La historia de Horacio, novela de Tomás González

De Bougereau
Con motivo de la próxima visita del novelista colombiano Tomás González, invitado por el Hay Festival a Xalapa, estoy volviendo a publicar esta vieja nota.

La historia de Horacio, novela del medellinense (ex niuyorkino y ahora vecino de Bogotá) Tomás González, tiene todo el encanto de la aparente sencillez, de la dificilísima sencillez, que hace que el lector recorra sus páginas como inmerso en una sinfonía familiar, en la que nada del mundo paisa está ausente. Más que costumbrista, de ninguna manera costumbrista, en esta novela se encuentra lo que tienen de universal los paisas: su lenguaje tan gráfico y colorido -pocas veces he hallado tantas “groserías”, malas palabras o insultos, tan bien puestos en un texto: se disfrutan las palabras como se disfrutaría una buena bandeja paisa -no se trata de las pesadas enumeraciones de Carlos Fuentes sino de la correcta colocación de estos exabruptos, lo que los convierte en cristalizaciones de vida. Las situaciones, los personajes, la comida, la vegetación, el amor a los animales, la transición de lo rural a lo urbano y del burro al avión, todos ellos sirven de marco a esta historia de Horacio, un hombre de edad avanzada que se aproxima entre angustias sin fin a la muerte sin saberlo y que mientras tanto disfruta de sus manías, del amor a su esposa y que vive en medio de una gran familia con muchas mujeres, hermanos, sobrinos, todos viviendo simultáneamente en un sorprendente equilibrio, en el que el autor en ningún momento pierde el control. El placer que poporciona esta novela es que nos lanza a la intimidad de una multitud de seres y nos hace vivir sus pequeños deleites, sus dramas y sus sueños, sin que en ningún momento el lector sienta la grandilocuencia de la novela, la epopeya, los efectos maravillosos, los trucos cinematográficos: todo es sencillo, elemental y sorprendente, con un brillo cristalino que sólo puede dar la verdad. Una verdad conseguida a golpe de trabajo y gracias al don de la poesía que disfruta Tomás González y también a una actitud verdaderamente ejemplar ante la vida: Tomás ha escrito sin prisa, sin ambiciones inmediatas, con paciencia de alquimista, esta novela deliciosa, exquisita digna de cualquier elogio. Uno se pregunta cuál es el encanto de esta novela en la que no pasan muchas cosas (se compra un Volkswagen, luego es el vehículo es decomisado y y después es regresado a su dueño, crecen los terneros en los vientres de las vacas, Horacio avanza hacia la muerte) y no halla otra respuesta que ésta: el brillo de la percepción omnisciente del narrador (todo lo ve, lo sabe, lo describe con luz) le ofrece al lector una perspectiva privilegiada de un mundo conocido, pero que se nos va escapando de las manos por la turbiedad (la limitación) de nuestra percepción y por la móvil turbulencia de estos tiempos. Es pues el ojo de Tomás González el que nos hace disfrutar de este mundo paisa y universal. Indagando en el método de la escritura: entre el movimiento de bajar una escalera e ir a buscar unos calzones al tendedero y el de regresar al baño, se desarrollan gran cantidad de eventos: es el habilísimo manejo del tiempo, a través de los ojos de un personaje que mira los instantes epifánicos (no hay que despreciar las enseñanzas que Joyce haya podido dejar en Tomás González, pero tampoco despreciar la idea de que hasta ahora en español no se han logrado los efectos que logró Joyce en Ulises: tal vez ahí yace el encanto de la prosa de esta novela: en una apropiación totalmente natural de una técnica omniabarcante). Sigo preguntándome, cuál es el encanto de esta novela. Y encuentro una respuesta provisional: por una parte, los personajes, tan bien trazados, tan dignos de ser amados, pincelados sin descripciones morosas, solo por sus actos y por algún rasgo espiritual o físico; por otra parte, la capacidad para cambiar de foco, romper el relato y de pronto mencionar el canto de un sinsonte, la acumulación de una tormenta en el cielo; por otra, la capacidad poética de seleccionar imágenes fulgurantes, que entran en la novela con absoluta naturalidad. La narración del alumbramiento de la vaca Estrella es una obra diestra, una especie de sinfonía del nuevo mundo, contrapunteada por otras diez o veinte historias de seres humanos padeciendo y el doctor Eladio corriendo entre la vaca con el ternero atravesado, la zarca con su ataque de asma y los diez pacientes de muerte que se acumulan en el consultorio. Lo de la reproducción del lenguaje es una maravilla: Tomás rescata las joyas, las innovaciones del lenguaje, creadas por los paisas (Contame, pues, hombre, Carlina/Doblehijueputa/cagada vida/ 

Publicado 12th September 2011

Marco Tulio Aguilera

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