Trapitos al sol: las intimidades de Fidel Castro


Cumpleaños 89 de Fidel
Trapitos del sol Las palabras y los muertos: las intimidades de Fidel Castro

“Siempre ha pensado que morirse es hacer el ridículo”. Esta es la frase que más me ha quedado resonando tras la lectura de  Las palabras y los muertos,  novela de Amir Valle. ¿Qué va a suceder en Cuba cuando Fidel muera? La respuesta la dará la historia. Que Cuba no se acabará cuando Castro muera, es obvio; que lo que se ha llamado la revolución acabará, se transformará, se adaptará, nadie lo sabe.
Las intimidades de Fidel, de su hermano Raúl, de sus mujeres, hijos, parientes, amigos, los chismes, las noticias, las triquiñuelas, el fusilamiento de opositores y de quienes fueron sus aliados,  los amores, las fidelidades e infidelidades, la divinización del Jefe, el juicio de la historia y el de sus contemporáneos: que si Fidel trabajó para la CIA y  la KGB, que si fue un gran nadador y un gran amante, que si mandó derribar una avioneta para eliminar a su ex compañero Camilo Cienfuegos, que si ordenó hacer experimentos  biológicos que dejaron ciegos a varios soldados, que si dio instrucciones para fabricar armas biológicas que se aplicarían en Estados Unidos… todos estos infundios, noticias, verdades a medias o de bulto, leyendas o maledicencias, son rememorados por Facundo, su sombra, su guardaespaldas, su confidente, el que lo sabe todo y todo lo calla, “porque Fidel es un dios que compite con el Dios de arriba y a veces lo supera”.
Amir Valle, hoy residente en Berlín, fue parte del aparato cultural cubano, obtuvo abundantes premios en su país;  pero cuando uno de sus libros incurrió en alguna crítica incómoda para el régimen, fue señalado como disidente: tras uno de sus viajes literarios al extranjero, se le impidió regresar. Consiguió el apoyo de una institución cultural, una beca, y se estableció en Alemania. Con enormes dificultades logró sacar de Cuba a esposa e hijos pero tuvo que dejar su patria y sus posesiones atrás. Y a partir de entonces se estableció como uno de los mayores difusores de la cultura hispanoamericana en Europa y uno de sus escritores más conocidos, vilipendiados o alabados (según el que blandía la corona de laureles o el garrote).
Difícil localizar Las palabras y los muertos en alguna casilla: novela histórica, de anticipación, recopilación de secretos, de infundios, de canalladas que son vox populi, collage de opiniones, colección bien organizada de recortes de prensa… o inventario de animadversiones y celebraciones de Facundo, el guardaespaldas, un guardaespaldas tan fiel, que carecía de otra opinión que no fuera la de Fidel (al referirse a García Márquez dice era evidente la admiración que Fidel profesaba a la obra de aquel hombrecillo de voz aflautada cuyo servilismo tanto irritaba a Facundo).
La novela no se puede leer como documento histórico porque carece de bibliografía, tampoco se debe tomar como calumnia descarada contra Fidel y la revolución (mucho de lo que se denuncia está fundamentado por otras fuentes, en general personas reales, a las que se menciona  con nombres propios). 
La novela de alguna manera obliga a suspender el juicio del lector, a la espera del juicio de la historia. Un juicio que ni yo ni ningún contemporáneo podremos ver por el inevitable carácter finito de nuestras existencias.
En la historia real, la que en este momento está sucediendo,  Fidel no ha muerto; hoy gobierna su hermano Raúl. Fidel es ahora una especie de tótem. ¿Qué sucederá cuando muera? ¿Se derrumbará el andamiaje de la llamada revolución? ¿O se fortalecerá la revolución gracias al ascenso de Fidel al santoral?
Yo personalmente no creo ni en la inteligencia de la historia ni en el sentido de la historia. Hegel es (según mi limitada opinión) un ingenuo optimista. La teleología es una forma de la teología. Lo mío es la exploración de la intimidad. Allende el territorio de la literatura pienso que lo que hay es el reino de la absoluta incertidumbre. La novela de Amir contribuye a que yo me aferre con más deleite y tozudez a esta convicción.
No dudo que habrá quienes celebren altamente esta novela, como lo hicieron dos premios Nobel (Vargas Llosa y Herta Müller); habrá quienes la reprueben acerbamente, no sólo por tantos secretos vergonzosos de Fidel y la revolución que expone ante el mundo, sino por algunas características estilísticas que considerarán poco finas.
De lo que sí puedo dejar constancia es que la obra me ha sumergido por completo, de manera absorbente, casi asfixiante, en un microcosmos cubano que sin duda es modelo feroz de los laberintos a veces tortuosos y criminales a los que lleva el poder absoluto.
Y pienso que para quien ha estado tan cerca de tener el poder absoluto como Fidel Castro, en efecto debe ser casi ridículo morir y pensar que ese reino de boato secreto y capricho sobre todo un país ha de acabar algún día. No dudo que la idea de la posibilidad de la eternidad ha de ser una obsesión para los que se creen divinos, una obsesión mientras más persistente, más dolorosa. Más dolorosa porque es del todo absurda. Para algunos la idea de la muerte puede ser un consuelo, para otros un desconsuelo. Tal vez los estoicos hayan sido los únicos para quienes la muerte les haya sido indiferente. Cada quien escoge o es víctima de sus expectativas.



Marco Tulio Aguilera

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