Amor, eros y pornos en la obra de García Márquez

La primera versión de esta conferencia me sirvió para inaugurar  en octubre de 2008 el Congreso de Literaturas Hispánicas en Pennsylvania. Selección. El texto completo fue publicado en Hispanic Journal... 

En la mayoría de las obras de García Márquez eros, entendido como la relación estrictamente erótica o física, domina sobre el amor, entendido como una relación en la que están involucrados los sentimientos, el espíritu o ese no sé qué que no termina por definirse. No pretendo entrar en sutilezas teóricas, que harían más difícil este problema. Comencemos casi al azar. El problema fundamental del patriarca de García Márquez se halla en la incapacidad de amar, o por lo menos de tener un amor “normal”. La posesión del poder absoluto y eterno mueve su vida como una obsesión. En realidad  El otoño del patriarcaes un largo, larguísimo monólogo, que incluso supera en extensión al famoso monólogo de Molly Bloom en el  Ulises de Joycees un tour de force sometido a las azarosas, caprichosas leyes de lo que el mismo Joyce llamó “la voz interior”.  El fracaso de su vida erótica y amorosa es el lastre que arrastra por la vida, como arrastra  desde su nacimiento un enorme testículo, imagen desagradable y propia de la desmesura de un autor que se ha caracterizado por la desmesura. Veamos las escenas de eros en esta novela. Según el patriarca el amor es algo que le sucede a los hombres cuando están “estreñidos de mujer” y la solución a este estreñimiento es el uso violento, veloz y sin sentimientos de la hembra. Primera tesis: en general las criaturas femeninas de García Márquez son más hembras que mujeres. El patriarca le propone solucionar el problema de tal estreñimiento a su mejor amigo y compadre, Patricio Aragonés, de la siguiente forma:…te la pongo a la fuerza en la cama con cuatro hombres de tropa que la sujeten por los pies y las manos mientras tú te despachas con la cuchara grande, qué carajo, te la comes barbeada, hasta las más estrechas se revuelcan de rabia al principio y después te suplican que no me deje así mi general como una triste pomarrosa con la semilla suelta…

¿Cómo ha llegado el patriarca a esta “concepción” del “amor?” Regresemos a su primera escena erótica, la de su desvirgamiento en el río:  …la primera vez que fue hombre con una mujer de soldados a quien sorprendió a medianoche bañándose desnuda en el río y cuya fuerza y tamaño había imaginado por sus resuellos de yegua después de cada zambullida, oía su risa oscura y solitaria en la oscuridad pero estaba paralizado de miedo porque seguía siendo virgen aunque ya era teniente de artillería en la tercera guerra civil, hasta que el miedo de perder la ocasión fue más decisivo que el miedo del asalto, entonces se metió en el agua con todo lo que llevaba encima, las polainas, el morral, la correa de municiones, el machete, la escopeta de fisto, ofuscado por tantos estorbos de guerra y tantos terrores secretos que la mujer creyó al principio que era alguien que se había metido a caballo en el agua, pero enseguida se dio cuenta de que no era más que un pobre hombre asustado y lo acogió en el remanso de su misericordia, lo llevó de la mano en la oscuridad del remanso…  Varios elementos hay que destacar en esta escena: el miedo del hombre, el carácter animal de la mujer, la sorpresa inicial de ella y, finalmente, “la misericordia” de la mujer, que es quien finalmente permite culminar el asunto en curso. El carácter orgánico, animal del acto sexual es resaltado por la forma de describirlo: lo llama “comer por el bajo vientre”. Las mujeres en general entregan al patriarca “sus cuerpos de vacas muertas” y una de ellas le reprocha así su abuso de las mujeres: “Sólo a usted se le ocurre creer que esa vaina es el amor, mi general”.

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Las escenas del más puro erotismo cercano al amor  son precisamente aquéllas que no involucran posesión del objeto de deseo. Veamos ésta, en la que se manifiesta una sutileza ajena a las violaciones mediante zarpazos y violencia. Está incluida en  El amor en los tiempos del cólera  y corresponde al instante en que el doctor Urbina logra un vislumbre del cuerpo semidesnudo de Fermina Daza: No era fácil saber quién estaba más cohibido, si el médico con su tacto púdico o la enferma con su recato de virgen dentro del camisón de seda, pero ninguno miró al otro a los ojos, sino que él preguntaba  con voz impersonal y ella respondía con voz trémula (…) Al final el doctor Juvenal Urbina le pidió a la enferma que se sentara, y le abrió la camisa de dormir hasta la cintura con un cuidado exquisito: el pecho intacto y altivo, de pezones infantiles, resplandeció un instante como un fogonazo en las sombras de la alcoba, antes de que ella se apresurara a ocultarlo con los brazos cruzados. Imperturbable, el médico le apartó los brazos sin mirarla, y le hizo una auscultación directa con la oreja contra la piel, primero el pecho y luego la espalda.

Gabriel García Márquez establece en El amor en los tiempos del cólera una clara distinción entre los “amores de planta” y los “amores de paso”: los primeros son serenos, sin arrebatos, sujetos a rituales establecidos; los segundos son de alguna manera artísticos, libres, arrebatadores y fugaces. El caso más ejemplar de los amores de planta se presenta entre  el doctor Juvenl Urbina y su esposa, Fermina Daza. Veamos el primer acercamiento conyugal y la forma tan poco pasional, tan calculadora en que se da el desfloramiento de Fermina: ya en la cama  permanecieron un rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para dar el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose  con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo.  (…) Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza (…) la agarró de la muñeca y le fue llevando la mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó ella no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas (…)El doctor Uriba la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión: “Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres” El cuerpo de Fermina tiene “olor a animal de monte” y este tipo de característica animalística se repite en la caracterización de las otras mujeres. El acto entre el doctor y su esposa se consuma casi atléticamente y termina en una imagen poética, “hasta que se gastaron en el beso todo el aire de respirar”.

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Hay una frase que García Márquez ha lucido no sólo en El amor en los tiempos del cólera sino en la vida: “Se puede ser infiel pero no desleal”: frase oximorónica, contradictio in adjectio o elemental falacia, oculta precisamente el mal uso de la palabra amor, que si hemos de entenderlo de manera platónica compromete necesariamente tanto a la lealtad como a la fidelidad. Es cierto: no se puede servir a dos amos: o se sirve al alma o se sirve al cuerpo. Y Florentino Ariza intenta servir a los dos, y lo logra mediante una trampa que puede hacer a los demás pero no a sí mismo.

            En El amor en los tiempos del cólera se destilan filosofías de la vida, del amor, del matrimonio, de la fidelidad, de la lealtad. Termina siendo una novela romántica y hasta decimonónica: los amantes someten el mundo al imperio de su capricho, pues deciden vivir el resto de sus vidas en un eterno ir y venir por el río Magdalena, amparados en el cólera.

Florentino fue un hombre de paso para muchas mujeres (Leona Cassiani, Sara Noriega,  la viuda de Nazareth, Prudencia Pitre, Prudencia Arellano,  Ángeles Alfaro, Andrea Varón, Bárbara Lynch, Ausencia Santander, América Vicuña). Su consigna parece ser: mi alma la guardo intacta para el amor, pero mientras tanto mi cuerpo lo abandono a la sensualidad. Amor y erotismo están separados en esta novela: el amor sólo está presente como emanación misteriosa, como una especie de mentira que ayuda a morir. Mientras que el erotismo, parece sostener García Márquez, es una verdad que ayuda a vivir. Y es por eso que mientras los personajes masculinos, como el Odiseo clásico, se aventuran por los mares procelosos de las aventuras galantes, a las mujeres en general  les queda vivir la vida como una novela romántica. De ahí la violencia de la pasión  de tantos protagonistas masculinos que quitan virginidades con zarpazos, sin despojarse de las ropas; que toman por asalto a las sirvientas en los patios de lavado y arremeten como bisontes contra mujeres desprevenidas. Ejemplo acabado de estos polvos de gallo, de estas violaciones  consentidas, tan propias de las obras de García Márquez es la que se ofrece casi al inicio de Memoria de mis putas tristes. En esta novela un anciano decide “regalarse una noche de amor loco con una adolescente virgen” para celebrar su cumpleaños. Negocia la consecución de su objetivo con una alcahueta. A  partir de entonces pasa las noches al lado de una jovencita, a la que llama Delgadina, por la que concibe un amor imaginario que lo hace feliz. Tal es el argumento de la polémica novela de García Márquez. Gran parte deMemoria de mis putas tristes se ocupa de escenificar la vida ritual de un periodista a quien apodan Modesto Collado. Comparte este personaje con el patriarca y con Florentino Ariza la costumbre de coleccionar aventuras sexuales y soñar algún tipo de paraíso en el que estén incluidos el amor, la pureza, la inocencia o algo así. Y al igual que los otros dos personajes, el anciano ejerce una sexualidad desaforada (anota en un cuaderno las 514 mujeres con las que ha yogado, tal como lo hacía Florentino en sus registros de fornicaciones). Su sexualidad es frugal, apresurada y a veces violenta; tal violencia es ejemplificada casi al inicio de la novela, cuando acomete súbitamente a su sirvienta Damiana así:  Recuerdo que yo estaba leyendoLa lozana andaluza en la hamaca del corredor, y la vi por casualidad inclinada en el lavadero con una pollera tan corta que dejaba al descubierto sus corvas suculentas. Presa de una fiebre irresistible se la levanté por detrás, le bajé las mutandas hasta las rodillas y la embestí en reversa. Ay, señor, dijo ella, con un quejido lúgubre, eso no se hizo para entrar sino para salir.

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Otra de las frases célebres en las que se desnudan las ocultas convicciones del personaje, suena también a confesión cínica y a justificación de la impotencia: El sexo  es un consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor. De nuevo tenemos la idea de que sexo y amor son dos mundos que coexisten pero que no están necesariamente conectados. El sexo es una cosa que está ahí y con la que hay que cumplir porque está en la naturaleza humana, particularmente en la masculina,  pero lo que en realidad importa es el amor. 

En un violento salto atrás cronológico me dirijo al relato de la cándida Eréndira (1978) en el que vemos muy bien delimitados los amores de zarpazo y los amores de corazón. Eréndira es explotada inmisericordemente por su abuela, quien la prostituye con filas interminables de hombres de todas layas. En este relato las prácticas sexuales en general corresponden a una especie de labor titánica que la joven de catorce años ejerce con absoluto estoicismo con el objetivo de pagarle a su abuela una deuda que parece interminable. Eréndira es inaugurada por un viudo escuálido y prematuro que pagaba a  buen precio cualquier virginidad. El viudo la tasa como a un cerdo, la pesa (en total 42 kilos, descubre) y dice: “Todavía está muy biche. Tiene téticas de perra” y agrega: “No vale más de cien pesos”. Tras la negociación con la abuela, el viudo compra a la criatura y la lleva a un cobertizo donde le tuerce un brazo, la arrastra hacia la hamaca, la abofetea y la hace “flotar un instante en el aire con el largo cabello de medusa ondulando en el vacio”, la abraza por la cintura antes de que vuelva a pisar la tierra, la derriba dentro de la hamaca, le da un golpe brutal y la inmoviliza con las rodillas. Luego le arranca la ropa azarpazos y la viola. De esta escena de desvirgamiento se pasa a la escena de la violación multitudinaria de Eréndira por parte de los hombres pudientes de la localidad y “cuando no hubo en el pueblo ningún otro hombre que pudiera pagar algo por el amor de Eréndira”, la abuela se la lleva a otro pueblo donde continúa prostituyéndola con filas de hombres que se pierden el en horizonte.

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 La segunda escena de acercamiento erótico entre Eréndira y Ulises sucede en el segundo encuentro y es lo más parecido al amor que he hallado en las obras de García Márquez: Ulises permaneció contemplándola con tanta intensidad que Eréndira despertó. Entonces se besaron en la oscuridad, se acariciaron sin prisas, se desnudaron hasta la fatiga, con una ternura callada y una dicha recóndita que se parecieron más que nunca al amor.

Faltaría revisar las escenas de amor y eros en  Cien años de soledad y en otras obras. Provisionalmente diremos que García Márquez no termina por darnos certezas sino apenas acercamientos, vislumbres, como los que podría darnos un ciego iluminado. Y podemos agregar lo que ya se sabe: los escritores, particularmente los novelistas, no viven en el mundo de las verdades, sino en el de las hipótesis, las posibilidades, los tanteos.  Y en verdad que esta suerte de buscar un gato negro en un cuarto oscuro, no es sólo la de los escritores, sino la de todos los seres humanos, que viviremos sin entender qué es el amor, cuál es el sentido de la vida, qué quieren las mujeres (aparte de comprar todo lo que se les ponga al frente), qué nos espera después de la muerte, existe o no Dios… y así hasta el infinito.

Cien años de soledad podría leerse como una especie de peregrinación de un narrador, que podría ser el gitano alquimista Melquiades, el sabio catalán que estimuló las ansias epistemológicas y literarias de los cuatro amigos (Alvaro, Germán, Gabriel y XX) o el mismo García Márquez: peregrinación en búsqueda de al amor, que culmina, casi siempre en la soledad, el desconsuelo y el desamparo. El sabio catalán, antes de abandonar Macondo, como terminarían abandonándolo casi todos los habitantes antes de que Macondo fuera  “arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres” les deja un mensaje a los cuatro amigos:  les dice que “en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que  el amor más desatinado  y tenaz era de todos modos una verdad efímera”. Hay abundantes escenas del eros ordinario en  Cien años  y muy pocas de amor: hay muchas hazañas sexuales, descripciones de  desmesuras y características descomunales tanto de machos como de hembras ( la mulata adolescente que inicia en la sexualidad a Aureliano cumple con una cuota de  setenta fornicaciones por noche; el coronel Aureliano Buendía hace visitas nocturnas a muchas mujeres en cada una de las pausas de sus incontables guerras perdidas y engendra 17 bastardos; el penúltimo Aureliano, equilibra una botella de cerveza sobre su descomunal miembro; la tía pinta el falo de su sobrino con carboncillo, le pone ojos y moñitos; Petra Cotes y la prostituta Nigromanta, son auténticas atletas del amor mercenario;  José Arcadio Segundo se acostumbra al comercio con burras en complicidad con el sacristán Petronio; el último Aureliano tiene entre las piernas un descomunal “moco de pavo”. Macondo es un pueblo de una lubricidad exaltada, de la que sólo se libran Remedios La Bella, Fernanda del Carpio y Úrsula, la matriarca. Escenas de amor hay pocas en  Cien años, y en general son protagonizadas por parejas clandestinas, maridos infieles o parientes cercanos. Los dos casos más evidentes de relaciones que son o parecen el amor son los perpetrados por Aureliano Segundo y la prostituta Petra Cote; también las relaciones que establece Aureliano con Amaranta Úrsula, su tía, amores éstos que culminan con el nacimiento de un varón con cola de cerdo y con la destrucción de  Macondo por un viento. Esta última relación está caracterizada por una especie de impulso casi irracional, obsesivo, que obliga a tía y sobrino entregarse a los regocijos del cuerpo y a alejarse del resto de la humanidad en una especie de desesperación antes del fin del mundo. 

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No me parece aventurado afirmar que tal felicidad, vedada a la mayoría de los seres humanos, estaba basada en la presencia de dos ingredientes: transgresión y falta de testigos que juzgaran los actos de la pareja. En aquella casa aislada del mundo tía y sobrino hacen un estropicio de amor en el que se concilian eros y amor romántico, conciliación prohibida, que de alguna manera desencadena el fin. De nuevo verificamos la vieja verdad del Eclesiastés: no hay nada nuevo bajo el sol. Síntesis: el amor auténtico no sólo es inconveniente sino extremadamente perjudicial, solo se puede dar de manera clandestina y está destinado a la muerte. Algunas conclusiones: todos los auténticos amores son desventurados; el amor no existe sino como experiencia efímera o de infatuación; el erotismo fino lo practican los personajes heterodoxos por medio de rituales sofisticados y es bastante excepcional. Las relaciones con sexualidad tormentosa y feroz son las más frecuentes en  Cien años de soledad. El caso de las relaciones de amor puroentre Fermina Daza y Florencio Ariza es verdaderamente excepcional en la obra de García Márquez. En efecto, ellos se aman en el tramo final de sus vidas con una especie de amor platónico… pero se aman porque ya se ha extinguido el fuego sexual, aunque siguen jugando a tener prendida la llama, lo que llama Octavio Paz, “la llama doble”. Los dos transitaron por relaciones difíciles y al final de sus vidas, se entregan a más espirituales que físicos.

El amor, o eso que llaman amor, y el erotismo se seguirán practicando hasta el fin de la humanidad, ya sea de manera “real” o como en la actualidad, de manera virtual. Se seguirá hablando sobre ellos sin llegar a puerto alguno. La obra de García Márquez sin duda alguna ha contribuido a enriquecer y a enrarecer este diálogo con una de las partes más delicadas de la naturaleza humana: aquélla que al acercarnos al animal, nos diferencia de él. De nuevo: no hay nada nuevo bajo el sol. Somos animales que disfrutamos del sexo, nos inventamos el amor y alcanzamos fugaces momentos de felicidad. Creo que eso justifica nuestra existencia sobre la tierra. Que en la obra de GM exuda machismo, no hay duda; pero también el hembrismo: hay mujeres duras, implacables, tozudas, entusiastas y hasta excesivas en el amor y el sexo. Úrsula y Amaranta Úrsula, no ceden jamás, como tampoco ceden Petra Cotes y Pilar Ternera y en general, cuando se trata de grandes decisiones y de iniciaciones, las mujeres mantienen la entereza, mientras los hombres se acercan al templo del amor con terror, desazón e inseguridad.

Xalapa, octubre de 2010

Publicado 17th May 2011 por Marco Tulio Aguilera

Etiquetas: García Márquez

  

 

Marco Tulio Aguilera

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