Octavio Paz y La magia de la risa



 La magia de la risa, Octavio Paz, Editorial Universidad Veracruzana (agotado)

He aquí algunas de las observaciones que hace Octavio Paz sobre las caritas sonrientes, vestigios de la cultura totonaca: se pregunta de quién o por qué se ríen. Dice que reír es una forma de nacer y que llorar es otra forma de nacer que ha sido la más socorrida por los mexicanos. Dice que la risa de las cabecitas es distante. Dice que “como sus vecinos, los huastecas, los totonacas —que fueron los hechores de las cabecitas sonrientes— revelan una vitalidad menos tensa y más dichosa que los otros pueblos mesoamericanos”. Afirma que “el arte totonaca rehúsa lo monumental porque sabe que la verdadera grandeza es equilibrio...pero equilibrio en movimiento”
“La actitud  y la expresión de las figurillas evoca la imagen de un rito... Criaturas danzantes que parecen celebrar al sol y a la vegetación naciente, embriagadas por una dicha que se  expresa en todas las gamas del júbilo, ¿cómo no asociarlas con la divinidad que más tarde, en el Altiplano, se llamó Xochipilli y Macuilxóchitl?” Sin embargo Octavio Paz no cree que se trate de representaciones del dios. Supone que son  figuras de su séquito o personajes que,  de una u otra manera, participan de su culto. No le parece que sean retratos, pero reconoce  que hay elementos que podrían hacer inclinar al investigador hacia esa hipótesis, particularmente el hecho de que “la individualidad de los rasgos faciales y la rica variedad de las expresiones risueñas, no tienen paralelo en la historia entera de las artes plásticas”.
Dice Octavio Paz: “La risa de las figurillas  empieza a revelarnos toda su insensata sabiduría, apenas se recuerdan algunas cermonias en las que interviene Xochipilli.  En primer término, la decapitación... el desollamiento, el sacrificio por  flechamiento. Estos sacrificios,  afirma Octavio Paz,  están ligados a fiestas o ritos en los que estaban vinculadas las caritas sonrientes. “No es descabellado suponer que las figurillas ríen y agitan sus sonajas mágicas en el momento del sacrificio”.
Las divagaciones filosófico-culturales de Paz van más allá: “La risa terrible es manifestación divina. Como el sacrificio, la risa niega al trabajo. Y no sólo porque es una interrupción de la tarea sino porque pone en tela de juicio su seriedad”.  La risa  es una suspensión y, en ocasiones, una pérdida del juicio. Así, retira toda su significación al trabajo y, en consecuencia, al mundo”. La creación, afirma Paz, es juego. El trabajo es lo serio. “El trabajo es lo que da sentido a la naturaleza: transforma su indiferencia o su hostilidad, en fruto, la vuelve  productiva. El trabajo humaniza al mundo y esta humanización es la que le confiere sentido”
También afirma: “La sonrisa es el signo de la impasibilidad, la señal de la infinita distancia de los hombres. Sonríen: nada los altera”. “Mientras la magia afirma la fraternidad de todas las cosas y criaturas, las religiones separan al mundo en dos porciones: los  creadores y su creación”
Octavio Paz afirma que las caritas sonrientes  son una invitación a la animación general, un llamado tendiente a restablecer la  circulación del soplo vital: “Hoy solo los niños ríen con una risa que recuerda a las figuras totonacas”
“Hacerse hombre es aprender a trabajar, volverse serio y formal... El trabajo devora al ser del hombre: inmoviliza su rostro, le impide llorar o reír... La palabra placer no figura en el vocabulario del trabajo. El placer es una de las claves del hombre: nostalgia de la unidad original y anuncio de la reconciliación con el mundo y con nosotros mismos”. “Si el trabajo exige la abolición de la risa, el rito la congela en rictus”.
“Una alegría sobrehumana ilumina el rostro de la víctima. La expresión arrobada de los mártires de todas las religiones no cesa de sorprenderme... Esta alegría extática es insondable como el gesto del placer erótico”.
“La risa es una de las manifestaciones de la libertad humana... y es satánica porque es una de las marcas de la ruptura del pacto entre Dios y la criatura”.
“La conciencia cristiana expulsa a la risa del paraíso y la transforma en atributo satánico”
“Nuestra risa es negativa. No podía ser de otro modo, puesto que es una manifestación de la conciencia moderna, la conciencia escindida. Si afirma esto, niega aquello; no asiente (eres como yo), disiente (eres  diferente). En sus formas más directas, satira, burla o caricatura, es polémica y señala, acusa o pone el dedo en la llaga; alimento de la poesía más alta, es risa roída por la reflexión: ironía romántica, humor negro, blasfemia, epopeya grotesca (de Cervantes a Joyce); pensamiento, es la única filosofía crítica porque es la única que de verdad disuelve los valores”.
            La lectura de este prólogo de Octavio Paz deja en el lector —en este lector— la idea de que ha asistido a una fiesta de la inteligencia y la sensibilidad, en la que se le han dado abundantes atisbos de una sabiduría ancestral, sin que se llegue a conclusión alguna. ¿Algunas ideas quedan flotando? Las caritas sonrientes atestiguan o reflejan el júbilo que despertaban los sacrificios rituales de los totonacas. Son manifestación de la cultura terrible en la que la sangre servía para mantener los ciclos de la naturaleza. Una cultura que exigía sacrificios humanos y que los aceptaba con júbilo, con naturalidad.
            Conclusiones inquietantes, todavía difusas, inexplicables. El misterio sigue vivo y Octavio Paz lo ha dejado incólume, gracias al método de revelar-ocultar, de sugerir y no decir. El misterio de las caritas sonrientes sigue vigente, y Octavio Paz, sin duda, siendo poeta, está satisfecho con ello. Una explicación de estas sonrisas sería una desmetaforización, un desencantamiento, al que el poeta no querría contribuir en modo alguno.
           
En su ensayo “El complejo de las caritas sonrientes” el eminente arqueólogo Alfonso Medellín Zenil escribe: “La impresión general que produce al observador la contemplación de los restos de la cultura totonaca es la de un pueblo satisfecho, plácido y amante de exaltar la naturaleza, la fecundidad y la belleza femeninas”. El ensayo de Medellín se centra en los sitios arqueológicos en los que fueron halladas las caritas sonrientes, en los materiales de los que fueron hechas, las excavaciones y otros asuntos técnicos. Según él “las caritas sonrientes  empezaron siendo instrumentos musicales o flautas con embocadura en la parte superior de la cabeza”. Señala  que “entre los totonacos  de la época Clásica debe haber existido una identificación entre el mono (animal de carácter alegre y travieso por excelencia) y los dioses de la danza, del juego, alegría y música con la divinidad solar, siempre concebida en movimiento, en continuo batallar. También agrega que las figuras que están decoradas con saurios y garzas atrapando peces, parece que sólo reflejan la fauna ambiental... aunque posiblemente exista un significado mítico que no alcanzamos a comprender ahora”.
            Como es notable el poeta Paz ha dejado volar su imaginación y ha vinculado las caritas sonrientes con ritos sangrientos, lo que parece una licencia poética, mientras que el arqueólogo ha vinculado a estas figuras con las fiestas de alegría, baile y jolgorio, además con la celebración de una naturaleza generosa. La visión del poeta y la visión del científico tal vez no estén tan distantes, si releemos la última línea de Zenil, en la que se hace alusión a “un significado mítico que no alcanzamos a comprender ahora”.


Marco Tulio Aguilera

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