Método práctico para escribir novelas

EL OFICIO DE ESCRIBIR NOVELAS (II)
Este es el texto de la conferencia que pronuncié en la Sala Carlos Fuentes Lemos de la Biblioteca USBI de la Universidad Veracruzana el martes 22 de septiembre. Quien prefiera escucharla en video puede buscarla en este mismo blog en dos partes. Arriba le puse un título absurdo porque fue lo primer que se me ocurrió y porque ya he pronunciado varias conferencias diferentes con el mismo título.

Esta no es la primera vez que pronuncio una conferencia con el nombre de “El oficio de escribir novelas”. Ya pronuncié otra, con el mismo título, en la Universidad de Costa Rica, en la sede de la ciudad de Heredia. Pronuncié otra, de temática semejante, en la Universidad Nacional de Colombia y otra en la antigua Escuela para Escritores en la ciudad de Xalapa. Lo que diferencia la presente conferencia es el hecho de que me voy a centrar en la diferencia que establezco o descubro entre el oficio de escribir novelas y el arte de hacerlo. Llamo oficio al trabajo de picar piedra, rascar la tierra, sembrar, levantar cimientos; y llamo arte al trabajo más bien espiritual de refinar, pulir, cosechar, buscar la estructura, el sentido. Al arte de escribir novelas se llega por medio del oficio de vivir, lo que incluye vivir en sentido estricto –amar, sufrir, trabajar, soportar, envidiar, disfrutar o sepultar afectos o personas, enfermarse, sanar, odiar, pelear, reconciliarse, etcétera hasta la muerte-; al arte de escribir novelas se llega aprendiendo a sentir, a buscar una sensibilidad diferente, aprendiendo a leer la realidad y a cifrarla, a discriminar lo que es literatura de lo que no lo es. Una de las actividades más importantes de quien quiere, sospecha o simplemente llega a escribir novelas, es la de buscar una buena selección de amigos. Por eso es cierto aquello que dijo Sergio Pitol: uno es lo que lee. La insatisfacción es básica para el buen novelista. Es difícil escribir una buena novela si uno está satisfecho con la vida, con la sociedad, con el mundo. Así como las familias felices no tienen historia (lo dijo Tolstoi en la primera línea de Ana Karenina), podríamos decir que muy pocos escritores felices han podido escribir buenas novelas. También me atrevería a decir que muy pocas novelas felices son buenas novelas. En general las tragedias y desdichas son el mejor caldo de cultivo para las buenas novelas y si lo pensamos bien, las tragedias, particularmente las griegas, son en realidad novelas dialogadas y ambientadas.
Vayamos ahora al tema del arte, del arte de la novela. Allende el oficio de la novela, está el arte de la novela, que reside, a mi modo de ver en lo que podríamos llamar burdamente el  arranque, ese momento en el que tras el largo y arduo y deleitoso oficio de vivir, el personaje, nuestro personaje, el escritor en potencia, de pronto siente que hay un átomo original a punto de explotar como un big-bang, del cual, si nuestro escritor sabe identificar la iluminación, la inspiración o el coágulo, saldrá un cúmulo de letras, capítulos o hasta un volumen completo, una especie de hijo todavía informe o deforme, o a medio hacer, al que luego nuestro escritor primerizo debe pulir, debe buscar una estructura, un punto de vista, un hijo a medio hacer al que le debe agregar una mano o un brazo si le falta, o cortar un tercer brazo o un par de cabezas accesorias. En esta etapa es donde reside, a mi modo de ver el arte de la novela. Pero hay que aclarar que arte y oficio no están separados, sino que de alguna manera nacen y crecen juntos. Si los he separado es para poder hablar de ellos y para explicarme y explicarles, si es que ello es posible, cómo nace, crece y se culmina una novela. Hay muchas preguntas que ya han respondido los teóricos sobre la novela y las partes que la constituyen: estructura, espacio, tiempo, estilo, sentido y a quienes estén interesados en el tema los remito a un libro elemental, es decir básico, bien escrito, fácil de comprender y de aplicar: se trata de Aspectos de la novela, de E.M. Foster, publicado precisamente por nuestra Editorial de la Universidad Veracruzana.
Según García Márquez hay dos formas de escribir novelas: como él lo hacía y como lo hace Vargas Llosa. García Márquez afirmaba que él no pasaba de la primera página a la segunda hasta que la primera estuviera perfectamente terminada. Y decía que Vargas Llosa escribía las novelas de principio a fin, sin parase a corregir, sin fijarse en los detalles; que escribía manuscritos  larguísimos y luego cortaba, corregía, arreglaba otra y otra vez, hasta que quedaba satisfecho. He de decir que no le creo a García Márquez. Su método se me antoja de carácter divino: tendría que tener toda la novela prefijada en su memoria. Al final Vargas Llosa tendría en sus manos diez o doce versiones de la misma novela, mientras que Gabo tendría sólo una.
Pienso que cada escritor tiene su propia manera de escribir novelas y que cada novela exige a cada escritor una actitud y un método diferente. No es fácil escribir una novela en una semana, pero ha sucedido. Se refiere que Dostoievski, siendo muy joven terminó   Las noches blancas en una semana, se la llevó al mejor crítico de Rusia y éste, tras leerla, lo ungió como novelista genial. Hay que decir que éste fue un caso excepcional. En general las novelas exigen años de trabajo, investigaciones, reescrituras, asesorías de otros lectores y, después de terminadas las obras, es cuando comienza la ordalía de los escritores para buscarle editor a sus manuscritos.
En mi caso todas las novelas que escribí me exigieron muchos años de trabajo. Una de ellas,  El juego de las seducciones, ocupó dieciocho años de mi vida. Para escribirla leí incontables libros de psiquiatría, antropología, filosofía y otras ías, como diría Cortázar. Esta novela ya es imposible conseguirla, a menos que recurran al catálogo de la USBI, donde están casi todos  mis libros. La novela se puede decir que fracasó feamente. Cai nadie se ocupó de ella. Es claro que este tipo de reveses no tiene que ver necesariamente con la mala calidad de la obra.
Para la novela  Agua clara en el Alto Amazonas tuvieron que confabularse  muchas circunstancias. La primera fue conocer a Pedro Botero,   cartógrafo de la Amazonia colombiana, quien en una fiesta en Bogotá sembró la semilla de una historia de amor entre una indígena huitota y un explorador. La segunda, fue un viaje que hice por el río Amazonas. Sufrí por esos años el ataque de una especie de virus que podría llamarse amazonensis: leí todo lo que encontré sobre el gran río, desde las crónicas del descubrimiento de Fray Gaspar de Carvajal, hasta novelas, películas, tratados de todo tipo. De  esa novela terminé por lo menos tres versiones, que hoy me parecen todas rescatables. Esa novela recibió tres casi premios : uno en México, otro en España y el tercero en París. Y fueron tres  casi premios  porque aunque no los gané, sí fui finalista en los tres.
Otra novela que requirió amplia documentación, viajes y  muchas entrevistas personales fue  El amor y la muerte.  Se trataba de recuperar la vida bastante azarosa de mi madre, que vivió varios maridos, amantes y compañeros y que desparramó su vida por Argentina, Colombia, Estados Unidos, México,  Costa Rica, Nicaragua y finalmente Colombia. La vida de mi madre la recuperé desde el mismo momento de su muerte, a la que asistí (aunque decir “asistí” es un eufemismo poco piadoso: la verdad es que yo estaba durmiendo en el suelo de un cuarto en Palmira donde mi madre agonizaba víctima de cáncer pulmonar). Me quedé dormido mientras mi madre respiraba dificultosamente. La siguiente noticia, cuando desperté, fue que doña Ruth había muerto. A partir de esta muerte, escribí una crónica de sus últimas semanas y me di a la tarea de preguntar a todos cuantos la conocieron hasta los detalles más insospechados de su vida, que fue sin duda una vida plena de amor a los hombres y a la humanidad: fue maestra de francés, locutora amada en San Isidro de El General, compañera de un militar revolucionario en Nicaragua, fabricante de aviones de juguete, hipnotista, doctora corazón de una multitud de pesarosos, miserables y atribulados (en nuestra casa de infancia siempre hubo refugiados, alcohólicos, psicóticos, vagabundos, mochileros, que doña Ruth atendía, con alma de madrecita de Calcuta y con la inevitable consecuencia de que todos se enamoraban de ella).
Agua clara en el Alto Amazonas  y El amor y la muerte  son novelas que aprecio mucho por un dato muy significativo: en esas dos novelas, yo, Marco Tulio, no soy protagonista, lo que les da a mis ojos un valor objetivo. Ya he escrito tanto sobre mi propia persona, que pienso ese tema puede resultar incluso cargante. Dedicar siete novelas a contar veladamente (y a veces no tan veladamente) mi propia vida es sin duda impúdico: y fue precisamente eso lo que hice (lo que estoy haciendo) en lo que he llamado  El libro de la vida,  del cual  La insaciabilidad es el segundo volumen.

Sobre esa novela hablará Patricio.

Marco Tulio Aguilera

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