¿Qué me pasa?

¿Qué me pasa? No estoy durmiendo sino tres o cuatro horas cada noche. Lo sorprendente es que no amanezco cansado. No tengo ojeras. No tengo sueño. Cumplo con buen humor todos mis deberes y aparte de ello sigo jugando básquet todos los días que puedo. Encontré este texto que escribí en 2008. Me parece curioso pero da cuenta de lo que soy y he sido. Analicemos el asunto: en los últimos días, en el curso de quince jornadas he corregido dos novelas breves, leído tres libros, escrito dos reseñas, leído todos los cuentos del Concurso Sergio Pitol, dictado ocho horas de clase por semana, corregido 60 trabajos, asesorado a varios escritores en línea, jugado básquet, elaborado mi Plan Anual de Trabajo en la Universidad. Día y noche dándole a la tecla y a la vida. ¿Urgencia? No. Simplemente tenía ganas de hacerlo y de cumplir plazos. Comencé a dictar clases de redacción en las facultades de Artes Plásticas y Danza y ello me ha animado mucho. Tengo sesenta alumnos que son sesenta universos, sesenta imaginaciones, sesenta personalidades a mi alcance. Mis clases son del todo heterodoxas: reglas, ¡fuera! A escribir jóvenes. A escribir todos los días. Y yo a corregir. He visto rostros animados, gente entusiasta, personajes extravagantes, bailarines de ojos soñadores con medias como columnas de caramelo a medio muslo, poéticas criaturas de nombres estrafalarios, un mundo imaginario al alcance de mi mano. No lo oculto: mis clases de redacción son un surtidor de imágenes e historias que sin duda alimentarán al enorme desaguadero de mi literatura. La ocurrencia más reciente es dictar hoy mismo –estoy escribiendo esto a las tres de la mañana del viernes- una conferencia sobre Henry Miller en inglés. Me invitó mi ex alumno Víctor Hugo Vásquez Rentería –ex alumno de redacción que resultó… escritor- y le voy a cumplir. Hoy a la una de la tarde en la Facultad de Humanidades, frente a los alumnos de la carrera de Lengua Inglesa, estaré hablando sobre el escritor con el que más me han comparado. Pensaba no preparar nada sino pararme frente al grupo con los libros de Miller en la mano a ver qué salía. Mis mejores conferencias han sido las improvisadas. Después pensé que me convenía más escribir la conferencia. Hace más de diez años que no doy conferencias en inglés. La más reciente la dicté en Banff, Canadá, frente al auditorio más selecto que pueda tener un escritor: directores de orquestas sinfónicas, dramaturgos, filósofos, escritores, jazzistas, teatreros de muchas partes del mundo. Hablé durante una hora y respondí preguntas durante dos. Nos tardamos tanto que nos apagaron las luces del auditorio. Hablé sobre el gran –gran por amplio: cuatro novelas seriadas- proyecto que he llamado El libro de la vida, mi proyecto proustiano que, hoy puedo decirlo, ya no es de cuatro novelas sino seis, en el que sigo la trayectoria de Ventura, el escritor, violinista y amoroso Ventura. A la fecha he publicado solo tres novelas de la serie: Las noches de Ventura/Buenabestia (Planeta, México y Plaza y Janés, Colombia), La hermosa vida (Conaculta, Colección Guardagujas, México) y La pequeña maestra de violín (Universidad de Puebla, México too). Acabo de corregir la cuarta novela de la serie, El amor pleno, de apenas cien hojas. Luego vendrá El sentido de la melancolía, que ya tiene 1111 páginas. Calculo que dentro de cinco años la entregaré al público. Mi pregunta es: ¿estaré mal de la cabeza? ¿La vida me va a cobrar los excesos? Si sumo las horas que he dormido en la última semana no alcanzarían a ser 21, a razón de tres por noche. El caso es que me siento como un surtidor de energía y no quiero recurrir a las pastillas. ¿Quién que disfrute de esta lucidez que me visita, va a querer matarla con somníferos? 4 de septiembre de 2008

Marco Tulio Aguilera

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