Mi querido diario. Un día de ¿1988?

En Neiva, tras una conferencia, durante la celebración de la Bienal de Novela
José Eustasio Rivera, en 2012. El premiado, Pablo Hernán di Marco, sufre mis manos sobre
sus hombros
Salgo del Banco de Bogotá con mi maletín firmemente apretado, atravieso corriendo la Carrera Séptima, me meto en el primer taxi y voy rumbo al apartamento de la Nena. El taxista me cuenta sus desventuras. Dice que Bogotá es una ciudad donde te pueden asaltar a mediodía, en una parada de autobús, entre veinte personas, que no moverán un dedo para defenderte.
 "¿Qué van a hacer los miserables de este país, si no tienen nada que comer? Esta ciudad esta fregada y no la arregla ni el putas", dice.
Me siento un mercenario, con mis tres millones ganados en el concurso de ciencia ficción aferrados, mientras por la ventanilla veo a un niño de diez años, flaco, sucio, descalzo.
"Mire, amigo, ese es uno de lo que aquí llaman desechables", dice señalando a la criatura curtida por el sol, de pelo sucio, con la piel apenas cubriéndole el cráneo, el cuerpo flaco como el de un niño de Biafra, casi desnudo.
"Niños que valen menos que un perro sarnoso. La gente no los ve, ellos no existen. Si uno quiere dormir tranquilo en esta ciudad un debe aprender a tener corazón de piedra".
Frente al Senado de la República veo una multitud de policías y soldados. Pienso que este país está jodido: ya hay pocos civiles, casi todos son policías, soldados, guerrilleros, hampones, desechables, paramilitares. Este país está en guerra eterna, sólo se puede vivir bien ya sea borracho o loco.
Me siento huérfano de país, traidor, al saber que vivo en un país como México, donde mis hijos se educan sin problemas, yo tengo buen sueldo y no temo que a cada instante me asalten, secuestren a mi mujer o se lleven mi coche.
Cada vez que dejo Colombia y que el avión se va elevando, miro hacia abajo y pienso que el país de un momento va a explotar y que no va a quedar nada. Me queda el consuelo de haber recorrido la sabana de Bogotá donde el paisaje es idílico  y no parece pasar nada.
Tal vez lo que sucede es que en las grandes ciudades se concentra la crisis y la miseria y se pierde la esperanza. Pero ante el cielo y los campos, ante los mercados y los sabores, ante los sabores exclusivamente combianos: el de la curuba, el lulo y el pérsimo, frutas del paraíso, uno se dice que no todo esta perdido y que Londres a principios de la revolución industrial estaba peor y pudo salir adelante. Queda el sabor de los refrescos que no se consiguen en ningun otro país :la manzana y la naranja Postobón, la Colombiana, la Kolcana, quedan los bocadillos beleños, las obleas de Villetica, el cuchuco, el sancocho y, las mujeres, las caleñas, hembras espléndidas, que ejercen la vocación de ser lo mejor de la creación con deliete y casi bailando. Todo esto hace del regreso a Colombia un placer íntimo, irrepetible. La belleza y creatividad de la gente, que puede seguir trabajando en medio de las balas es conmovedora.
La desesperación por la interminable violencia ha hecho que aparezcan lo que se ha llamado fuerzas de autodefensa, que se enfrentan a los guerrilleros. Son en algunos casos fuerzas de 500 o más hombres que arrasan pueblos enteros, queman casas, despellejan a los habitantes, les cortan pedazos, los queman, bajo el pretexto de que esos pueblos apoyan a los guerrilleros. Tal fue el caso de Santa Rita y El Aro, en Antioquia, donde no quedó piedra sobre piedra. He aquí el testimonio de uno de los que escaparon:
"Los cadáveres no aparecen, pero vimos como despellejaron vivos a muchos, como si fueran gallinas. Otros fueron tirados al río después de ser torturados".
 Otro testimonio de la crisis es la inminente venta de El Espectador, uno de los dos grandes diarios de Colombia, que ahora aparece con dos secciones, una raquítica y la otra un folletito tamaño tabloide en papel amarillento. El domingo pasado no apareció -o fue que me entregaron el diario incompleto- el Magazin Dominical, el suplemento con más tradición en Colombia, donde García Márquez hizo sus primeras armas, como tantos otros escritores.
11 de noviembre

¿Hay algo que no sé? Los editores que antes ni siquiera me recibían hoy se repatingan en el asiento, piden café y sacan sus marlboros (antes eran puros) y buscan en su pasado algo que los ligue conmigo. Kataraín, quien fuera durante mucho tiempo el editor de García Márquez y poseyera la editorial más promisoria de Colombia, ahora parece haber retrocedido. La editorial la Oveja Negra ni siquiera tiene un anuncio público, ya casi no publica sino por encargo, y sin embargo se está lanzando, de nuevo, a grandes proyectos, apoyándose especialmente en la literatura femenina. 

Marco Tulio Aguilera

2 comentarios:

  1. Don Marco, este es nuestro país, el suyo y el mío; con lo bueno y lo malo, de eso gozamos, guarachamos y moriremos. Pero tenemos una plaga minoritaria que le viene haciendo mucho daño desde hace tiempo, sobra decir nombres por lo "ilustres" que son todos ellos. El problema dejó de ser de clases, ahora es de conciencia, y en eso, pecamos todos. históricamente hablando.

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  2. De acuerdo: y a pesar de esa plaga, Colombia es un país que se goza intensamente. Un saludo

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