Sin censura: el día en que el rector Raúl Arias Lovillo me quiso despedir de la Universidad Veracruzana


La Editorial de la Universidad Veracruzana, para celebrar su aniversario 70, publicó un volumen titulado Colección Ficción. Testimonios. Reúne breves notas de autores que han visto publicados sus libros en esta colección. El texto mío fue publicado incompleto porque el editor consideró inconvenientes algunos párrafos. Aquí lo publico sin corte alguno.

Años felices en la Editorial de la Universidad Veracruzana
Momentos
Marco Tulio Aguilera Garramuño
1975. La punta de la madeja de lo que sería entonces mi futuro, y hoy, julio de 2014, mi presente, la hallé en la casa de un escritor colombiano, Andrés Caicedo. Sucedió en Cali, por los días en que estudiaba Filosofía, practicaba el atletismo y estaba lejos de tener idea alguna de lo que eran Xalapa, la Universidad Veracruzana y su Editorial: leí un cuento que me pareció maravilloso, se llamaba “Los dientes de Caperucita”. El autor: Andrés Caicedo. Estaba publicado en una revista lujosa por su aspecto y por su contenido. Recuerdo haber pensado: “Algún día me gustaría publicar en esta revista”. Se llamaba La palabra y el hombre. Ignoraba yo por entonces que no sólo publicaría allí, sino que llegaría a formar parte de su Consejo Editorial por muchos años y que andando el tiempo sería el colaborador más asiduo de toda su historia.
1979. Trabajaba por esos años en Facultad de Traducción de la Universidad de Nuevo León: tenía sueldo bajo, mucho trabajo y grandes ambiciones. Participé en cuatro concursos: gané tres. Uno en la Universidad de Cauca, Colombia; otro en la Universidad Juárez del Estadio de Durango; el tercero, en la Universidad Veracruzana.
En ese 1979 el primer premio del Concurso de Cuento de La palabra y el hombre lo recibió Sergio Pitol; el segundo premio, yo. Eran 20 000 y 10 000 pesos, una fortuna. Los dos nos vinimos a trabajar a Xalapa y aquí hemos persistido hasta la fecha.
1980. La entrada a la Editorial de la Universidad Veracruzana me la dio Sergio Galindo. Llevo 34 años en esta dependencia en la que he sido corrector, editor, miembro del Consejo Editorial de La palabra y el hombre, director-fundador de La ciencia y el hombre, lector-dictaminador e investigador. A más de haber publicado Mujeres amadas, El ojo en la sombra y Maelstrom:agujero negro y tener a las puertas La insaciabilidad, en la Colección Ficción, y Poéticas y obsesiones en la Colección Biblioteca, he culminado en la Editorial la elaboración del Catálogo Histórico de Publicaciones de la Universidad Veracruzana y el Índice histórico de La palabra y el hombre.

1980-2014. He visto pasar un número grande de directores de la Editorial, tan grande que no sé si pueda recuperar los nombres de todos: Sergio Galindo, Luis Arturo Ramos, Raúl Hernández Viveros, José Luis Rivas, Celia del Palacio, Joaquín Díez-Canedo, Jesús Anaya Rosique (que duró apenas tres días), Agustín del Moral, Edgar García Valencia. Con quien tuve más cercanía fue con Luis Arturo Ramos: compartíamos proyectos, viajes, reseñábamos mutuamente nuestros libros. Vivimos la Xalapa de los años de nieblas ciegas. Él hizo su obra y yo la mía.
Durante todos estos años he visto aumentar y crecer no sólo mis obras sino mis hijos, mis amistades. Ha conocido, departido y recibido luces de hombres grandes gracias a mi persistencia en la Universidad Veracruzana, hombres dignos dignos de memoria: Ramón Rodríguez, Carlo Antonio Castro, Sergio Pitol, Rafael Cuervo Hoffman, Félix Báez Jorge, Emilio Carballido, Juan Vicente Melo.

Algunos momentos difíciles

Hace muchos años, tantos que ni me acuerdo, en el patio Zamora, cerca del correo, durante los días en que en la editorial trabajábamos apenas ocho personas (Luis Arturo Ramos, el poeta Ángel José Fernández, el narrador Jaime Turrent, Lupita Roa, la secretaria, Chaguita una amable, cariñosa viejita que conservaba memoria de los primeros tiempos, Luis Méndez, poeta compañero de oficina, silencioso hasta la ausencia, Raúl Hernández Viveros, Augusto, bodeguero y mandadero) alguna autoridad universitaria tan pasajera que ni su nombre recuerdo dio la orden de arrumbar todos los libros de la Editorial en una gran montaña que podría haber tenido tres metros de alto por quince de diámetro. A Raúl y a mí se nos encomendó la tarea de ordenar y clasificar aquella montaña. No sé cuánto tiempo tardamos en hacerlo. Lo que sí sé es que tanto Raúl como yo terminamos enfermos de tanto tragar polvo erudito. Allí terminó mi carrera de corredor callejero: nunca volví a competir en las arduas empresas atléticas que me llevaban a escalar con paso de pollino cansado las empinadas cuestas de Las Américas y Bravo: en mi cuello se instalaron ganglios inflamados del tamaño de pelotas de golf.
No hace mucho un director de la Editorial con quien por razones que comprendo pero que son tan mezquinas que ni merecen divulgarse, me llevó ante el rector Raúl Arias Lovillo, arguyendo que yo había irrespetado a una compañera de trabajo. Lo que le hice a la compañera -amiga de algún funcionario universitario- fue una broma nimia, que ella agrandó y que el director de la Editorial magnificó. El peregrino director quiso regañarme en público, casi histérico, en los corredores de la Feria del Libro Universitario. Le respondí como pensé lo merecía. El rector amenazó con despedirme. Yo persistí en mis razones. El asunto se zanjó con un cambio de horario: ni yo vería al director ni él a mí. Después
el mismo rector enmendó su error favoreciendo el trabajo literario que tenía en curso: tiempo para avanzar en una novela en siete volúmenes en la que llevo trabajando varios años y de la que se han publicado cinco.
Vale la pena recordar, en petit comité, los locales que hemos ocupado a los largo de los 34 años que llevo en la Editorial: una mohosa oficina en lo más empinado de la calle Nicolás Bravo; un cuarto piso en el Edificio Nachita; una edificación nueva, de tres pisos, en Zamora, cerca del Correo; un segundo piso en el edificio a la entrada de Rectoría; otra vez en Zamora, en la casona donde hoy está la Escuela para Extranjeros; una casa recién inaugurada en la calle Juan de la Barrera, cerca del Parque Los Berros; finalmente el local actual en Hidalgo 9, donde a más de la Editorial (que hoy cuenta aproximadamente con cuarenta trabajadores) tenemos una librería amplia y surtida con nuestras publicaciones.
Un dato curioso: en 1981, cuando teníamos en la Editorial ocho trabajadores, había dos poetas y cuatro narradores: el 90 %de los empleados nos dedicábamos a oficios literarios; hoy, que tenemos 40 empleados, hay un poeta y un narrador: los literatos representamos apenas el 0. 5 por ciento. Los demás son editores, bodegueros, administradores. Supongo que este dato tiene algún significado poco arcano.
Llegué a Xalapa en 1980 y a la Editorial de la Universidad Veracruzana con dos libros publicados, tres premios literarios y un Volkswagen viejo; hoy, 34 años después, tengo 33 libros publicados, una veintena de premios y 66 años vividos: esposa veracruzana, casa e hijos. Y sigo siendo el mismo que llegué: con grandes proyectos literarios, con ansias deportivas de adolescente y una energía que de tan poderosa
puede llegar a ser molesta. Xalapa, la Universidad Veracruzana y la Editorial me han sabido soportar, lo que es sin duda un mérito grande. Hay que saber agradecer.

Marco Tulio Aguilera

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