Capítulo de la novela Historia de todas las cosas, en el que el protagonista se llama James Rodríguez, como el futbolista colombiano que está causando sensación en el Mundial de Fútbol. La novela fue publicada en 1975, por lo que no sería remoto que yo fuera padre de James.



Allá fue James, no Jeims, sino James Rodríguez, como suena en lengua de Castilla, quien acababa de sufrir la pérdida de su madre Marilú (que dicen murió de un intenso e insoportable ataque de belleza impune) y el rechazo de su padre porque no había querido hacerse cargo de la ferretería después de terminar brillantemente su bachillerato, pues a decir verdad, además de hermoso como un Apolo de Belvedere era inteligente y nada vanidoso y por eso, quizás también por una humildad que nadie sabe de dónde había sacado, conseguía unas novias tan feas que daban lástima y espanto, y todo a pesar de que era lindo, con los cabellos rizados y los ojos garzos de su madre y la piel de manzana tierna, y entonces tomando en cuenta tantos dones y virtudes nadie se explicaba por qué todas terminaban por mandarlo de paseo. Y es que no hacía más que hablar de mami, mami era así, mami era asada y rostizada, mami se peinaba con dientes de carey y se perfumaba con algalia y yerbabuena y se bañaba con leche de burra virgen y antes de dormir se untaba veinte cremas, así se pasaba las tardes enteras hablando de Marilú, mostrando sus fotos de estudio y en blanco y negro y en alto contraste y desde arriba y desde abajo, mientras sus novias se aburrían y al poco tiempo dejaban de estar atrapadas por su encanto de putito medieval y buscaban a otro más terrestre, activo y menos hablador, y su única novia linda fue Estrella Fernández, por entonces recién coronada reina de la Cámara Junior, quien, absolutamente falta de voluntad, le seguía la corriente y aceptaba que ninguna de sus hermanas se podía comparar con la madre de James y se quedaba las horas enteras mirándolo embobada y en diciendo a todo que sí miamor, hasta que le tocó ser raptada por Renato, su hermano, a nombre de Ildefonso, y James ni se dio cuenta porque en esos días tuvo el problema con su padre y debió dedicarse a buscar trabajo, ¡imaginar a il bello ragazzo buscando trabajo bajo un sol de cuarenta grados! Y por eso estaba haciendo fila al frente de la cabina de míster Bordenhouse y así siguió de novia en novia hasta el día en que estableció relaciones formales con Colonia, la hija de María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, que ya por vieja le decían Trenecito, y con ella sí perduró dos años porque no encontró en la delicada y bigotona personita una mujer sino una santa, una santa flaca, una flaca santa, y en su compañía, unos años más tarde del momento en que seguía haciendo fila, iría a misa y darían vuelta al parque donde la juventud tomaba su baño diario de popularidad y naturalmente que a la pareja no le importaban las apariencias, hermosísimo él, espeluznante ella, y si giraban en torno a ese tiovivo humano tomados decentemente de los dedos meñiques, era por el simple gusto de ver languidecer las tardes tras las torres de la catedral y ese amor tan sereno como pocos se vieron en San Isidro tuvo un desenlace trágico que pareció una maldición a muchos, pero que a los admiradores de Lucero Fernández, la menor de la constelación, les pareció toda una película de amor, con final triste, como correspondía a sus ilusiones de adolescentes esquizofrénicos. Pero eso sucedería años más tarde, casi al mismo tiempo que de lo del trompetista chileno y la exaltación de Californio el Simple. En los tiempos de nuestra historia lo que sucedía era que James estaba haciendo fila para solicitar trabajo en la RRR porque su padre le había negado apoyo económico, el apoyo que necesitaba para llenar sus aspiraciones de clarinetista, y no sólo se indignó cuando James le dijo que la música era su vocación, su equivocación, grito Ponciano, sino que amenazó con lanzarlo a la calle con cuatro trapos y una gorra de beisbolista si no se hacía cargo de la ferretería. -¿Hacerme cargo de esos fierros viejos yo?, primero me muero de hambre. Dicho y hecho: recogió sus cuatro trapos y su gorra de beisbolista y con su entera belleza de hombre encima salió de su casa a morirse de digna hambre, y ya su alma de caracol estaba sintiendo los retortijones en el estómago cuando le llegó su turno y escuchó una voz de color rosa medio oeste que le dijo en casi perfecto español pase el siguiente. Bordenhouse, que hasta cinematográfico como un ángel del demonio se veía con su camisa transparente, sus pantalones negros de tela brillante, el pelo largo, castaño teñido y bien cuidado en amarradijo con cola de caballo y el penetrante olor a agua de florida con que se bañaba todo el cuerpo cada dos horas, le dijo a James que lo sentía mucho, lo siento mucho, niñito, como peón no vas a servir, y agregó casi glacial esa cara de gente decente te pesa como una losa de muerto, y que la gente decente y guapérrima como tú no soporta el frío del Cerro. Yo puedo hacer cualquier cosa, casi grita James adensando la voz en busca de una barítona apostura. -¿Cualquier cosa, my boy? -preguntó Bordenhose melificando la voz. Lo invitó a que se sentara, le ofreció Coca Cola and fried potatoes y Kentuky Fried Chiken mientras los solicitantes que estaban en la fila bajo los guayabales se impacientaban y murmuraban entre risas lo inmurmurable y se reían porque la fama de míster Bordenhouse ya había reventado varios diques y sabían que a él le agradaban los mancebos y quién si no el James tenía cara de mancebo clavado o por clavar y ya habían pasado más de dos horas allá adentro y vaya a saber en qué profundidades andaban. Pero no tanto, porque James Rodríguez creía en Dios y acataba las leyes de la santa madre iglesia católica, y eso de que le pusieran las manos donde ni él mismo se había atrevido a ponerlas a pesar de los consejos de sus amigos, le parecía una perversidad y la degeneración más grande del mundo, o sea que le dio un empujón a míster Bordenhouse que ya lo daba todo por hecho, salió despavorido sin haber siquiera llenado la solicitud y llegó corriendo a confesarse con el padre Soto, casi llorando le dijo me acuso, padre, me acuso, y el viejo conteniendo una santa sonrisa le puso una mano en el alto muslo y le dijo tranquilo hijomío, que a todos nos pasa por lo menos una vez en la vida y en últimas no es tan malo si Dios puso a tantos hombres fuera del camino de la naturaleza; vete en paz que en pecado ajeno a uno le toca la menor parte, suspiró, le propinó una buena absolución, le quitó la mano del alto muslo suspirando, y observó a James, al lindo James, hasta que desapareció con la cabeza baja, jurándose a que no se lo contaría a nadie. Pero si James cumplió con el juramento, el padre Soto no pudo guardarse una de esas. ¿Supiste?, le contó a María de los Ángeles de la Medalla Milagrosa, y ella, sin saber que estaría perjudicando a su propia hija despepitó a voces y empezó a tejer la telaraña en la cual Colonia se vería atrapada: al poco tiempo James estaba bailando en las lenguas malditas y maldicientes y tuvo que encerrarse en una covacha del Barrio del Cementerio, al lado de Bogart y La De Los Pesados Senos, para no escuchar el abejorreo y sentir las orejas calientes y escuchar las sonrisas estruendosas. Comenzó a atender clientes en una pulpería de ese lejano territorio y a partir de ese momento desapareció de la historia para reaparecer solamente cuando lo de la Santa Flaca.

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Marco Tulio Aguilera

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