De vuelta a la tierra de los sami, novela de Pedro M. Domene

Para los que leyeron el primer capítulo de la novela que está escribiendo Pedro Domene, aquí les va el Capítulo XX. A mí me dejó intrigado el primero y por eso le pedí otro. Gracias Pedro.

Una historia de amor

              —Los sami han dedicado la mayor parte de su existencia y su esfuerzo a la cría de renos —y os aseguro, subrayó Antxon— en unas circunstancias de subsistencia que nunca fueron fáciles para sobrevivir y en unas arduas condiciones, que incluían duros inviernos, enfermedades y, en ocasiones, hambre. Se movían y viajaban a lo largo del país constantemente y sus únicos refugios eran, en realidad, siempre pequeñas tiendas hechas de pieles, o cuando no podían acarrear mucho peso, excavaban huecos en el suelo y los cubrían de hojas que los resguardaban del frío. Y así recorrían extensos territorios, sin importarles fronteras, se movían entre sus hermanos suecos y noruegos, cuya historia han compartido desde hace siglos y, como ellos, desde siempre han cazado renos, alces, osos, conejos, castores y pequeñas aves, para alimentar a sus familias; pero cuando comprendieron que si, aquellos majestuosos animales, los renos, dejaban de sacrificarlos siempre  que tuvieran hambre y se dejaban acompañar en pequeños rebaños en sus desplazamientos, les proporcionarían la comida y el vestido para subsistir, aunque debían cuidarlos y no dejar que nadie comercializara con ellos, y así fue como fueron asentándose sobre todo en el norte de estos países. Significó el comienzo de una amistad, y cuando se desplazaban durante muchos meses, solamente sacrificaban a los más débiles y a los más viejos y dejaban a las jóvenes parejas, y era así como alimentaban y vestían a sus familias.
              —Esto sociológicamente se califica como “un principio moderno de civilización” y, en muchos otros países, significó el asentamiento de los pueblos primitivos, y hoy sabemos bastante de ellos a raíz de los vestigios encontrados en cuevas y pequeños poblados —añadió Joaquín, siempre al quite, y matizando sus opiniones.
              —Claro, imagino que vosotros sois más cultos que yo, hago referencia a no hace mucho tiempo, y solamente os relato aquello que el viejo Aatami nos contaba a su hija y a mí en las largas noches de invierno, cuando nos refugiábamos del frío, y no podíamos hacer nada más. Me refiero al tiempo que conviví con ellos, después de la Gran Guerra y hasta hoy —dijo Antxon, que observó que a Joaquín aquello no parecía interesarle mucho, porque juzgaba que sabía de lo que hablaba.
              —Sigue, por favor. Yo quiero saber algunos detalles más de vuestras costumbres y, sobre todo, de Lahja —advirtió Tove, provocando así que su chico se callara, una vez más, y dejara seguir hablando al viejo sami.
              —¡Claro, claro…, lo haré!, —repitió Antxon—, pero os tengo que asegurar que lo nuestro fue eso que se llama “amor a primera vista”, y esta afirmación no es gratuita, aunque suena a vieja película, puesto que estuve durante semanas más muerto que vivo, según me dijeron ambos. Aatami siempre pensó que mis heridas y mi mal estado me llevarían final de un bosque, pero Lahja nunca se rindió, siguió con sus cuidados y un día abrí los ojos y ella estaba allí, mirándome y sonreía, y entonces creí que me habían devuelto a Madrid, y en su cielo un ángel velaba mis sueños.
              —¡Venga ya… Antxon! —gritó Joaquín, que nos estás contando la última película que viste en el cine de tu barrio antes de la guerra.
              —¡No le hagas caso, es un bruto y cree que todo el mundo piensa como él! —volvió a intervenir Tove, a quien le parecía que aquella historia resultaba muy bonita y quería conocer el final.
              —Fueron unos años muy difíciles, a los finlandeses les hicieron pagar bien su colaboración con los nazis alemanes, y de paso a los sami que eran una minoría, y ni siquiera se habían manifestado al respecto, también sufrieron la represión internacional o, al menos, eso fue de cuanto me fui enterando una vez que estas dos personas me adoptaron, y entonces viajé con ellos de un lado para otro, y con el tiempo Lahja y yo conocimos el amor, y a la manera sami nos convertimos en una pareja, y Aatami lo vio bien porque entonces yo era joven, fuerte y estaba acostumbrado a trabajar, y transcurrido un tiempo ya había decidido quedarme y nunca quise volver.
              Antxon dejó de hablar durante un momento, llevaba un buen rato con su historia, se fatigaba más de lo habitual, quisimos que descansara y, sobre todo, que se tranquilizara porque veíamos cómo su voz se quebraba cuando hablaba de su familia sami. Pero pronto volvió a su relato, y fue concretando todos y cada uno de los detalles con los que había vivido durante tantos años, los buenos y los malos tiempos, como él los calificaba, las agradables primaveras, los cálidos veranos y los tormentosos otoños y largos inviernos: y tantas veces el hambre, las enfermedades, y alguna que otra escaramuza con los madereros que empezaban a explotar los bosques, la poca protección de las políticas gubernamentales porque los sami han ido poco a poco desapareciendo, familias enteras que convivían y disfrutaban en torno a un gran fuego, o viendo a los niños jugar por las praderas donde las manadas de los renos crecían y con eso les hacían la vida más agradable.
              —¿Siempre habéis tenido problemas con los madereros? —preguntó Tove, la más interesada para aportar algunos datos más a su trabajo.
              —Eso, eso me interesa… —interrumpió Joaquín—, aclara lo de las escaramuzas.
              —Durante años estuvimos, de alguna manera, hostigándolos, pequeños sabotajes: herramientas que desaparecían, cabañas ardiendo, manadas de renos que cruzaban sus campamentos y tenían que reconstruirlos, porque, en realidad, cada vez se apropiaban de más y más parcelas de bosque donde talar árboles, y aunque era legal, según Aatami, algunos de esos majestuosos pinos  ya estaban cuando él llegó a este mundo, no merecían terminar en el suelo y, lo más importante, si seguían así el alimento desaparecería para nuestros ganados, y nosotros los sami estábamos aquí para mantener ese equilibrio en los bosques y su subsistencia… —una vez más, el viejo sami se detiene, y vuelve a recordar, aunque su respiración se ha vuelto a agitar porque estos recuerdos le provocan nerviosismo, o tal vez, mucho dolor.
              Le pedíamos que descansara, no debía apurar el ritmo por nosotros, e también le insistimos para que dejara su relato, pero Antxon, siempre atento, enseguida nos previno que muy pronto debíamos movernos de allí, quizá los madereros ya estuvieran en camino para localizarnos y el campamento ya advertirnos sus malas intenciones, a ellos les importa mucho su trabajo, y tratarán de convencernos por todo los medios que cuanto ocurre en los campamentos es legal, aunque para eso tengan que recurrir  a la violencia.
              —Así que tuvimos que negociar, ellos respetaban nuestros espacios, y nosotros los dejábamos en paz y, a medida que transcurrían los años, sus empresas trazaban una red de campamentos que organizaban la tala de una forma industrial y coordinada, entonces nos vimos obligados a alejarnos de esos lugares, en realidad, huíamos para salvar el resto de nuestro ganado, nos mudamos más al norte donde, según Aatami, se hallaba nuestra supervivencia, aunque  allí los inviernos eran más duros y pronto familias enteras desaparecieron —volvió a su relato y acabó diciendo Antxon, bastante más recuperado de la voz, más fuerte y contundente.
              —¿Y nuestro gobierno…? —preguntó Tove, sorprendida y con esa curiosidad que en ella resulta aun más patente que su extrema dedicación a la fotografía.
              —Hubo momentos de todos, incluso de cierta tensión porque los sami por aquellos años era una población muy pequeña, ni siquiera llegábamos entonces a los 10.000 y muchos de ellos ancianos, pocas mujeres y menos niños y os aseguro que la conciencia gubernamental solo llegó bastantes años después, y si habéis viajado por el país, sabréis como afortunadamente hoy ya existen Centros Culturales para mantener la Tradición Sami, eso que se llaman realmente, auténticos museos, y ahora nuestros presidentes se dedican a inaugurarlos y a visitarlos, todo un logro, ¿verdad? —dijo Antxon, con cierta dosis de sarcasmo en su pregunta.
              —Algo habéis ganado, al menos os dejan en paz —añadió Joaquín, que no se dio cuenta de la tristeza de Tove y Antxon, o de lo mal que ambos se pudieran sentir.
              —Y ahora viene lo mejor —intervino el viejo sami para romper ese halo de tristeza con que había acabado sus palabras—, tengo que revelaros un secreto, y es que Antxon es el nombre que he recuperado desde que os conozco, durante estos últimos años todo el mundo me conocía como, Tuija, mi nombre sami, aquel que me regaló mi amada Lahja.
              —Árbol de la vida…—tradujo Tove, y lo repitió con una sonrisa.


Marco Tulio Aguilera

No hay comentarios:

Publicar un comentario