Houellenbecq

 Houellebecq el clon

Juan Francisco Ferré

Michel Houellebecq es el primer escritor clon de la historia. O el primer clon escritor, si se prefiere. El primer novelista que adopta la perspectiva del clon sobre el humano para narrar los últimos días de su existencia en el planeta tierra. Quizá sea este el designio final de su literatura. Y algunas de sus novelas lo iluminan con perversa autoconciencia, como La posibilidad de una isla, la más incomprendida de todas, en parte por esto mismo. Por mostrarnos en toda su crudeza elemental la verdadera evolución de Houellebecq desde la payasada aún humana (el ángulo clown de su literatura) hacia la risotada posthumana (el ángulo clon de su vida y obra), dominante al fin. Sus máscaras narrativas se desplazan así entre avatares y clones, réplicas virtuales y dobles biológicos del escritor carismático. Por otra parte, todas las novelas de Houellebecq constituirían el «inconsciente político» de la hipermodernidad europea, como la denomina Lipovetsky. El éxito increíble del discurso de Houellebecq se fundaría, de ese modo, en haber sabido articular, no importa si por afán de notoriedad mediática o de cruda revancha social —como le achacan sus numerosos enemigos— un discurso provocativo, minoritario e impopular con fuerte tirón mayoritario en un contexto comunicativo donde la novela parecía condenada por imperativos comerciales a la inanidad estilística, la moralización y el entretenimiento de masas o el ocio más inofensivo. El método Houellebecq ¿Tuvo Houellebecq una infancia normal? Cuenta la leyenda literaria que ese período instructivo de toda vida se lo pasó al cuidado de su abuela mientras su madre, a la que luego odiará por esto, se lo montaba a lo grande viviendo la vida loca de las comunas libertarias y la fraternidad comunista de la época. Así que Houellebecq, como escritor y como hombre, es un reaccionario «hijo de mala madre», el subproducto esquizofrénico de los excesos naturalistas de los años 60 y demás derivas políticas de la moda primaveral de entonces. A la sombra afectiva de la abuela, el niño Houellebecq se transformaría en un monstruo filosófico: cuerpo infantil y cerebro senil. Con muy pocos años, su cuerpo emaciado prematuramente poseía la sabiduría acumulada de milenios de conocimiento y experiencia del mundo. Cuando se miró al espejo por primera vez, retrocedió con pasmo, horrorizado ante lo que veía. Ese cuerpo y esa mente no parecían habitar el mismo espacio-tiempo. Tardaría años en volver a mirarse sin miedo a reconocer al otro en sus facciones. Los mismos años quizá en que decidió hacerse poeta. Escribiendo cosas como esta: «Por un lado está la poesía, por otro la vida». O como esta: «Sed abyectos, seréis auténticos». El año pasado se publicó por fin en español el libro Poesía que recogía sus cuatro poemarios (Sobrevivir, El sentido de la lucha, La búsqueda de la felicidad y Renacimiento). La verdad del individuo Houellebecq se encuentra en estos poemas. Lo cual no quiere decir que sean superiores a sus novelas. Ni tampoco subsidiarios. Es la misma esencia radical, la misma fragancia tóxica, solo que envasada en un frasco distinto. El espíritu Houellebecq, como una marca acreditada, exuda de su poesía de un modo más puro, más intenso, quizá incluso más libre, sin dejar de ser un efluvio inconfundible desde el principio. En uno de los poemas de Sobrevivir parece anunciar el método novelístico con que se hará célebre algunos años después: «Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus heridas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte». H.P. LovecraftEn los mismos años en que Houellbecq se miraba en la poesía para reconocer la profundidad abisal de su espíritu («Toda gran pasión desemboca en el infinito»), escribió un libro extraño, como correspondía a la figura desesperada del romántico que se ha extraviado en un mundo demasiado cínico y prosaico que no solo no reconoce sus valores sino que los ridiculiza y humilla («La vida es dolorosa y decepcionante»). Un libro sobre uno de sus ídolos intelectuales, el escritor norteamericano de relatos de horror Howard Philips Lovecraft. En esta monografía extraordinaria (Lovecraft contra el mundo, contra la vida, 1991), que él considera su primera novela, Houellebecq aguza la cuchilla de su pensamiento negativo en contacto con el ideario pesimista y puritano de Lovecraft, que le sirve de excusa para enunciar fórmulas proféticas como esta: «Pocos seres han estado más preocupados, más heridos hasta la médula, por la convicción de la futilidad absoluta de las aspiraciones humanas. El universo no es nada más que un aleatorio ensamblaje de partículas elementales. Una figura en transición hacia el caos. Que es lo que finalmente prevalecerá. La raza humana desaparecerá. Otras razas aparecerán y desaparecerán a su vez. Los cielos serán glaciales y vacíos, atravesados por la débil luz de estrellas moribundas. Estas también desaparecerán. Todo desaparecerá». En esa misma parrafada de un lirismo algo trasnochado, que, sin embargo, contiene ya el anuncio del título de una importante obra venidera, califica nociones humanistas como el bien, el mal, la moralidad o los sentimientos como «ficciones victorianas». Yo soy yo y mis eccemas Houellebecq es, en efecto, un neurótico nihilista fabricado con defectos somáticos en un laboratorio clandestino de la posguerra europea con el fin de que sus eccemas seborreicos y demás erupciones cutáneas lo hicieran más humano que los humanos: sensible al sufrimiento y al dolor intolerable de estar vivo y lo bastante lúcido respecto de la entropía y la decadencia universal de la vida. Un Ecce Homo eccematoso y excéntrico: la imagen carnal del último de los hombres, el hombre acabado de las postrimerías, la manifestación póstuma del ser humano en las últimas. El pesimismo hipertrofiado de sus esquemas, de una intransigencia imitada de Schopenhauer, le condujo a encarnizarse cada vez más consigo mismo, como pelele de la farsa universal, y con la voluntad de poder y las representaciones del mundo, sin refugiarse en mentiras consoladoras, ilusiones patéticas ni falacias poéticas. Como la francesa es una cultura seria, el poeta Houellebecq no tardó en hacerse novelista. Su primera novela (Ampliación del campo de batalla, 1994) era un manifiesto explosivo, el anuncio de una carrera maratoniana contra la fatiga empeñada en la demolición espectacular de los mitos blandengues de la sociedad actual. Muchos la tomaron, para restarle alcance a la propuesta, por una requisitoria retrógrada contra la finisecular falta de valores en una Europa extenuada y decrépita. La descripción despiadada de un estado de cosas con fecha de caducidad inminente. Como pasaría con la segunda novela (Las partículas elementales, 1998), de efectos aún más devastadores, donde Houellebecq, ya sin complejos intelectuales, anuncia ese mundo con el que sueña como terminación ideal de la historia humana: un trasmundo aséptico como el soñado por la tecnocracia planetaria, desexualizado a más no poder y lavado de toda impureza humana, una suerte de purgatorio tecnológico para la aceleración sexual y el paroxismo publicitario del sexo acaecido entre los habitantes de las tierras occidentales desde los turbulentos años 60. El ajuste de cuentas con la miserable evolución de la sociedad francesa de las tres décadas doradas es feroz. Los sesentayochistas profesionales son vistos como payasos mediáticos, gurús del vacío espectacular, profetas de la vacuidad consumista y telegénica. Pero los gestores reales del presente y sus súbditos entontecidos no son retratados con más afecto ni conmiseración. Todo el escenario patológico es iluminado con la luz inhumana de un quirófano metafísico. Con Houellebecq oficiando, escalpelo en mano, de cirujano anímico, perforando con visible sadismo cada glándula enferma y cada órgano canceroso de la realidad. Y todo con la excusa de liberar a la criatura humana del dolor y la infelicidad de estar viva. Houellebecq es el primer novelista moderno en sentir la conciencia del fracaso de la especie como remordimiento individual y como fatalidad sin remedio. Houellebecq afirmaba en esta novela su creencia en el progreso, conforme a los criterios positivistas de su maestro Augusto Comte, pero en un progreso que ya no era (ni podía ser) humano. Al final, en el curso de un apocalipsis ambiguo que representa un nuevo génesis para una nueva especie, los humanos son relegados a la inexistencia y los clones ocupan su lugar en el mundo. Mediante este escenario catastrófico, Houellebecq narra la epopeya científica del origen de sus semejantes morales, los clones, esa raza neutra con la que se identifica desde el principio. Él es, de ese modo, «el primer representante de una nueva especie inteligente creada por el hombre a su imagen y semejanza». Dicho lo fundamental, establecidas las coordenadas expresivas de su visión del mundo (ironía provocadora, negatividad autocrítica, imaginación apocalíptica y contundencia inapelable), no quedaba sino ir perfilando el decorado idóneo del magno evento. Michel Houellebecq 3 Tres años después publica Plataforma (2001). Una gran novela estimulante y desoladora sobre la imposibilidad de experimentar el amor en un mundo capitalista dividido entre la pornografía y el terrorismo. Es, en este sentido, la primera historia de amor ambientada en los tiempos del porno. La primera historia de amor, por consiguiente, que toma en cuenta la mutación cerebral por la que el porno se transforma, de repente, en el modelo de erotismo diseñado para el disfrute anafrodisíaco de los clones del mañana. Como no podía ser de otro modo, el cuerpo es el protagonista absoluto de la novela: el cuerpo de un hombre (Michel) y, sobre todo, el cuerpo de una mujer (Valérie) cuyos deseos, fantasías y placeres son tan importantes por una vez como sus sentimientos o sus afectos más íntimos. El apasionado amor carnal de Valérie y Michel se desenvuelve entre el escenario porno que le da vida, con el turismo sexual como trasfondo decorativo de la trama, y la carnicería terrorista que le pone fin, con el integrismo religioso erigido en amenaza terrible para la vida. El amor ya no es solo una experiencia privada, el mundo interfiere en él de todos los modos posibles, con su vivificante promiscuidad y también con toda su avasalladora fuerza de destrucción. En esta gran novela trágica, Houellebecq reinventa el amor entre hombres y mujeres siendo absolutamente contemporáneo de la era de la disolución efectiva del contrato sexual. El evangelio según Houellebecq Hubo que esperar a La posibilidad de una isla (2005) para que Houellebecq, tras el emotivo entreacto de Plataforma, retomara la temática clon que había inaugurado en Las partículas elementales rodeado de un espectacular aparato promocional de defensores y detractores. Incomprendida y despreciada por los defensores a ultranza del orden de la realidad, La posibilidad de una isla constituye una ficción ejemplar de nuestro tiempo por su hibridación narrativa de modelos en apariencia incompatibles (sátira de creencias y costumbres, realismo sucio existencial y ficción científica) y por el uso de la tecnología más imaginativa como cuestionamiento radical de los principios convencionales de la vida humana, comenzado por el sacrosanto valor de la conservación y reproducción de la especie y la expectativa de la inmortalidad biológica. La vida humana, según la perspectiva científica de Houellebecq, habría entrado en una incontrolable fase de degradación a finales del siglo XX y comienzos del XXI, condenada a repetir sus errores históricos hasta la extenuación, o bien obligada a reinventarse a través de una forma de vida superior, integrada por clones generados y controlados por una vasta red de inteligencias cibernéticas. Michel Houellebecq 2La trama de la novela se organiza como una narración en contrapunto entre el relato autobiográfico de Daniel 1, un cómico ácido y desengañado, un clown cinematográfico y televisivo, y los melancólicos comentarios de sus clones futuros (Daniel 24 y Daniel 25). Las vivencias de Daniel 1, profesional paradigmático de la sociedad del espectáculo, se refieren básicamente a las desventuras de su exitosa carrera artística como bufón resabiado, a la práctica y problemática del sexo y la fascinación con el sexo de las mujeres jóvenes en particular; y, además, a su interesada participación en la apoteosis de los «elohimitas»: una secta (réplica de la secta real de los «raelitas») que promete la juventud eterna a sus fieles gracias a un sofisticado procedimiento consistente en clonar sus cuerpos y transferirles su conciencia. Esta amalgama de una descarnada crónica realista del presente (Daniel 1 registra los hechos relevantes de su vida con una conciencia dolorosa de la vejez y el sufrimiento, pero también del placer, a fin de que los neohumanos mantengan una conexión emocional e intelectual con él) y una perspectiva distópica sobre el futuro como la adoptada por los clones del porvenir (la tierra ha sido devastada por guerras masivas, cataclismos geológicos y una gran sequía, y la especie humana ha regresado a la barbarie tras sufrir numerosas mutaciones) confiere a esta novela una cualidad irónica altamente sugestiva e innovadora. Cartografía del sistema En 2010 Houellebecq publica su quinta novela (El mapa y el territorio), con la que obtiene el Premio Goncourt que le había sido negado cuando quizá lo merecía más. Se trata, sin embargo, de una de sus obras más complejas y sutiles en línea con el perverso designio narrativo de la metáfora de inspiración borgiana (y/o baudrillardiana) que elige como título. En otras novelas pudo parecer que Houellebecq vociferaba como un demente contra esto o aquello, o clamaba como un profeta malherido y sin dios contra los vicios de la vida actual con ese tono grandilocuente que los destinatarios del discurso reclaman para poder creer en la verdad del mensaje. Aquí, en cambio, Houellebecq se instala, desde el espléndido principio, en una dicción serena y desengañada, hasta fatigada de sí misma y de la virulencia e inutilidad de sus diatribas, con la que logra modular una incisiva cartografía del presente sistémico en el momento crítico en que la confusión o indistinción del mapa y el territorio (el simulacro y la realidad) se instaura ya de manera definitiva como régimen dominante en la sociedad espectacular. La inteligencia de la estrategia narrativa reside, precisamente, en el modo en que, sin perseguir la provocación frontal, el autor acierta a deslizarse como personaje en la trama para controlarla desde dentro y conducirla adonde se propone con gran eficacia. Con cierta ironía, se podría sostener incluso que el protagonismo novelesco, atribuido a un artista multimedia, Jed Martin, es engañoso. En su última exposición, Martin decide llevar a cabo una serie de cuadros dedicados a grandes figuras profesionales de nuestro tiempo. En ese elenco privilegiado incluye a un escritor, «Michel Houellebecq», autor del texto que confiere sentido global a la exposición. Con esa excusa, Houellebecq se infiltra en la ficción bajo una luz nada complaciente, con todos sus defectos, sin filtros ni encubrimientos, desnudo de alma y de cuerpo, por así decir. Este autorretrato irónico es el primer golpe de genio de la novela. Pues a través de la historia del artista de éxito, concebido a imagen y semejanza del escritor y de su visión desencantada y severa del mundo, este consigue plantear una reflexión de aplastante lucidez sobre la (in)trascendencia del arte en tal contexto. En cualquier caso, la imagen alegórica del encuentro entre el escritor y el pintor, versión novelada de uno de los cuadros posibles del artista, genera la representación de una realidad exasperante, examinada desde una doble perspectiva crítica. Una realidad precarizada, pasto de las intransigentes leyes del mercado, incapaz de cumplir con las expectativas de felicidad afectiva y satisfacción material de la mayoría, abocada a una regresión ideológica, presente y futura, que transita por el regionalismo folclórico, el contubernio mediático y la indiferencia moral de unas vidas abandonadas a la banalidad cotidiana y el tedio televisivo. La definitiva genialidad de la novela radica, sin embargo, en consumar la inscripción del autor en su creación mediante su espantoso asesinato. Con este gesto truculento, Houellebecq transmite una revelación intempestiva sobre el poder del mal en un mundo optimista que cree que el bien podrá imponerse con las políticas correctas. El escritor acepta el horror del sacrificio simbólico, exhibiendo una instantánea gore de su cadáver despedazado, con tal de manifestar el poder de la literatura en un mundo que tiende a despreciarla sin comprender su importancia. La pervivencia del mal garantiza, como sabía Bataille, que la supervivencia de la literatura esté vinculada a esa función suprema: decir el mal, mostrarlo sin contemplaciones, volverlo material de ficción para que podamos verlo, anulando la moralina, en toda su monstruosa desnudez. De todos modos, al final, la imagen del cadáver horripilante de Houellebecq solo anuncia el momento milagroso de su resurrección clónica en una novela venidera o en un futuro promisorio aún inimaginable. O solo imaginable por él. Nuestro clon favorito. El más elocuente y conmovedor.

Marco Tulio Aguilera

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