1982. Mis años como violinista y barbaján

6 de agosto: Inicié el estudio de la segunda posición en el violín. Marcel Du Frane, mi profesor, sufre mucho con mi torpeza pero sigue dándome clases porque, supongo, necesita dinero. Sigo leyendo en la libreta del 82: intrascendencias. Algo gracioso: caminando por el centro de Xalapa siento urgentes ganas de cagar. Me meto al primer sitio que encuentro: es el Centro México-Británico, la directora es mi amiga Lucie, una flaca, rubia y presuntuosa,  amante de un actor de teatro y esposa de un very important funcionario. Le digo el objeto de mi visita chere amie, es cagar en un baño limpio. Ella, amable y muy afrancesada me dice mais oui, pásale. Entro al limpio baño, cago sabrosa y dulcemente. Me limpio el trasero con la toalla. Salgo y le digo a Lucie: “Alguien se limpió el culo con tu toalla”. Lucie exclama: Ah, estos latinos son unos cochons. Apruebo y me despido, no sin antes decirle que Luis XV orinaba en las alfombras de la escalera en el Palacio de Versalles y que los franceses en lugar de bañarse se perfuman. Lucie no se ofende porque sabe que es verdad y no me replica porque es buena lectora y le gusta lo que escribo. 1 de noviembre. Crónica de la presentación de mi libro de cuentos. Me bañé, me afeité, me puse unas gotas de Givenchy. Vestí mi pantalón gris, el sacón Pierre Cardin que me regaló XX, el de las grandes ocasiones, mis botas café de mosquetero, ya hechas trizas pero tan amables. Cuando llegué al Teatro del Estado vi vacía la antesala, imaginé un fracaso terrible. Al subir las escaleras comencé a a ver gente. Todo estaba listo. Cuando entré al salón estaba lleno.  Desde el estrado vi que no cabía una persona más. Muchas se quedaron sin poder entrar. Habló el editor, luego Trigueros, alabanzas desmesuradas. Luego mi jefe en la Editorial: destacó nuestra amistad y se olvidó de mencionar el libro. Cuando me tocó hablar estaba sudando como un puerco.Al final fui saludado y besado por Bárbara, Shaka y Periquita, que sabiéndose hermanas de leche, por un día decidieron una tregua. Luego fuimos el restaurante Nazdrovie. Yo pagué la cuenta. Me sentía del carajo: Concha Chacón me había dejado una colección generosa de estafilococos áureos que me habían tenido con fiebre la semana previa a la presentación. Me costaba trabajo respirar. Decidí dejar de fumar. El 2 de noviembre escribo: Una pena no tener a nadie que escarbe en mi bragueta con ambición, como lo hacía Barbara. El 7 de noviembre: El libro sufrió el primer choque con la crítica. La articulista acusó un par de cuentos de pueriles, exaltó el cuento de McCoy y terminó diciendo que eran más los aciertos que las caídas. El editor pagó 144 000 pesos de publicidad, poniendo mi libro en medio de de nueve libros clásicos. De diez libros que había en la Gahndi quedan ocho. Estuvo en casa una periodista diminuta. Se quedó a dormir. Creí que quería ver el cielo. Me equivoqué: solo quería llorar un poco y revolcarse en el estiércol sentimental. Dormimos un rato juntos.  Al despertar vi a Angelita ahí. Comencé a tocarla con mucha cautela. La acaricié toda, subí con las yemas de mis dedos por los muslos hasta llegar al vértice. Allí topé con una materia dura que no fue difícil descifrar. Ajá, me dije, viene a pasar  a mi lado las penas del tiempo de emergencia. Luego le busqué los senos y estuve jugueteando con ellos casi indiferentemente. Angelita insistió en no despertar. ¿Quién le iba a creer? Feliz la babosa, siendo acariciada, su respiración acelerándose y etcétera. Mi gaver saudadosa de hembraje estaba tiesa como un riel y mis tristes huevos apoyados en su muslo izquierdo. Mujer incomprensible. Cuando terminé de acariciarla, a quemarropa le pregunté: ¿Te gustó? Movió denegativamente la cabeza en la semipenumbra. Insistí: ¿Te gustó? Volvió a mover la cabeza. A las siete de la mañana se despertó. Yo me hice el dormido. Ella se vistió, me dio un beso en la frente y se fue. 16 de noviembre: farándula literaria en el DF. Firmé 50 ejemplares para periodistas. Fui con el editor a un sitio de estripticeras: gordas, insolentes, tímidas, provincianas, despóticas, atléticas, pasaditas de kilos, con aires de castísimas o de putangonas, asunto deprimente y divertido. Me emborraché y me porté vil y vulgar: a una le hice un gesto de que se metiera un cigarrillo prendido en el muchiqui y a otra que se metiera un trozo de hielo, me porté a la altura del ambiente y entré en el juego de tasar carnes y criticar: pasaron frente a nuestros ojos cincuenta hijas de Dios. A pesar de que los rituales de cada estriptis eran en general aburridos y faltos de imaginación encontré en el conjunto del show una especie de estructura diríase platónica que iba desde la primera mujer de barriga floja y celulitis incipiente, hasta las últimas jovencitas de piel deliciosa, individuas orgullosas, distantes, y aquello era como un acercamiento gradual al arqueotipo. En realidad yo, gracias al tequila Centenario, al que no estaba acostumbrado (en parte por disciplina y en parte por tacañería) estaba compenetrado con el asunto y veía como se iban borrando las imperfecciones, afirmando las carnes, mejorando las sonrisas, pero desafortunadamente mis acompañantes, el editor mexicano, el editor español y un vendedor de la editorial, se dijeron soberanamente aburridos y con sueño, de modo que ya no puede ver al arquotipo, a la protohembra que imaginé cerraría  el show. Salimos a comer tacos de calle, la carne era frita sobre una enorme plancha metálica de dos metros de largo en medio de una montaña eminente de cebollas y chiles. Pensé que ese escenario me podría servir para la novela de amor: llevaría a la protagonista a comer tacos de chiquehuepayole.  La palabra la inventé ahí mismo.

 

Marco Tulio Aguilera

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