En Medellín la vida es más sabrosa: Adoptado por el Colegio Santa Catalina, Conferencia en la Fiesta del Libro: fotos


En Medellín en La Fiesta del Libro con Octavio Escobar y Ana Cristina Restrepo
Medellín, 14 de septiembre de 2014. Fui adoptado por el colegio Santa Catalina de Siena: Bienvenido, escritor, banderines con mi rostro y una frase que en alguna oportunidad escribí en twitter: Yo soy como soy porque si no fuera como que soy yo no sería yo. Y estoy contento con ser como soy.  Posters de las portadas de mis libros y de mi rostro. Discurso del profesor de literatura, discurso mío (lo de siempre), discurso de otro estudiante, preguntas, aplausos. Un evento emocionante. Sólo habían leído un libro mío,  El pollo que no quiso ser gallo. Luego me regalaron en una cuca caja roja un vaso en el que estaba impreso mi rostro y el redundante aforismo: Yo soy como soy, etc.

Elmer Mendoza, MT, Triunfo Arciniegas, Estéban y Octavio Escobar
La conferencia en la feria del libro no fue gran cosa pero sí la respuesta del escaso público (después vería con envidia que Volpi -un autor al que casi todos los que conozco consideran mediocre, pero que ha ganado algún buen premio y que ha tenido importantes cargos en la diplomacia y en la administración cultural- conseguía un lleno total en una conferencia que me pareció soberanamente pendeja.

En  mi conferencia,  salón con muchas sillas vacías, varias personas del público hablaron emocionadamente de mis cuentos y de  El amor y la muerte.  Lo que descubrí es que todavía hay quien me lea en Colombia, y que a algunas personas mis obras les han calado el corazón.

Me encontré con varios amigos –Elmer Mendoza, Juan Diego Mejía, Mempo Giardinelli, Eduardo Antonio Parra, Mario Mendoza-, nos tomamos fotos y hasta un selfie. Conocí a dos argentinos: una vampiresca criatura vestida de negro que justo al entrar al restaurante del hotel, se levantó de una silla, me saludó, tú debes ser de los que asisten a la Feria, me tomó del brazo, me invitó a sentarme con ella, me recitó su currículum, me dijo que era cantante de jazz –y procedió a regalarme su libro, precisamente   llamado La cantante de jazz-,  me dijo que había trabajado en una hot line y muchas otras cosas, todas emocionantes.  Yo reciproqué su entusiasmo y procedí a recitarle mi currículum. Nos descubrimos almas gemelas, desaforados  a deux,  etc. Las edecanes y guías de la Feria, todas preciosas, me enamoré de todas y ellas a su vez me trataron con cariño.

Invité a Elmer, siempre sonriente, bonachón, irónico (está traducido a todos los idiomas, y la verdad, tiene a mi juicio sólo un libro bueno), al argentino Kohan (modesto, callado,  dicen que gran escritor: compré un par de libros suyos para ver si es cierto), a Mordzinski, el más famoso fotógrafo de los escritores, a hacer un recorrido por Medellín en taxi: vimos una ciudad deslumbrante de limpia, sin un solo bache, ordenada, con mucha naturaleza  exhuberante, cientos, miles de edificios, una ciudad sorprendente, como no la hay en México… pero al lado del río vimos también a 3000 indigentes (el dato lo dio el taxista) acostados, sentados, deambulando, durmiendo. Son los habitantes de la noche, dijo el taxista. De día duermen y de noche salen a recorrer la ciudad y a buscar comida, a atracar a los desprevenidos, a pedir limosna. El taxista, todo un personaje elocuente que tiene una sentencia para todo, nos explicó su propio plan para arreglar ese problema de Medellín: llevarlos a una especie de reserva que se haría con alguna de las inmensas fincas decomisadas a los narcotraficantes, hacerles allí una pequeña ciudad con médicos, psicólogos, trabajadores sociales, irles reduciendo las dosis de droga, etc.
Con el famoso perseguidor de escritores: no puede ver uno
sin fotografiarlo

Con ese taxista haría yo buenas migas. Me contó toda su historia: ha pasado por todo y llegó a ser jardinero y mayordomo de la finca de un gran capo de la mafia. En las fiestas había tres cosas: cocaína, armas y mujeres hermosas. Al capo lo mataron.

Medellín fue una fiesta. Bogotá también lo sería.

Pero saltemos a Bogotá. Fui a Cali invitado por el Club de Ególatras y por la Gran  Fraternidad Masónica. Ni lo del club ni lo de la fraternidad se realizó. A cambio de ello vine a la casa de mi hermano Gustavo, un hombre de un metro 95, empresario dueño de una enorme casa con una piscina de dos carriles. En ella hice  competencias de natación con  mi sobrino Camilo, exnadador, de 22 años, con muchos tatuajes. En la primera, de 50 metros, llegamos empatados. En la segunda, apostamos 40 000 pesos. Me ganó en el toque. Perdí mis 40 000 pesos, pero luego los recuperé  ganándole en los 50 metros a mi hemano Gustavo. Es mucho más joven pero tiene un vientre poderoso, pesa 120 kilos.

Luego volví a retar a Camilo, en este caso, a 100 metros. Volvió a ganarme. Las competencias fueron filmadas. Espero subirlas a este blog.

Lo de Bogotá merece capítulo aparte, que no podré contar ahora porque tras las competencias quedé  muy cansado.

Bogotá,  17 de septiembre de 2014. De Bogotá me traigo una noche memorable con dos lectoras, abogadas las dos, hermosas y costeñas, una rubia, con ciertos aires monacales, una expresión de frialdad en la mirada; la otra trigueña, una verdadera ametralladora literaria, que recitaba nombres de autores y títulos de libros leídos a velocidad de AK47; impresionaba de ella el juego con sus senos, que velaba y desvelaba sin llegar a extremos, elevando cada tanto el nivel de una de esas blusas cómplices, de marca (las dos  mujeres muy elegantes, sin entrar a la madurez, las dos adineradas, las dos solitarias, no por abandono de los hombres sino por decisión propia). Nos tomamos fotos, nos abrazamos con extremo cariño, las invité a cenar a las dos tras una de esas presentaciones  en las que el autor, MT, estuvo inspirado e inspirador (no creo que haya mejor público que el de la librería-café-bar Luvina, situado en un un buen barrio de Bogotá). Sentí que los asistentes me querían, pocos habían leído mis libros, quizás ni uno de ellos tenía noción previa  de mi existencia. Milagro y Ana María, las abogadas, se portaron como auténticas mujeres libres,  sin urgencias, aunque hay que decirlo, deslizaban miradas sugerentes, pequeñas insinuaciones, palabras de aprecio que un macho bragado no podría haber dejado pasar. Pues yo sí las dejé pasar.  A mis 66 años aquellas dos atletas del amor podrían haberme liquidado con facilidad aunque yo hubiera usado de las más subterfugantes argucias lingüísticas. Pero de todos modos, amigos lectores, cuántos hervores no se levantaron como explosiones solares en mi imaginación de adolescente senil. Durante más de dos horas me estuve preguntando: ¿me atreveré? Pues no me atreví, siento desilusionarlos. Alguna caída que no he contado me ha hecho prudente. Además, sinceramente, una noche de amor con aquel par de amazonas (¡costeñas!, imagínense) me habría dejado del todo derrotado, a menos que ellas tuvieran la samaritana intención de darlo todo a cambio de nada, o casi nada.

Hermanito, me diría días más tarde mi hermano el doctor-nadador (su hazaña más reciente fue competir en Hawai de isla a isla quedando en lugar 28 a nivel mundial: te salvaste, he recibido en urgencias a muchos casos fatales de viejos imprudentes. Podrás nadar en  38 segundos los 50 metros libres, pero no hacer felices a dos costeñas sin arriesgar el infarto.

Estuve de acuerdo.

Cierro este capítulo con el recuerdo de una insinuación muy directa de la trigueña que jugaba a mostrar-ocultar sus senos (tan naturales, tan libres, tan aéreos, como frescos frutos colgando del árbol del bien y del mal): cuando le mostré la foto de mi celular en la que se ve al galán otoñal con el torso desnudo hasta el nacimiento de la serpiente del paraíso y una toalla púdica cubriendo lo que la decencia oculta, ella dijo: me gustaría ampliar esa foto para ponerla arriba de mi cama, en el techo y mirarla antes de dormir.

Pensar que yo a mi edad pueda levantar pasioncillas en un par de beldades como aquellas es ilusionante pero iluso. Aunque atleta, debo reconocer las obras del tiempo.

Toda la  escaramuza se desarrolló en un restaurante de lujo, que habría drenado feamente mi billetera, si las dos criaturas no se hubieran empeñado de manera bastante insistente y casi implacable en que ellas, y sólo ellas, pagarían. Y no sólo eso, sino que ellas mismas llamaron el taxi, me llevaron hasta él, apuntaron el número de la placa, no sin antes cederme un abrazo y un beso, un abrazo ceñidísimo y un beso en la frontera más dulce. 

También tuve una conversación con Isaías Peña en el Centro Cultural García Márquez ante un público escaso e interesado. Nada memorable. Lo convencional.  Siempre repito lo mismo y siempre me preguntan lo mismo. Todas mis conferencias son iguales. Quien asistió a una asistió a todas. Luego tuve una reunión con el director de la Fondo de Cultura Ecoómica: dejé en sus manos cinco proyectos. Me dijo que respondería en cuatro o cinco meses. Botellas al mar, bendición y adiós: el promedio de éxitos literarios es bajo con respecto a el promedio de fracasos. Si me han dado 20 premios literarios es porque he perdido 300.

Marco Tulio Aguilera

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