Al borde de la muerte en Bogotá

Una página de mi Diario, 1977
Si alguien quiere tener una emoción apenas comparable a las de Indiana Jones en busca de la esmeralda perdida, tome un pesero en Bogotá. Los conductores manejan enfurecidos, viran, están a punto de atropellar a los transeúntes, se le cierran a los otros autobuses, gritan, pitan, escupen, lanzan maldiciones, cantan, cobran, se olvidan de mirar al frente, mientras escuchan en la radio cumbias y vallenatos a todo volumen. Aquello es una vorágine que quita el aliento. Los pasajeros se aferran a los asientos aterrorizados y si llegan al otro lado de la ciudad, se echan la bendición: otro día vivos. El tránsito es enloquecido, no hay reglas, no hay respeto, no hay moral, solamente enfebrecimiento, el bus sucio, la calle sucia, el aire sucio, un mundo en precario equilibrio en el que todos se han conformado por vivir así, al borde de la muerte, tanquiliamente. Yo me senté al lado del conductor e iba con el  aliento perdido, incapaz por completo de hablar, de protestar, mientras el conductor me miraba con sonrisa cómplice, al tiempo que le echaba el bus encima a un par de orates que platicaban tranquilamente a un metro de la banqueta, en pleno arroyo de circulación : "Si uno no está a punto de hacerlos caca, no se mueven", dice y me sonríe de nuevo. Cree que yo lo he convertido en mi heroe. Cuando debe detenerse obligatoriamente el conductor abate la cabeza, se le nota el cansancio y la impaciencia. En cuanto el semáforo cambia, tal parece que se abre una compuerta, el conductor aprieta los dientes, suelta el cloch, entierra el acelerador, vuelve a ser la fiera del volante. Cuando desciendo de la unidad, creo hacerlo muy cerca del apartamento de Nena, pero descubro que me faltan 20 cuadras. El hambre me muerde las tripas pero no me transo por cualquier cosa: quiero comer una auténtica bandeja paisa. Finalmente la hallo en un lugar limpio y bien iluminado, como diría el viejo Hem: fríjoles (con acento en la i) grandotes de color café, arroz, chicharrón, plátano frito, chorizo, una definitiva delicia, acompañada por una bebida que sólo existe en Colombia, el refajo: cerveza Bavaria con refresco Colombiana. Comiendo, descanso de la caminata y me siento con ánimo para reemprender el camino.
     Ya en el apartamento de la Nena me pongo a escribir y luego lavo los platos, saco la ropa lavada de la lavadora y la tiendo, pongo a lavar la sucia, tiendo las camas y recibo varias llamadas telefónicas. Una de X, quien se ha convertido en mi representante en Cali. Pide permiso para concertar entrevistas que le solicitaron de EL País, Occidente y la televisora local. X, esposa de mi hermano Gustavo, el empresario, anuncia que el futuro gobernador del Valle del Cauca está muy ocupado, pero que quiere hablar conmigo, aunque no puede hacerlo hasta el miércoles y que se ofrece a pagarme el boleto de regreso si me quedo. Le digo que es imposible aplazar mi regreso por compromisos contaídos previamente (la frase es de cajón pero inamovible para salir de apuros). X anuncia que los sobrinos han preparado un partido de basquet a ver si es cierto lo que digo, que le gané a la 21 a un jugador de la NBA (lo que es falso, naturalmente, pues mi amigo canadiense Mike mide uno noventa y es buen jugador, pero no llega a la NBA).
     Recibo llamada de Ramoncito, el músico que dice que me ama y que le importan un culo mis premios, y finalmente nos coordinamos para vernos. Me invitó a almorzar mañana. Ya no se muestra tan locuaz. Me pongo a corregir la edición ya agotada de Cuentos para después de hacer el amor y me hago el propósito de terminarla en una noche para entregar el libro mañana a Plaza y Janés. En un par de horas corrijo 70 páginas. Me interrumpe una llamada. Es Adolfo, el protagonista de mi novela Los placeres perdidos. Supo que estoy en Colombia. Nos ponemos de acuerdo para vernos. Tiene mucho que contarme y empieza a hacerlo de inmediato. Dice : "Le conté el mismo argumento de novela a cinco escritores diciéndoles que lo escribieran, pero les dije que era secreto. Espero que publiquen cada cual su propia novela". Dice el frenáptero que tiene muchas ideas para novelas. Una de ellas es la de un hombre totalmente desgraciado que de noche se sueña totalmente dichoso. Se alternan capítulos de vigilia y de sueño, desgracia y dicha. Adolfo y yo estamos muy contentos ante la perspectiva de vernos. Es la persona más digna de admiración que conozco. Con solo hablar me regala la novela de su vida.


Marco Tulio Aguilera

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