El día que cumplí 34 años

En el malecón de Tuxpan, 2011
Diario del 82. 27 de febrero.  No lo había dicho pero lo voy a decir. Llevo varios meses intentando dejar de fumar. Antes de hoy había logrado mi récord: una semana sin un solo cigarrillo. Y hoy, día de mi cumpleaños 34, caí: fumé como chacuaco. Chacuaco: mitológico animal mexicano que nadie ha visto pero que según parece era atraído por las hogueras de los indígenas  tarascos de este país. Fiesta en casa: un crítico uruguayo, Rufinelli,  y su compañera poeta; una suiza (rolliza, de pelo larguísimo, casi blanco), dos francesas (una chiquilla con largo kilometraje en las camas jalapeñas y Jossianne, recatada, moralista, chismosa y pesada); dos venezolanas (una gorda y otra flaca, la primera una risa interminable, de un rubio escandaloso y una bondad se burra vieja, con un lunar fungoso en la mejilla derecha; la segunda, bonita y, bueno, tonta); el novio de la burra vieja, guapito, con camisa y botas de vaquero; Lupita, la secre de mi oficina, el doctor Ramón, mi maestro de violín Marcel Du Franck, su novia, una adolescente que toca piano y tiene dientes postizos, un bigotón estilo Pancho Villa que hasta donde sé no fue invitado. El uruguayo y yo llegamos tras algunos tragos a la conclusión de que los dos éramos unos verdaderos genios. El uruguayo (Jorge Ruffinelli, dijo: De verdad que eres un genio, se puede decir que Colombia ya tiene un Nobel y medio. Yo le correspondí: Eres un maestro de generaciones, admirado por todo el boom). Admirable tipo: si hubiera habido otro invitado de su estatura, habría estado aún más feliz. Saqué de su estuche mi violín a las cuatro de la mañana y me puse a tocar. Marcel Du Franck, mi sufrido maestro de violín,  en medio de sus tormentas alcohólicas trataba de dilucidar la partitura; era el Minueto de Beethoven. Cerraba los ojos, movía la cabeza de lado a lado y se mesaba las rojas barbas de profeta nicotinoso. Ni sus gestos casi de desesperación ni las miradas casi suplicantes de los invitados lograron detenerme durante una hora. Interpreté malamente todas las piezas del segundo volumen del Método de Mathias Crickboom. Fue una noche feliz. Me acosté a las cinco de la mañana y a las seis llegó Concha Chacón. Miró y olfateó los restos de la fiesta. No me invitaste, criminal, quería decirme con su mirada totonaca. Le di vino. No quería hacer catleya (no quería que me subiera a su árbol, que empanizara su pescado, que hiciera sonar a rebato las campanas de su iglesia) pero finalmente la convencí. Traía ligueros y le pedí que se los dejara para imaginar que estábamos en una película francesa de los veintes. El asunto estuvo bien aunque sin fuegos artificiales. Luego me dijo que anoche había llorado mucho, hasta llegar a una decisión: No quiero nunca volverte a ver. Dijo que XX la había insultado en La Tasca. “Estaba con un hombresote de bigote de turco y le decía: Sólo a ti te amo –cabrona, comentó Concha, como si el amor fuera una planta que retoña cada tres meses--.  Y después mirándome decía: No sé qué le ve Marco a esa india, si está bien feíta y tiene unas ubres de exposición”. En fin, que mi princesa totonaca se sintió mal, salió llorando de La Tasca, corrió a encerrarse en su cuartito de pensión y juró no volverme a ver.

Tras el segundo acto con Concha a la derriere, volvió a sentirse mal, volvió a llorar y desapareció de mi casa como si fuera un fantasma. Gracias a Dios, dije. Anoche, en la media hora de sueño que tuve tras la fiesta, soñé con Rowena. Y hoy decidí escribirle a La nauyaca pidiéndole que me devolviera mis cartas y reprochándole que me hubiera olvidado tan radicalmente. ¡Y pensar que hubo meses en que nos escribíamos una carta diaria!

(Fin de la Libreta del año 82).

 

Marco Tulio Aguilera

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