La experiencia del yage con Wade Davies

No es el Amazonas: es Palo Gacho, Veracruz
La experiencia de tomar yagé es una de las que más han atraído a los científicos y a los buscadores de sensaciones extrañas. Wade Davies, investigador del Amazonas, registra la siguiente experiencia:

“El padre de Rufino se puso de pie y entonó un cántico solemne. Cuando terminó, metió una totuma negra en el yagé y se la pasó llena a su hijo. Rufino hizo una mueca  al tomarlo, como todos los demás después. Tenía un sabor amargo asqueroso. Hubo más cantos y baile, voces altas y trémulas y el castañeteo de las sonajeras y las ajorcas; luego un silencio expectante, mientras Pedro sacaba otra totuma llena de la poción. Sólo después del cuarto trago me di cuenta de que los barasanas compensaban en cantidad lo que a su yagé le faltaba en potencia” (Aquí Wade se desvía hacia una serie de precisiones de orden botánico sobre los componentes de la bebida, entre los que destaca el bejuco Diplopterys cabrerana, que se usa, afirma, en la Amazonia para aumentar el brillo de las visiones).

            Continúa la cita: “Me senté callado con ellos, sin poder participar pero consciente del poder y autoridad de su ritual. La planta los afectó primero a ellos. En un suave murmullo Rufino empezó a hablar de un sol rojo que caía sobre la selva. De inmediato su padre le ofreció otra dosis de yagé, que bebió jadeando y escupiendo. Hasta ese momento yo no había sentido nada, pero al oír sus náuseas tuve que darme vuelta y vomitar en la tierra. Pacho se rió y yo lo imité. Todos tomamos más yagé varios veces. Pasó una hora o más. Miré hacia arriba y vi que los bordes del mundo se suavizaban al mismo tiempo que sentía una resonancia que llegaba de más allá del cielo, como la sugerencia de un viento flotante de pulsante energía” (El río, Wade Davies)

            “Al principio fue agradable, un sentido maravilloso de vida y de calor envolvía todas las cosas. Luego las sensaciones se intensificaron, se cargaron de una extraña corriente y el aire mismo adquirió una densidad metálica. Pronto dejó de existir el mundo tal como lo conocía. No era una distorsión de la realidad: era como si se disolviera al tiempo que el terror de otra dimensión avasallaba los sentidos. La belleza de los colores, los interminables diseños de esférica luminosidad, eran como lluvia brotando de mi piel. Me contuve. Miré hacia arriba y vi a Rufino y a Pacho bamboleándose y quejándose suavemente. En el pelo había flores que lloraban y árboles intentando remontrarse  hasta las nubes, y de sus ramas caían hojas con grandes aullidos. Entonces el cielo se abrió. Una lívida cicatriz cruzaba el firmamento, las estrellas palpitaban y un gran viento dispersaba todo a su paso. Se abrió la tierra. Serpientes se enroscaban en los postes y se metían reptando por los techos. No había escape. Los ríos se abrían como bocas de capullos. El movimiento se volvía penetración, y el terror se hizo más fuerte. Niños famélicos y animales de todas las formas enfermaban y morían de sed, enterrando sus narices en la tierra seca. Yacían desnudos a la intemperie y por todas partes se levantaba un palio inmenso de dolor”

            (...) “Lentamente, al avanzar la noche los colores se suavizaron. Sentí mis manos palpando el piso de la maloca, vi nubes de polvo teñidas de luz verde, oí voces que se reían. Estaba a punto de amanecer, lo supe al oír la selva. Cansado, aunque ya sin miedo, me metí en la hamaca. Permanecí despierto mucho tiempo, envuelto en una manta de algodón, como un niño agotado después de la fiebre. Lo último que vi al irme durmiendo fue una plácida nube de luz violeta que se posaba sobre la maloca.

            “Una hora después me despertó el rugido de una avión. Miré hacia arriba y vi haces de luces que se filtraban por el techo de paja. Me dolía la cabeza y tenía sed, pero aparte de eso me sentía bien, limpio, como si mi cuerpo hubiera sido lavado por dentro y por fuera. Al incorporarme, me rodeaban unos niños que me siguieron afuera, bajo el sol y por la trocha que iba al río. El agua estaba fría y refrescante, deliciosa al beberla. Oí un grito, y uno de los niños apuntó hacia la ribera. Era el piloto misionero. A su lado estaban Rufino y su padre. Habían guardado sus atuendos, pero en sus piernas tenían los dibujos geométricos y las caras negras con el tinte. El piloto tenía las manos en las caderas.

            –¿Con que volviéndose nativo ¿no? —me dijo a gritos—. Si yo fuera usted, no tomaría agua de esa.

            —Llega antes de tiempo.

            —No, en realidad tengo un retraso de dos días.

            —Ah.

            —Bueno, nos vamos. Tengo que estar en Miraflores a mediodía.”

Como Davies han sido incontables los que han buscado en la Amazonia el sentido de su vida. Uno de ellos fue Napoleón Chagnon, de quien espero escribir en posteriores colaboraciones.

Marco Tulio Aguilera

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