Carita sonriente


Inicio de novela en proceso... 
Comenzaré este incalificable relato por el final, que es en realidad el principio. ¿Existe en  verdad el principio de algo? No lo creo. No lo sé ni me importa. Hay campos que se resisten a los asedios de la ciencia. El amor es de todos, el principal. Antes del relato me atreveré a postular una verdad que considero irrefutable, absoluta e incluso terrible: cuando un hombre comete ese acto inadjetivable que se llama matrimonio, no se casa con una mujer, sino con un misterio. Sé que la idea es una catedral gótica de la vulgaridad. No estoy dispuesto a retirarla. Más bien pretendo, con la venia de algunos amigos como Federico Nietszche y Daniel Santos, dar bases que alguien considerará deleznables —pero, ¡atención!, que las pirámides y otras construcciones prodigiosas sentaron sus bases sobre arena y sin embargo siglos después siguen de pie y chiflando— y ... ¡Bah! Nada tan aburridor como los prólogos, de modo que entraré en materia. 30 de diciembre. Doce de la noche. Mañana a esta misma hora estaré casado aunque no conozca a la que va a ser mi mujer. Revisé mis diarios a ver si Flor de Tlicue había quemado alguno de ellos. Estaban completos, desde 1978, cuando comencé la redacción de este libro de la vida describiendo las peripecias con la Princesa de Huamantla, pasando por la larguísima tragicomedia con Bárbara Blaskowitz y luego la primavera tormentosa con su hija Trilce, y la larga procesión de mujeres, hembras, varonas, engendros, ángeles, arcángeles y demiugros propicios o dolorosos que resultaron de hojalata, fantoches y criaturas de fantasía que visitaron mi cama —mi pedazo de hule espuma que hace las veces de cama— y a veces los linderos de mi corazón: Alma Daylight, que me revolcó la peregrina idea de que el amor es posible en tiempos de miseria espiritual. La doctora nariz de cotorro, con sus anfetaminas, sus angustias, sus guardias nocturnas. La Tota, con su pelambre espantosa y sus botas de mosquetera. La polaca Korolenko (“Bésame el cuellito”.) Aquella a la que le gustaba el trote del macho aunque la zangolotearan. La muñeca de porcelana con su nariz minuciosa, sus pecas infinitas tan mal distribuidas y su ceceo infantil. Las niñas de la academia de Clitemnestra, que fueron el sueño de una noche de verano con todo y burro de elegantes orejas. La otra Bárbara —Bárbara-Erika— que pasó directamente de la cama a ser protagonista de un cuento en el que borboteaba como un caldero de brujas su insaciabilidad aterrorizante. Las que se atravesaron en mi camino en Cali y Bogotá. La gordita intelectual que se quería suicidar lanzándose desde la ventana del cuarto en el último piso del  Hotel Tequendama. La poeta pantera y su noche de descarada lujuria cuando pagamos la habitación con el único reloj de buena marca que he tenido en mi vida. La cubanita adolescente que me desnudó de mis intenciones primitivas y me dejó como un cangrejo sin caparazón al sol de la Habana. La otra polaca, gallina vieja, con una insoportable nostalgia endémica, que regresó a su patria llevando como único equipaje su viola Guarneri. La espantosa Iris Moonligth, con su show de sombreros y sus inconfesables prácticas en Chachalacas. Bárbara, Bárbara, Bárbara, tantos años entregada al amor de cien machos ventripotentes, dictatoriales, mansos o espirituales. Y finalmente, como un puerto de salvación, acertijo y futuro impredecible, Flor de Tlicue. Mi vida como caricatura o como ascenso hacia la luz. El amor pleno o la tortura infinita. Entre la pena y la nada elijo a Flor de Tlicue. ¿Será o sería una broma despiada de la providencia, el azar o algún demonio juguetón? Who knows? Chiiiinga su mater el que se raxe.Y todas esas mujeres entreveradas con novelas, con fantasías, sudores y canastas en el basquetbol, con expectativas de paraísos en promociones indeclinables. Las mujeres habían sido mi vida. Con ellas había pecado y con una de ellas, alcanzaría la santidad de un amor auténtico. Supongo. Mañana me caso,  señores. Dios ha pagado con largueza mi entusiasmo amoroso, mi desafuero. Razón tenía Blake: Por el camino de los excesos se llega al paraíso de  la sabiduría. ¿Será? ¿Quién desde la vorágine del instante vivido puede destramar el sentido final, ¿el sentido final?, de la existencia? “Amor, cuando estés sufriendo piensa que esto pasará pronto y que seremos felices como lombrices  en tierra buena después de la lluvia”, dijo Flor.Comencé a tocar el violín. Flor de Tlicue miraba por encima de mi hombro. “¿Qué ves en ese papel?” Estoy leyendo las notas que interpreto en el violín. “Todos los días tocas violín?” Cuando no tengo mujer sí. “Y, ¿por qué ahora tocas si me tienes a mí?” Porque estoy luchando contra ti. Supongo que cuando me poseas por completo me olvidaré del instrumento. “¿Qué prefieres, al violín o a Flor de Tlicue?” Estoy tratando de decidirlo. “¿Si yo te pidiera que abandonaras el violín, lo harías?” Casi con certeza. “Y si te pidiera que abandonaras la literatura, ¿lo harías?” Ene con o: no.

Marco Tulio Aguilera

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