Un capítulo de La insaciabilidad en la revista Otro Lunes

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Promoción y Fragmento de novela homónima

Marco Tulio Aguilera Garramuño
Cortesía de la Editorial de la Universidad Veracruzana
la-insaciabilidad-otrolunes-35

*****

Trilce

Aunque faltaran sólo dos días para el fin de sus vacaciones Ven­tura supo que no iba a poder escribir. Le pesaba el haber llamado a Irgla, haberse lastimado a solas y sin provecho. Era indispensable serenarse.
Tomó un libro de Cavafis y buscó un sitio tranquilo. Ya instalado en una banca del parque de Las Ánimas, se dispuso a disfrutar de la sosegada y feliz tristeza de esos poemas que le acariciaban los rescol­dos más tiernos, más delicados y misteriosos del espíritu.
Como una auténtica revelación, viviendo algo que agitaba su alma como la flama de una vela en la tormenta, vio a quien no podía ser otra que Bárbara, pero en su pubertad gloriosa: Trilce, la criatura que entrevió por la mirilla de la casa de su amante. Con la naturalidad que tienen las entidades de los sueños, la niña se acercó sonriente. Portaba un violín, partituras, y preguntó, como si lo conociera de años, sobre la forma en que había descubierto su refugio secreto.
—Eres el amigo de mi mamá. Te he visto muchas veces desde la ventana de mi cuarto. ¿Por qué nunca has entrado a casa? —sabía hablar en cursivas sin cicatería, hablaba con avidez, con emoción, como si de cada palabra suya dependiera el orden del Universo.
Ventura recuperó el aliento. Pero no supo qué decir.
—Te invito a tomar un café —dijo la niña—. Tengo que hacer tiempo antes de un concursillo en la Facultad de Música y necesito serenarme.
Ya instalados en el café La Parroquia, la escuchó hablar. Tendría quince, catorce, quizás dieciséis años pero era una mujer. La adolescente más hermosa del mun­do, una auténtica hija de dioses, un personaje de Cavafis.
Menuda y rubia, de facciones delicadísimas, se antojaba una ninfa desbrujuada. Había en su forma de mirar algo como una arista indes­cifrable. Una especie de candor que parecía ocultar un payaso de sor­presa. Vestía de acuerdo a su imagen, con una túnica anacrónica pero sugestiva que desnudaba su cuerpo en parte y en parte lo insinuaba. A más del violín, al que ha dedicado su vida hasta al punto de sacrificarle su infancia, Trilce dijo adorar (la conciencia sucia del frenético lanza un je je obsceno haciendo su apa­rición envuelta en un espantoso olor a mariscos descompuestos, algas sucias y aceite quemado) la literatura y tener una debilidad casi fasti­diosa por los hombres maduros. (¡Cuando el diablo está cagando, del cielo le llueve mierda!, exclama la señora conciencia sentándose en el regazo de Ventura, que tiene que seguir viviendo como si el espantajo no estuviera ahí.)
—¡Pero los hombres maduros son tan infantiles! —exclamó asu­miendo un gesto digno de ser eternizado. (Si tan sólo pudiera atrapar esa expresión, hacer que el lector la sienta y la viva, pensó Ventura, sabiendo que repetía algo ya escrito y ya vivido.)
—Los ingenuos creen que la asustan a una con sus miradas descaradas, cuando la verdad es que todas las de mi edad ya sabemos en lo que están pensando. Puros sueños cochinos.
Ventura no vio a Bárbara hasta que estuvo de pie al lado de ellos.
—¡Deberías estar en la cárcel, malnacido! —le dijo en voz baja.
Y no era para menos. La debilidad por las jovencitas, que era tan natural e inocente para él, resultaba enfermiza, según Bárbara, si se hallaba presente, como obsesión, en casi todo lo que había escrito. Todas las adolescentes le gustaban, pero particularmente ésta. Le gustaba mucho más que su madre. Más que tocar violín en una isla desierta o jugar básquet a mediodía o leer un buen libro de principio a fin en una sola noche.
Bárbara y Trilce se alejaron en silencio, como enemigos en duelo que dan los diez pasos antes de dispararse.
Regresó a casa. Estaba seguro que ahora sí iba a poder escribir. La alegría, la inquietud, los temores no podían ponerlo menos que al borde de la obra de arte. Se sentó ante la máquina. Atenea se subió a un librero y desde allí se dedicó a mirarlo. Parecía un suicida al borde de un desfiladero: ¿salto o no? Dos horas más tarde Ventura se vio en la misma posición. La dicha, el asombro, el horror, todas las sensaciones que puede albergar un ser humano en su vida, se concentraban en su cabeza.
Pasaron dos días. Escribió treinta páginas. Sintió que era indispensable salir. Regresar al sitio donde bullía la felicidad. Volvió al parque de Las Ánimas. Como una segunda bendición, como un milagro, como la oportunidad de los siglos, descubrió que Trilce también había retornado. Su sonrisa, digna del pincel de Tizia­no, le confirmó que no estaban compartiendo un azar sino una fatali­dad luminosa.
Le mostró su instrumento, dijo que se lo había comprado su pa­dre con los ahorros de diez años, era un Amati de Cremona, fabricado por Niccolo, maestro de Stradivarius, en 1600.
Ventura le pidió el violín. Abrió el estuche con reverencia. Nunca había tenido en sus manos algo tan precioso, tan delicado. El esmalte era un espejo perfecto en el que se reflejaban los árboles y el cielo. Ca­si con miedo le preguntó si le permitía intentar unas cuantas notas. Tomó en la mano derecha el arco: sintió su equilibrada pesantez, su extrañísima tendencia a buscar las cuerdas y adherirse gozosamente a ellas. Emitió sin timidez, sin temblor, como si ya el Amati fuera un viejo conocido, un “mi” que fue el canto de un arroyo de la alta montaña. Un “la” como la voz de una mujer en el goce del mejor amor. Un “re” semejante al viento libre y poderoso que recorre el va­lle sin fin del mundo. Un “sol” imponente y seguro como la voz portentosa de Dios en el instante de concluir la creación.
—¿Sabes por qué regresé?
El mundo comenzó a girar. No era posible que estuviera a punto de desmayarse. El no era tan blando, tan ordinario; hasta en los momentos más difíciles había logrado domesticar sus emociones. Contrólate, imbécil, le susurraba su otro yo, calma, calma. Estás enfermito, tienes fiebre.
—Regresé por dos razones. Una, para relajarme —agitó sus ma­nos, su cuerpo, como queriendo fluidificarlo para que formara parte de la simetría de la naturaleza circundante—: después de haber conse­guido dominar El trino del diablo de Tartini debía recuperar la serenidad, estaba a punto de reventar. Pude interpretarlo, frente al profesor Brunello y a un ju­rado internacional, sin un solo error.
Bajo los laureles de la India, Ventura parecía estar viendo la encarnación de la Primavera Viva. Trilce aparentaba no percatarse de la mirada arrobada del frenético. Maldita sea, maldita sea mi buena suerte, se dijo Ventura,: otra vez estoy enamorado y no voy poder escribir en mil años.
—Y dos… La otra razón no te la voy a decir porque quiero que la digas tú.
No la dijo. Quedó mudo. Mudo y absorto. El Cielo —tenía que existir, sí, el Cielo, la Providencia, Dios, el Destino, todos con ma­yúscula; el viejo Goethe había terminado por tener razón: sólo el amor puede hacer creer al incrédulo— había pagado sus infamias y miserias con largueza.
Regresaron a La Parroquia. Había mucho de qué hablar. Ventura no ser atrevió a invitarla a otro sitio. (La señora inconsciencia estaba prendi­da a su oreja derecha como una sanguijuela: “Invítala a tu casa: dile que quieres escucharla tocando el violín, pídele que interprete a Tartini y a Bartok, dile que lloras cada vez que escuchas las sonatas de Beethoven, ruégale que te dé unas cuantas leccioncillas. Seguro que no sospechará. ¿No le ves la cara de alelada, que tiene? ”)
Ventura espantó a la indiscreta, le escupió la cara.
—Ten cuidado con Ventura —la licenciada Iris Moonligth (personaje de una aventura no registrada en estos papeles y sólo acogida en los del doctor Amóribus) en su papel de licenciada Bertita Jiménez y Jiménez se acercó agre­sivamente, golpeó con los nudillos la mesa y con sus ojos a dos centímetros de los de Trilce, continuó hablando—: es una mala bestia, no respeta ni a su progenitora.
La respuesta de la niña fue sorprendente. Su furia sosegada impuso respeto. No es que hablara en voz alta, sino que su voz se transfi­guró, adquirió no se sabe qué de formidable y antinatural. Mordía las palabras y con las pupilas inmóviles y dilatadas (de esos inmensos, inconcebibles, ojos azules) vaciaba como con un pico de buitre los ojos de la licenciada Bertita.
—Conozco a los hombres. Me conozco a mí misma. Si hay al­guien a quien temer… es a mi personita… señora —arrugó el indómito entrecejo, sonrió como perdonando a la invasora, su rostro volvió a ensombre­cerse, y dijo, como quien corta una cabeza de tajo:
—¡Macho malpintado y peor vestido!
Ésas eran las únicas palabras y el único tono que podían aplastar a la licenciada Bertita y desenmascarar su impostura. El ridículo podía soportarlo en público solamente cuando asumía el papel de Iris Moon­ligth.
Y una vez que hubo desaparecido el endriago, Trilce dijo lo siguiente a manera de moraleja antes de perderse con caminar de bailarina entre las cimas y las simas de Xalapa de Las Flores.
—¡Que vas a ser una malabestia, amiguito! Eres un cangrejo sin caparazón, una buena bestia.

Mac Clue
Estoy borracho, absolutamente borracho, total y definitivamente borracho. Voy tambaleante de pared a pared. Me dirijo al baño con la intención de orinar. Llego con enormes dificultades. Estoy a punto de caer sobre el retrete. Al orinar comienzo a irme de espaldas empi­nándome sobre los talones. El líquido sale después de largos minutos. Acabo de escribir el cuento que por tantas semanas he relegado. Todo lo preparé con minuciosidad, sabiendo que tenía que escribir un texto extraordinario. Se trata de Perry McClue, un hombre que sueña con ser todos los hombres, con correr todas las aventuras, con seducir y ser seducido por mujeres espléndidas, hombres, efebos, doncellas; que recorre todo el mundo y en todas partes lo espera la maravilla, lo des­mesurado, lo particular; que disfruta gozosamente de los dones de la tie­rra, y sin embargo termina en una paradójica, incomprensible e inso­portable soledad.
Cuando supe que estaba listo, que todo mi ser era una especie de átomo original a punto del big bang, puse a Atenea de patitas en la calle, compré una botella de tequila, limpié la mesa, coloqué dos cajetillas de cigarros, limón y sal a mi lado. Y me senté. Frente a mí estaba la vieja y perruna Olivetti Lettera 22, que había arrastrado de Cali a Lawrence, de allí a Monterrey, para terminar en donde ahora, entonces, estaba. Pasaron los minutos. No podía escribir ni una sola palabra. Tomé un largo tra­go, me eché a la boca una pizca de sal y me exprimí medio limón. No salió ni una sola palabra. Apuré otro trago con idénticas consecuen­cias. Al tercer trago salió la primera frase, redondita y todavía escu­rriendo líquido amniótico. Celebré el triunfo con una tercera dosis. A partir de entonces el texto emergió espontáneamente. En esos mo­mentos no sabía si lo que estaba escribiendo valía un potosí o menos que nada. La alegría del instante era pasmosa, el sentimiento de poder comparable al de un dios que con un movi­miento de sus manos levanta montañas, abre desfiladeros, traza valles sin fin y pone sobre ellos criaturas inéditas, sorprendidas y dichosas.
Una vez que hube terminado, anoté en mi Diario: Ya lo escribí. Me siento raro. Eructo constantemente. Puse el agua del baño a calen­tar. La cena está en el fuego. Yo estoy acostado en el sillón romano (así lo llamo por antiguo y desvencijado), escribiendo estas palabras. Me siento raro. Llueve a cántaros. Comeré y me bañaré. Eso es todo. No sé si he hecho honor a la idea que tenía de mi personaje. No sé qué es lo que siento. ¿Estoy bien o mal? Lo ignoro.
Pero cómo se iba a sentir bien Ventura, si había bebido, de una literal sentada, casi medio litro de tequila en acaso tres horas. Se sentía ho­rrorosamente mal, trastornado, no al borde de la locura, sino en el pu­ro centro de ella. Continúa el texto: Estoy en uno de esos sitios de donde uno se pregunta si saldrá o no. Creo que fue una exageración y una temeridad tomar tanto tequila de forma tan continua y despiada­da. Pienso que todo pasa, que esta sensación imprecisable desapare­cerá en cuanto amanezca. Entonces todo será diferente. Leeré mi texto y sabré si vale la pena o no. Pero ahora, en este instante, siento que las cosas carecen de perfil. Los ojos se me cierran. Pero temo dejarme ir. Sé que si dejo que se cierren, vomitaré como loco, tiraré en la sala o en corredor que comparto con la poeta Estrella de los Campos mis entrañas, me desaguaré, quedaré convertido en una gran letri­na… Si hubiera alguien a mi lado. Si hubiera alguien. Alguien.
Ventura no tiene palabras para recordar lo que sintió. Ni entonces ni ahora, ya de regreso. No era simplemente que el mundo girara, como le gira a todos los borrachos cuando pasan la línea de lucidez. Ni que el entorno perdiera sus límites, sino que, simple y llanamente, todo se había duplicado. Existían dos casas, dos cuerpos propios, dos puertas, dos máquinas de escribir. Al asomarse a la noche, vio que la densidad de las estrellas era superior a la habitual. No sólo me trastorné yo, sino que eché a perder el orden del Universo, pensó. Recuerda incluso que con un poco de ironía amarga comenzó a eva­luar las consecuencias de vivir en un mundo en el que todo tendría su duplicado, no sólo los problemas, sino los cheques quincenales y las mujeres. Acabó de cenar y de bañarse. Lo tuvo que hacer en cuatro patas porque no pudo tenerse en pie. Suponía que tras comer y bañar­se iba a retornar a la normalidad. ¡Falso, falsísimo! Todo comenzó a girar. Intenta mantenerse en el centro pero no puede. La fuer­za de los giros amenaza con lanzarlo contra las paredes. Va a cerrar los ojos. Voy a cerrar los ojos. No me importa lo que pase. Cierro los ojos y, paradoja de las paradojas, la oscuridad se ha duplicado. No que sea más densa, sino que hay dos oscuridades. Entonces pienso que por fin ha pasado lo que me dijo aquel infecto psiquiatra de mi primera gran caída: el incurrir en un exceso podría trastornarme definitivamente. Mi esquizofrenia precoz, de la que salí con tanta dificultad, había permanecido laten­te, agazapada, y reventó gracias al tequila.
La historia de cómo pudo dormir en medio de la borrasca y có­mo despertó es bastante banal. En su Diario, con letra de parkinson y lamparones de sudor, se halla consignado el despertar y sus reacciones. Son las cuatro de la maña­na. Tengo un dolor de cabeza razonablemente soportable y una sed de beduino. Bebí un litro de leche fría directamente de mi secreta vasi­ja de barro indígena. Abrí la puerta para que entrara mi gata. Atenea atravesó la sala sin ansiedad y se instaló sobre la barra de la cocina a mirarme como la esposa que no dice una palabra pero que reprocha con los ojos. La supe comprensiva y la quise más que antes. Ya no ten­go sueño. Quiero leer el cuento que acabo de escribir casi a costa de mi cordura. Ya lo leí. Aunque es apenas un boceto, tiene la estructura, la ten­sión, la emoción, la profundidad de lo mejor que he escrito y quizás escribiré en toda mi vida, creo. Coloco los papeles prensados con un clip, al lado del proyecto de novela, junto al colchón. Cada vez que escribo algo seme­jante me gustaría correr por el mundo para leérselo a todos, ir al par­que y congregar a una multitud para leerlo a gritos.
A las cinco de la mañana escupió una masa informe de diversos y escabrosos colores, de los que no estaba excluido el rojo tísico. Su habitación tenía un insoportable olor a tabaco, a magma femenino, pa­pel higiénico húmedo y orines. Qué asco de vida, se dijo Ventura, sa­biendo que era apenas una pose. La verdad es que le encantaba su existencia desastrosa, caótica, a la que en el fondo consideraba profundamente optimista: sabía que de algún lado saldrían un orden y un sentido. El grano sería separado de la paja. A las siete de la mañana vio que un ra­yo de luz trazaba una línea en la pared. Fue una sensación extraña. No la de ver la luz, no la de percibirla cuando es un hecho, sino la de sentir el impacto, como si súbitamente sus ojos hubieran alcanzado la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, o como si el rayo se hubiera retardado para hacerse más visible y evidente. En lugar de cobijarse y cerrar los ojos, corrió a la puerta. Se apoyó en ella y a tra­vés de una gota que caía en chorro intermitente pudo ver el sol. Era un sol partido en dos, sostenido por un hilo de agua. Un sol que tala­draba violentamente la armadura de las nubes y lanzaba un rayo. Un rayo único que caía formando una línea delgada como de vidrio. Pron­to las nubes volvieron a cerrarse y el amanecer se hizo opaco. Ventura regresó a la cama. Pero no durmió. Se revolvió entre las sábanas. Era necesario hacer algo con urgencia. El suicidio pasó por su mente. Le dio risa. Los rudos no se suicidan. Aunque Ventura no fuera un rudo, sí quería serlo, y ello bastaba para que jamás cayera en sensiblerías estúpidas y chantajes bastardos como el suicidio. Eso quedaba para los sentimentales, para los fracasados, para los imbéciles. Dejó a un lado esos pensamientos negros. Tenía que hacer algo que lo salvara … ¿Tocar violín? ¿Cómo hacerlo después de haberlo visto diluyéndose en el polvo del abandono? Cómo atreverse siquiera a mirarlo después de haber alcanzado la gloria de tocar un Amati. El trasto sonaría como una gui­tarra de ciego. ¿Salir a correr? Eso, salir a correr, derrotar al espíritu enfermo fatigando el cuerpo cómplice.
El frenético se puso su traje de luces para correr. Subió hasta la entrada del Parque Macuiltépetel y emprendió el ascenso.
El sol, ya luciendo totalmente desnudo, se astillaba en mil haces que, surgiendo diminutos entre los rendijas del verdor, iban crecien­do hasta formar grandes manchas de luz sobre las sombras. Desde la cima del Cerro, de pie sobre la pirámide que domina toda la extensión de la ciudad, respiró hasta que el aire le inflamó todas las células. Un vigor verdaderamente satánico lo animaba. O estoy loco, se dijo Ventura, o estoy conectado a una central de energía. A las diez de la mañana se bañó. Luego fue a desayunar a La Parroquia. Allí vio a una mujer espléndida y solitaria, como una estatua de marfil, con la morbidez y la suavidad de la Danae pintada por Correggio. No in­tentó acercarse. Quien ha tocado un Amati no debe prostituirse con instrumentos de fabricación en serie.
Almorzó con Bárbara Blaskowitz. Ella no mencionó a Trilce, lo que Ventura halló sorprendente e incluso perverso.
Regresó a casa y escribió treinta páginas en las que contó el primer encuentro con Irgla, el asunto de su mística sensualista, sus fachas de Ladi Di, las poses de hija dilecta de lo mejor de la sociedad regiomontana. También hizo el inventario casi bíblico de sus mujeres adI (antes de Irgla) y los recorridos de escritor famoso y relegado. Al final dijo bravo, se aplaudió a sí mismo y decidió salir a ver el mundo.
En el mundo (en La Parroquia, ¿dónde más? En el año de gracia de 1983, en la ciudad de Xalapa, no había otro sitio para los solitarios) se encontró de nuevo con Bárbara Blaskowitz.
—Te tengo una noticia —dijo tan fresca, tan parecida a su futu­ro—. No sé si buena o mala. Me voy a Europa en diciembre. Y cuan­do regrese…
Lo obvio, lo diplomático, hubiera sido preguntarle con quién y a qué. No lo hizo. La prudencia nunca echa raíces en tierra bronca. Ventura permaneció en silencio. En efecto: no sabía si era buena o mala noticia. Meditó un instante. Le fue imposible armar un gesto de aflicción. Sonrió de una manera que quiso ser triste. Lanzó el último suspiro de sus vacaciones. La vida era generosa. Se renovaba constantemente.



Del Autor
Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.




Marco Tulio Aguilera

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