Sobre el rapto de Mariann

Fuente original: Revista de Literatura Hispanoamericana Otro lunes, Berlín, enero-febrero 2015

http://otrolunes.com/35/otra-opinion/cronica-de-un-rapto-frustrado/


Durante ocho horas padres de familia de la Escuela  Primaria Justo Sierra, en la ciudad de Xalapa, Estado de Veracruz, México,  y vecinos de la colonia Progreso Macuiltépetl mantuvieron rodeada a una camioneta de  policía  y amenazaron con quemar a un individuo que ayudó al rapto de una niña. La multitud se atrincheró y se amotinó en la calle Jalisco, a las afueras de la escuela, para no dejar salir a la patrulla de la Policía Estatal , que a bordo mantenía atado, sangrante y boca abajo al secuestrador de la menor Mariann Aguilera.

Minutos antes la niña, mi nieta,  había llegado con su abuela, mi esposa, quien se aprestaba a dejarla en la escuela como cada mañana de lunes a viernes. Un hombre aprovechó que la abuela había estacionado el auto, abrió la portezuela y tironeó de la niña, que comenzó a gritar. La abuela descendió del auto y trató de ayudar a su nieta, pero otro hombre la golpeó en el vientre, la tiró al suelo y comenzó a patearla.
En ese momento arribó en otro auto Alejandro, tío de  Mariann, quien traía a su hija Regina, prima de la  secuestrada. Al ver lo que sucedía Alejandro se abalanzó contra el hombre que estaba a pateando a su hermana (la abuela de la niña) en el suelo.
Mientras tanto  otro secuestrador tironeaba de la niña y la golpeaba obligándola a subir a un vehículo Toyota gris, de placas XX (padres presentes fotografiaron la placa antes de que el vehículo emprendiera la huida). Los padres que seguían llegando  se abalanzaron contra el agresor de la abuela y del tío. El tío se liberó  y corrió a la camioneta donde tenían a Mariann. Trató de sujetar  a la conductora (hermana – después se supo- de la madre de la niña) pero ella arrancó el vehículo y arrastró al tío varios metros.
Aquí vale la pena agregar unos datos históricos previos: la madre de la niña, compañera de mi hijo mayor durante varios años, perdió la custodia de la niña y la posibilidad de verla, debido a que es una mujer violenta y peligrosa, que varias veces ha atentado contra mis hijos y mi familia. Antes del atentado reciente, en el que contrató a varios criminales para sustraer a la niña, había atacado con gases lacrimógenos, queriendo llevarse a mi nieta. No lo había logrado. Pero hace varios  días lo logro.
Regreso al rapto:
Uno de los agresores fue alcanzado por el tío Alejandro y por una heroica madre de familia, que había luchado a brazo partido contra el hombre que estaba pateando en el suelo a mi esposa.
Los padres de familia, que venían a dejar a sus hijos en la escuela a las ocho de la mañana, se unieron a los que habían atrapado al criminal. Comenzaron a vapulearlo. Lo golpeaban con piedras y palos y a patadas. La desazón crecía. Los secuestradores se habían llevado a la niña. La abuela yacía en el suelo, golpeada. La multitud creía, crecía la indignación, todos se arremolinaban en torno al  cuerpo yaciente que rodaba vapuleado por las patadas en el rostro, el vientre, la cabeza, más gente se acercaba con cuerdas, palo, piedras, botellas.
Las clases escolares se suspendieron. Llegó una patrulla y tras enormes esfuerzos los policías antimotines lograron rescatar  al secuestrador. El hombre fue esposado con las manos a la  espalda. Boca abajo lo llevaron como si fuera una gran alfombra o un cocodrilo, con la cara la cara sangrante y la nariz rota, y varias costillas fracturadas (luego se supo gracias a los reportes).
Veinte minutos tardó en llegar otra patrulla, trayendo al comandante de la policía local. La multitud crecía y abarcaba ya cincuenta metros de la calle X hasta la Chilpancingo. A más de los padres, llegaron los curiosos habituales de todo tipo de eventos y los vecinos.
Según AVCnoticias: “Los policías, acostumbrados a la violencia e idiosincrasia de los habitantes de la Colonia Progreso, a los robos y asaltos, entraron con cuidado y desconfianza. Alguien entre los presentes comentó: Hubo un tiempo en que la policía no entraba a esta colonia porque a todos les cortaban los huevos”.
Esa desconfianza en la autoridad y la policía estatal hizo que la multitud rodeara la patrulla donde estaba el individuo, tratando de impedir que se lo llevaran. “Si se lo llevan, lo asesinan, lo desaparecen y se cierra el caso” decía una señora. El agresor se identificó como Iván Castillo, de Oaxaca, de profesión campesino. Dijo que la madre de la niña, Edith Castillo, lo contrató por medio de internet. Después corrigió: No me contrató, sólo me pidió ayuda.
-¿Cuánto le pagaron?
-No me pagaron, ayudé en buena onda.
No se notaba asustado. Parecía un atropellado en accidente de tránsito, que quería salir pronto del problema. Estaba lastimado pero no hacía gestos de dolor.
Mientras tanto los policías se mantenían temerosos , atrincherados tras sus armas largas, y dejaban hacer a los padres, que tomaban las investigaciones por su cuenta.
Un hombre le levantaba la cabeza al criminal jalándolo del pelo. El criminal seguía boca abajo y goteaba sangre de nariz y boca.
Llegó una gran cámara de la televisora local. Le puso un micrófono cerca de la boca y lo interrogó.
Repitió que había sido contratado por la madre de la menor, quien había perdido la custodia legal. Dijo que la niña quedó a cargo del padre de la niña, de nombre Héctor Javier .
La indignación crecía, los padres pedían que les devolvieran al secuestrador. Unos gritaban que era necesario guardarlo en el interior de la escuela hasta que trajeran de regreso a la niña. Otros gritaban que había que quemarlo para escarmiento de todos los secuestradores. Una señora gritaba que en el kínder cercano ya habían secuestrado a una niña hace un año y que no había aparecido. Otro hombre gritó: A mi sobrina también se la llevaron hace dos años y no hemos vuelto a saber nada de ella.
Llegaron más policías, con chalecos antibalas, rodilleras y equipo antimotines. Llegó el Ejército y la Marina. Varios helicópteros sobrevolaban la escena. Comandantes de las tres corporaciones trataron de dialogar y llegar a acuerdos sobre lo que se debía hacer. Coincidieron en que lo pertinente era llevar al capturado al Ministerio Público.  Yo estaba presente en las deliberaciones.
Cuando el comandante de la policía por un altavoz anunció de decisión de llevarse al detenido se escuchó un grito unánime de la multitud, ¡nooo!, y alguien dijo, si se lo llevan lo matan, lo descuartizan y lo tiran a un basurero, como lo hicieron con los 43 normalistas de Ayotzinapa. Si se llevan al hijo de puta se pierde la única pista y se cierra el caso. De aquí no sale.
Ya la multitud llegaba desde la escuela hasta la calle cercana, la Chilpancingo, y más allá. Serían aproximadamente 2 500 personas.  Era imposible avanzar. Un grupo compacto de más de cien personas se puso al frente de la camioneta de la policía donde yacía el secuestrador e impidió el avance del vehículo. En un momento dado la multitud logró empujar a los policías y sacar al secuestrador de la batea de la camioneta.  Lo tiraron al suelo y comenzaron a patearlo, uno trajo una reata y gritaba amarrémoslo a un  poste y lo quemamos. Apareció una mujer con una garrafa con líquido inflamable. Se formó un círculo de tres en fondo en torno al cuerpo del hombre.
El comandante de la policía dudaba. Finalmente dio la orden de avanzar  a la fuerza y rodear al hombre que yacía en el suelo. Tras largos forcejeos, lograron recuperarlo y lo llevaron a rastras de nuevo a la camioneta, donde lo arrojaron de nuevo boca abajo en la batea.
Yo fui testigo presencial de los eventos más recientes pero no estuve presente durante el rapto. Había recibido una llamada en mi casa, cuando estaba a punto de salir rumbo a mi trabajo.
-Don Marco, venga pronto a la escuela. Hay una situación grave.
No dijo más.
Cuando llegué me identifiqué como abuelo de la niña. El comandante pidió que subiera a la batea de la camioneta, que me presentara ante la multitud y tratara de calmarla. Lo hice. El comandante de la policía, tras mí, trataba de dictarme las líneas. Dígales que hay que llevar al implicado al ministerio para iniciar las averiguaciones, dígales que están entorpeciendo la justicia, dígales que estamos perdiendo tiempo valioso. Si tardamos más el juez dictará la libertad por violación de términos legales.
Yo en lugar de decir lo que me pedía el comandante le planteé a la multitud lo siguiente: si se llevan al personaje lo pueden desaparecer y se perderá la única pista. Lo que nos garantiza que las autoridades se muevan es que lo tengamos secuestrado y que no dejemos salir ni a la camioneta ni a los policías ni a los comandantes.
Los comandantes de Ejército y Marina dialogaban con el comandante de policía. Tras varios minutos decidieron retirase porque según el comandante el asunto nos les competía.
La impunidad, la inseguridad, Ayotzinapa, los 43 desaparecidos, fueron surgiendo entre los gritos.
-Si no hicieron nada por los 43 normalistas desaparecidos, qué van a hacer ahora por una niña.
-No confiamos en ustedes.
-Demuestren que sólo fue la madre la que se llevó a la niña.
-Y si fue la madre, ¿por que jalaban violentamente a la niña, por qué le pegaban y la subieron a la fuerza ala camioneta?
Las madres de familia pidieron: que venga el procurador de justicia, que venga, que venga el gobernador.
Comenzaron a llover insultos contra el gobernador y sarcasmos:
“Veracruz, estado seguro, nuestro compromiso es la seguridad”.
“Nuestro compromiso es con la seguridad del pueblo”.
“Los niños en Veracruz no se tocan”.
El comandante de la policía se comunicó con el Procurador.  Tras una hora de espera apareció el Procurador, impecablemente vestido, como un figurín, flanqueado por dos columnas de policías antimotines. Avanzaba seguro como un emperador en medio de sus guardias pretorianos.
”Nada pudieron hacer el Procurador Estatal, el director de la Policía Ministerial ni el teniente de la policía estatal,  quienes trataron de razonar con la gente que seguía aumentando en torno al vehículo donde estaba el secuestrador . La multitud comenzó a mecer la camioneta tratando de voltearla” , comentaba AVCnoticias.
Hubo un momento en que miré de cerca al secuestrador.
Lo miré de cerca. Le hice unas preguntas. No estaba ni tembloroso y ni aterrorizado aunque minutos antes había estado al borde de ser linchado. Respondía sereno, a pesar del dolor.
-Es tiempo valioso, gritaba a la multitud el Procurador.
Traje impecable de color gris perla, chaleco, peinado ceñido al cráneo, camisa azul claro. Mancuernillas y pisacorbatas.
Minutos más tarde perdería toda su compostura. Correría tras la camioneta que llevaba al secuestrador. Pudo alcanzarla a último momento antes que lo agarrara la gente. Se lanzó de cabeza  dentro de la batea.
Nadie sale, nadie sale, gritaba la multitud, de aquí no nos movemos  hasta que traigan a la niña. El comandante de la policía dio la orden de avanzar. La camioneta avanzó milímetro a milímetro empujando a la gente que al frente trataba  de impedir el avance. La camioneta llegó  hasta la equina y allí la multitud se hizo fuerte. De aquí no pasa. El procurador bajó de la camioneta, trato de razonar de nuevo. En ese momento vi que un joven de pants y chamarra deslucidos  avanzaba hacia la parte trasera de la camioneta con una navaja. Otro iba cubriéndole la espalda. Súbitamente se oyó un chiflido y las llantas se desinflaron por completo, quedando el vehículo apenas sostenido por dos llantas infladas y los dos rines.
Los policías reaccionaron y capturaron a un muchacho. No al de la navaja sino a otro, quien levantó los brazos burlón, nada por aquí, nada por acá, decía. La multitud se bifurcó y se abalanzó sobre los policías, que prefirieron soltarlo.
Perros, gritaba el muchacho, de aquí no salen vivos, pendejos, perros, perros, perros. Por qué me agarran si no he hecho nada. Vayan con los narcos, pinches policías comemierdas. Ahí sí salen como ratas corriendo, pinches corruptos, comemierdas.
El Procurador gritaba:
-Es tiempo valioso, tenemos que llevárnoslo. Si quieren todos van con nosotros caminando hasta el Ministerio Público.
Algunos estuvieron de acuerdo. Otros no.
La patrulla, con dos llantas ponchadas y los policías apeñuscados en la batea comenzó de nuevo a avanzar.
El Procurador quedó a tras, tratando de razonar de nuevo, sin perder sus aires de suficiencia.
Pero antes yo lo había interceptado, cuando llegó flanqueado por su guardia pretoriana. Me puse al frente, impidiéndole el paso, les dije a los policías que yo era el abuelo de la niña raptada. Hablé con el hombre, que en ningún momento me miró a los ojos ni me puso  atención. Me dijo: Señor, deje actuar a la justicia. Le repliqué, la justicia en México no sirve. Me respondió: No tengo tiempo para discusiones teóricas.
Pidió a los policías que me apartaran.
Aquí se queda hasta que nos den la niña, seguía gritando la multitud.
Surgió una propuesta:
-Que el procurador nos entregue a su hija o a su mujer, y le dejamos que se lleve al hombre. Cuando nos entregue a Mariann, le devolvemos a su hija o a su mujer.
-Yo les doy mi palabra de que les regresaré a la niña hoy mismo –dijo el Procurador.
– Su palabra vale verga, gritó alguien.
Mientras tanto la patrulla seguía avanzando lentamente entre la multitud. Algunos se dijeron dispuestos a acompañarla hasta el Ministerio Público. Otros seguían oponiéndose al avance del vehículo.
Llegó la patrulla a la otra esquina. Ya estaba a punto de desaparecer cuando el Procurador se dio cuenta que estaba sólo en medio de la multitud y que los policías habían huido. El Procurador gritó espéreme. Comenzó a correr. La multitud le tiraba piedras, botellas, zapatos. El Procurador alcanzó la parte trasera de la camioneta. Los policías lo tomaron del saco y lo subieron, dando con su rostro en el suelo, al lado del secuestrador, que estaba en un charco de sangre.
Esto es lo que vi y lo que leí en las noticias. Lo que no vi fue a mi esposa llorando y convusionada  llegar al Ministerio Público a poner la denuncia, donde duró doce horas dando declaraciones.
Tras la desaparición de la camioneta caminé hasta la tienda de la esquina. Fumé tres cigarrillos, tomé una Coca Cola. Luego me dirigí al Ministerio Público, que ya estaba rodeado por otra pequeña multitud, que no se movería de allí doce horas. Vi a mi esposa, traté de consolarla. Hablé con el detenido. Lo hice con tranquilidad, sin agredirlo.
-Tienes tres alternativas. Puedes escoger: uno, 140 años de cárcel, que es lo que marca la ley; dos, que te pongan una madriza en los separos, te maten y te tiren a la basura, como a los normalistas de Ayotzinapa; tres, que cooperes y consigas salir o por lo menos una pena leve.
Dijo que estaba dispuesto a ayudar en todo. Con la ayuda de Facebook y de Google maps, logramos localizar la casa de donde salieron los secuestradores, pudimos ver el número de la casa, al lado del Hotel Edén, en la Avenida X, cerca de Comecial Mexicana. Las autoridades ahí presentes me dejaban actuar con el hombre. Supongo que tenían consigna.
Hay otros detalles que  se podrían agregar o resaltar: la valentía de mi esposa y mi cuñado Alejandro, que se enfrentaron a mano limpia contra los hombres armados.  El arrojo de una madre de familia que peleó contra los agresores. La cooperación del maestro de Marian,  Omar, que siempre nos ayudó en todo. La feroz determinación de padres, vecinos y maestros, que se enfrentaron a la policía y no permitieron la salida del detenido, hasta que llegara el Procurador. Estoy seguro que el movimiento clave para recuperar a la nieta fue hacer que se presentara el Procurador y que sufriera en carne propia la furia de un pueblo que ya sabe lo que es la arbitrariedad y que no está dispuesto a soportarla otra vez.
A las cuatro de la mañana del día siguiente mi esposa, mi hijo menor y yo, recibimos en la Procuraduría del Estado, a Mariann, que estaba muy tranquila, con los pies sobre un escritorio y que no tardó mucho en volver a sonreír y a hacer una de sus habituales bromas.
-Qué mala suerte: aquí me ofrecieron todo lo que me gusta: chocolates, pizza, dulces, pasteles, justo cuando yo no tenía hambre.
Y el apunte gracioso lo había hecho la prima Regina, niña de siete años, hija de Alejandro, hermano de mi esposa.
-Este ha sido el peor día de mi vida. Se robaron a  mi prima preferida.

Marco Tulio Aguilera

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