Las alegres casadas de Winsdor (El concepto de amor en Shakespeare III)

Tercera parte de la serie de conferencias pronunciadas en la Facultad de Humanidades de la Universidad Veracruzana

En Las alegres casadas de Winsdor hay una evolución hacia otra concepción del amor: la mujer ya no es la víctima, sino el hombre. El tema de la obra no es el amor sino el falso amor, el fingimiento. Se escenifica el triunfo de la honestidad sobre el pecado y de la colectividad sobre el individuo. Las alegres casadas, la señora Ford y la señora Page, representan la virtud de la mujer casada, puesta en entredicho por un individuo que Shakespeare presenta como una verdadera caricatura: Falstaff. Falstaff, gordo hasta el abuso, burlón, oportunista, lascivo, vanidoso, ambicioso, mentiroso, hipócrita, adulador, pero además de ello extremadamente ingenuo, discurre por las calles de Winsdor pretendiendo seducir a mujeres honestas. Entre las señoras honestas y Falstaff aparece, como una Celestina, la señora Deprisa, chismosa hasta el delirio, enredadora, dispuesta a cualquier cosa con tal de complicar la trama social en la que se mueve como un pez en el agua clara.
         Falstaff, prepotente, cree posible engañar al mismo tiempo a las señoras Ford y Page, pero resulta engañado por ellas, apaleado, lanzado al Támesis dentro de un cesto de ropa mugrosa y finalmente escarnecido, quemado, golpeado y pellizcado en el bosque a donde acude para gozar de las dos señoras que ya lo han hecho vapulear.
         Falstaff es una figura importante, un símbolo de lo que podría llamarse <<el falso amor>>, ése que se finge, mediante retórica, para alcanzar solamente los fugaces deleites de la carne. Este falso amor es el amor de los vanidosos, que utilizan a las otras personas para sus propósitos y luego huyen, a buscar otros falsos amores.
         De nuevo, como en Los trabajos de amor perdidos, vemos la adulación y la mentira como vía directa de acceso al corazón de la mujer.  Pero ahora la mujer es menos maleable, pues está armada con la virtud.
          SEÑORA FORD. Un sencillo pañuelo, sir John: a mi frente no le va bien otra cosa, y tampoco eso siquiera.
          FALSTAFF. Eres una tirana por decir eso; harías una perfecta dama de Corte, y la firme solidez de tu pie daría excelente movimiento al andar en el semicírculo del guardainfante.  Veo lo que serías si la Fortuna no fuese enemiga tuya, igual que la Naturaleza ha sido tu amiga. Vamos, no lo puedes ocultar.
         SEÑORA FORD. Creedme, no hay tal cosa en mí.
          SEÑORA FORD. ¿Qué me ha hecho amarte? Que eso te convenza. Hay algo extraordinario en ti: vamos, yo no sé mentir, y decir que eres esto y lo otro, como tantos de esos susurrantes capullitos de espino, que parecen mujeres en traje de hombre, y huelen como la calle de los perfumes en la época de primavera. No puedo menos de amarte, sólo a ti, y tú lo mereces.
         SEÑORA FORD. No me traicionéis, señor: temo que amáis a la         señora Page.
          FALSTAFF. Igual podría decir que me gusta pasar por la puerta de la prisión por deudas, lo cual es para mí tan odioso como el olor de un horno de cal.
          SEÑORA FORD. Bueno, el Cielo sabe cómo os quiero, y algún día los veréis.
         FALSTAFF. No olvidéis que lo mereceré.
          SEÑORA FORD. No, os debo decir que lo mereceréis, y si no, no podría pensar de este modo.

Entre sus ficciones y desvaríos Falstaff pronuncia expresiones  y frases interesantes: <<Oh amor, culpa bestial>>, <<Ah, poderoso Amor, que en ciertos aspectos haces al hombre ser un animal; y en otros al animal ser hombre>>.
         La idea del engañador engañado que se presenta en esta obra, va más allá del nivel anecdótico e incurre en profundidades. Se trata, en realidad, de que quien engaña a otra persona, aunque logre aparentemente su objetivo, resulta perjudicado, pues está <<desnaturalizando>> su naturaleza, perdiendo autenticidad. Quien miente se miente. Quien roba se roba. Quien engaña se engaña. Quien baja, tarde o temprano tendrá que subir. Tales son las leyes más íntimas de la materia y del espíritu. Y no hay sustancia --¿cómo llamar al amor? ¿Sentimiento? No creo que la palabra baste. La palabra <<sustancia>> me parece más amplia, pues se relaciona con el substrato, con lo que subyace, con lo más íntimo e irreductible --que participa tan sutilmente del maridaje entre la materia y el espíritu, como el amor.
         La introducción de este nuevo elemento, la virtud, en las obras de Shakespeare, las hace menos juguetonas, pues invita ya no sólo al juego de artificios, sino a la reflexión.



Marco Tulio Aguilera

No hay comentarios:

Publicar un comentario