Mi cumpleaños 34 (tomado de Mi querido diario, 1982)

Anoche me enojé en mis sueños. Vi a una mujer que me impresionó profundamente. Noté que

yo también atraía su atención. Nos fuimos acercando los dos sonrientes, los dos complacidos,

los dos anticipando… Súbitamente desperté.  Me dio mucha rabia el despertar dejándola ahí

entre los velos del sueño. Supe que no la volvería a ver jamás.

27 de febrero de 1982.  No lo había dicho pero lo voy a decir. Llevo varios meses intentando dejar de fumar. Antes de hoy había logrado mi récord: una semana sin un solo cigarrillo. Y hoy, día de mi cumpleaños 34, caí: fumé como chacuaco. Chacuaco: mitológico animal mexicano que nadie ha visto pero que según parece era atraído por las hogueras de los indígenas  tarascos de este país. Fiesta en casa: un crítico uruguayo y su compañera poeta, una suiza (rolliza de pelo larguísimo, casi blanco), dos francesas (una chiquilla con largo kilometraje en las camas jalapeñas y Jossianne, recatada, moralista, chismosa y pesada), dos venezolanas (una gorda y otra flaca, de un rubio escandaloso y una bondad se burra vieja, con un lunar fungoso en la mejilla derecha), el novio de la burra vieja, guapito, Lupita, la secre de mi oficina, el doctor Ramón, mi maestro de violín Marcel Du Franck, su novia, una adolescente que toca piano y tiene dientes postizos, un bigotón estilo Pancho Villa que hasta donde sé no fue invitado. El uruguayo y yo llegamos tras algunos tragos a la conclusión de que los dos éramos unos verdaderos genios. El uruguayo (Jorge Ruffinelli dijo: De verdad que eres un genio, se puede decir que Colombia ya tiene un Nobel y medio). Admirable tipo: si hubiera habido otro invitado de su estatura, habría estado aún más feliz. Saqué de su estuche mi violín a las cuatro de la mañana y me puse a tocar. Marcel Du Franck en medio de sus tormentas alcohólicas miraba la partitura, era del Minueto de Beethoven, y cerraba los ojos, movía la cabeza de lado a lado y se mesaba las rojas barbas de profeta nicotinoso. Ni sus gestos casi de desesperación ni las miradas casi suplicantes de los invitados lograron detenerme durante una hora. Interpreté malamente todas las piezas del segundo volumen del Método de Mathias Crickboom. Fue una noche feliz. Me acosté a las cinco de la mañana y a las seis llegó Concha Chacón. Miró y olfateó los restos de la fiesta. No me invitaste, criminal, quería decirme con su mirada totonaca. Le di vino. No quería hacer catleya (no quería que me subiera a su árbol, que empanizara su pescado, que hiciera sonar a rebato las campanas de su iglesia) pero finalmente la convencí. Traía ligueros y le pedí que se los dejara para imaginar que estábamos en una película francesa de los veintes. El asunto estuvo bien aunque sin fuegos artificiales. Luego me dijo que anoche había llorado mucho, hasta llegar a una decisión: No quiero nunca volverte a ver.  (Fin de la Libreta del año 82).

 

Marco Tulio Aguilera

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