Traiciones



La Gran Humildad

Un capítulo escogido al azar de mi novela inédita El sentido de la melancolía

Teníamos todo para ser felices. Me convertiste en una más de tu larga lista de putas, dice. Un persistente dolor de cabeza lo ataca. Ya lleva varios días. Teme un derrame cerebral. No está dispuesto a permitirlo. Hay que aguantar. En una de esas noches de torturadas cadenas de pensamientos nefastos llegó a la conclusión que había utilizado más de cien mujeres y a todas las habían traicionado. Sé que estoy agravando mis complejos de culpa, que debía vivir sin tantos reconcomios, pero me es difícil. Ya nadie me quiere. No respondo los correos electrónicos de nadie. Estoy clínicamente y socialmente muerto. Atanasia a veces me pregunta: ¿Será que alguna vez volveremos a nadar, a correr por la playa, a bailar apretados entre la multitud dándonos un beso de fin de mundo, volveremos a ver un rayo de sol entrar por la ventana mientras hacemos el amor teniendo la conciencia o por lo menos la sospecha de que estamos sembrando un hijo? Yo le respondo: Vamos a volver a hacer todo lo que antes hacíamos. Seremos felices por las buenas o por las malas. Aunque Dios se oponga volveremos a entrar en el paraíso. Eres un hereje, me dice, pero creo que estoy de acuerdo contigo. Mi pobre sexualidad está convertida en uno de esos basureros a cielo abierto que exudan pestilencia y escurren sustancias de corrupción. En una ocasión aferrándome al cuerpo destrozado de mi Atanasia me dejé ir. Creo que ella no se dio cuenta o por lo menos tuvo el tino de retirarse al baño un segundo antes de mi desfallecimiento. (Luego me reprocharía el querer usarla cuando estaba remendada del cuerpo y del alma.) Y con su vida pendiente de un hilo, Atanasia sigue pensando en los demás: quiere ir a la capital a buscar unos documentos necesarios para asegurar médicamente a su madre. Quiere mediar en los conflictos de sus hermanos con sus mujeres, quiere irse a cuidar a su amiga Francia y a arreglar los conflictos entre sus dos amantes. Atanasia ha vuelto a ser cosida y recosida varias veces. Parece que ya está casi curada de la herida grande, las costuras sobre y bajo sus ojos fueron tan bien hechas, que ahora parecen maquillaje natural. Sus ojos han vuelto a recuperar parte del fulgor, que era quizás lo más agraciado de su encanto. Entregó el apartamento de Ciudad X. Los meses que lleva recluida recuperándose en Xalapa la han hecho temerosa. No sale a la calle si no es acompañada. Su religiosidad se ha acentuado y se está transformando en una especie de fatalismo. Atanasia le reprocha a su marido que ya no rece con ella. El escritor huye a las diez y media de la noche a recluirse en su habitación, con su té de corteza de Perú y sus pastillas. Cuahutémoc, uno de la tribu de los diez hermanos de Atanasia, fue en la camioneta, la limousina la llama Cesáreo Victorino, a Ciudad X y trajo todo lo que habían llevado. Entre el caos de objetos Ventura rescató la televisión y el DVD, que instaló en su caverna y que lo ha acompañado y le ha ofrecido la visita de algunas entidades que lo ayudan a sobrevivir y a creer que todavía está vivo. La ruina moral de la familia de Atanasia es deprimente: Cuahutémoc se separó de su nalgona mujer tras descubrir que le era infiel con una vecina; Moctezuma Xocoyotzin, ya de casi 50 años, huyó de su esposa, una rubia espectacularmente vulgar y adicta a lujos fáciles y a los puñales; Cuitláhuac, cerca de los sesenta, ventrudo y desidioso, dilapidó todo lo que tenía en Puerto Vallarta, repudió a su familia: los tres llegaron casi simultáneamente con la cola entre las patas a pedir refugio y consuelo a la casa de su madre. Me aguanto un hijo pródigo, comentó doña Enedina, pero no tres huevones que se la pasan como vacas echadas en la sala mirando la tele y rascando las ollas por las noches. Y ahí está la anciana, cocinando, cuidando, aconsejando a sus tres hijos fracasados, que por añadidura, son adictos al alcohol y se las pasan en francachelas y cantando rancheras de despecho. Entre los tormentos de Atanasia se halla el tener que escuchar a su madre que tarde a tarde le viene a contar sus penas. Y así como la anciana, visitan a Atanasia otras mujeres que han sido traicionadas por sus esposos, una de ellas, Francia, que tras el atropello (esto que escribo sé que es francamente caótico: en algún momento Atanasia y Francia iban atravesando una calle de Ciudad X: salió un auto fantasma de la nada y las atropelló), comenzó a engordar, lo que no pareció desagradar a su anciano y rico protector, don Rico Mac Pato. Francia afirma ser una mujer profunda y trágicamente desgraciada y sin embargo se ríe constantemente. Además del anciano amante, al que llama Rico Mac Pato, que le da dinero, autos y casas, Francia sigue haciendo desmanes de lujuria con el que llama su Schwarzenegger, joven impetuoso, pesista, entrenador de aeróbicos, que le susurra al oído qué puedo hacer, miamor, si me gustan las jamonas. Francia se ríe: las gorditas tenemos nuestro pegue. Atanasia se carcajea sosteniéndose los intestinos, no vaya a ser que se le escapen por las costuras. Y entre esas dos relaciones Francia vive en una constante neurosis, que la hace comer compulsivamente y que la obliga a cambiar la talla de su ropa mes a mes. Y aun así, gorda, gordísima, dice que su amante viejo la idolatra y la sigue apabullando con regalos y que su amante joven convierte su cuerpo en una Disneylandia de placer. Así llenita como estoy y más cosida que una colcha de retazos, mi campeón me da mi medicina diaria y me hace gritar de felicidad mientras mi millonario de cabecera firma cheques y pone cara de menso. Despierto con la garganta seca y amargura en la boca. Sigo cumpliendo con lo básico. Ático no pasó el examen en la universidad. Dios, sigo creyendo en ti, aunque tenga algunas dudas doctrinarias: ¿por qué la prohibición de la satisfacción personal? ¿Por qué el anatema sobre homosexuales y lesbianas? ¿Cómo puede un dios piadoso aceptar la existencia del infierno? ¿Una eternidad de padecimientos por unos añitos de desafuero? ¡Absurdo, ilógico, Señor! ¿Son en realidad los criminales y los pecadores responsables de sus actos? ¿Es que acaso no se va configurando el futuro en el pasado, de modo que de alguna manera estamos obligados a hacer lo que nos toca? Acaban de legalizar el matrimonio entre homosexuales en España. Tragedias por todas partes. Auto bombas en Irak día tras día, inundaciones en varios países, ejecuciones incontables en el norte de México, siete cabezas son lanzadas a una pista de baile en Sinaloa, mujeres asesinadas y violadas en Ciudad Juárez, en Estados Unidos un pastor evangélico anuncia el fin del mundo, en Colombia un hombre dice ser Cristo y tener 2005 años, los narcos contratan a niños como sicarios, les pagan mil pesos por muñeco muerto, hay pronósticos de huracanes para los próximos meses en el Caribe, tifón arrasa el sur de China, la tierra entera está acribillada por fallas geológicas que un día pueden abrir la gran manzana del mundo como si fuera un enorme cráneo que dejará al aire y al viento borrascas de fuego, ceniza, piroclastos y lava. Todo verdor perecerá y del hombre no quedará ni el recuerdo. Lori, la sobrina más aventajada de Atanasia, otra que se pasa la vida riéndose, dice que no viene a esta casa porque aquí se respira un aire de muerte. Le dije al oído una estrofa del poeta Hierro y la ha tomado como consigna que repite a todas horas: Serenidad para el muerto. Yo estoy vivo y pido lucha. 18 de agosto del año X. Salió el sol. ¡Salió el sol! Literalmente salió el sol. Después de un día lluvioso, en el que me sentí el más miserable de los hombres, asomé la cara bajo las cobijas y brillaba un sol espléndido. Fui el primero de la casa en levantarme, le preparé café a Atanasia, también un emparedado de jamón, tomate y nopal, se lo envolví en una servilleta y lo metí en una bolsa de plástico. Asistí a Ático en su desayuno. Acompañé a Atanasia a la puerta y la vi alejarse en su flamante auto, podrá estarse muriendo, pero viste como una modelo, mantiene su auto deslumbrante y luce ante el mundo un rostro de dicha. Me puse mi uniforme deportivo y fui a jugar. El primer día de mi regreso al mundo fui derrotado con facilidad por Herman. El segundo día, el muchacho, tiene 17 años y es una caña de bambú, flexible, alto y fuerte, tuvo que hacer un gran esfuerzo para derrotarme. Tres partidos a dos, con marcadores muy cerrados. Sí, estoy de regreso. No sé cuál sea la clave. Tal vez el hecho de que ya no duerma tanto. Tal vez las medicinas terminaron por hacer su efecto y mi cerebro comenzó a segregar alguna sustancia misteriosa: la del entusiasmo, la del deseo de vivir. Y no es que las cosas hayan cambiado en casa ni que el mundo haya mejorado. Sigue igual de siniestro e impredecible. Atanasia no ha comido en tres días. El que ha levantado la cabeza soy yo. Pase lo que pase no seguiré arrastrando los pies. No bajaré la cabeza. Llamé a radio y pedí que programaran los caprichos de Paganini y especialmente la Campanela, música con la que iniciaba mi programa La loca de la casa, hace ya 25 años, al lado de Bárbara Bláskowitz. El locutor sólo dijo mi nombre, no mis apellidos, no sé si por alguna prevención o porque consideraba que Ventura sólo hay uno en esta ciudad. Tal vez esté regresando mi paranoia previa a la melancolía, cuando me creía el escritor del cuerpo perfecto y el candidato ideal para el Premio Nobel. No quiero volver a ser el mismo de antes. Quiero corregir los errores que he cometido. Quiero ser un hombre leal y confiable. Quiero conquistar La Gran Humildad. Ayer preparé un caldo de costilla con verduras que quedó exquisito. Atanasia no lo probó. He aquí una paradoja, no me canso de repetirlo: mientras más problemas tiene, más bella y esbelta se ve. Se viste con un primor de muñeca, así le dice el loco, Muñeca. Parece una modelo, una barbie. Usa ropa ceñida, pants deportivos, blusas multicolores: Liz Clarirbone, Nike, Victorias Secret, siempre lo mejor. Su rostro luce una sombría nube que no se disipa nunca y que le da un aire aun más inefable. ¿No te has dado cuenta, bestia humana, de la expresión de tristeza que carga tu mujer?, escribió el criminal en una nota. Se nota que es una hembra mal cogida, pendejo. Ya casi se le borraron las cicatrices de los párpados. En el bajo vientre le quedó una espantosa huella enrojecida que va de un lado a otro, hasta hacerla parecer una mujer bicolor partida por la mitad. Este es uno de sus chistes amargos: soy como el correcaminos, al que lo atropellan trenes, camiones, le explotan bombas, y sigue en pie corriendo rumbo a su meta y emitiendo su alegre bip-bip. Ático está cada vez más contento con sus estudios, es el extremo izquierdo de tres equipos de segunda. Entrena hasta la extenuación. Ya estoy haciendo planes en grande. Quiero dar clases de inglés, quiero que rentemos mi estudio, quiero que vayamos a La Antigua y a Playa Paraíso el fin de semana. Lo que antes me parecía imposible hoy resulta fácil, natural. Fui al banco y retiré los últimos trescientos pesos que tengo. Con ellos pienso financiar el paseo de fin de semana. Me doy cuenta que en los años pasados me convertí en un inválido mental, fui el hazmerreir de esta ciudad. Este renacimiento parece un milagro y pienso que los dos rosarios que pronuncié el día que amaneció lloviendo surtieron efecto. Dios, ayúdame a no olvidarte. Ayúdame a conservar la humildad, La Gran Humildad, para llegar a ser un buen esposo, un buen padre, un buen amo de casa. Lo demás será ganancia.

Marco Tulio Aguilera

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