscinas de Veracruz y anexas. Ah, ha dejado el básquet porque ya las “tabas” lo traicionan, pero quiere vivir 130 años…

Lo importante de este periodo es que viene trabajando su novela de 1974 “como si fuera la primavera…” ¿Con qué motivo si ya está editada y como dijo José Emilio Pacheco: “Yo publico para no seguir corrigiendo”?, uno se pregunta. Pero él –no lo olvidemos- ha tomado de referente al señor Miguel de Alcalá de Henares, y si éste sacó su segunda parte de El ingenioso hidalgo…”, ¿por qué Marco Tulio-Garrapata-Albán no debía ventilar su segunda versión -aunque el “ranador” siguiera en la cárcel por un delito que nunca cometió ni quedó registrado en  juzgado alguno y quizá sólo fue producto de su mente frenáptera?-: Historia de todas las cosas, así, sin “aljetivos” que apocopen, que reduzcan, que miniputeen. Porque MTAG ya piensa en el Nobel, y su humor es tan cabrón que sólo aspira a hacer reír a Dios, en el caso de que se confirmara su existencia y no compitiera con la capacidad facultativa y psipicuística de Mateo Albán.
Nunca leí Breve historia…pero tras devorar esta nueva versión llego a concluir que las doscientas páginas añadidas significan algo que sólo el Ulises griego y el de Joyce pueden confirmar: que los viajes ilustran a los lustrados, que en un segundo cabe hasta Borges y la trompeta de oro de Californio el simple, que la apoteosis es “eterna en cinco minutos”, que hay que joderse con lo que este cachaco de mierda y mirada fiera -pero que se ha vuelto un tranquilo san bernardo para sus lectores- ha aprendido en Mexicalpan de las Tunas.
¿Cuál aprendizaje? Cuestionó el Loco, y yo, que ya me he metido en la trama como un personaje de Woody Allen, le contesto: Hay muchos mexicanismos que enriquecen el mundo del historiador-literato encarcelado en San Isidro de El General, que la trama (¿existe?) me la creo más a partir de la interrupciones anacrónicas y “¡versallescas!”,  gritaría un estúpido cronista deportivo de la Televisa que ahora manda lavadólares a Nicaragua; que MTAG tiene los pelos de la mula literaria y los hila e hilvana como la Santa Flaca, esperando casamentarse con el Nobel siempre esperado en su larga espera desesperante (que no impaciente, la cual fue mal escribida por el “Borges” nica).
En este nuevo siglo, nuestro frenáptero ahora expuesto en esta reseña se encuentra con algo inédito: los cuatro mejores escritores colombianos viven en México (no me pregunten por qué, ya que es una pregunta que me hago a mí mismo cada día que con dios no me acuesto ni con dios me levanto, y menos con la gracia de dios ni la del espíritu santo). Ah, y por ahí mi amigo Ulisses Montoya cuestionaría la no inclusión de la Restrepo y su Delirio, pero yo le contestaría: Odio las tesis e ensayos (¿voy bien Marco Tulio?), por lo que no quiero extenderme para ganar puntos del “Snif” en la Academia. Entonces, visto lo visto (diría un gachupín peninsular, porque los hay deste lado de la Mar Océano, y son los peores porque tienen el síndrome de Cortés), se da la venturosa coincidencia de que los nietos de Vargas Vila (“amigo” del Paisano Inevitable; por favor, no le quiten las comillas mientras las islas de San Andrés y un cachimbo de cayos, como Roncador y Quitasueños, sigan en manos vallenateras) vivan en la “Región menos transparente del aigre”; que dos de ellos son exquisitos y muy cosmopolitas, y los otros “muy sinembargos”; o sea, que nada los conforma ni los asienta: uno por puto incomodaticio y anticardenalicio (por aquello del color púrpura), y el otro por puto contestatario, anarca frenáptero que va al cielo y va llorando… Pero Marco Aguilera (suena a Juan “Grabiel”, ¿no?), buscó a Gabo mientras el cerebro no se le obnubiló (al otro Grabiel), como quien busca sus señas de identidad (ésta te la debo Goytisolo), pero ya el mal estaba hecho: el viejo patriarca nunca aceptaría a quien se había “paseado” en su Otoño… Que no su coño.
Con Mutis ni insistir, a menos que lo buscara en el ¡Hola! Y Fernando Vallejo ya es un viejo muy amable, cuasi beatífico (“pero por favor no se lo digas nunca…”). Con esto bien podría cerrar el episodio de los escritores colombianos, y decir “fueron muy felices y comieron un cachimbo de perdices…” Pero no: por lo general cometo el error de que cuando empiezo a leer a alguien que me interesa, suelo también leer a sus coetáneos. Entonces me armé de la lectura de Héctor Abad Faciolince y su El olvido que seremos, y el premio Alfaguara 2011, Juan Gabriel (¿este juego me dice algo sobre alguna trompeta de algún arcángel?) Vázquez, El ruido de las cosas al caer. La primera novela, llamémosle testimonial, es una elegía a su padre, luchador ingenuo contra el poder omnímodo  del narcotráfico ya empoderado; la segunda, la premiada por quienes no han querido galardonar a MTAG y le prometieron el oro y el moro mientras le daban los ¿178,000? dólares a la Poniatowska, es una novela de regular manufactura cuya trama versa sobre el principio del tráfico de la droga, cuando los gringos nobles e ingenuos, cuasi cuáqueros, reclutaban a colombianos nobles e ingenuos para volar sobre el Caribe y llegar hasta la tierra de la libertad y el consumo pontífice… Mamadas pues, nada que contarle a dios.
Entretanto y entretenido, yo deambulaba con mi Historia de todas las cosas por parques y avenidas (me disgusta manejar porque me impide leer), hasta que un día decidí entrar a una cantina de antaño, en el Centro Histórico, y luego de una cerveza se me ocurrió ir al mingitorio y dejar mi libro. Mi castigo no obedeció al robo, sino a tener esta puta edad y todavía creer que el México que conocí en los años setenta me seguía aguardando con su tiempo mítico, invulnerable y maniqueo. Sí, la pena fue: te jodés, no podrá hablar de esta novela. Pero vino este ex reservoir dog, ahora aplacado, y me ofreció regalarme el libro si le tiraba a matar en una crítica… Y eso intento hoy, pero no puedo hacerle al francotirador porque pienso que es muy buen novelista, pero no ha logrado el buen éxito por algo que yo desconozco, y que las grandes editoriales creen saber, y que mi pareja –con ese pragmatismo que sólo las que domesticaron al animal y crearon la agricultura poseen-, tras leer las solapas del libro en cuestión, me dijo: “¿Cómo crees que las editoriales apuesten por un tipo que, de entrada, se cree la mamá de Tarzán, habla de múltiples premios literarios obtenidos, le mienta la madre a los jurados por no galardonarlo sabiendo de qué pie cojean, en un lugar en donde se odia al triunfador sin padrinos, y todavía presume de medallas por nadar en las albercas?" (mi pareja es buena ondina, yo no). Fin del partido.


Marco Tulio Aguilera

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