El narrador de historias



Un amigo que conocí en Guadalajara
Desde el balcón, a través de las enredaderas, desde la madrugada hasta el anochecer el narrador de historias permanecía atisbando a cuanto personaje extraño o suceso peregrino cruzaba por la acera frente a su casa. Gracias a su oído finísimo lograba escuchar conversaciones susurradas que daban cuenta de  asuntos extraños o curiosos. Y cuando lo visto o escuchado no le satisfacía, el narrador de historias simplemente inventaba. Con su lengua de canario hacía danzar las palabras en la máquina de escribir a un ritmo endiablado. Logaba escribir historias bellísimas y sorprendentes, a veces delicadas o atroces. No le importaba que allá abajo todo lo maravilloso estuviera contaminado con dosis tristes de suciedad o desgracia. Él tomaba las historias, las lavaba, las desbarataba como a relojes viejos, las engrasaba con los más finos aceites, las maquillaba y por fin las dejaba marchando como un cucú resplandeciente recién salido de manos del artesano. El narrador de historias tuvo sus premios y sus satisfacciones y se podría decir que era un hombre feliz. No estaba casado, no tenía hijos, no necesitaba a nadie. Un día cuando estaba sentado ante la máquina escuchó el grito desacompasado de una multitud: ¡Hambre, hambre, hambre! Carambas, qué tema tan bueno, se dijo: una multitud que grita hambre y un escritor que está aislado escribiendo precisamente una historia sobre una multitud que grita hambre. Pero, se preguntaba el escritor: ¿cómo voy a terminar la historia? Sencillo, se respondió: mientras él narrador de historias escribe que la multitud grita hambre, la multitud invade su casa, sube al balcón y se lo come. En esos momentos el narrador de historias escuchó el estruendo de muchas voces, el retumbar de su puerta a punto de ser derribada. Sonrió. Sabía que no iba a tener tiempo de poner el punto final a su historia.

 

Marco Tulio Aguilera

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