Tomado de El Espectador, 30 de marzo 2016

 “Al escritor le conviene más el fracaso que el éxito”: Marco Tulio Aguilera
El novelista y deportista colombiano Marco Tulio Aguilera, quien está radicado en México, acaba de publicar “Poéticas y obsesiones”, un compendio con sus ensayos y conferencias.
Por: Ángel Castaño Guzmán

Novelista y deportista colombiano radicado en México, Marco Tulio Aguilera (Bogotá, 1949) acaba de publicar con la Editorial de la Universidad de Antioquia el compendio de ensayos y conferencias Poéticas y obsesiones. Bitácora de lecturas y experiencias, el libro de Aguilera contiene reflexiones del oficio narrativo hechas por un escritor diestro en las faenas de la ficción.
En el prólogo de “Poéticas y obsesiones” señala que el tema de su literatura es usted mismo, sus manías y pasiones. Luego de una larga carrera en las letras, ¿qué balance hace de su trabajo literario?
Puedo decir que estoy plenamente recompensado, no sólo porque haya conseguido algunos bienes básicos y algunos que podrían ser considerados como accesorios, sino porque he podido ejercer un oficio que me gusta y porque mis libros han sido publicados por editoriales de varios países con muy buena crítica, aunque en ocasiones con difusión insuficiente. A la altura de los años que tengo, disfruto de la vida con intensidad: tengo tiempo para escribir, para hacer deporte, para estudiar violín, para viajar a donde me invitan, y sobre todo para mantener una integridad que me permite decir lo que pienso.
En el libro hay varias conferencias destinadas a hablar del cuento. Después de cultivar el género, ¿qué elementos hacen de una narración un cuento memorable?
Cada cuento es diferente, de modo que no me parece que se pueda hacer una especie de tratado sobre cómo se escribe. Hay algunos elementos comunes o algunas constantes. Debe haber, por ejemplo, un buen relato, algo que sea diferente a todo lo escrito, un estilo adaptado al tema, ausencia de paja, una transformación en los personajes o en la situación, debe haber una expectativa en los personajes o en el lector, debe haber pasión, acción, dinámica, movimiento, personajes o situaciones memorables, debe haber un buen estilo adaptado a la situación. Si los cuentos no arrebatan la atención, no valen la pena. Yo aspiro a que mis cuentos agarren a los lectores del cuello y los lleven hasta el final sin permitirles casi respirar. En algunos cuentos pienso que lo he logrado. Pero de todos modos, cualquier generalización es vana. Cada cuento es un cuento diferente, un reto, una aventura, una aventura desde la primera palabra hasta la última.
Dedica usted un ensayo a la obra de Henry Miller, escritor que ha influido en su obra. ¿Qué rescata a esta altura del autor de “Sexus”? ¿Qué tanto de sus libros le deben a él?
Henry Miller ha sido básico para mí. Tengo casi todas sus obras y he aprendido mucho de ellas. La crucifixión rosada, Trópico de cáncer y Trópico de capricornio, El coloso de Marusi son obras que vale la pena releer. Le debo más a Miller que a García Márquez. Mi primera novela, Breve historia de todas las cosas, fue escrita bajo la sombra de Cien años de soledad. Pero a partir de esa obra, que salió publicada en Buenos Aires cuando yo tenía 24 años y que tuvo una repercusión grande, al punto que se la comparó con la obra mayor de García Márquez, a partir de esa obra, repito, escribí libros muy personales: Cuentos para después de hacer el amor, Cuentos para antes de hacer el amor y El imperio de las mujeres, además de varias novelas, entre ellas El amor y la muerte, que fue finalista secreta del Premio Alfaguara, y una serie de novelas seriadas, que he llamado en general El libro de la vida (formado por Mujeres amadas, La insaciabilidad, La hermosa vida, Doctor Amóribus y tres inéditas). En esta serie de novelas está presente el influjo de Miller en varios aspectos: la narración autobiográfica, la aventura amorosa y erótica como una forma de la épica personal, la reflexión filosófica.
En el ensayo “La novela: seda entre las manos” usted repasa su periplo novelístico. Luego de reflexionar sobre el oficio, ¿cuáles han sido las epifanías que le han deparado sus novelas? ¿Sigue creyendo que para escribir una novela hay que ser un optimista irredento?
Es muy difícil localizar cuál fue el momento o la situación que hicieron que la maquinaria de una novela arrancara. Supongo que no es sólo una motivación sino muchas las que contribuyen a que un escritor se obsesione con un tema al punto de dedicarle la mayor parte de las horas de su vida durante uno o varios años. Mi primera novela, Breve historia de todas las cosas, nació de tres o cuatro circunstancias: el recuerdo de un pueblo muy colorido, muy extravagante, de Costa Rica; la lectura de Cien años de soledad, que abrió mi imaginación a la maravilla de ese pueblo; el aburrimiento de las clases de filosofía en la Universidad del Valle, además de mi afición exagerada a la lectura y al ensimismamiento. Todo eso contribuyó, pero saber a ciencia cierta qué fue lo que prendió la mecha es muy difícil, tan difícil como interpretar un sueño confuso. Y de verdad que ponerse a escribir novelas es un acto de optimismo radical: gasta uno muchos años en una quimera que podría terminar en la basura o totalmente ignorada. Y es un acto de optimismo porque el verdadero novelista cree que con cada obra cambiará al mundo y que cada obra será una obra de arte. Cada novela debe ser una apuesta total: de ahí la pasión absoluta, la obsesión feroz con que se han escrito las grandes obras.
Esa pasión convierte al novelista en un descendiente de Caín, como usted lo llama en una de las conferencias compiladas en “Poéticas y obsesiones”.
La profesión del novelista casi obliga a la soledad, al aislamiento, al abandono de los papeles sociales aceptados y casi exigidos, obliga a menudo a traicionar ciertos secretos familiares o sociales, lo que lo convierte en una especie de antisocial, una entidad peligrosa, no sólo para sus parientes y amigos, sino para el establishment. Solamente hasta que doblegue la cerviz del poder y de la sociedad convencional en la que vive, mediante la fuerza de sus letras, logra ser aceptado y celebrado. Antes de eso el escritor es una especie de perro bajo la escalera. Y cuando llega el éxito, la aceptación y la celebración, generalmente el escritor baja la guardia y empieza a liberar productos mediocres, inacabados. Por eso es que al escritor le conviene más el fracaso que el éxito.
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Marco Tulio Aguilera

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