La fierecilla domada (El concepto de amor en Shakespeare)

Segunda parte de la serie de conferencias sobre El concepto de amor en Shakespeare

Marco Tulio Aguilera 

El tema dominante de La doma de la furia es la lucha por el poder entre hombre y mujer y el subsiguiente dominio del hombre sobre la ella. La furia, la fierecilla, es Catalina: un demonio, una arpía, un engendro, una maestra emérita del insulto y el desaguisado, una loca de atar, digna de habitar en una jaula. El padre se plantea la necesidad de casarla a ella, antes que a su hermana, Blanca, que es una paloma: obediente, sencilla, amable, hacendosa. Parecería labor imposible casar a la fiera. Sin embargo aparece Petrucho, que pretende llevar a cabo la doma de la furia. Veamos cómo afronta su labor:
            PETRUCHO . ¿Para qué vine aquí sino con la intención de cortejar a Catalina? ¿Pensáis que un poco de estrépito me puede embotar los oídos? ¿No he oído en mis tiempos rugir leones? ¿No he oído el mar, agitado por los vientos, enfurecerse como un jabalí iracundo empapado en sudor? ¿No he oído los grandes cañones en campaña, y la artillería celeste tronando en los cielos? ¿No he oído, en una batalla indecisa, ruidosos toques al arma, corceles relinchantes y trompetas resonantes? ¿Y me vienes a hablar de una lengua de mujer, que no hace ni la mitad de ruido en su disparo que una castaña en la lumbre de un labrador? Bah, bah, asusta a los niños con el coco.

Aquí Shakespeare nos presenta, evidentemente caricaturizados (pero toda caricatura no es otra cosa que la búsqueda de los elementos esenciales, por medio de la exageración)a los dos protagonistas de la batalla que se ha venido librando a lo largo de la historia de la humanidad: el hombre y la mujer. La una es presentada como la furia, el otro como el dominador de la furia. El hombre como la razón; la otra como la sinrazón. A lo largo de la obra veremos que el hombre intenta dominar a la mujer con sus mismos elementos. Apela a al absurdo, al exceso, a el trastocamiento de los elementos.
            Y en efecto, Petrucho no se asusta. Agrega <<yo soy duro y no cortejaré como un niño>>. ¿Cómo pretende cortejar y ganar a semejante basilisco?

            PETRUCHO . Supongamos que chilla: bueno, pues le diré con claridad que canta tan dulcemente como un ruiseñor; digamos que se pone ceñuda: diré que tiene tan claro aspecto como las rosas mañaneras recién lavadas con rocío; digamos que se calla y no quiere decir una palabra: entonces elogiaré su elocuencia y diré que habla con penetrante elocuencia; si me manda al cuerno, le daré las gracias como si me pidiera que me quedara una semana; si se niega a casarse, preguntaré qué días se hacen las amonestaciones y cuándo son las bodas.

Y en cuanto le presentan a la arpía comienza su labor de gota sobre la piedra.
            PETRUCHO .Buenos días, Cata: pues ese es tu nombre, he oído decir.
            CATALINA .Bien habéis oído, pero sois un poco duro de oído: me llaman Catalina los que hablan de mí.
            PETRUCHO .Mientes, a fe, pues te llamas Cata a secas, Cata la caprichosa, y a veces Cata la maldita; pero Cata, la más linda Cata de la Cristiandad (...) Cata de mi consuelo: al oír elogiar tu bondad en todas las ciudades, hablar de tus virtudes, y ensalzar tu belleza, aunque no tan profundamente como te era debido, me he movido a pretenderte como mujer.
            CATALINA ¡Te has movido! En buena hora; pues como te has movido para venir, muévete para marcharte; desde el primer momento me di cuenta que eres muy mueble.
            PETRUCHO . ¿Como un mueble?
            CATALINA .Una banqueta de tres patas.
            PETRUCHO .Has acertado: ven a sentarte encima de mí.
            CATALINA .Los burros están hechos para las cargas, y tú también.
            PETRUCHO .Las mujeres están hechas para cargarse de hijos, y tú también.
            CATALINA .No soy tan burra como tú, si hablas de mí.

Se siguen insultando hasta que Catalina lo abofetea. Culmina una larga escena de improperios mutuos.

            PETRUCHO .No, oye, Cata: de veras no te escaparás así.
            CATALINA .Si me quedo te enojaré, déjame marchar.

Y aquí se inicia la estrategia de Petrucho: comienza a voltearle el mundo, a fingir que él lo ve todo al revés y a querer que ella lo vea de manera semejante:

            PETRUCHO .No, ni pizca: te encuentro muy amable. Me habían dicho que eras áspera y esquiva y malhumorada, y ahora encuentro que la noticia era puro embuste; pues eres placentera, alegre y muy cortés, pero lenta de palabra, aunque dulce como las flores de primavera; no eres capaz de ponerte ceñuda, no sabes mirar de soslayo ni te muerdes los labios, como las muchachas iracundas, ni encuentras placer en llevar la contraria al hablar, sino que entretienes a tus pretendientes con benevolencia, con amable conversación, suave y afable. ¿Por qué el mundo dice que Cata renquea? ¡Ah, mundo calumnioso! Cata es derecha y esbelta como una rama de avellano, y más dulce que las almendras.

No es fácil la labor de Petrucho. Catalina amarra a su hermana, descalabra a un fingido maestro de música, abofetea a su pretendiente. Petrucho se plantea su labor como la del domador y dice que no le arredrarían ni los trabajos de Hércules. A espaldas de Catalina, el pretendiente arregla con el padre para casarse, luego se va y solamente regresa unos minutos antes de la boda. Pero cuando vuelve, lo hace vestido con fachas desarregladas y extravagantes. La boda se lleva a cabo de la forma más loca posible. Un personaje que  asiste a ella, la describe: <<Cuando el sacerdote le preguntó a Petrucho  que si quería a Catalina por mujer, él dijo: "¡Claro que sí, por los clavos de Cristo!", y juró tan fuerte que el sacerdote, todo asombrado, dejó caer el libro, y cuando se agachaba para recogerlo, el loco del novio le dio tal bofetada, que se cayeron el cura y el libro>>.
            Petrucho se porta de la forma más absurda: le tira comida al sacristán en la cara, agarra a la novia por el cuello y <<la besó en los labios con tan clamoroso chasquido que toda la iglesia hizo eco>>. Luego no asiste a la fiesta de bodas, se lleva a su esposa porque según él su esposa es <<mi hacienda, mis muebles: ella es mi casa, todo lo de mi hogar, mis campos, mi granero, mi caballo, mi buey, mi burro, mi lo que sea>>. Luego en el viaje se porta de la forma más despótica posible con sus sirvientes y con su mujer. Llegan a una fonda y Petrucho pide de comer. Tira la carne arguyendo que está mala, aunque estaba buena; no deja que su esposa coma ese día ni al siguiente, no la deja dormir y tampoco le hace acercamiento conyugal alguno.
            Catalina comienza a ver su futuro turbio y se queja. Pero Petrucho no ceja: afirma que el día es noche y obliga a su mujer a decir que así es. Y cuando ella lo acepta, Petrucho le dice que está equivocada. La obliga a besarlo en público. Luego, cuando siente que su furia está domada, regresa a casa del padre, donde va a mostrar que en efecto, ha logrado sobajar el orgullo y la terquedad de Catalina.
            Es claro que Shakespeare, en esta obra asume la defensa del hombre y no se detiene a reflexionar sobre la situación domestica de la mujer, su aburrimiento, su falta de alicientes. Con esta obra el autor defiende toda una ideología en boga entonces e incluso ahora: la de la indispensable obediencia de la mujer, la de su inferioridad frente al hombre.
            El resultado es que la mujer termina por ceder, y tanto que hacia el final es ella quien emprende discursos para probar la superioridad del hombre y lo conveniente de la sujección del la mujer a sus dictados:

            CATALINA .(...) Igual obediencia que el súbdito al príncipe debe una mujer a su marido; y cuando es reacia, terca, malhumorada, agria, y no obedece a su honrado deseo, ¿qué es sino una malvada rebelde desordenada, una traidora imperdonable contra su amante señor? Me da vergüenza que las mujeres sean tan tontas como para hacer la guerra cuando deberían arrodillarse pidiendo paz; y que busquen el mando, la supremacía y el dominio,  cuando están sujetas a servir, amar y obedecer. ¿Para qué son nuestros cuerpos blandos y débiles y suaves, incapaces de lucha y agitación en el mundo, sino para que nuestra condición suave y nuestros corazones vayan bien de acuerdo con nuestras condiciones externas? ¡Vamos, gusanos tercos e incapaces!

Cuesta trabajo creer que Shakespeare, un espíritu tan lúcido, haya hecho un alegato tan vigoroso del machismo, sin que haya en el fondo una carcajada irónica. Podemos entender semejantes palabras en labios de Catalina, como un reflejo de lo que sucedía en aquellos tiempos con las mujeres, quienes sin duda se rebelarían al verse tan deplorablemente pintadas.

            En esta obra se plantea el amor como una batalla de poderes, ya no simplemente como fuegos de artificio verbales. En esta batalla domina el más fuerte, que termina siendo el hombre.

Marco Tulio Aguilera

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