Impotencia. 5o. cuento de la serie, cunninlinggus

Extasis, de Angel Cora

El pintor quiso pintar cuadros que sabía estaban en sus manos y en su imaginación. Estuvo toda una semana ante el lienzo, con el pincel en ristre y la paleta de los colores en la mano derecha. Durante siete días llegó el anochecer sin que el pintor se atreviera a seleccionar un solo color o a aventurar un triste trazo. Tomó la decisión de destruir todos sus cuadros del pasado. Decidió hacer un viaje. Llevaría consigo apenas lo básico para sobrevivir y la tranquila certeza de que en el camino encontraría la respuesta a sus angustias. Le tocó alojarse en un hotel en medio del bosque y del silencio más impresionante. Se acostó cansado, dispuesto a dormir. Apenas estaba vislumbrando los primeros bordes del sueño comenzó a escuchar suspiros. Ay, ay, ay, suspiraba alguien en la habitación vecina. Se removió inquieto y regreso al sueño. A media noche volvió a despertar. Los suspiros continuaban. Ay, ay, ay. El pintor sonrió y volvió a la cama. La vida tiene sus pequeños misterios y hay que saber respetarlos. A las cinco de la mañana de nuevo estuvo despierto. Los suspiros seguían. Ay, ay, ay. El pintor, casi feliz, sabiéndose irresponsable y con una arista de culpa, decidió develar el misterio. Buscó la forma de observar lo que sucedía en el cuarto vecino. Con una navajita comenzó a rascar suavemente la leve pared al tiempo que los suspiros acompasados como un implacable batallón en marcha retumbaban en el bosque. Al fin pudo ver lo que ya había imaginado, pero no comprendido. Tendida sobre la cama había una mujer que tenía en su rostro una expresión de espléndida felicidad, de paz, de gozo. Al lado de ella estaba un hombre que la acariciaba con la lengua, la acariciaba con una paciencia de gota sobre la piedra de los siglos, de ola sobre la arena, de sombra bajo el árbol, la acariciaba con trazos levísimos y lo hacía con tal minucia, que uno pensaría que no deseaba dejar nada al azar y que del trabajo de aquel hombre dependía no sólo el placer, sino la belleza y la vida de aquella criatura que yacía sobre la cama suspirando. Decidió abandonar sus vacaciones y regresar al trabajo. Volvió a su estudio y comenzó a pintar. Pintó exactamente lo mismo que había pintado antes del paseo, pero ahora lo hizo con un esplendor asombroso. El pincel se deslizaba sobre el lienzo con delicada sabiduría. Cuando le preguntaron su secreto, el pintor no dijo ni una sola palabra. Solamente sonrió, mientras pensaba que la vida tiene sus secretos y que hay que saber respetarlos.



Marco Tulio Aguilera

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