Primer encuentro con García Márquez

El relato completo de todos mis encuentros con García Máquez está en Poéticas y obsesiones (Universidad Veracruzana, Colección Biblioteca, 3a ed, 2011)

I. El viejo mito

En agosto de 1974  —tenía yo por entonces 25 años— tuve por primera vez la osadía, la irresponsabilidad y la megalomanía de tocar con mi vara  de prosista principiante el tema más socorrido de la literatura latinoamericana de aquellos tiempos y de los presentes.  En el número 163 de la revista colombiana Arco publiqué un artículo que se tituló “El mito García Márquez”. En términos generales reconocía el valor de la obra de Gabo y reprobaba la mitología que se estaba tejiendo en torno a él.  Reproduzco el párrafo final para luego entrar en la evolución que hemos tenido algunos de mis compañeros escritores colombianos y yo con respecto a la presencia de este monstruo de la literatura y el prestigio contemporáneos: “En este momento nos corresponde preguntarnos a los colombianos si el  universo de Macondo es suficiente para llenar y agotar el ámbito literario de Colombia; si vamos a desechar el resto de la literatura hasta que venga otro iluminado, o si, conscientes de la responsabilidad, aceptamos que Gabo nos ha marcado, como en otro tiempo lo hicieron Jorge Isaccs o José Eustasio Rivera, y que no sólo es natural sino lícito y necesario, que se estudie su obra, se asimile y si es posible, se supere.  Y también debemos preguntarnos si el dogma impuesto por García Márquez con su correspondiente inquisición, beatería y chorro de babas, no requiere de la herejía, de una herejía a gritos, si es necesario. La literatura colombiana sigue existiendo no sólo gracias, sino a pesar de García Márquez.”  ( Y aquí agrego una nota escrita en este año de 2002:  No me parece incorrecto ni falto de tacto haber escrito que la literatura colombiana sigue existiendo a pesar de García Márquez. Hasta el momento Gabo, que yo sepa, no ha movido un dedo para apoyar realmente a ningún escritor colombiano que no sea su amigo Álvaro Mutis. Ha elogiado a algunos muy en privado, pero hasta el momento no ha empujado a nadie, en un país como Colombia, en donde se halla el talento literario con inusual frecuencia y es tan difícil salir adelante. Mi amigo Luis Fernando Macías lo ha puesto en una frase contundente: “García Márquez no ha entendido que la gloria se hizo para compartirla. Y que si no se comparte se vuelve desoladora”.)
Bueno, ahora que leo esta prosa romanticona y enfanterriblesca, me doy cuenta de que aunque ya uso más puntos y por consiguiente frases menos largas y lapidarias, sigo siendo el mismo, pero con una dosis mínima de prudencia. Ya siento que la idea de escribir algo "superior" está desechada, pues sin duda el cuantificar o someter a estadísticas a la literatura es una tontería, propia solamente de la adolescencia literaria. En la actualidad actúo de manera semejante y me siguen llamando megalómano, a lo que se le agregan, narcisista y otros calificativos. Adjetivos que no me desagradan. Frases como “Soy el rey de Inglaterra: cuando yo hablo Dios contesta”, me agradan, tienen algo de humildad: la humildad de aceptar los sueños de grandeza que todos tenemos y sin embargo no todos aceptamos.
Desde 1974 hasta  1980 (fecha en que escribí por primera vez el artículo que el lector tiene ante sus ojos) habían pasado muchos libros colombianos bajo el puente. Varias novelas interesantes: Juego de Damas, La otra raya del tigre, Años en fuga.  Apareció mi novela Breve historia de todas las cosas,  calificada por el editor argentino de La Flor como más divertida que Cien años de soledad... “y si el lector no está de acuerdo puede pasar por nuestras oficinas a reclamar su dinero” (así se lee en la contraportada.) Calificada por Seymour Menton en La novela colombiana. Planetas y satélites  como “lo más cercano a Cien años de soledad", mi novela primeriza tuvo su momento de esplendor y luego cayó en el olvido. Pasados los años y las fiebres del novelista adolescente hay que aceptar que los ditirambos eran exagerados, aunque el mismo García Márquez haya llamado a Cali (más precisamente a la Librería Nacional, donde por alguna razón suponía yo estaba montando guardia) para felicitarme por el libro. Yo se lo  había entregado en sus propias manos en el local de la revista Alternativa.
En Colombia sobra fibra literaria para responder a cualquier reto, especialmente en la actualidad. Que las agencias literarias no se ocupen de la nueva literatura, no es asunto de calidad  literaria, sino de criterios mercantiles. Creo que esto es comprensible y hasta sensato (me refiero a lo que digo, no a la tendencia monopolista.) En el campo del análisis y la crítica literaria también ha habido respuestas al vacío que se le ha querido hacer a la nueva narrativa colombiana. Un artículo reciente, promposamente titulado "¿Cómo matar a García Márquez?" (Excélsior, 31 de octubre de 1980)  firmado por Eduardo García Aguilar, quien trabajó muchos años como corresponsal de France Press en México y ahora trabaja en París, hacía una enumeración de herejías que se enfilaban contra el monopolio de la transnacional G.G.M. (que nada tiene que ver con una redundante General Motors.)  Se mencionaban los nombres del arriba firmante, de Jaime Mejía Duque y Juan Gustavo Cobo Borda, como integrantes del club de "Tírele al Gabo".
¿Total? Que ya somos más los que creemos y apoyamos la idea de que sí hay narrativa colombiana después de Cien años de soledad y que pronto, si insistimos, podremos convencer a otros e interesar a nuevos lectores para que se arriesguen a leer Años en Fuga,  de Plinio Apuleyo Mendoza, o La Otra raya del tigre, de Pedro Gómez Valderrama, que sufren el oprobio del polvo en sus respectivas  distribuidoras, Plaza y Janés y Siglo XXI de Colombia. De mi novela Breve Historia de Todas las cosas se venden —se vendían; ahora ya no existen ejemplares sino como souvenirs— diez ejemplares al mes en México, lo que ya es un triunfo (aclaro que estoy corrigiendo este texto en noviembre de 2002 y que por lo tanto han pasado mares de agua bajo el famoso puente.)
Bueno, pero hablemos de las cosas que han pasado bajo el famoso puente desde 1974. Creo interesante (acaso no conveniente) hablar sobre las ocasiones en que me he entrevistado con García Márquez. Ahora que releo a  Henry Miller me percato que las situaciones se repiten, lo que no es un gran descubrimiento. Siempre que Henry conoció en persona o por carta a un escritor famosísimo, se llevó enormes chascos. Cuando supo que Kunt Hamsum casi suplicaba que le tradujeran sus libros al inglés, se le quebró el retrato. Recuerdo que Sábato me impresionó por sus ideas cuando lo conocí en Kansas, pero luego terminé odiándolo porque no aceptó el libro que yo le estaba regalando humildemente. "No tengo sitio en la maleta", fue lo que dijo. Me dieron ganas de agarrarlo del pelo y sacudirlo: si por lo menos hubiera aceptado el libro, aunque decidiera luego abandonarlo en el hotel, lo habría perdonado. Pero puesto que su cabellera era escasa, opté por no sacudirlo. Mientras estaba haciéndole unas preguntas de relumbrón a Vargas Llosa, en Cali (tendía yo veinte años), llegaron dos damas de alto coturno y se lo llevaron del brazo. Él ni siquiera se despidió de mí. Ahora, visto el suceso desde la distancia, creo que yo habría hecho lo mismo: entre un muchacho impertinente y dos grupas bien colocadas no hay vocación que valga: dos tetas jalan más que una yunta de bueyes, dice un sabio proverbio. También yo en la actualidad —lo confieso— abandono libros que me han regalado escritores  que no me interesan: simplemente se me olvidan voluntariamente en los hoteles durante mis viajes.
            Recupero las palabras de Vargas Llosa: "¿Para qué quieres la fama, muchacho? Sólo trae problemas". Yo no le había dicho que quería la fama, sino que consideraba una infamia que en un prestigioso congreso literario celebrado en Cali,  no hubiera sino un escritor colombiano: el organizador. Y él entendió que yo quería ser famoso. Era sin duda perspicaz: yo sí quería ser famoso.
            El Onetti que conocí en Jalapa  (y esto parece título para un artículo de Selecciones del Readers Digest) era el más auténtico esquizofrénico que me haya sido dado a conocer. Había que sacarle las palabras con un equipo  de anzuelos de tres picos, alicates y paciencia. Muchos que hablaron con él, dicen que es agudo. A mí me pareció soberanamente grave. O tal vez fue que lo encontré en un momento de depresión.  En el fondo me pareció que todo lo que no fuera una botella de whisky le importaba un cohombro.


II. El santo de más rating en la literatura colombiana
Mi primer encuentro (habría que llamarlo choque) con García Márque fue a fines de 1975, en el local de la revista Alternativa, en Bogotá. Recuerdo que algunas secretarias se asomaron a la ventana. Alguien gritó: ¡Ahí viene el Patriarca!
Don Gabo entró apresuradamente, saludó como si  viniera de Olimpia, y se sentó tras un escritorio.  Alguien me presentó:
—Garramuño, un muchacho que acaba de publicar una novela en Buenos Aires.
Tras darle la mano a mi héroe, le dije:
—No me gustó  El Otoño del  patriarca.
Se  echó hacía atrás  en la silla  ejecutiva y casi sin mirarme.  (Gabo tiene o tenía una forma de mirar que nunca daba en el objetivo: sus ojos se paseaban por los alrededores, con la típica paranoia del perseguido.) Dijo:
—Pues si no te gustó es que no sabes nada de literatura—. Digna respuesta  a una pregunta (o agresión) menos diplomática que un baile de elefante en una tienda de porcelanas. Luego me habló de los estudios que habían  hecho sobre su obra en Europa, de los grandes críticos que la habían alabado, de maravillosos lectores. (Años más tarde, en Jalapa me enteré que Gabo nunca lee lo que se escribe sobre  sus obras o su persona.  "De bribones es ser modesto",  escribió Goethe;  "Es fácil ser modesto cuando se es grande", comentó Sábato. Yo estoy de acuerdo con los dos.  En realidad yo estoy de acuerdo con todo el mundo.  Ya llegué a la conclusión de que es fácil tener la razón cuando se sabe que la verdad no existe.
Como respuesta a la afirmación de que yo no sabía nada de literatura saqué de mi anciano maletín de cuero  Breve historia de todas las cosa  y se la dediqué: "Para Gabriel García Márquez, a quien pienso matar". ( Nótese que mi vocación de asesino no es oportunista. Ya tenía todo planeado desde 1974.) Claro que luego agregué: "...matar literariamente."  ( De pronto alguien menos metafórico que yo asesinaba  a Gabo. De pronto un detective encontraba el libro. De pronto yo terminana en la cárcel por gracioso.)
Gabo tomó el libro en sus manos ( era un libro muy bonito, publicado por Ediciones La Flor de Buenos Aires,  con carátula como de cómic, en la que se veía una caricatura de Fontanarrosa), le dio dos  o tres vueltas, luego leyó la  juguetona y muy comercial  contracarátula que Daniel Divinsky —el editor— había inventado para vender fácilmente la novela. Decía, literalmente, que Breve historia de todas las cosas era superior a Cien años de soledad. Pero los tiempos en Argentina no estaban para best sellers a la fuerza —eran los días de la más violenta represión militar, allá por 1975— y la edición caminó con lentitud. Luego tomó vuelo, principalmente en Costa Rica y Colombia. Y se agotó.
Pero estábamos en el punto en que García Márquez tomó la novela y le dio dos o tres vueltas. Luego dijo:
—Eres muy joven—. Y desapareció tras una puerta. Una hora más tarde, regresó. Dijo haber leído un par de capítulos y comentó:
—Se puede leer tu novela.
A partir de entonces, habiendo visto a Gabriel apenas unos veinte minutos, su imagen comenzó a girar sobre mi imaginación como un buitre:  que había dicho en Madrid que las vacas marinas son parientes de las terrestres; que en Milán se le torció un pie; que en Lima practicó el boxeo en la vía pública con otro famoso escritor de dientes grandes y sauldables; que había dejado de fumar tras hacer una ceremonia en la que enterró los cigarros en el traspatio de su casa; que  en su  mansión de la Calle del Fuego, Colonia Pedregal de San Angel, había criados con librea; que era abstemio de todo lo que no fuera champaña y asceta de todo lo que no fuera caviar; que quién quita y de  pronto se lanzaba a la presidencia de Colombia; que mejor no. En fin.
Con el paso del tiempo escribí algunos artículos en los que trataba de desmontar el mito. Recibí algunas cartas de la costa colombiana felicitándome, reiterando el epíteto de  de megalómano, agregando los de vanidoso, envidioso, resentido, oportunista, escritor de pacotilla. Llegaron cartas de París, todavía más insultantes. (Un artículo en dos entregas se titulaba “Aguilera Garramuño manda huevo”.  Mandar huevo significa en Colombia lo mismo que “es el colmo”).
En fin. No tenían sentido del humor. El santo de más rating en la  literatura colombiana era intocable. Por otra parte comencé a sentir que era inútil tratar de pordebajear a mi héroe. Mientras más reflexionaba sobre lo que creía sus debilidades humanas, más crecían las dimensiones de su literatura. Escribí en contra del mito, en contra de la indigestion verbal que me causó el Otoño del  Patriarca y finalmente a favor de los novelistas colmbianos que permanecen en la oscuridad  suscitada por el resplandor de Cien años de soledad.   Hace unos tres meses (repito que esto fue en 1980) presenté una ponencia en el Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias de la Universidad Veracruzana, en la que intentaba demostrar que existía una vigorosa novelística colombiana después de Cien años de soledad. En esa ponencia  reiteraba la necesidad de asesinar a García Márquez. Digo, asesinar el mito y superar los complejos.

Marco Tulio Aguilera

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