Otro lunes 31

Ya salió el número 31 de la revista Otro lunes, que publica Amir Valle en Berlín. Incluye un dossier sobre Enrique Jaramillo Levi, un capítulo de La sangre del tequila de Félix Luis Viera, mi habitual columna, ahora dedicada a mi regreso a San Isidro de El General en el 2012 y un fragmento largo de mi novela inédita La insaciabilidad...
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Regreso a San Isidro de El General

Unas páginas de Mi querido Diario

14 DE AGOSTO DE 2010. Escribo en el vuelo de Mexicana rumbo a Costa Rica acompañado por L, que desde hace varios años va conmigo como una sombra protectora a todas partes. El año pasado estuvimos en Medellín casi quince días pero no conté bien la experiencia, pues hubo asuntos desagradables en ese viaje que preferí por una vez guardarme. Recibí en Medellín el afecto de mucha gente y supe que había personas que leían mis libros y que incluso se sabían mis cuentos de memoria. Lo que soy el día de hoy, bueno, malo y más o menos, productivo, feroz, crítico, vanidoso, voluntarioso, admirador de la belleza, lector voraz, estudioso de todo lo existente, aventurero, soberbio, buena gente, honrado, sincero –eso digo yo, habrá que ver qué opina le gente–, todo lo que soy tuvo su semilla en un pueblo-ciudad de Costa Rica que se llama San Isidro de El General: allí tuve todos mis estrenos, incluyendo uno fundamental en el Bar Tico, leí todo Dostoievski, Miller, Las Mil y una Noches, Vargas Vila; allí recibí clases de Vilma Alfaro de Vega y de don Danilo Salas y de Lindor; allí gané mi primera carrera atlética compitiendo ni más ni menos que contra Rafael Ángel Pérez; allí tuve una existencia silvestre en el río y conocí a las mujeres más bellas del mundo, que siempre estuvieron lejos de mí y cerca de los que montaban espléndidos caballos. Allí, en San Isidro de El General, comencé a escribir y gané mi primer concurso literario con una caprichosa y apasionada Biografía de Beethoven: el premio fue escuchar la Novela Sinfonía en el Teatro Nacional de San José (recuerdo que la escuché en el gallinero del Teatro, enfundado en un traje de paño negro grano de pólvora que me regaló el señor Rossi, dueño de la fábrica de fideos en donde trabajé empacando tallarines; recuerdo que mi madre recibió el traje de regalo y le pidió a un sastre que lo redujera para que se ajustara a mi cuerpo de quince flacos años). Hicimos el viaje de San José de Costa Rica a San Isidro de El General, el pueblo y el espacio donde se desarrolla mi primera novela, por la carretera en la que hace casi cuarenta años, cuando era un adolescente flacuchento y fanfarrón trabajé como timekeeper. Gran emoción sentí recorriendo mis viejos territorios. San Isidro de El General ya no es el pueblo de 6000 habitantes que habité hace décadas sino una ciudad de más de 60 mil, con supermercadoss, una gran autopista que ya tiene 70 muertos por mes, infinidad de deslumbrantes iglesias de sectas extravagantes, varias universidades, muchos edificios nuevos… pero, sigue siendo una ciudad llena de mujeres de belleza que causa espanto a los hombres e infarto a las esposas y con una enorme cantidad de prostitutas. Mario, nuestro conductor y guía, nos señaló una puertita, apenas a ciento cincuenta metros de la catedral. Frente a ella había una fila de ancianos como la que se haría en México para comprar tortillas. Sentada en el quicio de la puerta una bella chica de ojos verdes, que apenas tendría 17 años. -Esa es la que se llama “La Casa de Los Viejitos” -dijo Mario-, se atiende solamente a ancianos. Son campesinos que vienen de la montaña a buscar su dosis de placer. La puticas los atienden a bajo precio en cuartitos minúsculos en sesiones de diez minutos máximo. Y a ese pueblo-ciudad es a donde vine a ir a dar conferencias sobre Breve historia de todas las cosas, novela que escribí hace más de 35 años, una novela en la que yo describía a las lindas putas y al sargento y a las bellas del pueblo, y al padre Coto y a don Danilo y a la Sietecolores y a la Musoc … Esa novela fue publicada por Ediciones La Flor en Buenos Aires cuando yo tenía 24 años, luego tuvo un tiraje de 25 000 ejemplares en Plaza y Janés en Colombia, le gustó a García Márquez, recibió el Premio Aquileo J. Echeverría, fue declarada novela post moderna y fundadora del post boom, fue criticada, censurada, alabada, acusada de plagio. El título de la obra –Breve historia de todas las cosas– fue usado por un filósofo norteamericano de apellido Wilbur, que según parece ha tenido buen éxito… Y por esa novela es que ahora estoy regresando a San Isidro de El General y a Costa Rica. Como recuerdos enquistados sigue habiendo en San Isidro algunos lugares que fueron claves en mi vida: el Prado Bar, El Bar Tico, donde conocí el terror de los primeros placeres, el Liceo Unesco, la Escuela Normal. Primera conferencia en Pérez Zeledón (otro nombre que se le da a San Isidro): en un enorme auditorio había unas cincuenta o cien personas que escucharon mis palabras como quizás ningún otro público del mundo podría hacerlo. Ahora, cuarenta años después de mi salida de San Isidro, he regresado con treinta o cuarenta kilos de más, con cuatro décadas agregadas a mi humanidad. Cariño inmenso sentí de aquellas personas que me escuchaban con fervor. Ellos me recordaban a mí, yo a ellos; era como si nunca me hubiera separado de mis sanisidreños; como si en lugar de haberme ido a Colombia, Estados Unidos, México, hubiera permanecido sentado en el parque, hubiera seguido jugando mejengas de basquetbol en el Prado Bar y siguiera añorando siempre una mirada de las hijas de doña Lala, las cuatro mujeres más bellas que se pueda imaginar, hijas de Pinga de Oro. Por la noche volvimos a comer arroz con pollo y tuvimos una hermosa noche, una noche memorable y significativa. L, mi máneger, mi esposa, había escuchado mi conferencia sin el gesto de escepticismo que habitualmente usa en mis presentaciones. Ella ha escuchado mis historias mil veces y le sucede lo que le sucede a Mercedes Barcha cuando escucha (cuando escuchaba) a García Márquez: no le hacen gracia. De alguna manera el hecho de que L visite conmigo mi pasado la estaba haciendo comprender lo que yo soy. Por lo menos eso espero.

Marco Tulio Aguilera

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