El cielo de Rafaelli

Rafaelli no pasaba del metro cincuenta y siete. Era, a juicio universal, un hombre encantador. Además, una eminencia irrebatible en su campo, la física cuántica. Jessica, de un metro ochenta, era un espectáculo las 24 horas al día. Hacían una pareja asimétrica y por ello inevitablemente llamativa. Uruguayo y argentina. Algunos vecinos consideraban casi un pecado la diferencia de edades: 25 años, Dios mío, qué hacía semejante escándalo de mujer con el buenazo de Rafaelli. Cuando el hombre cumplió los 60, ella comenzaba a desplegar unos 35 años de exposición. Eso fue el 31 de diciembre de 1988. Rafaelli dijo, justo antes del brindis de Año Nuevo. Éste es el último brindis que hago aquí. Nadie le creyó. Era bromista el tipo,  parte grande de su encanto. Insistió: Éste es el último brindis que hago en esta casa, porque me voy. Y aclaró: Me voy a vivir con Magdalena Ruiz.
Eso dijo. Brindó y se fue. Tenía la maleta hecha y una lista exhaustiva de disposiciones domésticas que entregó a su mujer antes de salir. Se fue a vivir con Magdalena Ruiz, alumna de Termodinámica, evidentemente mucho más joven que Jessica e infinitamente más joven que el científico. Habitaron una casita, aunque más modesta, no muy lejos del hogar conyugal legítimo.
Jessica, la espectacular Jessica, cayó en un estupor que la mantuvo lejos de su trabajo durante una semana. Luego regresó con una pálida sonrisa en un rostro demacrado y aquellas carnes que eran una gloria del Señor colgadas de unos huesos grandes que asomaban por todos los ángulos de su cuerpo.
Rafaelli pregonó en juntas de maestros que estaba viviendo los mejores años de su vida. Durante dos meses llevó cuenta pública de sus actos amorosos, que rebasaban con mucho el rendimiento de un atleta del amor en sus tiempos de gloria.
Al inicio del tercer mes Rafaelli comenzó a secarse. Con dificultad podía bajarse del Datsun y subir las escaleras de la facultad. Con sus manos debía auxiliar a sus rodillas en los movimientos complicados.
            Mónica, la de Termodinámica, fue perdiendo toda la afición que le tenía al profesor. Hizo que el viejo Rafaelli firmara testamento universal a su favor. Un día, cuando Raffaelli era ya un pellejo lleno de ángulos, lo empujó dentro del Datsun y  lo llevó de regreso al hogar original.
            Jessica cuidó al viejo. A los despojos del viejo. Dos semanas. Y lo tuvo en sus brazos en el instante en que murió. Rafaelli murió delirando de amor por su alumna y escenificando entre sueños las sesenta noches de amor que tuvo con ella.
            A los amigos de Jessica sólo nos resta esperar que exista el Cielo para nuestra amiga y el infierno para Rafaelli. Muy secretamente sospecho que la simetría -o la justicia, que quizás no sean sino dos palabras para un mismo sentido- no llegará tan lejos: tras el umbral de la muerte, Mónica, la de Termodinámica,  debe estar esperando a su viejo, para seguir una larga fornicación. Dicen que en el cielo  sólo reviviremos los mejores momentos de nuestras vidas.



Marco Tulio Aguilera

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