Los farsantes


Desde hace mucho tiempo tengo la idea de hacer una especie de tipología de farsantes, en parte para desenmascararlos, en parte para divertirme, y también porque pienso que son material altamente literaturizable. Xalapa es un auténtico semillero de farsantes (y naturalmente, antes de que alguien comience a lanzar pedradas, me incluiré de inmediato entre los farsantes jalapeños, y espero, me dedicaré a mí mismo una farsantología o una farsantotomía – ¿cómo llamar a esta tipología de farsantes? Habrá que meditar.)
 En mi tipología de farsantes incluiré en primera medida a uno de los siete imbéciles —Jalapa no sólo tiene Siete Sabios, como Grecia, sino Siete Imbéciles—: se trata de un hombre que ocupó un alto cargo en la vida académica de una muy importante institución universitaria, que publicó muchos volúmenes de poesías y autoelogios, que recibió más de mil diplomas, que soñó con el amor a los hombres y practicó el amor a las mujeres y a la familia, que se mandó hacer su propia estatua, que fue elogiado por una cáfila de farsantes en segundo grado, y que murió casi convertido en santo, cuando era en realidad una fichita. Ya muerto comenzaron a inventarle aniversarios y virtudes. Muy pronto sin duda habrá escuelas y facultades con su nombre.
Lo verdaderamente sorprendente de este tipo de farsantes es el hecho de que muchas personas les siguen el juego, los ensalzan, los hacen  creer que es cierto lo que él mismo cree de sí mismo. La fama de este tipo de farsantes va creciendo con el tiempo y el hecho de que haya publicado muchos libros —a costa del erario público y las arcas universitarias, y sin esfuerzo alguno más que la natural grilla– hace que una gran cauda de analfabetas o analfabestias funcionales y disfuncionales se vaya poniendo a la cola de los adoradores hasta convertirlo casi en santo ... cuando en realidad no es más que un vanidoso sin obra, sin ley y sin nada que decirle al mundo más que retórica.
Alguien dirá que publicar un libro es ya un logro grande. Claro que sí: cuando ese libro es resultado de un trabajo serio y propio —no de amanuenses, esclavos, o intelectualillos vendidos— y cuando ese libro pasó por verdaderas pruebas de fuego: lectores capacitados, severos, de editoriales acreditadas. Pero cuando el libro fue escrito por otros, negociado con editoriales corruptas, gestionado mediante presiones políticas.. pues el libro no vale nada y el autor vale menos.
No dudo que así, con base a trabajo ajeno y a grillas, se hayan hecho muchos prestigios y que esos prestigiosos intelectontos,  con el tiempo lleguen a ocupar altos cargos, y pasando el tiempo, los mencionados farsantes terminen convertidos en estatuas, y objeto de culto. La gloria de muchos sabios se basa en la estupidez de la gran mayoría.

Ponerle nombre y apellido a este farsante sería una tontería. En estos momentos estoy emprendiendo una tipología, y ella se refiere a todo un grupo de personas que comparten una virtud  farsística. Pero sin duda los lectores tendrán en la punta de la lengua, temblándole,  más de una docena de farsantes que desde el inicio de su carrera debían tener ya en mente la estatua que les iban a erigir. Llamemos pues a  este tipo de farsantes: Farsantis estatutuarius.

Marco Tulio Aguilera

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