Coetzee: Esperando a los bárbaros y Verano


Coetzee estuvo en Bogotá en 2013,
invitado por Isaías Peña
Parábola sobre el destino de los justos en un mundo dominado por los injustos. Escenificación de la feneciente y triste concupiscencia de los viejos y su gusto inevitable por las mujeres jóvenes. Parábola sobre el aparthaid y su hipócrita moralidad. Civilización y barbarie enfrentados: el hombre blanco contra los bárbaros (la otra raza, los sub hombres). Amarga reflexión sobre el racismo y la inutilidad (la imbecilidad) de las fronteras.

¿Sería mejor el mundo mejor sin los pobres, sin los negros, amarillos, cobrizos, sin los bárbaros, esos tristes personajes que afean las limpias ciudades con sus chabolas de miseria, su suciedad e ignorancia?, se pregunta el magistrado que gobierna un puesto de frontera entre el imperio y el indeterminado territorio de los bárbaros?

“Lo mejor sería que ese oscuro capítulo de la historia del mundo acabara de una vez, que borraran a esos feos seres de la faz de la tierra y nosotros juráramos empezarlo todo desde el principio, gobernar un imperio en el que no hubiera más injusticia, más dolor”. Así razona el magistrado y luego contra razona: su vida ha estado al servicio de la virtud y la verdad, además de alguna (romántica, idílica) manera admira las virtudes de los bárbaros: “Decidí que cuando la civilización supusiera la corrupción de las virtudes de los bárbaros y la creación de un pueblo dependiente, estaría en contra de la civilización; y en esta resolución he basado mi conducta en la administración. (¡Y esto lo digo yo, que ahora meto a una muchacha bárbara en mi cama!)”

“¡Cuándo aprenderé a no decir lo que pienso!”, se dice el único hombre justo de la novela Esperando a los bárbaros, de Coetzee, una vez que es reducido a la miseria, a la indigencia y al ostracismo por defender a los bárbaros, a los otros, y por haber entretenido sus concupiscencias de anciano (de forma bastante fetichista, utilitaria, perversa) de una joven bárbara.

Los bárbaros de esta novela son los nómadas que viven libremente, en estado semi salvaje, lejos del imperio. Un imperio que en la obra de Coetzee sintetiza  los estados “civilizados” que quieren imponer su ley a todos los que lo rodean y extenderse al resto del mundo, como se extendieron los mongoles, los romanos, los persas, los aztecas, los incas.

Es claro que bajo el neutro disfraz del ambiguo  imperio  que es el espacio narrativo de la novela, Coetzee nos ofrece una visión aciaga, sin esperanza, de lo que fue y sigue siendo Sudáfrica, con impolutos barrios boers e interminables y míseros barrios de negros. Pero no es a Sudáfrica a la que pinta (alude) Coetzee en esta novela, sino el mundo entero, el mundo de hoy y de siempre: España y su tormentosa frontera con África; Alemania invadida por gitanos, checos, rumanos; Estados Unidos, tomada por hordas de seres de todas las nacionalidades; Austria, de la que están huyendo los nativos, atosigados por oleadas de árabes, checos, croatas, etc.

El mundo hoy: la tragedia sin solución. Esto es lo que subyace a la novela de Coetzee, el Premio Nobel, cuyas obras han apasionado por su crudeza, su falta de sutileza: aquí no hay un mundo feliz: lo que hay es un mundo infeliz, sin esperanza.

“Un camino que quizá no conduzca a ninguna parte”: éstas son las últimas palabras de la novela y gracias a ellas la obra se dispara de ser la crónica del último año de la existencia de un pueblo de frontera entre los bárbaros y los “civilizados”, a ser una cifra de la historia de la humanidad: “un camino que quizá no conduzca a ninguna parte”.

 

Ésta, como las otras novelas de Coetzee, nos muestran un mundo sin salida, ante el cual no hay otra alternativa que ejercer la virtud y el arte, aunque sepamos que no llevan a nada que no sea la íntima salvación individual: el mundo está perdido, sólo el individuo puede salvarse en el estrecho mundo de su vida personal.
 Coetzee sin máscara frente al espejo
¿Qué es Verano? ¿Novela autobiográfica o autobiografía novelada? John Coetzee escribe una novela en la que un supuesto biógrafo de un escritor llamado John Coetzee lleva a cabo una serie de entrevistas con hombres que conocieron al escritor y con mujeres con las que tuvo relaciones afectivas. Julia, su primera amante; Margot, su prima y primer amor; Adriana, maestra brasileña de danza: las tres mujeres ofrecen una imagen deplorable del Coetzee personaje-protagonista: débil de carácter, autista en el terreno sexual, incapaz de relacionarse con los que lo rodean, mal hijo, inepto para conseguir un buen trabajo, con un pasado digno de sospecha –expulsado de Estados Unidos en circunstancias confusas-, incapaz de ser feliz, melancólico.) El escritor-protagonista parece tener todos los defectos y una sola virtud: la fidelidad, el empecinamiento, por su vocación literaria. La novela se llama Verano porque esa estación es la que evoca la única época feliz en la vida del niño Coetzee: cuando estaba enamorado de su prima Margot, quien ni siquiera se enteró de ello. (Este tipo de relaciones idílicas de un escritor me recuerda las de dos autores que deben ser cercanos al escritor sudafricano: Poe y Nabokov, que tuvieron amores de infancia y los idealizaron literariamente). La novela Verano es un autorretrato amargo y amargado (no se sabe si mentiroso o veraz) de una vida que parece correr rumbo al fracaso. Se me ocurre que el escritor (no el personaje-escritor) de alguna manera desprecia su éxito literario, los incontables premios que ha recibido y quiere tender una cortina de humo para que lo dejen en paz. Y esa impresión es ratificada si se conoce la vida del escritor real: la hija de mi amigo colombiano Isaías Peña, que conoció al profesor John Coetzee en su oficina, un cubículo bastante modesto de una universidad de Adelaida, comenta que el autor es un misántropo, tiene en poco aprecio las exhibiciones sociales y el turismo gratis tan común que practican (practicamos) los escritores. Recientemente Coetzee, escritor real, aceptó una invitación de la Universidad Central de Bogotá. Las pocas fotos que se le tomaron lo muestran en bicicleta, con ropa de calle y zapatos formales, pedaleando por la Carrera Séptima, en una actitud poco frecuente en los premios Nobel, que habitualmente se codean con reyes y presidentes. El tema de la mayoría de las obras de Coetzee, comenta una de las entrevistadas en la novela, es “las mujeres que no comprenden a los hombres”; que no comprenden particularmente a los escritores, quienes necesitan soledad, dan poco amor y se la pasan leyendo libros ajenos o escribiendo libros propios. Un escepticismo irredimible campea sobre los Coetzee, padre e hijo, personajes de la novela, que viven una vida miserable y mezquina en una casa rústica, sin adorno alguno y que no aspiran a nada que no sea sobrevivir. John (personaje literario) dicta clases particulares de inglés, piensa escribir poemas pero no lo hace, tiene relaciones superficiales y escasas con mujeres que tienden a menospreciarlo. Leamos la opinión de una de ellas: “¿Cómo puedes ser un gran escritor si no eres más que un hombrecillo normal y corriente? Sin duda debe haber cierta llama en tu interior que te distinga de la gente de la calle. Quizás en los libros de John Coetzee, si uno los lee, pueda ver esa llama. Por mi parte, en todas las ocasiones que estuve con él jamás percibí ningún fuego”. Coetzee, a los ojos de una de las mujeres entrevistadas es un slap gat, un caga flojo, sin carácter. A los ojos de otra de las mujeres es un hombre fuera de lugar, un outsider radical: ni sudafricano, ni afrikaaner ni boer ni inglés, ni descendiente de holandeses, no está interesado en política, no cree en la reconciliación de los seres humanos, no cree en la posibilidad de que la humanidad tenga un buen futuro. Una de las amantes que tuvo, la bailarina brasileña Adriana, dice: “De semejante hombre no podía salir nada bueno. El amor: ¿cómo puedes ser un gran escritor cuando no sabes nada del amor?” La señora Sophia Denoel, compañera catedrática de Coetzee en Ciudad del Cabo, con la que el protagonista escritor tuvo una relación de amistad estrictamente profesional, habla sobre Coetzee: “John era uno de esos hombres convencidos de que alcanzaría la felicidad suprema si lograba tener una amante francesa que le recitara a Ronsard y tocara a Couperin al calvecín mientras simultáneamente le conducía a los misterios del amor al estilo francés”.
El Coetzee protagonista de la novela es un hombre ostensiblemente inepto para establecer cualquier tipo de relaciones, un personaje hecho para la soledad, un esquivo, incapaz de expresar amor ni siquiera por su padre. Coetzee, el escritor real, en esta novela se novela a sí mismo, se usa, se defenestra, se mira desde afuera, y el resultado es un libro extrañamente sórdido, triste, pero muy interesante. Coetzee les ahorró el trabajo a sus futuros biógrafos, que en lugar de rebuscar las partes oscuras de su vida (que ya expuso el propio Coetzee despiadadamente, a manera de vivisección fría, desapasionada y sin embargo cruel hasta el exceso) deberán de buscar qué de bueno ocultaba tras esta máscara negra que se puso sobre el rostro.
Sudáfrica no sale bien parada en esta novela (“es una tierra fracasada: ni africana ni europea, ni mestiza”: esa es su opinión según un testigo); tampoco el mundo se salva del juicio oscuro de Coetzee; ni siquiera el hombre en general o las mujeres en particular merecen respeto. Sobre las razas tiene pocas ideas amables: añora algunas costumbres del aparthaid. Conserva algunas ideas románticas sobre la raza negra: para Coetzee la negra es una raza que guarda nebulosos rasgos esenciales de lo que podría ser el hombre bueno, el feliz, el musical, dentro de un mundo que tiende al caos.
 Dice uno de los personajes entrevistados: “Recuerdo haberle preguntado a John qué nuevo proyecto tenía en marcha… Su respuesta fue vaga: ‘Siempre hay una cosa u otra en qué trabajar –me dijo-. Si me rindiera a la seducción de no trabajar, ¿qué haría conmigo mismo? Tendría que pegarme un tiro’”.
Verano es una novela original, honrada hasta el asco, que ha sorprendido por su aparente sencillez y por la sinceridad que sólo puede ejercer quien ha alcanzado el derecho de decir lo que quiere y como quiere. En Juventud, una novela anterior, también de corte autobiográfico, Coetzee escribió: “Los artistas no tienen que ser gente de moral admirable. Lo único importante es que creen gran arte”.
Coetzee está creando gran arte. 

 

Marco Tulio Aguilera

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