Mucho ruido para nada (El concepto de amor en Shakespeare IV)

Cuarta conferencia

Mucho ruido para nada. Esta es otra comedia de enredo al estilo de Los trabajos de amor perdidos, donde un Príncipe se dedica a armar matrimonios para su deleite. Aquí se trata de casar a Beatriz con Benedico, y a Claudio con Hero. Los dos primeros, verdaderos ejemplares masculino y femenino de seres extremosos y extravagantes. Beatriz es una escéptica en asuntos de hombres, una maldiciente, una maliciosa, una criatura exigente, intolerante, egoísta, semejante a la Catalina de La doma de la furia. Veamos su carácter pintado en esta escena:
        
          LEONATO. A fe mía, sobrina, jamás conseguirás marido si eres tan maldiciente de lengua.
          ANTONIO. A fe, es demasiado maliciosa.
          BEATRIZ. Demasiado maliciosa es más que maliciosa. De este modo, disminuiré lo que envía Dios, pues se dice que <<a la vaca maliciosa, Dios le da cuernos cortos>>, sino a una vaca demasiado maliciosa, no le da ningunos.
          LEONATO. Así, siendo demasiado maliciosa, Dios  no te dará cuernos.
          BEATRIZ. Eso sí, si no me da marido, por cuya bendición le rezo de rodillas todas las mañanas y las noches. Dios mío, yo no podría aguantar  un marido con barbas en la cara; preferiría dormir sin sábanas.cuernos cortos
          LEONATO. Podrías encontrar un marido que no tuviera barba.
          BEATRIZ. ¿Qué iba a hacer con él? ¿Vestirle con mi ropa y convertirle en dama de compañía?  El que tiene barba, es más que un joven; el que no tiene barba, es menos que un hombre; y el que es más que un joven, no es para mí,  y el que es menos que un hombre, no soy para él.
          LEONATO. Bueno, entonces irás al infierno.

Otra vez se presenta el amor como batalla de contrarios. De nuevo se inclina Shakespeare hacia el lado de los hombres. A más de terca, maldiciente, rigurosa, Beatriz --cuyo nombre no sin sutileza usa Shakespeare, recordando sin duda a la de Dante-- se muestra orgullosa en grado sumo:
          BEATRIZ. No, no iré al infierno. Sólo a la puerta, y allí el demonio me saldrá al encuentro como un viejo cornudo y dirá: << Tú vete al Cielo, Beatriz, vete al Cielo; aquí no hay sitio para vosotras las doncellas>>. (...) Iré al Cielo. Allí San Pedro me enseñará dónde se sientan los solteros y allí viviremos alegres mientras dura el día.

Leonato insiste en que a pesar de la pesadez de su sobrina, espera verla << un día acomodada con un buen marido >>. A lo que Beatrtiz responde:
          BEATRIZ. No mientras Dios no haga a los hombres de otro elemento que la tierra... No, tío, no quiero: los hijos de Adán son hermanos míos, y de veras, considero un pecado casarme en mi parentela.

Con respecto a Beatriz, Hero, hija de Leonato y por lo tanto prima de la pretensiosa, dice:
          HERA. (...) La Naturaleza jamás ha formado un  corazón de mujer con materia más orgullosa que el de Beatriz. El Desprecio y la Burla cabalgan centelleando en sus ojos, desdeñando lo que miran, y su ingenio se tiene en tan alta estima a sí mismo, que para ella cualquier cosa parece floja. Ella no puede amar, ni aceptar forma ni proyecto de amor: tan ufana de sí misma está (...)

Se sigue de aquí que, para alcanzar el amor es indispensable una dosis de humildad, una desvirtuación del amado, un sobajamiento.
         Sigue:

          ...Jamás he visto un hombre, por inteligente, noble, joven y de aspecto exquisito que fuera, que ella no le leyera las letras al revés: si era rubio, ella juraría que el caballero podría ser su hermana; si moreno, vaya, la Naturaleza, dibujando una caricatura había echado un borrón; si alto, una lanza de mala cabeza; si bajo, un camafeo mal tallado: si hablador, vaya, un vanidoso inflado por todos los vientos; si silencioso, vaya, un estúpido que no se movía con ninguno. Así a todos los hombres los vuelve del revés, y nunca accede a la verdad y la virtud lo que merecen la sencillez y el mérito.

Benedico, por su parte, es un burlador sin par, digno rival y pareja de Beatriz. El se llama a sí mismo <<declarado tiranizador de mujeres>> y es un misógino declarado: <<Que una mujer me haya concebido, se lo agradezco; de que me haya criado, le doy las más humildes  gracias; pero que vaya a soplar el cuerno de caza en mi frente o colgarlo en una bandolera invisible me tendrán que perdonar todas las mujeres. Porque no quiero hacerles el agravio de desconfiar de ninguna, me haré a mí mismo la justicia de no confiar en ninguna: y la conclusión (que me hace más ilusión) es que viviré soltero>>.
         El Príncipe trama hacer enamorar a Benedico y a Beatriz. Dice : <<La broma será cuando Benedico y Beatriz crean que el otro está loco de amor, sin que haya tal cosa>>.
         Benedico, como Beatriz, no está dispuesto a entregar su amor, puesto que todas las mujeres le parecen imperfectas:
          BENEDICO. Me extraña mucho que cuando un hombre ve lo tonto que es otro hombre cuando entrega al amor sus acciones, después de haberse reído de tan bobas locuras en otros, se convierta en el motivo de su propia burla enamorándose: tal hombre es Claudio.

Benedico y Beatriz se insultan en el primer acto y ya en el segundo comienzan a amarse, o a fingir que se aman, merced a los enredos tramados por el Príncipe y sus amigos. La pareja comienza a ser urdida por el Príncipe, aunque reconoce que <<en cuanto llevaran una semana de casados, se volverían locos a fuerza de hablarse>>.
         Parecería imposible concertar una unión entre semejante pareja. Mas he aquí que Shakespeare encuentra la forma de hacerlo, y de manera muy convincente, eso sí, sin más razones que las sinrazones del amor: <<Muchos cortejadores empiezan a hacer la corte a mujeres a las que no creen dignas, y sin embargo cortejan y son capaces de jurar que aman>>.
          BEATRIZ. ¿Qué fuego hay en mis oídos? Puede ser cierto esto? ¿Estoy tan condenada por mi orgullo y desdén? Adiós desprecio, adiós orgullo virginal: a espaldas de ellos no queda viva ninguna gloria. Y tú, Benedico, sigue amando; corresponderé a tu amor, domesticando mi salvaje corazón a tu mano amorosa. Si amas, mi benevolencia te incitará a unir nuestros amores en sagrada ligadura. Pues otros dicen que tienes méritos, y yo lo creo mejor que de oídas.

El amor es mostrado aquí como una forma de la vanidad. El hombre comienza a amar cuando se supone amado y lo mismo sucede con la mujer. Se plantea aquí la vieja teoría de que el amor es un invento, un embeleco. Y esto estaría plenamente justificado por el hecho de que una palabra basta para derrumbar la construcción imaginaria.

Sueño de una noche de verano  es una farsa, que poco tiene de trágica; es también una comedia de enredos, divertida, en la que sutilmente se reflexiona sobre los engaños y venturas del amor.       Aquí el amor se presenta como un juego, en el que gana el más hábil. Esta obra está ambientada en la Atenas clásica y trata de nuevo de un conflicto amoroso en el que se entrecruzan relaciones: Hermia ama a Lisandro y es correspondida; Demetrio ama a Hermia; Helena ama a Demetrio; Teseo, duque de Atenas, ama a Hipólita. En el asunto intervienen los poderes, los intereses políticos y... los duendes y hadas, que todo lo tergiversan.
         Un primer diálogo interesante se presenta cuando Teseo, Duque de Atenas, abandona la escena, después de conminar a Hermia para que se case con su candidato, Demetrio. Quedan solos Lisandro y Hermia:
          LISANDRO. ¿Qué hay, mi amor? ¿Por qué están tan pálidas tus mejillas? ¿Qué azar hace que sus rosas se marchiten tan de prisa?
          HERMIA. Quizá es por  falta de lluvia, que bien podría concederles con la tempestad de mis ojos.
          LISANDRO.  !Ay de mí! Por todo lo que he leído y he oído jamás en relato o historia, el camino del verdadero amor nunca avanzó con facilidad: pero, o fue diferente en la sangre...
          HERMIA. !Ay de mí! Demasiado alto para injertarse tan bajo...
          LISANDRO. ...o muy diverso en cuanto a la edad...
         HERMIA. !Ah, dolor! Demasiado viejo para unirse a la   juventud...
         LISANDRO. ...o dependió de la elección de los parientes...
          HERMIA. Entonces, si los verdaderos enamorados han sido siempre tan contrariados, está en el destino como una ley: enseñémosle pues la paciencia de nuestra prueba, porque es una contrariedad acostumbrada, como algo debido al amor, igual que los pensamientos, sueños, suspiros, deseos y lágrimas: pobres seguidores de la fantasía.

No descubre nada nuevo Shakespeare, porque no hay nada nuevo que descubrir. Los verdaderos enamorados han sido siempre contrariados. La naturaleza, Dios y los hombres se oponen a él. De ahí su encanto.
         Puesto que el Duque de Atenas se opone al matrimonio de Lisandro y Hermia, ellos deciden escapar. Ya en el bosque, al caer la noche, Lisandro quiere dormir al lado de su amada.
          LISANDRO. Dulce amor, te desmayas de tanto errar por el bosque, y, a decir verdad, he olvidado nuestro camino: descansaremos, Hermia, si te parece bien, y esperaremos ayuda del día.
          HERMIA.  Sea así, Lisandro: búscate un lecho, pues yo apoyaré la cabeza en este declive.
          LISANDRO. Una sola hierba nos servirá a los dos de almohada: un solo corazón, un solo lecho, dos pechos y una sola fidelidad.
         HERMIA.  No, buen Lisandro, amado mío, por mi amor, échate       más allá; no te tiendas tan cerca.
          LISANDRO.  Oh, dulcísima, entiende el sentido de mi inocencia: el amor entiende el sentido, en la conversación del amor: quiero decir que mi corazón está entretejido con el tuyo, de modo que podemos hacer con ellos un solo corazón. Dos pechos encadenados con un juramento; de modo que son dos pechos y una sola fidelidad. Entonces a tu lado no me niegues sitio para acostarme, pues, al acostarme así, no es a tu costa.
          HERMIA. Lindos juegos de ingenio hace Lisandro. Pero mal quedarían mis maneras y mi orgullo si Hermia pretendiera decir que Lisandro la ha engañado. Sin embargo, dulce amigo, por amor y cortesía, tiéndete un poco mas allá, por pudor humano; tal separación, bien puede decirse, conviene a un soltero virtuoso y a una doncella. Quédate lejos por ahora, y buenas noches, dulce amigo: no cambies jamás tu amor mientars dure tu dulce vida.

He aquí el modelo del amor desde tiempos inmemoriales: la mujer pone los obstáculos y el hombre quiere saltarlos. Ella busca el acercamiento gradual al misterio; él intenta esquivar toda prueba concibiendo al amor como juego, carente de reglas, por lo tanto irresponsable. La mujer, más cercana a la teología, al mito; el hombre proclive al positivismo, a la ganancia inmediata sin medir consecuencias. 

         En el bosque Lisandro cae víctima de la travesura del Duende Berto. Este unta unguento de flores en los párpados de Lisandro, quien se enamorará de la primera mujer que vea. Esta resulta ser, precisamente, Helena, quien los ha denunciado y perseguido.
         Las cosas se complican: al despertar, Hermia descubre que su amado Lisandro ya no la ama; Helena halla que Demetrio, que antes la repudiaba, la adora; la Reina de las Hadas, Titania, se descubre enamorada de un zafio con orejas de burro. Y todos esos enredos han sido motivados por Oberón, el rey de las Hadas, y su travieso emisario el Duende Berto.
         El sueño de una noche de verano consiste precisamente en un trastocamiento de los sentimientos de los personajes, en un cambio de afectos, que trastorna el ritmo de la vida cotidiana de los protagonistas.
         Una vez que pasa esa noche de verano y que Oberón decide deshacer el hechizo, todo vuelve a la normalidad. Todo o casi todo, pues hay una variación. La única mujer que carecía de amor, ahora lo tiene: Helena descubre que, tras esa noche, Demetrio ha comenzado a amarla. Quedan así concertadas todas las parejas para una boda colectiva: Teseo, Duque de Atenas, con Hipólita, reina de las Amazonas; Lisandro con Hermia y Demetrio con Helena de Atenas.
         Se puede decir que esta obra es un precedente del happy end, y un alejamiento de la imaginería medieval, que coloca a la mujer muy lejos del hombre, como imagen divina, y por lo tanto intocanble. La mujer ya no es Beatriz, sino La Alcanzable, La Posible, es decir, entidad de carne y hueso, como el hombre.
         Veamos algunos diálogos interesantes:
          OBERON. ¿Qué has hecho? Te has equivocado y has puesto el jugo de amor en los ojos de un fiel amante: por tu error algún amor verdadero se estropeará, sin que se haga verdadero ninguno falso.
          DUENDE. Entonces el Hado impone su suprema ley: que por un hombre que mantenga su fidelidad, un millón falten a ella, confundiendo juramento con juramento.
          OBERON.  Por el bosque, ve más rápido que el viento, y trata de encontrar a Helena de Atenas. Está toda enferma de amor, pálida de tristeza, con suspiros de amor, que cuestan caros a la sangre fresca. Procura traerla aquí con algún engaño, y yo le hechizaré a él los ojos cuando aparezca ella.

Es muy interesante el planteamiento de una lucha entre el Hado, la fatalidad, el destino, y el mundo de duendes y hadas, que intentan favorecer a los amantes, aun en contra de las primeras fuerzas, que son, sin duda, más poderosas. Tal procedimiento shakespeariano, nos recuerda su antecedente, el de la literatura griega --de Homero, particularmente--, en la cual algunos dioses tutelan y protegen a algunos hombres y tuercen sus destinos.

Demetrio, que antes aborrecía a Helena, ahora la idolatra, gracias al <<jugo de amor>> que le puso el Duende Berto en los ojos mientras dormía:
          DEMETRIO. !Oh, Helena, diosa, ninfa perfecta, divina! ¿A qué compararé tus ojos, amor mío? El cristal es fangoso: !ah, qué maduros en aspecto, qué tentadores se ponen tus labios, esas cerezas besadoras! El puro blanco congelado, la nieve de Tauro, acariciado por el viento oriental, se vuelve cuervo cuando levantas la mano. !Ah, déjame besar esa princesa de puro blanco, ese sello de bienaventuranza!

Veamos ahora como se complican las cosas, cuando los protagonistas descubren sus sentimientos tergiversados durante la noche de verano:
         LISANDRO. Espera, dulce Helana, escucha mi escusa: mi amor,       mi vida, mi alma, bella Helena.

Así le dice Lisandro a Helena, a quien antes detestaba.

         HELENA. ¡Ah, estupendo!
         HERMIA. Amado mío, no te burles así de ella.

Pues Hermia supone que Lisandro la sigue amando.

         DEMETRIO. Si ella no sabe rogar, yo sé obligar.
          LISANDRO.  Ni tú puedes obligar ni ella rogar.  Tus amenazas no tienen más fuerza que los débiles ruegos. Helena, te quiero, por mi vida: juro por la que quiero perder por ti, que demostraré la falsía de éste que dice que no te quiero.
         DEMETRIO. Yo digo que te quiero más de lo que él puede       quererte.
         LISANDRO. Si eso dices, apártate y demuéstralo también.
         DEMETRIO. Aprisa, vamos.

Los que antes detestaban a Helena, están a punto de batirse por

ella, gracias al <<jugo de amor>> del duende.

         HERMIA. Lisandro, ¿dónde va a parar esto?
         LISANDRO. Quita allá, etíope.

El antes amantísimo, ahora llama a Hermia, su ex-amada, <<etíope>>,
es decir, negra. Y luego le sigue endilgando una serie de epítetos

poco gratificantes: <<gata, basura, vil, serpiente, negra tártara,

medicina aborrecida, potingue odioso>>.

         Tal vez aquí Shakespeare, de forma poética nos quiso hacer notar la volubilidad de los amantes, que pasan del amor más idílico a los insultos menos pronunciables por un quítame allá esas pajas.
         Y Hermia --que no está afectada por el <<jugo de amor>>-- , se levanta indignada contra la que le roba el amor de Lisandro: le dice <<ladrona de amor, saltimbanqui, devoradora de flores>>.
         Por fortuna Oberón, Rey de las Hadas, se compadece de los mortales y de su esposa, Titania, reina de las Hadas, a quienes ha ocasionado confusos sentimientos y ha hecho amar sin motivo a quienes antes no amaban.
          OBERON. Bienvenido, buen Berto: ¿ves qué dulce espectáculo? Ya me empieza a dar pena su locura.

Se refiere a la locura de Titania, reina de las hadas, que se enamoró de un tejedor con orejas de burro. Y es que Oberón se había enojado con su reina por haber raptado a un niño que halló en el bosque.
          OBERON.          Al encontrarla hace poco detrás del bosque, la         regañé y me disgusté con ella, por buscar dulces favores de    ese odioso imbécil (Se refiere al tejedor con cabeza de burro) pues le había ceñido sus peludas sienes con una corona de flores frescas y fragantes; y el rocío que tantas veces se hincha en los capullos como redondas perlas de Oriente, ahora estaba en los lindos ojos de las florecillas como lágrimas que lamentaran su propia deshonra. Después de burlarme de ella a mi gusto, y de que ella me pidiera paciencia con palabras suaves, le pedí ese niño robado, y me lo dio en seguida, enviando a su duende para que me lo llevara a mi glorieta en el País de las Hadas. Y ahora que tengo al muchacho, desharé ese odioso extravío de sus ojos. Y tú, amable Berto (se dirige al duende), quita esa transformada pelambre de la cabeza de este estúpido ateniense, para que, al despertar a la vez que los demás, puedan volverse todos a Atenas sin pensar en lo ocurrido esta noche sino como la cruel molestia de un sueño.

La confusión entre sueño y realidad en esta obra es semejante a la de La vida es sueño, de Calderón de la Barca, donde el protagonista se duerme príncipe y se despierta miserable, y vive entre los dos mundos sin saber cuál es real y cuál ficticio.
         Una vez que llegan Teseo y su amada Hiopólita al bosque y conocen toda la historia de los cuatro confusos enamorados, en el acto quinto, se lleva a cabo este parlamento:
          HIPOLITA. Es extraño, Teseo mío, lo que cuentan estos enamorados.
          TESEO. Más extraño que cierto. Jamás puedo creer esas fábulas viejas, ni esos caprichos de hadas.  Los enamorados y los locos tienen mentes tan hirvientes, fantasías tan creativas, que captan más de lo que jamás comprenda la fría razón. El Lunático, el Enamorado y el Poeta están todos llenos de imaginación. Uno ve más diablos de los que puede contener el vasto infierno: es el Loco. El Enamorado, igual de frenético, ve la belleza de Elena en un rostro egipcio. Los ojos del Poeta, dando vueltas en alto frenesí, miran desde el cielo a la tierra, desde la tierra al cielo. Y, conforme la imaginación da cuerpo a las formas de cosas desconocidas, la pluma del Poeta las convierte en figuras, y da, a la aérea nada, una residencia en el espacio, y un nombre. Tales trucos tiene la robusta imaginación, que, sólo con recibir alguna alegría, concibe algún portador de esa alegría.  Y en la noche, imaginando algo temible, !qué fácilmente se supone que un matorral es un oso!

El Lunático, el Enamorado y el Poeta están todos llenos de imaginación. Los tres entran en un estado alterado, en el que no domina su razon, sino la fantasía.
         El final de la obra se desenvuelve entre festejos, bailes y jolgorios: tres matrimonios se llevan a cabo. Teseo, Duque de Atenas, se casa con la reina de las Amazonas; Lisandro con Hermia; Helena con Demetrio. Aparte de ello, Titania y Oberón se reconcilian. Sueño de una noche de verano es una obra festiva, en la que se reflexiona sobre el carácter voluble de los enamorados y las transformaciones a las que ellos están sujetos. Conocer estas transformaciones, soportarlas, incluso disfrutar de ellas, debe ser una parte importante de la educación sentimental de los enamorados.
Shakespeare, a la manera de un juego, de un sueño (el sueño es una forma del juego, pues libera al ser humano de las reglas) muestra las características del amor. Pero de un amor particular: el que es voluble, es decir, ese falso amor cuyo adalid es Falstaff.


Marco Tulio Aguilera

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