Asalto al infierno, de Óscar de la Borbolla: Ucronías o de la desaforada imaginación

Con una despiadada (y divertida) falta de respeto por los lectores y por la realidad, Óscar de la Borbolla inventa, miente, exagera, tergiversa, resana la realidad, la potencia, la descompone y ello lo hace con el mercenario objetivo de publicar sus artículos en diversos periódicos y revistas y cobrar en muchos sitios. Es claro que de algunos de esos lugares fue despedido con cajas destempladas: un heterodoxo de sus dimensiones pantagruélicas obviamente no entra en las calzas estrechas de la ignara masa lectora y de los directores de diarios petitburgueses (“Fue la primera y última ucronía que vio la luz en  Unomásuno: “Eres un iconoclasta”, me dijeron y mi naciente columna desapareció”, escribe en el prólogo a  Asalto al infierno,  volumen en el que reunió las columnas escritas a lo largo de los años y que llamó “ucronías”.)
La cantidad de extravagancias que cuenta, la exuberancia de los actos demenciales que emprende, por ejemplo hacerse enterrar vivo o fingirse loco para ser recluido en un manicomio, concitar (convocar) públicamente las pasiones de muchas mujeres y sufrir sus insidias o acosos o el vapuleo propio de sus encantos, el inventar ficciones inverosímiles y convencer a los lectores de su veracidad... tales son los temas de sus ucronias (ucronía: “una colaboración periodística que parece nacida de hechos verdaderos y que se confiesa falsa”, define el autor, pero (conjeturo) de manera limitada; a mí me parece más bien que ucronía es el relato de lo que podría ser si no fuera lo que es: o sea: a partir de un suceso, todas (o algunas) de las posibles impliciones: es decir, el infinito: un jardín de senderos que se multipfulcan —permítaseme el neologismo).
Si Óscar se fingió loco o no para ser admitido en un manicomio, si se hizo enterrar vivo  o no…  uno no lo sabe. Pero conociéndolo como lo conozco (o como creo conocerlo) pienso que sí se atrevería: quien se fuma cinco o seis cajetillas de cigarrillos diarias con facilidad podría aventurar por lo menos un suicidio por semana. Lo que sí creo con certeza (me pregunto si se puede creer con certeza) es que para emprender tales empresas debe tener o una cómplice demasiado tolerante o demasiado enamorada, que tal parece ser el caso de la famosa Beca, esposa de Óscar, que aparece con frecuencia como personaje (como lastre o contrapeso o acicate) en las sombras.
Que es un libro hilarante no tengo dudas, incluso contabilicé mis carcajadas: aproximadamente tres por texto, lo que suma 27, cantidad bastante respetable.
Va una pequeña prueba de la ucronía titulada “Asalto al infierno”:
Estimado pueblo de México: Estoy convencido de que nada, absolutamente nada —ni el peor de los delitos—, ni la canallada más perversa, ni siquiera  el crimen más execrable con el que sea posible envilecer este mundo— merece un castigo eterno. Lo he consultado con especialistas: magistrados y jueces de la Suprema Corte de Justicia y también con hombres justos y piadosos…
Opinión que me parece del todo sustentable e incluso apodíctica, pero que va en contra de la base de la ortodoxia cristiana, lo que eleva la iconoclastia de Óscar a nivel trasmundano. Opino que la ligereza con que el autor se dirige a su público lector para plantearle semejantes coyunturas ontológicas es verdaderamente insufrible (lo correcto sería haber escrito una suma teológica para justificar el aserto, no un artriculillo a vuelapluma, por  el que habrá cobrado apenas 500 pesos, si es que le fue bien).
Buscando antecedentes de  intenciones semejantes y de insolencia comparable se me ocurrió pensar en “Una modesta proposición para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público” de Jonathan Swift: la idea era que los padres se comieran a sus hijos para mitigar el hambre y prevenir que se convirtieran en criminales.
La propuesta de Óscar es menos sanguinaria pero incluso más descabellada, pues trasciende el plano de lo físicamente posible e invade territorios metafísicos.
Hay un párrafo del texto llamado “Viajes de transgresión” en el que está claramente definida lo que podríamos llamar la ars poética de Óscar o más bien la raíz de su actitud ante el mundo y ante la literatura:
Todos los días a las cinco de la tarde contemplo mi vida: lo hice ayer y antier, el año pasado y el antepasado. A esa hora me convierto en mi propio espectador, pienso en mi vida y en la de los demás, reparo en éste o en aquél de mis amigos, en la forma repetitiva en la que cada cual gasta su tiempo, en los horarios y en las rutinas que nos hacen parecer idénticos y, como siempre, llego a la misma conclusión: la vida es un presidio, un molde que se ciñe a nosotros como un guante elástico que a la vez nos agrada y nos sofoca y, también como siempre, me pongo a desear que ocurra algo, que algo se desvencije o se descuadre: que el eterno retorno cotidiano se disuelva y yo logre salir hacia otra parte.
Insatisfecho con la realidad plana (¿realidad plana?), Óscar busca hacerla esférica o cuando menos romperla, aunque sea de manera imaginaria. Como resultado tenemos estos textos ucrónicos, que no nos ofrecen una reproducción mimética de la realidad sino una apertura que obligaría a los teóricos a tour de force digestivo-semiótico al cual no estoy dispuesto. A mí me basta con disfrutar sus textos: eso de desmontarlos es oficio de relojeros ociosos, oficio para el cual no estoy dotado.
Me divierte mucho en estas ucronías que Óscar se inmiscuya como persona en sus relatos, que busque el apoyo de su esposa de la vida real, Beca (también escritora, y por lo tanto comprensiva –tolerante- en lo que respecta a las debilidades conjeturales de la disoluta imaginación del hombre de su vida) y sobre todo que involucre a sus lectores, los rete, los invoque constantemente. Actitud del todo coherente con la personalidad picaflor y provocadora de Óscar, que lo mismo dicta una conferencia sobre paradojas matemáticas que sobre Schopenhauer o Wittgenstein.
En “Luna de miel para tres” el osado reportero o ucronista, en su desesperación por hallar tema para su colaboración semanal en la revista Siempre!, propone a unos amigos un reportaje sobre su luna de miel (de ellos, aclaro), “en el lugar de los hechos”, incluyendo, claro, la alcoba nupcial. En “Club de las Amazonas” el terco ucronista sale a las calles de la ciudad de México a hacer preguntas en principio convencionales, lo que lo lleva a un affaire con una rubia despampanante y encojonante (o con una deplorable maritornes: uno no puede nunca estar seguro de cuál es la línea argumental de los textos de Óscar).
Estos dos últimos textos son (o me parecen) magníficos, suscitan carcajadas línea a línea, y además, aquí y allá resultan sumamente inteligentes, y sobre todo, ingeniosos.

Pienso que este autor ha inventado un nuevo género que no es cuento, no es artículo, no es crónica, no es reportaje, es, simplemente ucronía marca Borbolla. Un libro regocijado y regocijante, distante, a años luz, de lo que escriben sus contemporáneos mexicanos.

Marco Tulio Aguilera

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