Lo que dijo Stanislaus Bhor sobre 2666

¿Lo inacabado es la expresión máxima? En parte es cierto. La mente tiene una tendencia a completar lo inacabado, de otro modo sería prácticamente imposible conversar con alguien. El mundo sugerido es lo más significativo en una conversación. Lo mismo ocurre acaso en una novela. Sin la mente condescendiente del lector es imposible que una obra se complete. Con una obra inacabada disculpamos al autor de la novela inconclusa, y desvariamos con la idea de la forma que hubiera tenido el libro al darle remate el autor (si antes no se le atraviesa un cáncer, o el sida, o el suicidio, o la muerte súbita.) El final de una obra no debe ser ni bueno ni malo, simplemente debe acatar su destino. 2666 no tiene remate, ni tiene final. Lo que digan los críticos entusiastas en su favor es un valor imaginario. 2666 es una obra incompleta, donde es la imperfección, lo que no está, o que permanece en potencia (y sólo sugiere lo que pudo haber sido) aquello que provoca la idea de solidez y redondez ficticia. Es imposible determinar si Bolaño hubiese estado de acuerdo con nosotros en que el libro acabaría con un apocalipsis en Sonora. Asegurar que el autor la hubiera resuelto de esta u otra forma, si el protagonista iba a dar con sus huesos a aquel lugar para revelar el caso de las mujeres asesinadas, si iba a morir en el intento, o si la historia iba directo a un punto de giro sutil que condujera a la metástasis, a mil multiplicaciones, es una ilusión, cuando no un homenaje. La misma pregunta ‘cómo habría acabado’ rodea la obra de Kafka, Perec y Roberto Bolaño. ¿Habría escrito Perec ese libro de Memorias tan anunciado? ¿Cuál sería el fin de El proceso si a Kafka no se le atraviesa un esputo sangriento? Lo cierto es que al desierto de Sonora se encaminaron los Detectives salvajes la última vez que los vieron. A sonora se encaminó Archimboldi en la última línea de 2666. A sonora viajaron los críticos que seguían el rastro de un escritor out sider. A sonora va a investigar los crímenes contra mujeres un periodista negro norteamericano. En sonora vive un matemático que se está volviendo loco y su hija adolescente, bocadillo dispuesto para los violadores en serie. ¿Qué monstruoso encanto había en Sonora? ¿Qué planeaba Bolaño para rematar su novela y atar los hilos sueltos de sus obras completas? La incógnita mejora la obra.

(Demoré en leerla casi dos meses, porque en 2008 era el libro más solicitado de la Biblioteca Luis Angel Arango de Bogotá. Todos se la rapaban de las manos. La mejor parte, a mi juicio, es la de Almafitano, el profesor de lógica que cuelga libros en el tendedero y está a punto de descubrir un teorema. Esta parte registra la descomposición mental de un profesor de filosofía, que tal vez oculta en la memoria perdida una doble vida de escritor de novelas; y Amalfitano quiere recobrarla, pero no puede (hay secuela, Los sin sabores del verdadero policía, que quizá abra puertas a teorías fantasiosas sobre el final de 2666). La Parte de los críticos contiene algunos secretos del oficio de escritor y la descripción de argumentos falsos que sirve a los protagonistas, cuatro críticos, para declarar la obra de Archimboldi como un espejo del siglo XX, e intercambiar parejas. La parte de Fate, del periodista, es un reportaje de relleno para dilatar el clímax que nunca llega. La de las muertas es una señal profética, y como todo libro profético, repetitivo, enfático, redundante. La Parte de Archimboldi es una mezcla de novela bélica con autobiografía en clave del propio Bolaño; un enigma de incompletud. Creo que la solución de la novela no resolverá los crímenes de sonora, que en el libro, o en la vida bien los puede seguir cometiendo narcos, sicópatas, o políticos, o turistas sexuales. La mente de Almafitano estuvo a punto de una clarividencia. Es sólo una hipótesis.)

Roberto Bolaño, 2666, Anagrama. 1125 páginas.
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Marco Tulio Aguilera

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