Taller de cuento erótico en la Universidad del Rosario, Bogotá, 1988

 

En el Palacio de San Francisco, frente a la calle donde se sitúan los esmeralderos, comienzo a hablar sobre el cuento erótico. El auditorio es heterogéneo. Entre ellos destaca el omnipresente Ramón, que llega medio borracho e insolente. No quiere que nadie hable sino yo. Le pide a la gente que se calle. "Vinimos a oír a Marco Tulio. A él le pagaron para que viniera desde México, así que callémonos todos y escuchemos". Y sin embargo él me interrumpe a cada instante. Llega el momento en que pierdo la paciencia y le pido el favor de que permanezca completamente callado hasta que termine la conferencia. Ramón baja la cabeza y parece estar sollozando. De pronto alza la voz y dice "¡(Marco Tulio, eres hermoso! Si yo fuera marica te pediría que me llevaras a la cama."  Nadie se inmuta. En Colombia los loquitos son frecuentes y se ha aprendido a vivir con ellos. Entablamos un diálogo sobre el erotismo, nos preguntamos si hay diferencia entre el erotismo masculino y el erotismo femenino, se mencionan los nombres de Bataille, Paz, Alberoni, Denis de Rougemont. Pregono mi creencia de que el verdadero erotismo sólo puede ser alcanzado con el amor y pongo un ejemplo. "Si quiero besar a una mujer a fondo, me interesa saber si se lavó los dientes, si se ha bañado, si tengo confianza en ella, si se acuesta sólo conmigo o con todo el vecindario, si tras el amor tendré el placer de dormir abrazado a ella o deberé huir como el ladrón tras la fechoría". Al taller asiste una poeta azafata, que porta un coqueto sombrero y pañoleta al cuello, vestidos sastres con minifaldas agresivas, un sospechoso amuleto en forma de pene que parece de origen pompeyano y una forma de hablar excesivamente mimada, que causa inmediata repulsión. Dice que ha dado recitales en todo el mundo y que siempre ha sido aclamada por el público, incluso en los casos en que ha usado intérprete. "Si yo entro a una recepción diplomática inmediatamente todo se suspende y la gente me rodea para admirarme". Después  del taller, me dirijo a la Universidad del Rosario, donde debo dar una conferencia en la que haré un recorrido por el erotismo en mi literatura y en mi vida. La conferencia dura ¡tres horas! y nadie se mueve de su sitio. Recurro a algunas de mis anécdotas favoritas, cuento mi iniciación en las lides voyeuristas con la sirvientita “Clemencia Ojos de cierva”, describo mi primer deleite con una putica vestida de mexicana en El Barco del Amor (San Isidro del General, Costa Rica), hablo sobre mis incursiones literarias en la pornografía, en el erotismo conyugal. Recuerdo que José Agustín me echó porras en el Palacio de Bellas Artes cuando presentó mi libro Los grandes y los pequeños amores (publicado por Joaquín Mortiz, ya agotado y sin planes de reeditar (uno no entiende a las editoriales con sus políticas de publicar porquerías y olvidarse de la buena literatura: lo digo con la mano en los cojones) diciendo que era uno de los pocos escritores que se atrevían a escribir sobre el amor conyugal, y que lo hacían con dignidad y cariño. Recordé que algunas lectoras me calificaron de machista --en sábado de unomásuno precisamente-- y que ello me llevó a intentar escribir como mujer: usando protagonistas femeninas y puntos de vista femeninos. Describí mis métodos para escribir como mujer con verosimilitud: acercarme algunas mujeres comunicativas, sacarles la información y luego trascribirla. Ante el público de la Universidad del Rosario leí mi mejor texto erótico que está incluido en mi cuento "La noche de Aquiles y Virgen" (incluido a su vez en la antología El cuento eróticomexicano, de Editorial Selector, México). Veo que algunas personas del público se fruncen, se remueven incómodas en sus asientos, veo que otras personas cuchichean (estoy en el corazón de la universidad más conservadora, más goda de Colombia) y noto que hay personas que están disfrutando del asunto. Terminada la conferencia salgo a caminar por la Séptima con Adolfo Chaparro, un pequeño y erudito profesor de filosofía que me regaló un tímido libro de poemas de su autoría. La calle más importante de Colombia está bordeada por policías con equipo antimotines, por policías en enormes caballos, por soldados y policía militar. Los empleados oficiales están presionando al nuevo gobierno de Pastrana para que eleve los salarios. Soldados, militares y manifestantes están casi juntos y no noto odio en ellos sino algo como una risueña espera. Ya los colombianos están acostumbrados a esto y en ocasiones, cuando no hay muertos y golpeados, las manifestaciones se vuelven motivo de jolgorio. Llego a casa, lavo platos, ordeno y me pongo a terminar la corrección del relato de mis aventuras en el Amazonas. Luego preparo algo para cenar y me pongo a escribir estas líneas. Son las doce de la noche. Estoy exhausto: acabo de hablar durante cinco horas seguidas, anoche dormí solo una hora y sin embargo todavía tengo cuerda. El hecho de no haber cumplido con mis ritos del básquet me da reservas para estos tiempos especiales en que estoy fuera de casa. Los asuntos económicos no han ido nada bien. El editor de Plaza y Janés no me pagó ni un centavo por seis meses de derechos de autor, debido a que la vez pasada que 
vine a Colombia (en mayo) pedí a cuenta una enorme cantidad de libros que ahora debo pagar. Lo que sí me alegra es recibir la décima edición en lengua castellana de Cuentos para después de hacer el amor. Sugiero que le pongan una inmodesta fajilla, para que se venda mejor. Yo mismo la diseño : "(¡Décima edición! Del maestro del erotismo latinoamericano" ) ¿Qué hacer? La modestia no es mi don. La sinceridad sí. Nadie es perfecto. El cuento del pudor de los intelectuales, sus suspiros de pureza, su desprecio al dinero y al éxito no van conmigo. Repito como Salvador Dalí: Me encantan los dólares. So what! Mis sesiones del taller de cuento erótico continúan en el Palacio de San Francisco. Quince personas asisten. Al inicio la situación es algo tensa, pero poco a poco se va relajando. No se trata sólo de leer y escribir literatura erótica, sino de abrirnos a la comunicación, intercambiar experiencias. Sugiero a los organizadores que en una segunda sesión se acondicione una habitación 
con una cama al lado del aula, de modo que los escritores dejen de imaginar el erotismo y lo practiquen. A los organizadores no les hace gracia la propuesta: ya lo dije: la universidad es la más goda (conservadora) de Colombia y los organizadores se atrevieron a planear el taller erótico sin saber bien a lo que se metían. Los hombres cuentan sus experiencias con desparpajo, pero como era de esperarse, son las mujeres las que dictan cátedra sobre el asunto. La poeta azafata con su sombrerito cuco pregona su experiencia con hombres de casi todas las nacionalidades. No falta el macho machista, que quiere enseñar cómo se hace el amor bien y cuando habla trata de imponer su impresionante presencia poniéndose de pie y mostrando su musculatura de semental. Mi acosador de cabecera, Ramón, asiste a las sesiones medio borracho o enmarihuanado. Interrumpe constantemente y hace preguntas fundamentales:  ¿ Pero qué es en realidad el erotismo? ¿Tiene algo que ver con el espíritu? ¿Es el placer una forma del dolor? Y si alguien habla, él interrumpe y dice en voz exaltada: "¡Cállate!, no vinimos a escuchar a cualquiera, sino a Marco Tulio Aguilera". O de pronto, mientras yo trato de sacar en claro las características del cuento erótico, él vuelve a su cantaleta: "¡Marco Tulio, eres bello!" Lo que no me molesta en absoluto. Le agradezco que piense eso, máxime si es un joven y yo ya rozo los 50 años. La gente no parece molestarse por las interrupciones de Ramón: hay tantos locos sueltos en Colombia, que uno más no hace olas. Circulan entre los asistentes al taller los nombres de Paz, Bataille, Sade, Nabokov, Miller y García Ponce. De García Ponce se exalta Inmaculada o los placeres de la inocencia, una gran novela erótica, quizás la mejor que se haya escrito en Latinoamérica. Yo leo apartes de Las noches de Ventura (particularmente la seducción de Ranita) y los asistentes aprueban. Personalmente vendo mis libros y recojo el dinero (ni más faltaba: si Beethoven cobraba él mismo las entradas a sus conciertos, yo por qué no voy a ocuparme de mis finanzas).

Marco Tulio Aguilera

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