Una novela de amores duros

La insaciabilidad

(Adelanto de la novela homónima 
que publicará la Editorial de la Universidad Veracruzana a fines del 2014. 
Exclusivo para OtroLunes)

MARCO TULIO AGUILERA GARRAMUÑO
Estoy borracho, absolutamente borracho, total y definitivamente borracho. Voy tambaleante de pared a pared. Me dirijo al baño con la intención de orinar. Llego con enormes dificultades. Estoy a punto de caer sobre el retrete. Al orinar comienzo a irme de espaldas empi­nándome sobre los talones. El líquido sale después de largos minutos. Acabo de escribir el cuento que por tantas semanas he relegado. Todo lo preparé con minuciosidad, sabiendo que tenía que escribir un texto extraordinario. Se trata de Perry McClue, un hombre que sueña con ser todos los hombres, con correr todas las aventuras, con seducir y ser seducido por mujeres espléndidas, hombres, efebos, doncellas;  que recorre todo el mundo y en todas partes lo espera la maravilla, lo des­mesurado, lo particular; que disfruta   gozosamente de los dones de la tie­rra, y sin embargo termina en una paradójica, incomprensible e inso­portable soledad.
Cuando supe que estaba listo, que todo mi ser era una especie de átomo original a punto del big bang, puse a Atenea de patitas en la calle, compré una botella de tequila, limpié la mesa, coloqué dos cajetillas de cigarros, limón y sal a mi lado. Y me senté. Frente a mí estaba la vieja y perruna Olivetti Lettera 22, que había arrastrado de Cali a Lawrence, de allí a Monterrey, para terminar en donde ahora, entonces, estaba. Pasaron los minutos. No podía escribir ni una sola palabra. Tomé un largo tra­go, me eché a la boca una pizca de sal y me exprimí medio limón. No salió ni una sola palabra. Apuré otro trago con idénticas consecuen­cias. Al tercer trago salió la primera frase, redondita y todavía escu­rriendo líquido amniótico. Celebré el triunfo con una tercera dosis. A partir de entonces el texto emergió espontáneamente. En esos mo­mentos no sabía si lo que estaba escribiendo valía un potosí o menos que nada. La alegría del instante era pasmosa, el sentimiento de poder comparable al de un dios que con un movi­miento de sus manos levanta montañas, abre desfiladeros, traza valles sin fin y pone sobre ellos criaturas inéditas, sorprendidas y dichosas.
Una vez que hube terminado, anoté en mi Diario: Ya lo escribí. Me siento raro. Eructo constantemente. Puse el agua del baño a calen­tar. La cena está en el fuego. Yo estoy acostado en el sillón romano (así lo llamo por antiguo y desvencijado), escribiendo estas palabras. Me siento raro. Llueve a cántaros. Comeré y me bañaré. Eso es todo. No sé si he hecho honor a la idea que tenía de mi personaje. No sé qué es lo que siento. ¿Estoy bien o mal? Lo ignoro.
Pero cómo se iba a sentir bien Ventura, si había bebido, de una literal sentada, casi medio litro de tequila en acaso tres horas. Se sentía ho­rrorosamente mal, trastornado, no al borde de la locura, sino en el pu­ro centro de ella. Continúa el texto: Estoy en uno de esos sitios de donde uno se pregunta si saldrá o no. Creo que fue una exageración y una temeridad  tomar tanto tequila de forma tan continua y despiada­da. Pienso que todo pasa, que esta sensación imprecisable desapare­cerá en cuanto amanezca. Entonces  todo será diferente. Leeré mi texto y sabré si vale la pena o no. Pero ahora, en este instante, siento que las cosas carecen de perfil. Los ojos se me cierran. Pero temo dejarme ir. Sé que si dejo que se cierren, vomitaré como loco, tiraré en la sala  o en el corredor que comparto con la poeta Estrella de los Campos mis entrañas, me desaguaré, quedaré convertido en una gran letri­na…  Si hubiera alguien a mi lado. Si hubiera alguien. Alguien.
Ventura no tiene palabras para recordar lo que sintió. Ni entonces ni ahora, ya de regreso. No era simplemente que el mundo girara, como le gira a todos los borrachos cuando pasan la línea de lucidez. Ni que el entorno perdiera sus límites, sino que, simple y llanamente, todo se había duplicado. Existían dos casas, dos cuerpos propios, dos puertas, dos máquinas de escribir. Al asomarse a la noche, vio que la densidad de las estrellas era superior a la habitual. No sólo me trastorné yo, sino que eché a perder el orden del Universo, pensó. Recuerda incluso que con un poco de ironía amarga comenzó a eva­luar  las consecuencias de vivir en un mundo en el que todo tendría su duplicado, no sólo los problemas, sino los cheques quincenales y las mujeres. Acabó de cenar y de bañarse. Lo tuvo que hacer en cuatro patas  porque no pudo tenerse en pie. Suponía que tras comer y bañar­se iba a retornar a la normalidad. ¡Falso, falsísimo! Todo comenzó a girar. Intenta mantenerse en el centro pero no puede. La fuer­za de los giros amenaza con lanzarlo contra las paredes. Va a cerrar los ojos. Voy a cerrar los ojos. No me importa lo que pase. Cierro los ojos y, paradoja de las paradojas, la oscuridad se ha duplicado. No que sea más densa, sino que hay dos oscuridades. Entonces pienso que por fin ha pasado lo que me dijo aquel infecto psiquiatra de mi primera gran caída: el incurrir en un exceso podría trastornarme definitivamente. Mi esquizofrenia precoz, de la que salí con tanta dificultad, había permanecido laten­te, agazapada, y reventó gracias al tequila.
La historia de cómo pudo dormir en medio de la borrasca y có­mo despertó es bastante banal. En su Diario, con letra de parkinson  y lamparones de sudor, se halla consignado el despertar y sus reacciones. Son las cuatro de la maña­na. Tengo un dolor de cabeza razonablemente soportable y una sed de beduino. Bebí un litro de leche fría directamente de mi secreta vasi­ja de barro indígena. Abrí la puerta para que entrara mi gata. Atenea atravesó la sala sin ansiedad y se instaló sobre la barra de la cocina a  mirarme como la esposa que no dice una palabra pero que reprocha con los ojos. La supe comprensiva y la quise más que antes. Ya no ten­go sueño. Quiero leer el cuento que acabo de escribir casi a costa de mi cordura. Ya lo leí. Aunque es apenas un boceto, tiene la estructura, la ten­sión, la emoción, la profundidad de lo mejor que he escrito y quizás escribiré en toda mi vida, creo. Coloco los papeles prensados con un clip, al lado del proyecto de novela, junto al colchón. Cada vez que escribo algo seme­jante me gustaría correr por el mundo para leérselo a todos, ir al par­que y congregar a una multitud para leerlo a gritos.
A las cinco de la mañana escupió una masa informe de diversos y escabrosos colores, de los que no estaba excluido el rojo tísico. Su habitación tenía un insoportable olor a tabaco, a magma femenino, pa­pel higiénico húmedo y orines. Qué asco de vida, se dijo Ventura, sa­biendo que era apenas una  pose. La verdad es que le encantaba su existencia desastrosa, caótica, a la que en el fondo consideraba profundamente optimista: sabía que de algún lado saldrían un orden y un sentido. El grano sería separado de la paja. A las siete de la mañana vio que un ra­yo de luz trazaba una línea en la pared. Fue una sensación extraña. No la de ver la luz, no la de percibirla cuando es un hecho, sino la de sentir el impacto, como si súbitamente sus ojos hubieran alcanzado la velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, o como si el rayo se hubiera retardado para hacerse más visible y evidente. En lugar de cobijarse y cerrar los ojos, corrió a la puerta. Se apoyó en ella y a tra­vés de una gota que caía en chorro intermitente pudo ver el sol. Era un sol partido en dos, sostenido por un hilo de agua. Un sol que tala­draba violentamente la armadura de las nubes y lanzaba un rayo. Un rayo único que caía formando una línea delgada como de vidrio. Pron­to las nubes volvieron a cerrarse y el amanecer se hizo opaco. Ventura regresó a la cama. Pero no durmió. Se revolvió entre las sábanas. Era necesario hacer algo con urgencia. El suicidio pasó por su mente. Le dio risa. Los rudos no se suicidan. Aunque Ventura no fuera un rudo, sí quería serlo, y ello bastaba para que jamás cayera en sensiblerías estúpidas y chantajes bastardos como el suicidio. Eso quedaba para los sentimentales, para los fracasados, para los imbéciles. Dejó a un lado esos pensamientos negros. Tenía que hacer algo que lo salvara … ¿Tocar  violín? ¿Cómo hacerlo después de haberlo visto diluyéndose en el polvo del abandono? Cómo atreverse siquiera a mirarlo después de haber alcanzado la gloria de tocar un Amati. El trasto sonaría como una gui­tarra de ciego. ¿Salir a correr? Eso, salir a correr, derrotar al espíritu enfermo fatigando el cuerpo cómplice.
El frenético se puso su traje de luces para correr. Subió hasta la entrada del Parque Macuiltépetl y emprendió el ascenso.
El sol, ya luciendo totalmente desnudo, se astillaba en mil haces que, surgiendo diminutos entre los rendijas del verdor, iban crecien­do hasta formar grandes manchas de luz sobre las sombras. Desde la cima del Cerro, de pie sobre la pirámide que domina toda la extensión de la ciudad, respiró hasta que el aire le inflamó todas las células. Un vigor verdaderamente satánico lo animaba. O estoy loco, se dijo Ventura, o estoy conectado a una central de energía. A las diez de la mañana se bañó. Luego fue a desayunar a La Parroquia. Allí vio a una mujer espléndida y solitaria, como una estatua de marfil, con la morbidez y la suavidad de la Danae pintada por Correggio. No in­tentó acercarse. Quien ha tocado un Amati no debe prostituirse con instrumentos de fabricación en serie.
Almorzó con Bárbara Blaskowitz. Ella no mencionó a Trilce, lo que Ventura halló sorprendente e incluso perverso.
Regresó a casa y escribió treinta páginas en las que contó el primer encuentro con Irgla, el asunto de su mística sensualista, sus fachas de Ladi Di, las poses de hija dilecta de lo mejor de la sociedad regiomontana. También hizo el inventario casi bíblico de sus mujeres adI (antes de Irgla) y los recorridos de escritor famoso y relegado. Al final dijo bravo, se aplaudió a sí mismo y decidió salir a ver el mundo.
En el mundo (en La Parroquia, ¿dónde más? En el año de gracia de 1983, en la ciudad de Xalapa, no había otro sitio para los solitarios) se encontró de nuevo con Bárbara Blaskowitz.
-Te tengo una noticia -dijo tan fresca, tan parecida a su futu­ro-.   No sé si buena o mala. Me voy a Europa en diciembre. Y cuan­do regrese…
Lo obvio, lo diplomático, hubiera sido preguntarle con quién  y a qué. No lo hizo. La prudencia nunca echa raíces en tierra bronca. Ventura permaneció en silencio. En efecto: no sabía si era buena o mala noticia. Meditó un instante. Le fue imposible armar un gesto de aflicción. Sonrió de una manera que quiso ser triste. Lanzó el último suspiro de sus vacaciones. La vida era generosa. Se renovaba constantemente.
 

Los buenos violines

Pero no viajó a Europa. Permaneció en Xalapa cumpliendo con su papel de Venus de Milo animada y con brazos. ¿Crees que puedo irme sabiendo que andas olfateando los huesos de mi Trilce?, dijo. Ventura frunció el duro ceño y prefirió callarse lo que pensaba: se peleó con el millonario de turno y éste retiró la invitación a visitar museos de Florencia y lugares de escándalo en Hamburgo. Se despidieron con un beso fraterno.  Ventura regresó a su cueva y releyó sus notas iniciales en el cuaderno de contabilidad: Me sucede con las mujeres lo que me pasa con los buenos violines: no puedo ver uno sin desear tenerlo entre mis manos, observar el tipo de madera, sentir la textura y gozar el brillo del barniz, oler su  cuello, su superficie, su interior, buscar la marca, indagar el origen, mirar en su intimidad, tocarlo si es posible, titubeante al principio, luego conmayor confianza y reverencia, afinarlo teniendo cuidado de no reven­tar las cuerdas, lanzarme a la aventura de emprender una escala elemental, después notas difíciles, golpes de arco intrincados, agresi­vos o acariciantes, para sentir el disfrute que proporciona la vibración extendiéndose del brazo a la mano, de la mano al arco, del arco a las cuerdas, de las cuerdas al puente, del puente a la base, de la base al alma, del alma a todo el cuerpo del violín y al resto del mundo. Cada violín tiene su gracia y su arcano. Mi violín poco placer puede darme. Es un humilde instrumento firmado por F. Heberlein, que a lo más tiene 150 años y fue fabricado en serie en Markneukirchen, pueblito poco mencionado de Alemania. Tiene un gran clavo en el gaznate, un trozo de lápiz en lugar de alma y la cuerda de sol vibra de manera antinatural. Aparte de ello padece de grietas en el cuerpo y de un puente demasiado bajo. Estoy seguro, puesto que la experiencia me lo ha enseñado, que con un buen instrumento puedo interpretar música amable. Y con una buena mujer cultivar un buen amor.      ¡Pa­labras, palabras! El sentido estaba en otra parte. Se rascó el occipucio, le dio su lechita a Atenea y se dispuso a regresar a la vida real. Llegó a la oficina a las doce. Llovía a cántaros, como si desde arriba un mi­llón de orates villanos se entretuvieran meando helado sobre el mun­do. Escribió una carta a su madre anunciándole que tal vez decidiera mudar su cuerpo a Managua. Siempre le prometía lo mismo. Leyó un par de capítulos de la novela de un novato que aspira a ganarse un concurso chico. El amigo tímido -su jefe en la oficina: otro pariente de Kafka- es jurado y quiere auxilio. ¿Valdrá la pena darle el premio a esa novela, que es, por decir algo decente, bastante mediocre? Es que, según parece, no hay otra mejor. El dilema de siempre: no se premia lo mejor, sino lo menos malo. El amigo tímido es poco hablador, puede ser ingenioso. Parece carecer por completo de don de mando, pero la verdad es que no le interesa ejercerlo. Es afectuoso, sencillo, de modo que sus subordina­dos le obedecen incluso si no da órdenes: generalmente apenas sugie­re. La mitad del tiempo de oficina la pasa escondido, acomodándose los huevos, mirándole las piernas a la secretaria Chío, tramando sus novelas, buscando sinónimos en su gran dic­cionario y haciendo gestos de desesperación cada vez que lo llama el rector de  nuestra universidad. No quiere atender al batallón de ociosos que lo visitan para hacerle perder el tiempoo pedirle que les publique sus textos engolados, lle­nos de mayúsculas municipales y plagios desvergonzado.  En Xala­pa, que se ha llamado la Atenas Veracruzana se ha perdido la tradición de los siete sabios; ahora lo que existe son los siete farsantes, un grupo de ancianos retóricos que están en todas las fotos y celebraciones. Cada uno de ellos ha escrito más de diez libros, en los que se retratan ellos mismos y repiten hasta la náusea sus haza­ñas intelectuales, que les sirven para deslumbrar a los políticos iletra­dos y cobrar sueldos de magnates, sin hacer otra cosa que rascarse el ombligo y posar para las fotos. Todos han mandado esculpir sus estatuasy están esperando la oportunidad de agraviar las calles de la ciu­dad con sus ignominias, escribió.
El amigo tímido todo lo pide por favor, de manera indirecta, co­mo si temiera ofender. Detesta los horarios y se hace el de la vista gorda para que cada quien tenga las libertades que no hay en otras de­pendencias de la Universidad. Es el jefe ideal. Respeta las ausencias y las debilidades de cada uno de sus empleados. Sabe que Venturaes disciplinado y cumplidor, aunque vive metido en sus escritos y enfan­gado en problemas de faldas y anuncia una nueva obra maestra cada seis meses. Aparte de todas las virtudes del amigo tímido, Ventura re­conoce en él a un buen escritor.
 

Rocío

Con el lecho todavía húmedo por el rocío, Venturaescribe lo que considera líneas trágicas. Amanece. Anoche, al calor de lo que pare­cía, de nuevo, el amor (conciencia e inconsciencia estuvieron hablando cara a cara, sin agredirse, y parece que llegaron a un acuer­do provisional) el osado le dijo a la señora Blaskowitz, clara y sucinta­mente, que la quería. Se lo dijo, y dos veces, para que no hubiera du­das: Estoy seguro de que te quiero y sospecho que te amo. Su reacción fue normal. Se vistió y se fue, no sin antes decir que los delirios literarios y la borrachera mortal le habían ocasionado fiebre cerebral. Espera que pase una semana y comenzarás a estudiarme como si fuera uno de tus horribles personajes literarios, dijo: Ya me han dicho que uno de los fantoches de tu novelucha por entregas se parece a mí.  Bárbara llegó a  sus conclusiones  tras escuchar la lectura del cuento más reciente, el de McClue.  Ese McClue es un depredador, dijo. A mí me parece un personaje bello, la exaltación del desafora­do de la imaginación que todos llevamos dentro. Cómo no va a parecerte bello, si es tu retrato. McClue eres tú, depredador, Ventura, eres un Calígula. Sólo puedes amar con los sen­tidos. Destruyes a la gente para ser feliz. La utilizas, la haces pedazos. Conmigo no has podido porque soy demasiado fuerte. Mientras más impíos y destructivos sean los escritores, más éxito tienen. Es la moda de la literatura contemporánea. Ser optimista es un pecado, dijo Ventura. Duele tener fe, contestó Bárbara.
Los sueños son el moralista hipócrita que todos llevamosdentro. Hay que asumirlos como productos estéticos y reírnos de sus mensa­jes, pensó escribir Ventura. El parlamento de la señora Blaskowitz no lo sorprendió en lo más mí­nimo: la misma escena, las mismas palabras,, los había vivido cinco o seis veces, no sólo con Bárbara y con la Princesa, sino  con Irgla. Incluso la pensaba usar en la novela   que algún día tenía proyectado escribir sobre el-gran-­amor-de-su-vida. Podría ser un buen final.¡Irgla, Irgla!, el mejor violín de Cremona que nunca llegué a tocar con deleite. Lo tuve en mis manos temblorosas y no fui capaz de extraer las armonías sobrehumanas que podría alcanzar. Leyó de un libro que le había prestado Trilce: Un violín no tiene menos de cincuenta y ocho partes y lleva más de un siglo pa­ra que alcancen un acuerdo, de modo que el instrumento se convierta en una suma orgánica y dé lo mejor de sí, cuando su madera haya se­cado y la vibración corra por su cuerpo con la libertad del viento so­bre el desierto. ¡Cómo iba yo a poder interpretar a mi esposa, mi violín de Cremona, si apenas estaba comenzando a vibrar su alma cuando escapé de ella como un endemoniado.  
 Cuando Bárbara terminó su espectáculo e hizo su salida marcial, Ventura consideró la situación. Habían hablado como nunca antes y llegaron a sentirse a fondo, casi a entenderse. En un momento pudo sentir con claridad y evidencia, que Bárbara se ablandaba y lo bañaba al con una ambrosía cálida y agradecida. Antes hubo una discusión, un deslinde de territorios, un ataque sin cuartel, de parte del macho, que ocultaba acaso que iba a terminar rindiendo sus banderas (Comprobado: los mejores orgasmos son los que se alcanzan después de las riñas más encarnizadas. Bien decía He­ráclito que el hambre es condición de la saciedad y que si no sufriéra­mos el frío no podríamos apreciar el calor). Eres una mujer inflable y desinflable, le dijo; eres un conflicto bípedo, agregó; eres bella por cualquier extremo, pero hay algo en tu comportamiento que no me inspira confianza; nuestro amor sólo podrá sobrevivir en la oscuridad, en el anonimato (lo que era verdad en dos sentidos: Bárbara exigía que antes de cualquier acercamiento erótico se apagara la luz, y siempre negaba en público que existiera alguna relación entre ella y Ventura).  La señora Blaskowitz contraatacó: dijo que bajo la aparente capa de indiferencia que él usaba como atuendo cotidiano, había otra capa, de amante oficioso, y más allá, otra, de hipócrita, bajo la cual estaban la de calculador, la de falso erudito, la de cosmopolita de la miseria. (Asombro: no deja de ser ingeniosa la combinación; por lo menos la Princesa la aprobaría), y en el puro fondo, allá donde no podía mentirle a nadie, lo que en realidad se ocultaba era una necesidad de experimentar con la gente, de usarla no sólo para los deleites de la ca­ma, sino como fuente de inspiración-“intspiración”, pronuncia Etel­vina”- literaria y, lo peor de todo, como máscara para ocultar un vacío, un abismo, una incapacidad de apasionarse por nada. Declaró tétricamente: Estás solo, Ventura, completamente solo, y nadie te va a salvar de eso, porque tu soledad se basa en el convencimiento de que no existe una sola persona en el mundo que alcance tu estatura. Señaló que la vanidad era el motor de todos sus actos, y que bajo sus escritos no había ni una sola verdad, ni una sola indagación auténtica, pues lo único que perseguía eraimpresionar al lector, deslumbrarlo, para que no buscara nada, ya que en verdad no había nada que hallar, en su literatura, claro, pues en la realidad había signos a granel, ma­nantiales inmensos de esencias y sustancias. Su conclusión fue que Ventura era radicalmente perverso, pero con una perversidad ligth, diferente a la del Marqués de Sade, puesto que era menos sincera y estaba basada en un puro instinto que carecía de fundamentos teóricos. Y súbitamente preguntó:
-¿Te gustaría que en lugar de ser esta mujer casada y divorciada, con hijas, grande, tonta y sentimental que soy, me hubieras conocido casta y hubiéramos llegado al altar escuchando un coro de ángeles?
Ventura sintió al responder que estaba a punto de apretar el gati­llo de una pistola que apuntaba justo en medio de su bóveda  palatina, con trayectoria rumbo al corazón del cerebro.
-A mí, sí. Y ¿a ti?
-No.
Dijo que no. Ventura entendió: sus hijas -la imagen de La Primavera de Bot­ticelli, ¡Trilce, Trilce!, pasó aleteando y fue como una densa som­bra de luz que le bañara los ojos-, el respetable ex marido, sus ami­gos, sus ex amantes que creía secretos, el prestigio de mujer conocida por todos, su rostro adorado por el público que la seguía en todos sus programas de televisión aunque le importara un sacrosanto rábano lo que dijera, su leyenda de dama fatal, voluble, y paradójicamente intacta, pesaban como una lápida, como la gran Torre Eiffel de Xalapa, y ella no esta­ba dispuesta a renunciar a su leyenda. La señora Blaskowitz esa noche se había transformado en una esfinge. Como la primera vez, fue definitiva y abiertamente dominante. A hor­cajadas sobre el cuerpo de Ventura, que yacía de espaldas, levantó su torso alto y sus senos de maravilla. Y allá en la semi penumbra, su rostro bellísimo, orlado por el arcano de su cabello de un color rojo intenso que aun en la oscuridad lanzaba destellos, confi­guró la imagen viva del animal hembra que cabalgaba sobre la humil­de y servicial bestia macho, en una carrera desenfrenada en contra de la verdad que tanto había pregonado segundos atrás y a favor del pla­cer, en contra de la trascendencia y a favor del instante.  Ventura arriesga la suposición de que ella gozó a fondo (Uno no sabe a ciencia cierta lo que se mueve en las entrañas del abismo de las mujeres: generalmente dicen haber alcanzado el orgasmo para no sentirse humilladas, y en ocasiones, cuando lo alcanzan, niegan, por la misma razón, o para no dar armas al enemigo, que les haya pa­sado algo que no sea el vapuleo corporal. Para la mayoría de las muje­res el logro del resplandor es más difícil, puesto que tienen que sentir un amor vehemente en el momento de entregarse; para los hombres muchas veces el impulso bestial es suficiente y por eso la carne nueva nos proporciona mayor deleite. He aquí la gran paradoja de la condi­ción humana: mientras para el macho la novedad es indispensable, pa­ra la mujer lo fundamental es la costumbre, la certeza, el arraigo. Por ello es que el amor, en el hombre, más allá del enamoramiento inicial, es una falacia, mientras que en la mujer es una realidad superior a cualquier quimera. De ahí que el amor de los hombres, como senti­miento raigal, sostenido y a largo plazo, sea la más grande impostu­ra, escribió. Luego, tras meditar un instante, concluyó: Y sin em­bargo el buen músico no se prueba con cualquier instrumento. Sola­mente con el que le corresponde en el concierto de los mares del tiempo, con el suyo esencial, al que ha sometido a los rigores de los mortales ensayos y las escalas infinitas, solamente con ése alcanza la brillantez más cercana a la perfección, pues llega a conocerlo de tal manera, que resulta ser una prolongación de su cuerpo y de su espíri­tu, y tanto es así, que muchos intérpretes han comenzado su declive hacia la muerte tras perder sus instrumentos favoritos).
No hay duda. Anoche Bárbara Blaskowitz gozó por primera vez con Ventura. Y ello la aterrorizó. Por eso salió corriendo.
-Todo menos enamorarme de un animal como tú.
Aunque lo dijera en broma, estaba hablando en serio, pensó Ventura.
La señora salió sin prisa, convencida, como de costumbre, que ése sería el último encuentro. Dejó en la oscuridad perfilada su esfinge de león con las manos como garras sobre el pecho de Ventura.
El amoroso permaneció acostado, sonriendo, mientras acariciaba a Atenea. Ni siquiera intentó pensar. Esperó unos minutos y salió a llamarla por el teléfono de monedas cerca del DIF.
-Tengo algo urgente que decirte -tomó aliento, escuchó su res­piración furiosa-. No cuelgues. Es sobre Einstein. Resulta que el de­monio va a llevarse a Einstein y éste le pide un plazo para terminar sus investigaciones. Le solicita un mes. El diablo, irónico, le respon­de: “Pobre hombre: pides un mes. ¡Si supieras que un mes, un año o un siglo de tu vida o de la vida de cualquier ser humano, pesa lo que pesaría un grano de arena en el volumen indecible de las playas y de­siertos de los billones de cuerpos celestes!”
—Apura, que ya va a amanecer -dijo Bárbara, aunque era nota­ble que estaba interesada en el desenlace de esa pequeña historia.
—Einstein responde: “Entiendo lo que dices pero no lo comparto. Tu lógica, la lógica de Dios, es la lógica del infinito; mi lógica es la de lo limitado. Un mes de mi vida, ante mis propios ojos y ante los de mis semejantes, importa tanto como toda la existencia de Dios”.
-¿Y?
-Así, para mí el instante que acabamos de vivir importa tanto como una vida. Yo no pienso en el infinito; sólo en el presente. No pienso en los instantes como posibilidades de ahorrar dicha para gastarla en el momento en que pueda comprar una gran casa: la del verdadero, absoluto y definitivo amor. Todo amor debe ser el más grande. Sólo existe el presente.
A su discurso, que Ventura sintió profundo, sincero y conmove­dor, Bárbara respondió con cansada y fría indignación:
-Eso se llamavenderse al menor precio y al primer postor.
Luego hiló un rosario de insultos que sólo concluyeron cuando Ventura colgó el auricular.
¡Cómo no recordar a Irgla, maestra sin par de las ofensas!
Del Autor
Marco Tulio Aguilera Garramuño
(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía "El libro de la vida", cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.

Marco Tulio Aguilera

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