Una pequeña prueba de La insaciabilidad



Escogí unas páginas de mi novela La insaciabilidad, que saldrá publicada el próximo año.
 
Ya a bordo de Galileo hablaron:
  —He estado considerando nuestra relación y me di cuenta de que hay muchas cosas que no hicimos —en el campo sexual, completó Ventura entre sí—: no viajamos a playas solitarias ni paseamos por los Campos Eliseos de la mano, ni —se atrevió a lanzarse a fondo— hemos forni­cado de pie, con tus piernas ceñidas a mi cintura.
  —¿Como Brando y María Schneider en "El último tango en París"? — preguntó Ventura casi sin aliento.
  —Exactamente. ¿Crees poder hacerlo?
  —¿Dudas de mí?
  —Es que el hombre debe esforzarse terriblemente si la mujer es grande como yo. Pero supongo que debe proporcionar mucho placer.
  —¿Por qué?
  —Porque la mujer queda colgada del ojal en el clavo ardiente y ello debe rozar deliciosamente el punto de mira y el botón del placer.
  —Bueno, eso es algo que no hemos hecho —dijo Ventura—, como tampoco yo sentado y tú de espaldas ofreciéndome la retaguardia, al tiempo que tú te acaricias mientras yo entro en ti.
  Bárbara puso su mano sobre la pierna de Ventura.
  —¿Por qué me tientas, Satanás? Yo creí que desde la aparición de Rasputín habías decidido dejarme en paz para dedicarte a la literatura.
  —Y otra cosa: me gustaría ver cómo te acaricias, tendida sobre una cama, pero no sé si lo soportaría. Lo más probable es que cayera sobre ti formando una plancha de lucha libre.
  La Señora Lujuria comenzó a jadear villanamente.
  —¡Cálla­te! Esa es una cosa que me gustaría, como me gustaría la inversa: verte manipulando tu poderoso chou frente a mí despiadadamente, pero sin llegar a la consumación. 
  —Con seguridad caerías de rodillas ante mí.
  —¡Si, maldito, sí, caería de rodillas, con la boca abierta, y otra vez volvería la burra al trigo, La Dama de Rodillas, ya basta, lo sabes, criminal, me conoces, cállate, me estás torturando!
  Ventura sonrió complaciente, conciliador:
  —Es una charla entre amigos. ¿No la soportas?
  —Me duele el vientre, Ventura, lo sabes, me torturas, sabes que estoy enamorada como una totonaca.
 —Bueno, perdón, creí que ese tango ya había sido bailado. Sólamente te estoy describiendo el abismo de fantaseos al que me condenaste el día en que te acostaste bajo mi cabeza coronada. Recuerda que soy un hombre solitario. Ten compasión de este pobre miserable que no encuentra la paz en la literatura ni en la vida sino en tu boca.
  —¡Ay, ay, ay de mí! —gimió la señora Blaskowitz —Cállate, déjame en el Canal, olvídame.

Marco Tulio Aguilera

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