El hombre que prefería la pornografía porque su mujer ya no quería



 2. Las mujeres de video
Este cuento es el segundo de tres con los mismos protagonistas, todos integrados bajo el título "Una familia feliz". Está incluido en el libro Cuentos para ANTES  de hacer el amor (Educación y Cultura, 2010).

Mirándose al espejo después del baño Patricio recuerda a Diedre, a Nikki, a Roberta, a Nicoleta, a Serena. Son mujeres dóciles, nada problemáticas, atrevidas. Nunca se quejan. Están dispuestas a todo en cualquier momento. Catalina por el contrario se muestra cada vez más difícil, exigente y desidiosa.
            -La verdad, querido -dijo la última vez que lo hicieron, en la casa de las columnas- las fiestecitas de amor me molestan.  Son como empresas en las que que al final no tengo ni siquiera recompensa. Además hay cosas que no entiendo y que me preocupan.
            Hubo un tiempo en que Catalina quería alcanzar las puertas del cielo cada dos o tres días. Y casi podía arañarlo. Llegó a tener orgasmos mortales que la dejaban llorando convulsivamente. O que la abandonaban en un limbo de temor al sospechar que nunca de nuevo iba a alcanzar semejante escándalo de dicha. Ahora, que han pasado los años y los ardores de las primicias, sabe que Patricio es débil y que sus entusiasmos son breves y apresurados, suficientes apenas para permitirle aspirar a paisajes de hojalata.
            -Lo que pasa es que no aceptas con resignación que en cosas del amor el tiempo pasado siempre fue mejor.
            Para Catalina toda razón es vana. Inútil es discutir con ella. Bueno sería hacerla desaparecer aplastando un botón. Desgraciada­men­te la realidad no funciona así. )La verdad? Ni Diedre ni Nikki ni Roberta ni ninguna de las demás tienen nada que enseñarle a Catalina, pues ella lo sabe todo y todo lo practica...cuando quiere.
            Patricio se pasa la mano por la barba. De ayer a hoy las canas parecen haberse duplicado. Un doblez de piel que antes no había notado cuelga bajo su ojo derecho. Es oscuro y tiene puntos diminutos, parece un tentáculo que comienza a tomar posesión de su rostro, cada vez más anguloso. Las obras del tiempo y la corrosión de las horas secretas. Piensa en esos seres de doble personalidad, santos de día y demonios de noche. Intenta dibujar en el espejo una sonrisa de malo, de bestia sangrienta. Es una lástima que los espejos conocidos sean tan inofensivos. Sólo muestran las miserias del tiempo. Calma, no exageres, Patricio, lo que tienes es un viciecito, una cosa de nada, una dosis mínima de maldad, que no perjudica a nadie. Pero esas canas, esa arruga, en fin. Masajeó su rostro con energía, se peinó la barba. No está dispuesto a teñirla. Quiere envejecer orgullosamen­te. Movió la cabeza a lado y lado, intentando aliviar la tensión.
            Ninguna de las mujeres secretas de Patricio tiene complicación alguna. Detestan que se les hable de amor, ignoran las invitaciones a cenas con meseros de guantes blancos, mantel de lino bordado, vela en candelabro de plata y champaña, no son fértiles ni se vuelven locas cuando entran a un centro comercial. Ellas van a lo que van y terminan abrevando en la fuente más dulce, lamiendo, gozando, y de paso, dejan a Patricio en un remanso de paz, de lasitud.
            Patricio en general duerme como un iluminado después de una sesión de excesos, pero en ocasiones se le aparece en sueños una criaturita femenina que quiere seguir con los deleites o un asesino de cabeza rapada que le dispara a quemarropa en el rostro. La verdad es que cuando Patricio decide recurrir a las damas de vídeo, lo hace después de largas abstinencias, cuando sabe que su esposa no estará disponible durante varios días. Es el pecadillo íntimo de Patricio, su medalla al mérito oculto, su condecoración. Escapar de la casa como un ladrón, llegar al vídeocentro y dirigirse desver­gonzadamente a la sección triple X. Recorrer las películas una a una, estudiándolas con escrúpulo de comerciante. Le atraen particularmente dos tenden­cias: las de mujeres exóticas (filipinas, tailandesas, africanas) y las de jovencitas. No olvida la que filmaron Nicoleta y Danusa en las islas Seychelles. Detesta las de perversiones sangrientas, bestialismo y homosexuales. Adora las que respetan el entorno ecológico y las que se ocupan con minuciosidad del beso francés.
            La más reciente invitada que tuvo en casa (anoche, que Catalina durmió en el cuarto de la niña) fue Daniella Mariposa Triple X, una jovencita que se pasó toda la película encerrada en su habitación, con las manos entre las piernas, hablándole a la cámara, mientras miraba un sillón en el que imaginaba escenas. Daniella era una niña, tendría acaso 15 años, y sus ojos se redondeaban de pasmo cada vez que imaginaba ver en el sillón escenas escabrosas. Vio a una tailandesa, tan joven como ella misma, que se arqueaba a la manera de una serpiente enfurecida mientras un oriental extremadamente feo, le lamía con arte de orfebre una orquídea temblorosa. Vio a una rubia, también joven, de dientes separados, que repasaba con su lengua como un pincel, la verga grande y saludable de un patán musculoso. Se vio a sí misma en un abrazo inverso con una mujer sabia, que tañía su sexo como un arpa.
            Patricio tuvo a Daniella en casa menos de doce horas, pero gracias a ella derramó generosamente su placer dos veces. Por la mañana, se levantó sin ningún complejo de culpa al mismo tiempo que su esposa, tomó café con ella y sacó el Ford de la cochera. Se despidieron sin un beso, pero con cortesía, casi sin rencor. En realidad no habían peleado la noche anterior. Solamente cambiaron una mirada equívoca y eso bastó para que Catalina buscara dormir lejos. Gracias, se dijo Patricio cerrando la puerta con llave. Se frotó las manos, se dio dos palmaditas en el rostro, abrió el baúl de la ropa de invierno y buscó a Daniella Mariposa Triple X. Besó el estuche y se dispuso al deleite.
            A las nueve de la mañana Patricio fue a casa de la tía Felipa, que vive a cincuenta metros, más allá de la tienda de abarrotes, para traer a la beba, que había pasado la noche allí. Le pidió a Celina que la vistiera, le diera su desayuno y él mismo la llevó al kínder. Luego regresó a casa, llamó a la oficina para disculparse, cerró la puerta de la habitación y se dispuso a gozar por segunda vez de Daniella. Una vez terminado el asunto con un estertor apasionado y un grito de soberana independencia, se bañó, descubrió sus nuevas canas y su arruga, se vistió para ir a la oficina (en realidad no tenía que hacer otra cosa sino estar sentado y esperar la visita de los proveedores, que nunca llegaban en lunes), pasó por la gasolinera, abandonó a Daniella en el vídeocentro y escogió a su sucesora, una jovencita alemana de mirada cándida, se reintegró a la respetabilidad, no sin antes mirar con nostalgia a Diedre, Roberta, Nicoleta y suspirar de emoción al pensar en las noches por venir con Cindy, Janice, Helga, Akiko y otras cien criaturas que envidiarían el sultán de Brunei, el Jeque Nefzaqui y los más grandes desaforados que hayan existido. Escondió a la pequeña alemana bajo la llanta de refacción y se prometió recluirla en el baúl lo más pronto posible. Se juró a sí mismo que no iba a invitarla al jolgorio sin antes darle la oportunidad a su mujer. Esperaría exacta­mente una semana, pasada la cual aprovecharía el primer enojo de Catalina para tener el pretexto justo.
            El lunes sería un día pesado pues los dos  desmanes con Daniella habían sido estragosos, pero era necesario soportar la rutina diaria (incluso ir al sauna con su esposa y comer en casa de los suegros). A cambio de ello, llegaría la noche (ojalá a Catalina no se le ocurriera hacer una fiestecita de reconciliación), el descanso, y el martes volvería a ser el licenciado Patricio Dióscuro, encargado del departamento de proveeduría de Tribuna Popular. Alto y garboso, ventripotente, siempre vestido de manera juvenil, era el elemento cordial de la oficina. Fue tenista casi profesional, fue consejero de un candidato del partido conservador, fue líder en el grupo scout del barrio, fue ciclista y cumplió la hazaña de ir al puerto de Cartagena y regresar con el pelotón, aunque llegara en último lugar. El currículum de lo que intentó ser resulta fatigoso por interminable y medio disparatado. De lo que no se puede dudar es que terminó su licenciatura en administración de empresas, pues el título preside la sala de su casa y la copia del título le sirve de corona en las paredes de la oficina, que son un verdadero periódico mural. Es un inútil, dicen, y a Patricio no le interesa hacerles cambiar de opinión. Para él es regla la consoladora certeza de que fingirse tonto es la forma más sencilla de ser feliz.
            Patricio cumple casi todas las leyes de la decencia y el civismo. Es un hombre bueno. Tan bueno, dice Catalina, que pareces subdota­do. Todo el mundo te engaña. Cualquiera te puede convencer de lo más increíble. Catalina sabe de las aficiones de su esposo por la pornografía. Ella misma, después de los desmanes en la casa de las columnas, vio media docena de películas cochinonas con su esposo. La primera vez sintió naúseas, aquello le pareció demasiado orgánico, poco honesto. Lo soportó hasta que los personajes se trenzaron en una escena contra natura poco estética.
            -¿En qué consiste lo hermoso del acto sexual y dónde comienza la vulgaridad?
            Patricio no supo responderle pero ella sí.
            -En primera medida debe haber algo más allá de la carne. Una melodía discreta, detalles graciosos en la escena, una expresión auténticamente humana en los rostros. En segunda medida, se deben evitar los grandes planos, los cuerpos deben verse parcialmente. En tercera medida las tomas deben ser lentas y minuciosas.
            Catalina continuó disertando. Patricio no supo escucharla.
            Con las damas de vídeo era otro cantar: estaban sujetas a su capricho y por eso podía darles tiempo, sosiego, incluir pausas para alargar el deleite, salir del cuarto a respirar aire puro y cuando el desfallecimiento ya fuera inevita­ble, lanzarse con la espada en la mano contra el cielo, limpiar cuidadosamente la sangre y regresar a batallas más tristes.
            Cuando vio la tercera o cuarta película Catalina comenzó a detallar con interés casi científico las felaciones y a darse cuenta de que las tipas aquellas en ocasiones sí tenían algo que enseñarle. Eran como artistas pacientes que con la lengua levanta­ban esculturas que alcanzarían su apogeo en el mismo instante en que se iniciaran la caída.
            -Y el asunto ese de la felación. No sé, creo que oculta algo que nadie ha podido descubrir o por lo menos que no se han atrevido a revelar.
            -¿Qué?
            -No es la necesidad de humillarse. Es algo más. Como querer apropiarse de la sustancia del otro. Como querer ser el otro. Un asunto que tiene que ver con el canibalismo, con nuestros antepasados. Pero esto sucede si y solamente si -Catalina en raras ocasiones saca a relucir sus filosofías, pero a veces vale la pena escucharla- la felación es resultado del más absoluto amor y de una pasión del instante. Como que volvemos a ser las bestias que fuimos antes de ser seres humanos con conciencia.
            Patricio prefirió no teorizar. La verdad es que en la vida real él prefería los negocios limpios y expeditos, sin barroquismos antropológicos o cursilerías. Y el asunto del amor con Catalina le resultaba en general muy sazonado. Demasiadas fantasías revoloteando en la penumbra, presencias ocultas en las sombras, ruidos, murmullos, súbitas detenciones. O tal vez el problema era que su esposa siempre quería las cosas a su manera, con una aburridora igualdad de oportuni­dades en la que Patricio alcanzando un leve placer se consideraba habitualmente perdedor.
            Y después, cuando iban juntos al vídeocentro, Catalina tomaba con retador desparpajo las películas triple X, estudiaba los estuches y hacía comentarios en general burlones. (Qué le podían enseñar esas individuas, si ella misma movida por la naturaleza fogosa e impaciente o por los demonios de los espejos se había atrevido a llenarse la boca sin recato!
            Entonces fue Patricio quien comenzó a alejar a su cónyuge de esas películas. No quería tener una esposa perversa, no tan perversa. Que se atreviera a todo en la cama, pero que no se aficionara a la pornografía. Aquello era un vicio sucio y contami­nante, un vicio de hombres, que sólo se permitían en las fiestas de fin de semana, cada vez más escasas por la infinidad de incidentes de la vida y el humor cada vez más agrio y veleidoso (cada vez más filosófico y lleno de imaginaciones) de Catalina.
            -¿No te aburre saber que vas a hacer lo mismo una y otra vez con la misma persona durante treinta o cuarenta años?
            -No me aburro de respirar, y eso lo hago cada dos segundos.
            La verdad es que sí había una dosis de aburrimiento con su esposa y ello tenía que ver con la rutina. Si lograban escapar de la casa, del trabajo y la ciudad, y hacerlo cerca de la playa, en la montaña o en un hotelito de paso cercano -cómo olvidar la casa de las columnas-, el acto resultaba memora­ble. Era como un retoñar de aquella vieja pasión de los primeros días, cuando podían hacerlo tres o cuatro veces en una noche y Catalina lloraba silenciosamente de dicha y pena a la vez. Entonces todo era simple y estaba rodeado por un halo de candor.    
            Patricio logró alejar a su esposa de la pornografía. Pero él mismo no pudo abandonar a sus mujeres de vídeo. Cuando pasaban semanas y hasta meses sin que Catalina fuera propicia, Patricio perdía el sueño, se levantaba a media noche, bajaba al bar y poco a poco se iba dejando ganar por la idea de que se acercaba la hora de esa especie de reivindicación y de consuelo. Es claro que se avergonzaba del asunto y que muy en el fondo sufría por la añoranza de una especie de santidad conyugal que ya no podría sustentar. Es claro también que Catalina tenía parte de la culpa, por no cumplir con sus deberes constante y periódicamente. Había de todos modos una reserva de felicidad en ese vicio oculto: saber que sí podía serle infiel a su esposa, aunque fuera con señoras de celuloide. Era su partecita podrida, su gusano en la manzana. Todos los seres humanos tienen su gusanito, se decía. El de Catalina era una necesidad de analizarlo todo, de mentirse a sí misma con imaginaciones, una especie de neurosis obsesiva que la llevaba a destruir cualquier principio de armonía. Se le perdonaba eso y lo demás, porque así como sabía odiar a fondo y estaba a punto de mandarlo todo al infierno por una pequeñez (y todo era más que suficiente: la casa de tres niveles, el auto, una sirvienta a veces, los niños en buenas escuelas y vacaciones dos veces al año) también era una mujer amorosa, dedicada a sus hijos, ordenada, y, sobre todo, eficiente. Ella era la que aportaba el 75 por ciento de los ingresos familiares y la que los administraba. A su esposo le proporcionaba apenas lo suficiente para la gasolina, el periódico y 200 000 pesos semanales en efectivo para gastos de emergencia. Entre los gastos de emergencia, entraban, naturalmente, las damas de vídeo.
            Cuando el licenciado regresó el lunes de su trabajo, agotado por la inactividad de la oficina y las batallas de la noche anterior y la mañana, vio que su mujer abría la puerta de la casa con una amabili­dad sorprendente. Estaba de buen humor. Ofreció sus labios al beso. Patricio la abrazó estrechamente, la miró a los ojos y le preguntó retador:
            -¿Será posible que esta noche tengamos una fiestecita?
            Catalina suspiró, agarró de las orejas a su marido y clavándo­le los ojos en las pupilas, le dijo:
            -Entiéndeme, amor, no me interesa. Estoy en un periodo de balance emocional. Prefiero dormir en el cuarto de la niña.
            Patricio esbozó su muy sincera sonrisa de santo. La clave de la felicidad matrimonial era sencillísima: a la mujer, lo que quiera.
            Cerró los ojos por un segundo y recordó la expresión cándida de la pequeña alemana, que lo esperaba ansiosa en el fondo del baúl de la ropa de invierno. ¿Por qué hacerla esperar una semana?
            El licenciado Patricio Dióscuro vio que sus hijos corrían hacia él, abrió los brazos y la recibió como quien recibe un beso de Dios en la frente.


Marco Tulio Aguilera

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