Crónica de una fiesta de alegres alacranes en casa de Marco Tulio

Armando Ortiz, Edgar García, MT; abajo: Silvia Tomasa y Claudia Constantino
Hace tanto tiempo que no hago una reunión para celebrar mi cumpleaños, que irremediablemente las pasadas fiestas (la más reciente fue hace cinco años) las recuerdo como hechos históricos.

Enumero la asistencia de muchos que ya no vinieron a casa, ya sea porque están lejos en términos geográficos, como Peter Broad; o porque se han alejado de mi amistad por razones que sería dispendioso tratar de explicar (caso de Sergio Pitol, que de ser amigo cercano con quien discutía mis trabajo literarios, en épocas recientes huye de mí como apestado).
 
A la reunión de ayer vinieron tres viejos amigos, la poeta Silvia Tomasa Rivera y Balú, además del periodista y narrador Armando Ortiz. Como gran novedad asistió el nuevo director de la Editorial de la Universidad Veracruzana, Edgar García Valencia, persona en extremo sencilla y lejos de la mezquindad de anteriores directores, que hicieron todo lo posible por negar mi existencia (Agustín del Moral y José Luis Rivas, que Dios los tenga en su gloria y sigan disfrutando de sus prebendas a perpetuidad).

A la lumbre de los tequilas fueron saliendo las confidencias, las historias: de cómo Rivas hizo todo lo posible por bloquear a Silvia Tomasa en el Fondo de Cultura Económica y a Marco Tulio en el Premio Latinoamericano de Cuento de Puebla y en las convocatorias del FONCA; de cómo Pitol se opuso  a que le dieran el Premio Villaurrutia de Luis Arturo Ramos; de quiénes siguen cobrando en la Universidad sin trabajar.
También se habló de la frenética necesidad de seducir mujeres de Carlos Fuentes, que en una ocasión recibió desnudo a la inocente princesa Poniatowska en un cuarto de hotel no sé dónde (el final de la historia: si hubo consumación o no, no se supo).
Y se habló de por qué la poeta Silvia Tomasa prefirió rematar la hermosísima finca que tenía en Ixhuacán de los Reyes cuando en los linderos de su campo fueron hallados restos innombrables.
Silvia recordó que por culpa de Marco Tulio, de un texto de Marco Tulio, en el que se ficcionalizaba el asesinato de Sergio Dorantes, ex administrador de la Orquesta Sinfónica, tuvo que renunciar al suplemento literario Estela cultural.

 
 

Yo volví a contar de cuándo Rubén Pabello, ex rector, ex cronista del ciudad, ex alcalde,  ex director del Diario, quiso hacerme expulsar del país por ofender la moral de las cultas damas jalapeñas y de cómo García Márquez me salvó del ominoso 33.

Y mientras todo esto sucedía, el periodista y narrador Armando Ortiz, desplegaba sus dotes de tortero mayor, con currículum comprobable en tianguis y escuelas, y los demás consumíamos el resultado de sus habilidades y libábamos vino, tequila y agua mineral y Coca Cola y leche.

Las galletitas saladas, el surimi y el salmón ahumado (de Comercial Mexicana, lo confieso) servían de signos de puntuación a los picantes dimes y diretes, de los cuales fueron víctimas no sólo los ausentes sino los mismos presentes.

 
 

Me enteré de un asunto sumamente grave en el que estuvieron involucrados quienes en alguna oportunidad pasaron por mis amigos y hoy se mantienen alejados.

Mi jefe, el actual director de la Editorial, se mantenía más o menos silencioso, silencioso y sonriente, asistiendo a aquel festival de alacranes, y enterándose del mundito florido y viperino de los literatos.

La poeta Silvia Tomasa monopolizó el 90 % del tiempo hablando de sí misma, lo que no me desagradó. Es un personaje histriónico, como no hay otro en México. Hace pensar en Pita Amor.

De rodillas le pedí a la poeta que declamara sus poemas, particularmente aquél en el que ella corta los versos con las manos volando como lienzos de seda y exhibe una respiración mántrica con su pecho de divasoprano.

No se hizo de rogar demasiado.
Tras el sublime trance, digno de Santa Teresa, dijo:

-Ay, Marco Tulio, me dijeron que te vas a ir de Xalapa. Yo te ruego que no lo hagas porque si te vas me da un infarto. Cuando me enteré de que te ibas a ir me dio una taquicardia  que me llevó al cardiólogo.

Preguntaron: ¿Te vas a ir?

-Sí –les respondí- me voy a Königsberg, una ciudad que tiene dos puntitos sobre la o.


Y procedí a hablar una frasecita en Deutsche spache.

La poeta promovió públicamente  un espacio cultural-etílico, que abrirá en Xalapa sólo los viernes.

La periodista y literata Claudia Constantino alumbraba con sus risas, y más bien escuchó, más que contar, aunque algo deslizó sobre un personaje que ha entregado todo a la literatura y que quiere ser famoso a toda costa, ganando todos los premios del mundo (o más bien intentando ganarlos), aunque nunca tenga tres pesos en el bolsillo.

Se habló de una novela que fue finalista en el premio Anagrama y que pasó antes por las manos misericordiosas de MT, que tuvieron a bien corregirle diez o veinte errores por página. Una novela grande, de 600 páginas, muy interesante pero plagada de errores. Y se dijo que el autor en lugar de agradecerlo, lo que hizo fue abominar de MT, que había hecho una labor titánica sobre el manuscrito.

Se habló de mi ex alumno José Homero (invitado que no llegó), de quien Marco Tulio dijo:

--Siempre he admirado la habilidad de JH para conseguir todas las becas del FONCA y publicar en el Fondo de Cultura Económica y en  Letras Libres, sin verdaderamente tener gran obra, excepto la crítica, donde ha brillado a veces por su talento y en ocasiones por escribir bien por encargo.

El periodista tortero, narrador y adorador de helenos Armando Ortiz dijo:

-Cuidado con lo que digan, pues mañana puede aparecer en el blog.

-Descuiden, que voy a ser fiel: estoy grabando todo. No diré ni una sola mentira.

Para aceptar que no vivimos en el Topos urano y que somos humanos convencionales, nos tomamos un selfie. Aquí lo pueden ver.

 

Marco Tulio Aguilera

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