Un cuento de Nayla Chehade

El nombre de las cosas
XXV Premio Ana María Matute de relato 2013

 Para nadie era un secreto que ese matrimonio andaba mal, muy mal. Digamos, que ya no tenía componedero ni había manera alguna de pegar lo que estaba roto, quebrado para siempre. Pero que las cosas terminaran así, nadie lo hubiera imaginado, ni siquiera yo mismo, que sabía más que muchos cómo era en verdad aquello desde adentro. Y no es que nos hubiéramos acostumbrado a esas peloteras entre los dos que parecían cada vez más terribles y sin reversa. Ahora sí, decíamos, esto se acabó, llegó adonde iba a llegar. No da para más, no aguanta. Pero qué va. Siempre había otra vez y eso era lo que nos confundía, porque cuando menos se esperaba después de una de esas trifulcas, ahí estaban ellos que si mi amor para acá, que si muñequita preciosa para allá, que pare en la esquina, Arnulfo y le compro ese ramo de rosas amarillas que tanto le gustan a la señora, que oiga Arnulfo, desviémonos por aquí un momento y lléveme a La Ibérica a conseguirle esos chorizos que le encantan al señor y entonces a todo el mundo parecía olvidársele el infierno de los días anteriores, ese odio encarnizado que vomitaba la señora en cada palabra y ese porte de Nazareno magullado con que el señor recibía humillaciones y desprecios. Y por unos días respirábamos aliviados, rogando que esa paz engañosa de río manso cundido de remolinos traicioneros, les durara aunque fuera un poco y que la contentura con que amanecían no terminara convirtiéndose en el veneno apestoso que nos salpicaba a todos y nos emponzoñaba las horas. Yo no sé en qué momento fue que se metieron por ese hueco oscuro y sin fondo que se tragaba la casa completa con su gente y sus cosas ni cómo nombrar o entender lo que tuvimos que vivir en ese tiempo. Porque al principio cualquiera podía haber jurado que ahí había algo como de tronco firme, bien afincado, capaz de aguantar derechito los peores golpetazos y remesones. La verdad es que daba gusto verlos juntos por lo bonitos que se veían uno al lado del otro. Con esa piel tan lisa y tan clara, los dos, y esa forma de moverse casi bailando entre las cosas. Y cuando se cogían de las manos o cuando él le acariciaba la cara como si estuviera tocando una de las porcelanas finísimas que tenían en la sala y a las que nadie podía acercarse por miedo a que se quebraran, o cuando a ella le daba por componerle el pelo y entrarle los dedos largos, con sus uñas rojas de siempre por los surcos de la cabeza, uno no podía dejar de mirarlos ni de pensar que gente como ellos no se veía solo en las revistas esas que leía la señora, sino que la cuestión era de pura suerte, como una lotería, que muy pocos se ganan cuando nacen y que la mayoría la llevamos perdida desde el comienzo. Había que verla a ella con esa melena negra tan brillante, tan arreglada siempre por las manos de su Amparito, que sabía mejor que nadie de crespos y alisados y de todos los embelecos que las mujeres se hacen en el pelo, y con esos ojos enormes, igualitos a los de su madre, pero como arropados de tonos verdes y amarillos que le cambiaban con la luz del sol. Linda lo que se dice linda y con esa simpatía que hacía que a uno se le olvidaran los berrinches y pataletas de cuando era muchachita y que tanto me tocó lidiar y los caprichos con los que nos puso a correr a todos hasta el final, que no, que no acepto estos camarones, vuelva a la plaza de mercado Arnulfo y dígale a la negrita que no son los mismos de siempre, rosados y fresquecitos como me gustan, que estos no huelen ni siquiera a mar como debe ser y además vea el tamaño, así que a mí no me engaña, que por algo el ceviche que se come en esta casa es el mejor, y allí iba yo sin decir nada y le cambiaba los camarones por otros igualitos que ella encontraba divinos, que oiga Arnulfo, cómo se le ocurre que voy a usar este lomo para la cena, con tantos invitados que tengo hoy, mírele el color y esa cosa babosa que tiene por encima, hágame el favor, vaya donde don Alejo y dígale que carnicerías hay por montones en la ciudad y que si no me trata como me merezco, no le compro más y allá iba yo y le cambiaba el lomo por otro que no tenía ninguna diferencia, pero que a ella le parecía perfecto para cocinar con vino blanco y pimienta como su madre le había enseñado y entonces la veía respirar con alivio, dueña de su cocina y de las empleadas que seguían sus órdenes sin chistar, contentas de ver a la señora contenta, felices de verla feliz, pidiéndoles por favor que picaran aquí, que machacaran allá, que sofrieran con cuidado en la ollita mediana, que hirvieran sin quemarse en la olla grande, agradeciéndomelo todo con una suavidad en las palabras y un cariño en la voz que yo sentía verdadero, que vea Arnulfo, no lo he visto comer en toda la mañana, siéntese tranquilo y tómese su cafecito con leche y una arepa con el queso blanco tan rico que compramos ayer, tan bello Arnulfo, yo no sé que haría sin usted, gracias a Dios hace tantos años vino a trabajar con nosotros y pudo escaparse vivo de la cocinadera de hojas en que andaba metido por allá en la selva, cuando balearon al jefe tan misterioso ese que tenía y se armó la desbandada, dígame sino fue pura suerte o un milagro, seguro hasta lo hubieran matado sin que a nadie le importara, como pasa todos los días y por acá la gente ni cuenta se da ¿cierto? porque las cosas no han cambiado mucho, que oiga Arnulfo, por la primera comunión de Estercita no se preocupe, que el vestido se lo mandamos a hacer donde doña Milagros, con perlas en la cintura y todo y una pieza grande de encaje en la falda y por supuesto, los zapatos se los conseguimos en el centro, de charol blanco y con trabilla, como tiene que ser, que si papá y mamá no tiene la muchachita, abuelo le sobra y yo me sentía importante y querido y con ganas de seguirla complaciendo en lo que pidiera, así fuera ir al fin del mundo para verla satisfecha y agradecida. Y al señor también, claro, porque ese sí que pudiendo mandar, ni pedía. Había que adivinarle el pensamiento y estar pendiente de lo que necesitara. Y esa debía ser una de las cosas que hacían reventar a la señora y la mantenían tan incómoda, creo yo, porque seguramente ella hubiera querido a su lado a alguien recio, no sé, con ganas de seguir teniendo más de lo que ya tenían de sobra, de lucirse por la vida y por el mundo con mucha bulla y aspaviento, como los que visitaban la casa y él, en verdad, de esos no era. Todos lo sabíamos. Cualquiera podía ver cuánto sufría con las fiestas que a la señora le daba por inventar cada rato. Nos ponía a correr como locos por semanas para que todo quedara como ella se lo había imaginado, según se lo había soñado, con sus arreglos de flores por todas partes de la casa, astromelias en las esquinas, platanillos cerca de la piscina, mucho rojo, mucho color por todas partes y cartuchos blancos en las mesas, elegantísimos, ¿verdad Arnulfo? Y con sus manteles almidonados que yo había recogido en Lavaseco y revisado bien para que no tuvieran ninguna arruga ni les hubiera quedado ninguna mancha de la fiesta anterior y su mesa de postres y sus bandejas brillantes repletas de todas las carnes, llenas de los mariscos frescos del puesto de la negrita del mercado, apiladas de los arroces bañados en mantequilla y adornados con perejil picadito, bien crespo y brillante, que yo mismo le había comprado al hombre de las yerbas, todo tal como lo había visto en una de sus revistas, mejor que el último banquete del club, porque así tenía que ser siempre lo de la señora, lo mejor de lo mejor. Hasta el marido, claro. Pero no. Para él todo eso era una tortura y aunque no se quejaba, era fácil darse cuenta que ese alboroto no era lo suyo y que si tragaba entero, era solo por ver a su reina dichosa, por mirarle la cara de emoción cuando todos le decían que nunca habían estado en una fiesta así, que jamás se habían comido una comida tan deliciosa, que de dónde las flores, que a quién le compraba los quesos, que cuál era el secreto, que cada día se veía más divina. Coger la Carretera al Mar y llevarse a su muchachito a la finca todo el fin de semana y hacer él mismo sus asados y revisar naranjales y guayabos para asegurarse de que no tuvieran plaga o bajar hasta la chorrera y salir gritando del agua, muerto de la risa cuando el niño venía morado de frío a buscar los brazos de su papá para calentarse y cosas así, era lo que le gustaba y lo que pocas veces podía hacer, porque antes de que él decidiera, ya la señora lo tenía comprometido. Así era. Y él aceptaba sin protestar, como si al fin de cuentas lo único importante fuera hacerle la vida alegre a ella, verla reírse alborotando el pelo cuando los invitados la alababan y el vino que se tomaba le subía los colores a la cara y la hacía flotar emocionada entre la gente, como si tuviera alas y pudiera estar en todos los rincones de la casa al mismo tiempo. De lejos ella me hacía señales para que me asegurara de que los mozos estuvieran atendiendo bien a la gente sin desperdiciar el trago, para que allá en la cocina todo estuviera en orden y en las mesas los invitados contentos con sus platos llenos. Yo le contestaba con la cabeza tranquilizándola con ademanes que ella ya conocía, asegurándole que todo iba bien, dándole a entender con las manos que siguiera gozando tranquila su fiesta, recordándole que tantos años de trabajo con su madre ya me habían enseñado muy bien lo que tenía que hacer. Y no me iba hasta que se hubieran ido todos. Después ella siempre se quitaba esos zapatos de tacón enorme en los que había estado montada toda la noche y los tiraba a un lado y me daba las gracias por todo, qué fiesta tan bella, verdad Arnulfo, qué noche tan bonita, ¿cierto? La próxima vez no traemos mariachis y contratamos un trío. Esos tampoco pasan de moda. Pero váyase a descansar ya, que mañana las muchachas lo terminan de organizar todo, sin darse cuenta de que ya era mañana, que estaba a punto de amanecer y entonces cogía a su marido de la mano y subían las escaleras abrazados, pegaditos como un solo cuerpo y ahí paraba yo porque no quería imaginarme cosas, no quería pensar en él quitándole despacio la ropa y en ella dejándose caer sin aliento como muñeca de trapo, blandita y complaciente en esa cama tan enorme que tenían, llena de cojines y de almohadas, ahí yo paraba, cuando él también me agradecía tanta ayuda y se le veía la prisa por subir, por cobrar su premio ganado a punta de paciencia y recibir al fin lo que le correspondía después de tanto enrojecerse hasta las orejas sin estallar, de tener que pensar primero en lo primero y ella, claro, era siempre lo primero, váyase tranquilo, Arnulfo y no se le olvide apagar todas las luces y llevarse lo que quiera, ya vio cuánta comida sobró, usted sabe lo exagerada que es la señora, cree que nunca será suficiente y termina sobrando de todo, como para otra fiesta igual. Y al fin yo me iba y los dejaba allá arriba, en su casa tan enorme, callada después de tanto ruido y tanta música, más grande todavía sin la gente y sin su dueña alrededor. Así era en esos días en que cada cosa estaba en su lugar, hasta que el mundo se volvía a caer otra vez y nos aplastaba a todos, pero claro, más al señor. Mucho más. Entonces ella dejaba de dar las órdenes en la cocina y de preocuparse por el olor a mar verdadero de sus camarones y por la frescura de sus carnes, porque le limpiaran bien el polvo que se acumulaba en el borde de los cuadros o le recogieran hasta la última hoja seca del jardín como nos exigía. Y la casa seguía su propio rumbo, el que ella había marcado como señora que era, de modo que nosotros hacíamos lo que teníamos que hacer para que la vida pareciera igual, la piscina azulita reflejando el sol y el cielo abierto sin nubes, la mesa puesta de blanco como a ella le gustaba y el verde de las plantas más verde todavía, pero todo con una calma mentirosa, agarrada de un hilo a punto de romperse. Y se rompía. Hacía que su madre y las empleadas se ocuparan del niño y no volvía a mencionar fiestas ni banquetes y lo único que veíamos de ella era esa rabia espesa que le aventaba encima al señor en cada palabra y le hacía brotar manchones rojos en la cara tan blanca que tenía. Las manos le temblaban como si estuviera enfermo, pero no decía nada, ni siquiera cuando ella le aporreaba el orgullo con cosas que nos daba vergüenza oír y que ni entre nosotros mismos repetíamos después, para que no se nos hiciera tan difícil mirarlo a los ojos y hacer de cuenta que nada sabíamos, que nadie había oído los gritos de ella cuando le decía que no servía para nada, ni en los negocios ni mucho menos en la cama, que verlo comer y hablar y sentirlo respirar lo que le daba era puro asco, que mejor muerta que seguir al lado de él. Pero la que se murió a destiempo no fue ella. Así es la vida. Camino a la fábrica con el señor yo sabía que no podíamos oír música, ni siquiera los vallenatos que tanto le gustaban o los boleros de Felipe Pirela que se sabía de memoria y que tatareaba con sentimiento en los días en que no le pesaba el corazón, ni mucho menos sintonizar las noticias o hablar de lo que siempre hablábamos, de la congestión del tránsito que nos azotaba todas las mañanas, en otras partes no es así Arnulfo, créame, hay muchas ciudades donde la gente sigue su carril y le hace caso a las señales de tránsito y no se oye ese griterío y la pitadera que nos enloquece por acá, ni tampoco quejarnos de los huecos de las calles que desbarataban amortiguadores y llantas y que ningún alcalde de ningún partido iba a arreglar nunca, porque en esos momentos todo sobraba y era como si las palabras se hubieran acabado o no sirvieran para nada. Yo lo miraba por el retrovisor con disimulo, para que no sintiera mis ojos encima ni se diera cuenta que alcanzaba a verle el sudor que le corría a chorros por la frente, en un carro tan helado que hubiera hecho tiritar a la señora y las venas a punto de reventarle en el cuello encerrado en una corbata que parecía que lo estuviera ahogando. Pero no es fácil ver la pena cuando está vestida de tanta rabia ni entresacar el dolor cuando viene arropado por la furia. Por eso yo sé que él no era el único que sufría. Sino, quién hubiera podido negar que esas lágrimas que le llenaron la cara a la señora por días y que le amorataron todo el borde de los ojos y ese ruido bajito, sin palabras, que no paraba y que le salía desde muy adentro del pecho, como de alguien que están despellejando vivo y no tiene fuerzas para gritar, no eran de verdad, cuando vio el cuerpo desnucado de su marido, amarillo como la cera con que le pulían los pisos de la casa y la boca descolgada como de alguien que lleva horas dormido o ha subido una loma corriendo y le cuesta respirar y seguramente cayó en cuenta de que eso era todo. Que le había tocado frenar en seco y no había modo de retroceder, porque donde él estaba ya no podía llegarle nunca ni el peor de los insultos, ni la más dulce de sus arrebatadas palabras de amor que claramente le oímos decir cuando amanecía loquita por él. Tan verdadero era ese llanto, digo yo, como la repugnancia que tantas veces le escupió sin piedad frente a nosotros en sus rachas de ira ciega, tan cierta su pena, que no sé si algún día pudo curarse de tanto dolor y volvió a sentir las mismas ganas de vivir de los días grandes en que armaba jolgorios y trastornaba su cocina con órdenes de urgencia y contraórdenes de último minuto antes de cada banquete, si fue capaz de encaramarse otra vez en sus tacones y de pintarse las uñas de rojo vivo y reírse a carcajadas mostrando esos dientes blanquísimos y parejitos que parecían de mentira o de lucir las gracias de su cuerpo y el pelo suelto igual que antes, cuando se lo arreglaba Amparito y vivía convencida, como una niña, de que todos los piropos del mundo se habían hecho pensando solo en ella. Para mí, que no. Que todo eso se fue despeñadero abajo con su marido desde la tarde que la llamaron para informarle que habían encontrado el cuerpo en el fondo de un barranco cerca del kilómetro 23 de la Carretera al Mar y le dijeron que no se sabía si era que el pavimento estaba más resbaloso de la cuenta porque había llovido toda la mañana, si fue culpa de la neblina que parecía más espesa que nunca porque en todo el día no había salido el sol que la disipara, o si una camioneta con un conductor borracho a toda velocidad que habían detenido más adelante, tomó una curva demasiado abierta y lo había mandado derechito al precipicio. El caso es que estaba muerto. Y saber cómo había sido no iba a cambiar nada. Encenderle más los fuetazos de esa cosa tan fea y torcida que debía estar sintiendo, parecida a lo que llaman remordimiento, eso sí, digo yo. Ella no dejó que lo rajaran y le escarbaran los caminos secretos de sus órganos para saber la última verdad, porque claro, la señora tenía sus amigos importantes en todos lados. Por mi parte, estoy seguro de que lo que ella quería era no oír por boca de otros lo que seguramente ya sabía y que en el fondo, debía ser lo mismo que yo pensaba y que nunca me atreví a decir. Para qué dañarla más, si ya tenía suficiente. Él quedó en los Jardines del Recuerdo, en una lomita donde el aire se siente fresco y se alcanzan a ver atrás las montañas y al anochecer, desde lejos, también a Cristo Redentor, iluminado de azul y con los brazos abiertos. Lo enterraron solo y a ras de la tierra porque aunque quisieron, no pudieron meterlo con los otros muertos de la familia en el cementerio viejo, en su panteón tan elegante, parecido a una casita de mármol. Allí ya no dejan enterrar a nadie desde hace tiempo. Mejor. Las pocas veces que he pasado a visitarlo, el pasto está siempre verde y se ven árboles tupidos que dan buena sombra y unas cascadas chiquitas que hacen un ruido tranquilo de agua corriendo a toda hora y aunque algunas tumbas se ven con más flores, la de él tiene frondosa una planta de margaritas y la lápida muy limpia, con el nombre bien claro que a otras se les ha ido borrando por el sol y la lluvia. Seguramente es cosa de la señora que desde donde esté, paga una buena cuota para que le mantengan bien a su difunto. Cuesta mucho morirse en este país, aunque más mantenerse vivo, claro. Pero la última la paga el diablo, como dicen. Lo duro es el tiempo que pasamos acá arriba, ya después qué importa si los pajaritos le cantan a uno encima de los puros huesos o si nos confunden con otro muerto o nos toca en un nicho de cemento en una de las filas del Cementerio Central, tan tristes y tan largas, donde yo tengo a Teodora. Da lo mismo. De la señora no volví a saber. El día que le entregué mi copia de las llaves del carro fue la última vez que la vi. Me abrazó y la sentí huesuda, a punto de romperse en pedazos en el décimo día de la muerte su marido, sin el olor dulce de ese perfume que todos conocíamos y con el que parecía que se bañaba a chorros de pies a cabeza cada día. A mí se me encharcaron los ojos ¿cómo no? Y ella la verdad es que habló poco, gracias por todo, Arnulfo, me dijo, como si solo hubiera acabado mi jornada diaria y no tuviera más que hacer y yo fuera a volver muy temprano por la mañana para ayudarla con sus afanes de la casa, para correr al mercado las veces que ella quisiera y no dejar que el mundo se le acabara y llevarla y traerla donde necesitara, completamente a su disposición como había estado por tantos años. Pero esa vez era para siempre. Se fue con su hijo y hasta con su madre, pero no le dijo a nadie adónde. Lugares lejos de este país era lo que les sobraba y por allá se quedaron. A estas alturas, seguramente el muchachito ya debe estar grande y quién sabe qué tanto se acuerda de su papá. Yo sí. Cuando menos lo espero, ahí veo su cara frente a mí, no la de los tiempos dichosos, que los hubo, sino la otra, la que me da grima recordar, la misma que seguramente la atormenta también a ella. O a lo mejor ya no. Tal vez se le tranquilizó el alma. Juventud tenía para que le reventara por dentro y le aligerara el peso de tanto recuerdo difícil y la empujara a conocer y a sentir cosas nuevas. No lo sé. Yo por mi parte, cargo mi cuota igual que todos y sigo sin quejarme lo que me queda del camino, aunque no niego que todavía a esta edad se me alborotan avisperos por allá adentro y se me revuelve un pesar muy viejo, de cosas que hice o dejé de hacer. Y eso es duro. Pero a muchos en este país les toca peor que a mí. A Estercita la saqué adelante, con estudios y todo y la casa, después de tanto remiendo y añadido, la acabé por fin de pagar y la puse a nombre de ella para que ningún sinvergüenza me pueda enredar a la muchacha. Por ese lado estoy tranquilo. Y me queda este taxi, que nos ha dado de comer por años. A la jubilación que me dio la señora se lo tengo que agradecer, claro, tan alta que me costó trabajo creerlo. Pero yo también le di a manos llenas y de buena fe, sin que jamás se me torciera el pensamiento ni se me ocurriera enturbiar la confianza que me tenían. Y eso no tiene precio. Ella lo sabía. Ahora ya nada es urgente como antes y me sobran más horas de las que quisiera para desandar mis recuerdos. Recorro caminos y rincones de una ciudad que se me ha ido volviendo ajena y me canso de ir a tantos lugares sin llegar a ninguna parte, hasta el momento en que sin falta empieza a soplar la brisa fresca que baja de las montañas y sé que es tiempo de recogerme. Hace mucho no soy el mismo. Las manos se me han vuelto nudosas y el pulso me vacila y en la oscuridad me encandilan las luces de otros carros. Yo que me libré de tantas, tampoco sé esquivar ya la rabia de los otros y trago callado insultos y ofensas que antes nunca hubiera aguantado. Duermo muy poco y cuando me levanto, me entra un frío muy hondo entre pecho y espalda y me asusta lo que pueda pasar allá afuera. Siempre digo que hoy será el último día y como puedo, empuño con fuerza el timón y me voy a la calle.

Marco Tulio Aguilera

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