Viaje compartido

Cuento incluido en Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor, próxima edición en la Editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Este cuento es muy parecido a "Diatriba de amor contra un hombre sentado", monólogo escrito por García Márquez. El mío fue publicado en 1983; el de don Gabo en 1992.
Antes, les ofrezco en link con el video del monólogo escrito  por García Márquez, para que compare y saque conclusiones.
https://www.youtube.com/watch?v=cDjJyepkBNM
Sí, dos veces nada más. ¿Quién te lo contó? La que está más fresca es la de ayer. Y no porque yo quisiera, sino simplemen­te porque salí de la casa dispuesto a ver una buena película. Premiada en Cannes, nacional, curiosa­men­te. Tú no estabas, supongo que habías dejado a los niños en casa de mamá y decidiste visitar a Lolita. Cuando entré en la sala y vi las luces apagadas supe que te habías ido y que yo solo no podría soportar un hueco de dos horas sin hacer nada. Ni la música ni la televisión alcanzan a llenar el vacío que tú dejas. Tomé el periódico y lo abrí en la sección de espectácu­los. Entre tanta piel brillante alcancé a vislumbrar un pequeño recuadro, unas palmas de olivo y un escudo. Ésta debe ser una buena película, me dije, lo malo es que el  sitio no debe ser de primera si se anuncia en caracteres tan microscópi­cos. Sea por Dios!, esta soledad simplemente no puedo soportar­la. El garage semivacío reafirmó mi necesidad de asistir a un buen espectácu­lo. Puse el motor en marcha y busqué la direc­ción en el mapa.
                !Mi amado, las montañas,
                los valles solitarios nemorosos,
                las ínsulas extrañas,
                los ríos sonorosos,
                el silbo de los aires amoroso!
                            Cántico Espiritual     


Un enorme cacto, cuyas ramas, como de árbol, se exten­dían a lado y lado de la barda. La piel de un verde casto apenas si podía tocarse, con mucho cuidado, introduciendo la mano de canto, entre las espinas largas, filosas y resistentes. Con un cuidado infini­to, ayudado por el cuchillo de la cocina, fui limpiando la superficie. Al inicio fue difícil porque no existía espacio suficiente entre las espinas. Luego, después de sufrir varias punzadas, el espacio devastado fue creciendo hasta que ya no hubo mayor problema. La savia de un blanco lechoso hacía su aparición cuando arrancaba cada espina. La cicatrización duraba varios días y finalmente terminaba por integrarse el verde delicado, hasta hacer casi imperceptible la herida. Una vez que hube concluido la operación, pude acariciar sin riesgo la piel. Entonces, con el mismo cuchillo, dibujé un corazón, escribí mi nombre y dejé un espacio en blanco. Esperé. Una semana más tarde leí: Paty.

Para quien está acostumbrado a la sagrada rutina del traba­jo, la iglesia y el hogar, un mapa no basta. Y por eso me extra­vié entre calles tortuosas, fábricas obscuras y señales contra­dicto­rias. Di dos o tres vueltas. Y finalmente lo hallé. Pero, qué encuentro?... Las luces están apagadas, no hay público, la taquilla está cerrada. Casi contento retorno al auto y emprendo el retorno a casa. Me digo, Paty ya debe estar esperándome, enciendo la radio, avanzo a tientas y con mucha paciencia logro salir del laberinto. Debo confesar que a pesar de todo me sentía un poco contrariado. Si hay algo que me caiga mal es hacer planes y que después no me resulten. Iba bajando por Madero para luego tomar Avenida Universi­dad, cuando veo las luces, veo la marquesi­na luminosa y me acuerdo de que aquel es el Blanquita, un sitio al que fui hace ya tanto tiempo con los compañeros del seminario. No es un lugar muy recomendable, pero es que me sentía, no sé cómo decirte, con ganas de hacer algo diferente. No escandaloso, claro está, sino diferen­te, entrar en contacto con otro tipo de perso­nas. Pensé por un momento en las palabras del Padre Ruvalca­ba: "Vivimos en nuestro mundo, pero olvidamos que somos compañe­ros de otros mil mundos". Y creo que el Padre Ruvalcaba tiene razón. Es cierto que somos felices, que glorificamos a Dios, que pertenecemos a la Sociedad de la Purísima Hostia y que hacemos lo posible por no contrariar Sus mandamientos. Pero, y los demás? Qué hacemos por siquiera conocer a los compañeros de viaje? Fue ese pensamiento el que me impulsó a detenerme en medio del camino. No encontré un estacionamiento cercano y por ello decidí dejar el auto en una calle adyacente. Le puse las dos alarmas, desconecté el flujo de electricidad, no vaya a ser que me robaran por andar de piadoso.  Pregunté, a qué hora comienza la función? Me dijeron, comenzó hace dos horas; dije, ah, bueno, qué lástima. Un poco reconcilia­do con mi propia conciencia llegué a la conclusión de que era más prudente regresar a casa. Paty ya debía estar esperándome. De salida no pude evitar mirar las fotografías de la cartelera. Jesús!, muchachas en posiciones impúdicas, muchachas con ropa interior negra, vestidas con ropajes de fantasía o sin vestido, simplemente sin vestido, con las manos cubriendo las partes indecorosas de sus anatomías. Tuve un movimiento de repulsión y me sentí feliz de que la función estuviera a punto de concluir. Discúlpame, voy a prender un cigarrillo. El primero que me atrevo a quemar en este sagrado recinto. Puedo explicártelo. El hecho es que casi iluminado por una luz nueva y desconocida emprendí el regreso al auto, conven­cido que había estado al borde del abismo y que el enemigo malo me había llevado por malos pasos. Claro!, había malinterpretado las palabras del Padre Ruvalcaba, me pesa, me pesa.

Yo estaba con la cabeza baja mientras papá hablaba sobre mí.  Tu madre y mi madre me miraban orgullosas. Estábamos sentados todos en la sala de tu casa. La lámpara de cristales parecía un árbol invertido cargado de piedras preciosas colgando del techo. Un cuadro con los pecadores aullando entre las llamas y con la Virgen flotando sobre ellos, presidía la escena. Cuando tu padre llamó, Paty, yo levanté la cabeza. Tardaste un momento en apare­cer y yo supuse que te estabas peinando los rizos o que estabas acostando a tus muñecos o que tenías vergüenza, como yo. Tócanos Para Elisa, pidió orgullosamente tu padre. Pusiste las manos a tu espalda y casi con miedo dijiste, Papi, todavía no me sale bien. Hubo un instante de silencio tenso, una mirada imperativa y finalmente te sentaste al piano. Los primeros compases fueron indecisos, luego la música fluyó gloriosa y cristalina y cuando bajaste la cabeza y pusiste las manos sobre el regazo ya había comenzado a amarte.

Ya llevaba unos cien metros caminados cuando pienso: y por qué voy a echar a perder la buena intención? Pues simplemente aquí traigo un librito pío, me siento en la antesala y espero a que comience la próxima función. Efectivamente, volví al auto, me percaté de que todo estuviera en su sitio: las alarmas conecta­das, el distribuidor sin contacto, las puertas completamente selladas, y tomé mi libro de la guarda, uno que me había prestado el padre Ruvalcaba y que me ha ayudado mucho, es un gran auxiliar en esos momentos en los cuales hay que esperar en una fila en el banco, o hacer antesala, cualquiera de esas circuns­tancias imprevistas que se tornan en una tortura si uno no tiene algo que hacer, algo en qué entretenerse. Enton­ces sí, bueno, fui, me senté. Naturalmente que me veía un poco fuera de sitio en aquel lugar, con mi traje High Life y mi corbata Oxford. Me la quité rápidamente. Me desaliñé la camisa. El aspecto de los que me rodeaban no era muy tranquili­za­dor: muchachos greñudos de pelo reseco como la paja, campesi­nos de pata al suelo, algún individuo con facha de carnicero, unas manos de indudable mecánico, rostros de cualquier cosa, pero no gente de mi nivel, naturalmente. Me senté a esperar y me subí un poco la bufanda. No, no porque tratara de impedir que me recono­ciera alguien; tú sabes que a veces uno se puede encontrar en los sitios más insospechados con la gente que va, gente que... A propósito, quién te contó? Recuerdas lo que se dice de Poncho Rumayor sentado en un bar de mala muerte en Nueva York? Te digo, la vida es extraña, los caminos de Dios son...

Les molestaba que yo no quisiera participar en sus conversaciones, que evitara los secretos que para todos eran un miste­rio apasionante. Y por eso me llevaron al Blanquita. Ni siquiera me dejaron mirar los fotografías de la entrada e impidieron que protestara porque sólo veía a gente mayor a mi alrededor y escuchaba risas inso­lentes y malas palabras. Claro que tenía un poco de curiosidad, pero el miedo era mucho mayor. Me temblaban las piernas y tenía unas ganas horribles de hacer pis. Ellos se sentaron a lado y lado y me hacían cosquillas y trataban de tranquilizarme. En el seminario mis compañeros comentaban que yo iba a ser sacerdote de verdad y eso los molestaba. Todos estaban ahí por obligación y trataban de violar las reglas y quien más lo hiciera resultaba el más admirado. Apenas si tuve tiempo de ver a la primera bailarina cuando eché a correr.

...gente que uno realmente no piensa que puede ir a uno de esos lugares, pero que efectivamente de pronto resulta la casua­lidad de que allá se encuentre con el gerente del banco donde uno tiene la cuenta, que se tropiece con el médico familiar, con el abogado, y bueno, es embarazoso y uno tiene que dar explicacio­nes, y ellos también, pero el caso es que yo no me subí la bufanda porque quisiera ocultarme, sino simplemente porque estaba haciendo frío, bastante frío. Comencé a leer. Eran bellas pági­nas, seleccio­nes de la Biblia, hasta me aprendí de memoria algunos paisajes: Contemplad los lirios del campo: ni Salomón en medio de toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba del campo que hoy florece y mañana se marchi­ta, no tendrá mucho más cuidado de vosotros, hombres de poca fe? Imagínate si con ese tipo de pensamientos me podía sentir mal aunque estuviera haciendo antesala a las puertas del infier­no. Todos somos criatu­ras de  Dios.

No recuerdo con precisión qué fue primero. Si nuestros nombres sobre la piel del cacto o la velada en casa de tus padres. Lo que sí recuerdo con exactitud es que tu nombre apare­ció, todavía adornado con gotas frescas de savia, cuando estaba perdiendo las esperanzas. Y aunque tú jures que jamás escribiste en el espacio en blanco yo sé que lo hiciste porque ninguna otra persona pudo hacerlo. Ni el jardinero que cortaba la hierba una vez por semana, ni Petra, que ya estaba muy vieja para andarse subiendo en las bardas, y mucho menos tu padre o tu madre, que ignoraban nuestros juegos infantiles. Fue algo hermoso y no entiendo porque te empeñas en negarlo, si no tiene nada de malo. O es que crees que yo estoy inventando. Apuesto que si volvemos a la vieja casa y el cacto está en su sitio, podremos ver las huellas.
        
Por eso me senté bien adelante, bien adelante. En la fila E-10, me acuerdo con perfección. Sonó la primera llamada, como en los conciertos, imagínate. Los hombres se frotaban las manos, había que verlos, fumaban nerviosamente, leían revistas escanda­losas, crónicas sobre crímenes, hablaban con toda desfachatez sobre temas bastante apropiados para el sitio. Otro mundo, absolutamente otro mundo, te digo, compañeros de viaje totalmente extraños a nosotros. Yo naturalmente seguía leyendo mi respetable libro, puesto que no era asunto de mezclarme con ese tipo de gente. Lo mío llevaba una intención piadosa, tú sabes. Sonó la tercera llamada. Me atreví a pedirle a mi vecino, un muchacho con la piel más desastrosa que haya visto en mi vida, el primer cigarrillo de mi vida y cerré el libro, todavía repitiendo de memoria las palabras consoladoras: No tendrá mucho más cuidado de vosotros, que de los lirios, hombres de poca fe? Los primeros acordes coincidieron con mi ataque de tos. Cuando logré sobrepo­nerme pude escuchar una especie de guaracha, o mambo, algo de esa clase, no sé. Se abrió el telón y el escenario estaba vacío. Por los altavoces se anunció la presentación del Ballet Femenil del Teatro Blanquita. Aparecieron cinco muchachas, naturalmente...con poca ropa. Cuatro de ellas bastante torpes. Y una muy experimen­tada. Se movía de forma bastante graciosa...No, "graciosa" no es la palabra. Seductora, envolvente, sugestiva.


Cuando regresaba del seminario los fines de semana, lo primero que hacía, antes de desempacar la ropa sucia y los libros, era ir al patio, subirme a la barda y sentir con mis dedos las letras en la obscuridad. Desde mi puesto de observación trataba de adivinarte tras las cortinas de la sala o en las luces prendidas de tu habitación. Y en algunas ocasiones tuve la  suerte de ser recibido por la música del piano. Hablar, verdade­ramente hablar, nunca lo hicimos en esos tiempos. Todo se limita­ba a indi­cios, señas, ecos, sombras, sonidos, papelitos volando. Y así como yo comencé a vivir para descubrirte tras cualquier movi­miento que se produjera en tu casa, tú permanecerías en el balcón del frente esperando el instante en que, siendo sábado por la noche, escu­charas el cláxon del auto pidiendo que abrieran el garage. Enton­ces, después lo supe, te peinabas los bucles apresu­radamente y corrías a sentarte frente al piano. Y por eso, desde que apren­diste horas y fechas de mis llegadas, la música me recibió.

Sí, era una morena a la que se le notaba la experiencia, que dominaba con su actuación todos los matices de los rostros provocadores, de los gestos lascivos, sin que dejara de tener su arte, por supuesto. Y las otras cuatro eran una chica bastante obesa y torpe cuyos movimientos estaban en desacuerdo con los de las demás bailarinas; otra era más bien tímida, una joven inex­perta, daba la impresión de que era su debut; de las dos restantes, no me acuerdo. Terminó la presentación del Ballet Femenil del Teatro Blanquita y luego vino una comedia con Fufurufo, un gordo que se ha  dedicado a difundir la pornografía, la desnudez, la entretención barata y perniciosa entre las clases populares de Monterrey. Además de Fufurufo estaban una señora ya mayor, una jovencita extremadamente bien formada, simpática, y... un galán, el típico macho engominado. El argumento consistía en que Fufurufo compraba unos anteojos mágicos con los que podía ver desnuda a la gente. Al final descubre que el novio de su hija, cómo decirte...pues, tiene...pocos atributos masculinos, no sé si me entiendes. Que no tiene...cierta parte del cuerpo bien desarrolla­da. Esa fue la primera comedia en la cual todo se desenvolvía dentro de un ambiente de procacidad que no carecía de cierto ingenio, que he de confesarlo, me hizo reír a pesar de mi actitud eminentemente piadosa.

Avanzabas por el pasillo central, la primera en la fila de tu colegio. Tu madre dejaba escurrir lágrimas silenciosas. Tu padre musitaba oraciones en voz baja. La música del órgano hacía estremecer las paredes de la Catedral y mi alma se agitaba como una sábana tendida en un viento ciclónico: giraba enloquecida con una ebriedad mística que estaba a punto de hacerme desfallecer. Cuando te arrodillaste y separaste una mano de la otra para apartar el velo que obstruía el camino de la hostia hacia tu boca, creí que no lo iba a soportar, que iba a ponerme a berrear de emoción. Aspiré profundamente tres veces y recuperé la compos­tura. Viniste con la cabeza baja y te arrodillaste a mi lado. Al salir de la iglesia, mi padre me hizo el gesto conveni­do. Me acerqué a ti y te entregué, sin decir una palabra, la Biblia con letras de oro y separador de seda que te había comprado en Barcelona. Tú tampoco levantaste los ojos. Ni dijiste gra­cias. Los cuatro caminamos juntos hacia el auto.

Ah, bueno, se me olvidaba: durante la comedia, apenas aparecía una mujer, el público gritaba oso, oso, oso. Yo realmen­te no comprendía que querían decir con esa expresión. Es posible que formara parte de un lenguaje cómplice que allí se estilaba, o alguna expresión de doble sentido, no había que ser muy agudo para adivinar la existen­cia de una significación impía. Más tarde vino la presen­cia de la juvenil Bety Jiménez, Bety Rodríguez, no recuerdo: una muchachita de aspecto bastante decente, muy bien cuidada en cuanto a su aspecto físico, y comenzó a bailar de forma interesante. Lo interesante era que... No, no lo interesan­te... Lo curioso era que el vestido, totalmente dorado por el frente... en cuanto se dio la vuel­ta... tuve que bajar los ojos. Te­nía descubier­tos los omóplatos y la parte donde la espalda se vuelve obscena... y los glúteos, vamos, tenía descubiertos los glúteos. En ese instante tuve la tentación de salir, pero veinte o treinta piernas lo impedían y estaba seguro que en cuanto me pusiera de pie me harían una silbatina terrible. Me resigné pues a seguir en mi sitio. Y cuando daba la espalda la muchacha, el público se enardecía y gritaba oso, oso, oso. La muchacha no se inmutaba... O sí, sí se inmutaba. La que no se inmutó fue Norma Lee, al final. Ya te contaré. Permíteme prender otro cigarrillo. Disculpa. No sé. Es algo como una lavativa espiritual, como un lubricante, me permite hablar con libertad. Ah, se me olvidaba mencionar, esta muchacha, Bety Rodríguez, Bety Jiménez, como quiera que se llame, era... blanca, blanquísi­ma y tenía el pelo rubio. Naturalmente se notaba que el pelo era de un rubio artificial. No, bonita no, de ninguna manera: su rostro redon­do, los ojos invisibles en la obscuridad de unas ojeras espantosas, la boca grande y vulgar; sin embargo, sus manos, sus piernas, su cuerpo en general eran de una claridad, de una diafanidad que no inspiraba ningún mal pensamiento. Bueno, como decía, terminó la primera parte. Yo naturalmente volví a mi libro. Y fue san Pablo quien me tomó de la mano: La caridad es longánime, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha... Las palabras me envolvieron de tal manera que me olvidé de todo: ...no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera.  Las palabras me elevaron por sobre lo temporal y solamente regresé al salón cuando se dieron las tres llamadas de ley.

Como todo saleciano de corazón yo invocaba a Don Bosco en mis actividades, lo imitaba en su fe y lo seguía en su ejemplo. Cuántas veces su imagen preciosa me salvó de la tentación durante la peligrosa época de la adolescencia, cuántas veces estuve al borde del pecado mortal, cuántas veces estuve a punto de romper, aunque fuera en la imaginación, el irrecuperable voto de castidad con que había santificado mi vida. Y no es que yo tuviera la vocación sacerdotal. Nunca la tuve. Me arrastraba, como a San Agustín, la necesidad de conocer el mundo. Sospechaba mis debilida­des y por ello la lucha era más tenaz. Tú eras mi objetivo, y yo, como San Antonio, que forjó una gran santidad viviendo en el desierto, quería acrisolar mi voluntad de llegar puro al matrimo­nio, aunque viviera rodeado de alimañas. Y eso que jamás se había hablado de matrimonio o cosas semejantes entre tu familia y la mía. Todo sucedía aquí, en mi cabeza. Y lo que son las afinida­des: también en la tuya. El nuestro fue un auténtico matrimonio de almas, un matrimonio espiritual.

Llega el momento estelar de la noche y se anuncia la presencia de Norma Lee. Naturalmente todo el mundo aplaude, todo mundo se acomoda en sus sillas, la mayor parte saca sus cigarri­llos y los enciende nerviosamente, hay comentarios; parece que algunos ya la han visto, a la Norma Lee, me refiero. Pedí otro cigarrillo entre disculpas. Mi vecino me regaló esta cajetilla, imagínate. Y aparece Norma Lee. Imposible negar que Norma Lee es una mujer hermosa. En el pelo intensamente negro luce una cinta así como griega recogiéndolo.

Dios siempre premia a las almas que confían en Él, las llena de dones y  yo no tenía por qué ser la excepción a la regla divina. Siempre esperé confiado el cumplimiento de mis propósitos y cuando nuestras relaciones pasaron del jardín a la sala de tu casa, no me asombré en lo absoluto. Fueron mis oraciones y supongo que las tuyas las que formalizaron un compromiso del cual jamás se habló. No recuerdo una primera vez sino la  mezcla compleja y a la vez invariable de mil tardes, sentados en los incómodos sillones, uno al lado del otro y tu madre al frente, bordando incansablemente mantelitos blancos de crochet para  vender en las ferias de la parroquia y de paso para llenar el tiempo de su vida. La suma de las palabras que cruzamos durante diez o doce años de noviazgo no alcanzaría a componer un libro de poemas. Siempre hubo algo que se interpuso entre tú y yo. Un juego de damas chinas, un tablero de ajedez, el piano. Pero nos bastaba. Alcanzamos la comunión espiritual a través de los objetos.

Apenas hubo cantado la primera canción, se quitó esa cinta y el pelo cayó hacia atrás formando un diluvio negro que la envol­vía toda, y cuando giraba era un remolino hermosísimo, especial­mente porque, tal como la primera, Norma Lee era intensamente blanca, intensamente blanca, con una piel deliciosa, bellísima, indescrip­tible... Entonces bailó, volvió a cantar, con una voz lo suficiente­mente educada como para no causar mala impresión, pero no con la maestría que haría exclamar a un conocedor; y una vez que hubo cantado desapareció por un segundo. Se levantó otro telón y apareció un hombre ya mayor, con corbata, de aspecto respetable, y comenzó a tocar en la batería una música de estilo africano, tú sabes ese ritmo acelerado de los tambores resonantes, sí, de estilo africano, porque hay algo de esos estilos primitivos africanos que tiene que ver con lo que me atrevería a calificar como el llamado de la bestia, algo que pone en ebullición la sangre, como que todos escondemos bajo la piel a otra criatura menos temperada y cuando uno escucha esos tambores sabe que algo diferente va a suceder, que algo... no común está a punto de iniciarse y que tanto uno como el mundo somos diferen­tes, no sé si me entiendes; el sonido fue elevándose gradualmente hasta que apareció Norma Lee... Norma Lee apareció y ahora estaba mucho más ataviada, vestida de pies a cabeza con una especie de túnica árabe hecha con muchos velos y llena de cintas, cantida­des de cintas, por todos lados, de modo que cuando giraba parecía un trompo al que se le hubieran amarrado una serie de... no sabría cómo definirlo ... Parecía un rehilete, una visión, un trozo de sueño que no alcanzaba a definir.

Un pedacito de cielo lo arregla todo, decía Domingo Sabio, y yo no tuve un pedacito, sino el infinito en mis manos, cuando avanzaba por el pasillo central de la Catedral hacia el altar mayor, ante el cual tú serías, finalmente, la esposa con la que compartiría penas y alegrías hasta que la muerte nos separe. Creo que por primera vez, tras recibir el anillo de mis manos, me miraste fija y sostenidamente a los  ojos. Entonces no supe que hacer y ni siquiera escuché las palabras del oficiante cuando dijo, si el cónyuge lo desea, puede besar a su esposa. Estaba totalmente anonadado y poco faltó para que echara a correr. Sólo cumplí con mi deber cuando mi padre empujándome disimuladamente me susurró al oído, bésala, atarantado. Tú retiraste los labios y me ofreciste, sonrojada hasta el último pelo, la mejilla.

Un trompo en movimiento, y ella en el centro girando, girando, entre colores, la mayor parte de los colores luminosos, que ha­cían contraste con su pelo negro y armonizaban con su piel intensamente blanca. Comenzó a bailar y lo hacía bastante bien y se notaba que tenía rudimentos de ballet. Se notaba que era una profesional y no simplemente una aficionada. Y curiosa­mente no se escuchaban los  gritos de oso, oso, oso!, que se habían escuchado a lo largo de toda la función. Bailó muy hermo­samente, con placer y seducción, y comenzó a destrenzar cintas, una cinta aquí y otra cinta allá, y parecía que estaba envuelta en ropaje­s, inmensamente envuelta en ropajes y que jamás iba a terminar de desenvolverse. Pero eso en vez de apagar la emoción hacía que ésta creciera, y, bueno... su vestido quedó reducido a un par de piezas y surgió aquella escultura clásica, perfecta, perfecta, sin la más pequeña fisura, sus manos eran alas de paloma en un aire manso y su cuerpo se estremecía de una forma intensamente artística y yo me dije, en realidad no he perdido mi tiempo: esto es arte. Pero, después de esta danza que podría llamarse de odalisca o ritual o esotérica, quizás de vestal, una vez que quedó en prendas menores, comenzaron las voces a gritar desde atrás oso, oso, oso!

        
Ni tú ni yo queríamos ser el primero en salir del baño. Yo me duché tan minuciosamente como pude, me afeité hasta que la piel se me puso encarnada, leí el reglamento del hotel, me senté en la taza y traté de escuchar. El agua de la regadera en tu baño seguía sonando y a lo lejos se podía oír la música de la orquesta en el salón, recuerdas? Alegrías y tristezas del amor sonaba en el primer piso. Supuse que te estaba sucediendo lo mismo que a mí, pero no tuve el valor de abrir la puerta primero. Miré el reloj. Era la una de la mañana cuando por fin escuché el sonido de tu puerta. Y ni siquiera entonces salí. Por el siseo de las sábanas y el ruido del apagador imaginé que te habías acostado y tomé el pomo de la puerta. Pero no pude. A la una y media unos golpecitos modestos me hicieron despertar. No tienes sueño?, preguntaste, y no me quedó más remedio que salir. Al día siguien­te fuimos a pasear en góndola y le dimos de comer a las palomas en la Plaza de San Marcos.

Y esta mujer ni se inmutaba como la primera joven sino que estoicamente seguía su rutina. La música bajó hasta un nivel casi inaudible. No. Antes de eso ella formó figuras perfectamente geométricas con su cuerpo, había momentos en que solamente se podía percibir su anatomía de la cintura para abajo. Sus partes se destaca­ban de una forma desasosegante y aquello era como una manzana perfilada contra el horizonte morado de la cortina. Se acostó, se abrió de piernas y formó  una "V" impeca­ble, y todo el mundo gritaba oso, oso, oso!, y ella se acaricia­ba sin ninguna morbosidad, simplemente como un ritual, me perdo­narás la compara­ción, como podría ser la Santa Misa, era algo perfecta­mente artístico, y después que hubo formado todas estas figuras, hermosas, sin lugar a dudas, puesto que el cuerpo humano no tiene nada de pecaminoso, descendió el ritmo, descendió el sonido hasta un nivel bajísimo... y apareció un hombre, un macho, un héroe griego, una estatua de Apolo... No me queda bien decirlo, pero era, quizás... el hombre más bello que he visto en mi vida. Apareció ante el público bailando en impecables puntas de pies con su cuerpo que estaba formado por dos intachables triángulos unidos por una cintura imposible. Traía un ademán de dominio y comenzó a bailar en torno a ella, la envolvió, la colocó en cuantas posiciones quiso y simulaba lo que era inconfundiblemente el acto de amor en tantas formas distintas  que yo no pude menos que sorprenderme.

Otras veces sucedió lo mismo. Entramos en el baño y ninguno de los dos quería ser el primero en salir. Durante la tercera noche en Venecia, mientras el agua caliente corría por mi cuerpo sentí una agradable y quizás incómoda sensación. Te juro que era la primera vez que sucedía. En el seminario menor el agua fría calmaba cualquier ardor. Una parte que hasta entonces había sido accesoria en mi anatomía, comenzó a adquirir vida propia y a exigir con apremio algo de lo que, puedo decirlo con la mano sobre la Biblia, hasta entonces no había tenido la más leve idea. Fui yo entonces quien inauguré la cama y quien toqué a tu puerta. Me coloqué de espaldas y esperé a que estuvieras a mi lado. Toda la fuerza de voluntad que puse para vencer el temor de abrazarte, me robó la energía extraña  que en el baño había sentido. Luego fuiste tú quien me abrazó y sintió mi cuerpo rígido y mi ánimo pasmado y quien finalmente me dio la espalda cuando te percatas­te de que no había más. Los dos estábamos esperando, pero no sabíamos qué.

Y yo me dije, esto es cosa de otro mundo, cuánto he perdido, cuánto he perdido: la clásica posición de la mujer mirando al cielo no está mal y es la que recomiendan los doctores de la iglesia, pero aburre; imaginando pues un poco todas las posibili­dades que podríamos, Paty, discúlpame, ensayar, si tú accedieras a este tipo de cosas. Y este hombre, en actitud de soberano dominio, la colocaba de espaldas, de frente, de cabeza... se cruzaba de brazos y abría las piernas y le ordenaba aquí! aquí! bésame!, y ella no quería aquí! a mis pies! de rodillas! bésame!, y ella no quería y ella estaba en el suelo tirada con el pelo sobre el rostro y ella no quería y el hombre la tomó del pelo y la atrajo hacia su cuerpo y ella lo golpeaba y lo golpeaba hasta que por fin rendida ante lo imponente de aquel macho tuvo que hacer lo que éste le exigía y ni te digo lo que era porque no me lo vas a creer. Y yo sentí una cierta emoción contraria a mi actitud eminentemente piadosa, puesto que si estaba allí era para compartir el viaje con los compañeros de este mundo a los cuales tenemos tan olvidados. Sin embargo, me contuve, cerré los ojos y con la ayuda de Don Bosco recuperé la compostura. Había sido una debilidad humana, simplemente humana. Somos seres finitos, criaturas de Dios y estamos sujetos a los azares del mundo. Tras echar una mirada al público seguí contem­plando a aquella mujer, quien después de que fue poseída, simbóli­camente, claro está, puesto que tanto el hombre como la mujer conservaban sus taparra­bos y lo que alguien llamó las pezoneras, después que la mujer fue poseída simbólicamente, llegó el momento en que el macho desapareció y el furor de la multitud se elevó unánime: oso, oso, oso! Y luego los gritos se transformaron en súplicas, madrecita, danos oso!

Tras una semana en el Hotel del Gran Canal seguíamos siendo los mismos novios candorosos de siempre. Caminábamos por las calles tomados de los dedos meñiques e incluso en los momentos de dicha suprema llegábamos a darnos besos siempre púdicos. Retornamos a la casa que nos tenían lista nuestros padres siempre provisores. Nos ocupamos de las minucias domésticas y  pretendimos olvidar el asunto. Pero sabíamos que había algo inconcluso porque nuestros cuerpos pedían la consumación de un acto que estábamos lejos de imaginar. El viaje a la playa fue un pretexto velado. Comer mariscos fue una sugerencia que deslizó mi padre casi al azar, en medio de una conversación intrascenden­te. Pero yo adiviné sus intenciones y si no le pregunté directa­mente fue porque había algo de vergonzoso en el tema. Hay cuestiones que no se deben tratar y de las cuales sólo la naturaleza puede ser maestra. Tú dolor y mi sorpresa fueron mayúscu­los cuando se abrió la herida.

Oso, oso, oso, ese es mi oso, oso salvaje, oso animal, oso delicioso, oso precioso, oso escandaloso, oso goloso, aquí te tengo lo sabroso!, gritos indecentes, lo supe, lo descubrí fulminantemente, porque vi a un individuo ponerse las manos entre las piernas cuando gritaba su majadería, entonces comprendí toda la bajeza, todo el primitivismo, pero no pude escapar, me sentía llevado por el río desbordado de lo que allí estaba sucediendo y la revelación se hizo aún más espantosa cuando la mujer, obedeciendo a los gritos, con un movimiento rápido, elegante y orgulloso:
         -Si no saben apreciar mi arte, les voy a dar su oso, hijitos, pa que se calmen!
         Se despojó de la prenda inferior y descubrió... al oso, lo que hizo rugir  al público. Ni el mismo Don Bosco pudo ayudarme a superar la emoción y aunque quise cerrar los ojos seguí mirando como hipnotiza­do... porque... la función seguía adelante... La mujer, retado­ra, se acercó sonriente, enigmática, maravillo­sa.
         -Quieren oso, hiji­tos? Lo van a tener.
         Se sentó en le borde del escena­rio... abrió sus piernas y comenzó a moverse y yo sentí que aquella masa humana, yo incluido en ella, iba penetrando en esa mujer... y conocí... el oso... supe que allí estaba la esencia de lo que tú y yo hemos ignorado todo el tiempo por culpa de la prisa y la vergüenza, entendí, cuando ella dio el grito final que el viaje debía ser compartido, y que aquella mujer con sus vestidos brillantes era como una...

Dejamos de hablarnos por un tiempo y volvimos a comunicarnos por medio de objetos. Cuando me oías llegar, tú tocabas el piano y yo recuperaba la emoción y el desencanto de aquella primera noche en la playa. Volvimos a intentarlo varias veces. Era inútil, tu te resignabas estoicamen­te, como una santa mujer.


Marco Tulio Aguilera

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