Herralde, Divinsky, Poniatowska, Krauze, Hilton. Crónica de la Feria de Guadalajara, VI

Casi toda la Feria me la pasé metido en el restaurante del Hotel Hilton y me di cuenta de que puedo fingir ser millonario con mucha facilidad: no dudo que se la creyeran: supongo que se preguntaban: ¿y es quién es ese misterioso personaje? ¿no será un famoso escritor de Ulán Bator? 
Eso era un desfiladero de eminentes: Vargas Llosa, la Poni, Krauze,
Alessandro Baricco, Jorge Herralde, Daniel Divinsky, Fernando Vallejo, Pilar Reyes, editora de Alfaguara global.

Y yo fingiendo indiferencia: ni los determinaba.

En las filas del aeropuerto ya de regreso a Xalapa estoy leyendo Trancapalanca de Elmer Mendoza: la palabra que por ahora me lo define es: divertido. Ayer estuve en el stand de Tusquets hablando con el interfecto: como siempre muy cordial, aunque en pasada feria le dije que su literatura avanzaba a pasos agigantados hacia el galimatías. En este breve, brevísimo libro, Trancapalanca (me encanta el título) la sencillez lo hace agradable.
Sucede con muchos autores que reciben premios importantes, que comienzan a publicar todo lo que tienen en los baúles y comienzan a perder los lectores que ganaron. La lista de nombres es larga pero pueden ustedes mismos hacerla. Pocos son los que se resisten a publicar sus desperdicios.

Algunas anécdotas: un lector enamorado de una argentina que dice que yo soy su escritor favorito, compró todos mis libros y estuvo buscándome, hasta que me cazó a la salida de la conferencia de Vallejo. Lanzó un grito al verme.

Cuatro estudiantes de secundaria que no completaban para comprar mi novela del Amazonas estuvieron rondando el stand de la BUAP, donde yo estaba firmando libros, hasta que les pregunté cuánto les faltaba. Les di ¡ocho pesos! Se tomaron fotos conmigo e hicieron una rifa para ver quién lo leía primero. Una señora con un bebé bellísimo que pedí tener en brazos, compró cinco libros. El bebé es un muñeco perfecto: pronto subiré fotos.

Lo del hotel Hilton estuvo genial. Pasaban en filita los santones de la cultura (Krauze, Poniatowska, Vargas Llosa, Marisol Schultz -ella me conoce y prefieres esquivar el bulto y se sabe por qué) y me miraban extrañados, tal vez preguntándose si yo podría ser un genio de la república de Mongolia Central. El caso es que yo no estaba hospedado en el Hilton, sino en otro más modesto (pero no tanto: el Guadalajara Expo) pero iba a hacer mis reuniones con editores y agentes allí. Naturalmente me vestí ad hoc y utilicé mis mejores modales de millonario. Me di cuenta que me es fácil metamorfosearme en magnate. Pero no le digan a nadie.

Para mí acabó la FIL. Muy buena experiencia: no vine a figurar sino a marchantear con mis libros a ver si este provinciano jalapeño se internacionaliza un poco más más. Muy interesantes las reuniones con editores y representantes: la más dura de todas fue Nicole Witt, alemana, agente draconiana que no quiso hablar conmigo de ninguna manera. Supongo que le caí mal o que tenía caer rendida bajo mis encantos otoñales.

Y de toda la experiencia de Guadalajara atesoro fundamentalmente tres momentos: media hora de conversación con Jorge Herralde y su esposa; quince minutos con Daniel Divinsky, quien publicara mi primera novela en Buenos Aires; y un par de horas con mi  querido gran ex jefe, Joaquín Diez Canedo.

Marco Tulio Aguilera

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