El primer premio literario de García Márquez

Joaquín Matos Omar
Revista Latitud,  cortesía de Memorabilia García Márquez

Un día ocioso de los últimos meses de 1953, en una agónica máquina de escribir puesta sobre el “escritorio descascarado” de su oficina en la redacción del diario vespertino El Nacional, situado en la esquina del Paseo Bolívar con la carrera 38, en Barranquilla –donde hoy día se halla una estación de combustible–, el joven periodista y escritor Gabriel García Márquez escribió de un tirón un cuento al que incluso le puso allí mismo, una vez martillado el punto final, su título definitivo: “Un día después del sábado”.

El cuento, no se sabe por qué, permaneció inédito durante más de un año, atesorado en los archivos itinerantes del autor, pese a que, según este mismo recordaría casi 50 años más tarde en su libro de memorias, Vivir para contarla, es uno de los pocos que lo “dejaron satisfecho desde la primera versión”. A mediados del año siguiente, instalado ahora desde unos seis meses atrás en Bogotá, donde se desempeñaba como redactor del diario El Espectador, García Márquez, de 27 años, decidió presentarlo a un concurso convocado por la Asociación Nacional de Escritores y Artistas de Colombia y patrocinado con la suma de mil pesos por uno de los socios de ese gremio, Luis Guillermo Echeverri. Riguroso como ya era, tuvo antes el buen cuidado de dedicar una noche a la labor de su corrección final.

El jurado estaba integrado por Rafael Maya, Próspero Morales Pradilla, Daniel Arango, Hernando Téllez y José Hurtado García, quienes eran entonces, salvo quizá el último, escritores colombianos muy prestigiosos, tal como lo siguen siendo hoy día, en mayor o menor grado. El joven García Márquez tenía pleno conocimiento de la idoneidad de este jurado y, por ello, lo creía capaz de justipreciar la calidad de “Un día después del sábado”. Su previsión no estuvo errada: el viernes 30 de julio de aquel año de 1954, a las 6:30 de la tarde, y tras decisión unánime de los cinco miembros del jurado, su cuento fue públicamente declarado ganador del primer premio, entre 46 trabajos concursantes. Los premios al segundo y al tercer lugar fueron otorgados a Guillermo Ruiz Rivas, por su cuento “Por los caminos de la muerte”, y a Carlos Arturo Truque por “Vivan los compañeros”. La noticia fue registrada al mismo día siguiente en primera plana, por EL HERALDO, su antigua casa periodística.

Éste fue el primer premio obtenido por García Márquez en su vida literaria; el galardón es, pues, muy significativo, no sólo por ser el primero, sino porque no habrían de ser muchos –no más de seis o siete– los que él recibiría en su larguísima carrera de escritor (y ello, ya se sabe, por su propia voluntad, tomada en 1982, cuando ganó el Nobel).

Aquel primer premio de 1954, aparte de la retribución económica que supuso, debió representar para el joven García Márquez un gran estímulo literario, pues se trataba de un reconocimiento nacional concedido por un grupo de expertos a su labor en el género del cuento, que venía cultivando con intensidad desde 1947 y en el que, hasta entonces, había producido 14 piezas, incluida “Un día después del sábado”.

El premio comprendió también otra importante recompensa: la publicación del cuento en libro. En efecto, en ese mismo año, impreso en Bogotá por Editorial Minerva, el Ministerio de Educación Nacional sacó a luz el pequeño volumen Tres cuentos colombianos, que contenía las tres piezas distinguidas, así como una introducción firmada por los miembros del jurado calificador. Esa edición comportó también un hito en la carrera de García Márquez: fue el primer libro que publicó, con independencia de que haya sido en colaboración con otros dos autores.

Pues bien: este libro, Tres cuentos colombianos, fue reeditado por primera vez en marzo de este año en Cali por Fernando Jaramillo Echeverri y Manuel “Lucho” Berggrun, precisamente en homenaje a los 60 de su primera edición. Fernando Jaramillo, manizalita radicado en la capital del Valle del Cauca, es uno de los mayores gabólogos de Colombia, creador y director del muy leído blog “Memorabilia GGM”, un exhaustivo informativo dedicado por completo a “la vida y la obra del escritor colombiano”. Esta nueva edición, que rescata del olvido un libro importante en la bibliografía garciamarquiana y que “pretende ser el último homenaje en vida que recibió Gabo” –según dice Jaramillo–, es una joya de colección, ya que, por el formato, el papel, el diseño y los tipos de letra utilizados, que imitan en todo a los de la primera edición, así como, incluso, por los errores tipográficos, ortográficos y de sintaxis del texto original, que fueron conservados, se trata de poco menos que una edición facsimilar.

“Un día después del sábado” es también el más antiguo de los ocho cuentos que integran el primer libro en solitario de García Márquez en ese género, Los funerales de la Mamá Grande (1962). Así es: de todos los que escribió y publicó en periódicos y revistas entre 1947 y 1954 (producción que, según la crítica, integra la fase de su obra que se ha llamado su “prehistoria literaria”), el único que él escogió (y, por tanto, que él salvó, digámoslo así) para incluir en el citado libro es “Un día después del sábado” (los otro siete cuentos del volumen fueron escritos con posterioridad, entre 1958 y 1959) Es decir, “Un día después del sábado” marca la línea divisoria entre su prehistoria y su historia literaria. (Esto es así a tal punto que el crítico uruguayo Ángel Rama, en su ensayo “García Márquez: la violencia americana” –recogido en el libro 9 asedios a García Márquez, Santiago de Chile, 1969–, se refiere a este relato como “su primer cuento”).

¿Cómo es el cuento?

Escrito en una prosa cincelada, eufónica, pero diáfana y austera, el cuento es la primera pieza narrativa de García Márquez publicada en libro en la que ya aparece Macondo, así como algunos de los personajes de este pueblo mítico-histórico, como Rebeca Buendía y Argénida, su sirvienta; José Arcadio Buendía (el esposo ya muerto de aquélla), el coronel Aureliano Buendía y el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar.
Precisemos: el pueblo en que transcurre la acción es innominado, pero varias claras evidencias (el nombre de su única posada –“Hotel Macondo”–, los personajes mencionados, el asfixiante calor, la estación del ferrocarril, el tren amarillo de cuatro vagones, el ya desaparecido e interminable tren de la compañía bananera de 140 vagones) indican que, sin duda, se trata de Macondo.

El cuento narra, en síntesis, la ocurrencia de un insólito fenómeno en el pueblo, la precipitación mortal de una multitud de pájaros a causa del intenso calor, lo que, por un lado, coincide con la llegada de un muchacho que va de viaje hacia la ciudad para gestionar la pensión de su madre y que tiene que quedarse en el villorrio porque lo deja el tren, perdiendo así su equipaje y los documentos de la jubilación; y, por otro, produce el “milagro” de que la viuda Rebeca y demás lugareños retornen a la iglesia, a la que ya no asisten desde hace mucho tiempo, convocados por el sermón del anciano párroco en el que interpreta la lluvia de pájaros muertos como una consecuencia del paso por allí del Judío Errante.

Uno podría dilucidar el cuento en el sentido de que la peste de los pájaros muertos es el costo que tiene que pagar el pueblo para que se cumplan dos dones: la recuperación de la credibilidad por parte del cura a quien creían con demencia senil y el resarcimiento del joven forastero por la grave pérdida que ha sufrido, pues el padre decide regalarle a éste todo el dinero del diezmo.

Lecturas e interpretaciones

Sin embargo, el jurado calificador que distinguió el cuento, en el texto que se publicó como introducción del libro Tres cuentos colombianos, y luego de cubrir de elogios la narración del joven García Márquez por sus diversos méritos, le señala lo que llaman “una pequeña falla”: “El abandono del símbolo obsesionante de los pájaros muertos que, por su insistencia en toda la primera parte del relato, parecía iba a constituir el misterioso elemento que condicionaría la acción interior y exterior de los personajes. El símbolo quedó abandonado y el relato tomó otros cauces”.

Es curioso que, investigando en Internet, hallé por lo menos la opinión de un lector que, apuntando en la misma dirección, expresa también que al principio el cuento atrae por el interés de saber la razón última de la muerte de los pájaros, pero que el final resulta incomprensible o no convincente porque no resuelve esta intriga. Otra reseña dice “que no queda muy clara la intención del cuento”. El reconocido escritor Juan Gabriel Vásquez –uno de los cuatro conocedores de la obra de García Márquez, junto con Fernando Jaramillo y los cuentistas barranquilleros Heriberto Fiorillo y Paul Brito, a quienes consulté para este artículo– manifiesta igualmente que “el cuento es valioso por su ambiente de inquietud y por sus primeras tres o cuatro páginas, tan superiores al resto”, si bien no da como razón explícita de ello la aparente desviación del cuento de su motivo inicial. Brito también resalta su “desarrollo disperso más afín a la novela que al cuento”; no obstante, dice que el fenómeno de los pájaros “sirve de hilo conductor a las historias de tres personajes que apenas se tocan” y que “las líneas narrativas y su clima existencial van concurriendo en un mismo núcleo de angustia, como si un remolino apocalíptico las fuera succionando hacia el infierno”. Por su parte, Ángel Rama, en el ensayo arriba citado, afirma que es el pudor del autor, “que le veda entremeterse para forzar la mecánica significante del cuento”, el que explica que sus partes estén “débilmente vinculadas”, de modo que las entrega al lector para que sea éste quien “recomponga el cuadro, encuentre su secreto”.

Por otra parte, todos coinciden en valorar “Un día después del sábado” por su carácter anticipatorio de Cien años de soledad. Así, Vásquez expresa que le “ha interesado siempre por lo que anuncia: el mundo de Aureliano y José Arcadio Buendía, de una realidad contaminada por la superstición”. Fiorillo, a su turno, ve en él “una pequeña muestra de lo que sería el universo realista y mágico de Macondo, ampliado en Cien años de Soledad”. Enseguida puntualiza: “Se trata de un fresco inicial de Macondo, como se llama el hotel, una situación contada desde la perspectiva y la experiencia de varios personajes, con el lenguaje seductor y magistral de Gabito, que parece buscar el camino hacia la creación y narración de un espacio cohabitado por vivos y muertos”. Y agrega que ese material él lo “había consignado ya con seguridad en su mamotreto La casa”. Por su parte, Brito dice: “Hay varias imágenes, personajes, ambientes e incluso giros lingüísticos que me remiten a la misma Cien años de soledad”. Y, en su ensayo, el uruguayo Rama es contundente: “En ese cuento está fijado el designio de su obra posterior”.

Me parece importante, sin embargo, señalar una diferencia entre “Un día después del sábado” y Cien años de soledad: mientras que en la gran novela, los personajes asumen lo sobrenatural como algo normal y cotidiano, en el cuento, tal como dice Vargas Llosa en Historia de un deicidio, todos los personajes “defienden lo real objetivo, se oponen a la inserción de lo imaginario en su mundo”.

Vásquez anota una diferencia de otro orden: “Para mí, como escritor, el cuento tiene además una gran virtud: sus imperfecciones. Leerlo y leer después Cien años de soledad es darnos cuenta de la diferencia entre un escritor talentoso y un genio”.

“Gabito, el laureado”

Salvo por sus amigos y algunos miembros de los círculos literarios, García Márquez era, en 1954, poco conocido en Colombia como autor de ficción; tampoco lo era tanto como periodista, no obstante que desde febrero de ese año era redactor de planta de El Espectador, pues su fama como tal se la darían sus grandes reportajes, que sólo empezaría a publicar a partir de agosto.

Dicho esto, hay que señalar que Ángel Rama, en el mismo texto aquí citado, afirma que el premio otorgado a “Un día después del sábado” proyectó “el nombre de un periodista avezado al campo de las letras”. Fernando Jaramillo es de la misma opinión: “Cuando a alguien lo publican en libro –dice–, lo convierten en escritor. Antes es solo periodista”.

Jaramillo agrega que “el destello de fama” que trajo consigo el premio desencadenó otros efectos positivos para el joven autor: “Como resultado de su triunfo, le hacen la primera entrevista de su vida en la emisora HJCK, de Bogotá, y el editor Samuel Lisman Baum le publica su primera novela, La hojarasca, en mayo de 1955”.

A lo anterior hay que agregar que el gran Eduardo Zalamea Borda, en su famosa columna de El Espectador, “La ciudad y el mundo”, firmada con el seudónimo de Ulises, publicó una nota laudatoria (apenas uno o dos días después de concedido el premio, pues EL HERALDO la reprodujo en su página editorial el lunes 2 de agosto) en la que califica al joven escritor de “auténtico talento literario, el más importante que haya producido el país en los últimos años” y lo llama familiar y afectuosamente “Gabito, el laureado”.

Cómo recordaba García Márquez el premio

García Márquez narra en sus memorias que el premio obtenido por “Un día después del sábado” le representó “la gratificación descomunal de tres mil pesos”. En este punto, sin duda, su recuerdo erró, y por un amplio margen, pues, tal como lo consigna el texto suscrito por el jurado, la suma que recibió fue en realidad de 500 pesos, lo que, sin embargo, equivalía al 55% del muy buen sueldo que ganaba a la sazón en El Espectador: 900 pesos.

Otro dato equivocado que, en relación con este premio, suministra García Márquez en Vivir para contarla es el relativo a los miembros del jurado. Escribe en la página 543: “El jurado del concurso de cuento eran Hernando Téllez, Juan Lozano y Lozano, Pedro Gómez Valderrama y otros tres escritores y críticos de las grandes ligas”. En primer término, no eran seis, sino cinco, como ya quedó dicho arriba; y en segundo término, como quedó sobrentendido, de él no hacían parte Gómez Valderrama ni Lozano y Lozano; en el caso de este último, su confusión tal vez fue causada por el hecho de que Lozano y Lozano intervino en la ceremonia de premiación con un discurso pronunciado en nombre del patrocinador Luis Guillermo Echeverri, quien se hallaba fuera de Bogotá. (Hay que decir que, en este punto, no sólo García Márquez como autobiógrafo se equivocó, sino también uno de sus principales biógrafos, Dasso Saldívar, quien, en El viaje a la semilla, menciona como uno de los jurados al poeta piedracielista Carlos Martín).

Y un tercer dato ya no equivocado pero sí dudoso es el correspondiente a las fuentes literarias del cuento. Juan Gabriel Vásquez, en el texto que leyó en el homenaje que le tributó la ONU a García Márquez el pasado 5 de junio, declaró, en clara alusión a “Un día después del sábado”, que los pájaros que allí caen muertos por culpa del calor son una influencia de los pájaros que, en la novela Orlando, de Virginia Woolf, “se mueren de frío en pleno vuelo” (esta filiación ya la había señalado también Alfonso Fuenmayor en 1977). Sin embargo, el propio García Márquez, en sus memorias, dice que vienen “de las lluvias de pájaros muertos de Nathaniel Hawthorne”. Le pido una aclaración a Vásquez al respecto.

“Te diría que a ningún autor hay que creerle cuando habla de sus influencias –explica–, y mucho menos a García Márquez, que trató siempre de despistar a los críticos”. A continuación, añade: “Te diría también que las imágenes del cuento beben de muchas fuentes, como sucede siempre en literatura, y es posible que en el inconsciente del joven García Márquez se mezclara Hawthorne con Virginia Woolf… y con Camus, además, porque el comienzo del cuento (y en general el uso de los pájaros como suceso misterioso) imita maravillosamente las estrategias de La peste, cambiando las ratas por los pájaros. Hay frases que son virtualmente idénticas”.

Comentando estos errores e imprecisiones de García Márquez, Fernando Jaramillo, citando el epílogo de la reedición de Tres cuentos colombianos, dice:

– Aquí se hace más patente el epígrafe de sus memorias: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

 

Marco Tulio Aguilera

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