La última pelea del escritor sesentón

Foto de hace quizás diez años en el patio de mi casa

Con motivo de mi retiro de la cancha de la Magisterial debido al deplorable hecho de que a partir de mañana tengo que regresar a mi trabajo de oficina en la Editorial de la Universidad Veracruzana he decidido desempolvar este viejo artículo, en el que relato mí última pelea a puñetazos con un mozalbete rudo.


28 de noviembre de 2008
 

Hoy, después de quizás quince años de mi penúltima pelea a puñetazos, tuve un enfrentamiento con un individuo que confundió el juego rudo con la violencia. Mi anterior enfrentamiento fue con El Huesos, un rabioso tipo que, después me enteré –demasiado tarde, cuando ya tenía fisurada una costilla—era campeón nacional de karate.
Después de trabajar en mi novela este sábado por la tarde salí a la cancha de la Magisterial a relajarme un poco jugando basquet. Hice equipo contra el Bogart y le gané. Luego me tocó contra un gordo grandote. Estábamos jugando rudo y tras una jugada en la que arguye le di un codazo en la cara, me tiró un puñetazo. Lo esquivé y tomé la ofensiva.
Hace muchos años vi una película en la que un boxeador enseñaba que uno debía amagar varias veces con la izquierda y lanzar luego u derechazo con toda la fuerza. Eso hice. Retrocedió varios pasos. Lo alcancé y le di un golpe de lleno en la nariz. Retrocedió sorprendido y luego, lleno de furia se abalanzó contra mi cuerpo y me tiró al suelo. Me levanté y lo tomé de la cintura queriendo tirarlo al suelo. No pude. Era demasiado pesado. Quizás cien kilos. Yo peso 95. El tal vez cien. Me tiró patadas. Luego rodillazos. Me acertó en el muslo que tengo lesionado. Seguimos lanzando puñetazos. Me atinó uno en la oreja. Luego me tiró al suelo y quise esquivarlo. Me levanté. Permanecimos un instante a la distancia, midiéndonos. Yo lo insulté a placer. El también. Me dijo anciano. Le respondí que este anciano de 59 años le iba a romper el hocico. Llegaron los compañeros y detuvieron la pelea. El gordo se retiró a la banca no sin dejar de insultar. Le dije que se levantara a ver cómo le iba en el segundo round con este pobre anciano. No se levantó. Llegó su esposa, embarazada, y con un niño. Detuvo la discusión. Yo seguí jugando pero ya me dolía el muslo.
He de decir que me dio gusto pelear. Acostumbraba a hacerlo de muchacho --yo era el campeón defensor de todos mis compañeros agraviados en el Liceo UNESCO en San Isidro-- y tras largo tiempo de no practicar ese emocionante deporte, ya dudaba de mi capacidad. 

Ahora escribo esto en caliente. Hay quien dice que es vergonzoso que un hombre de mi edad se trence a pelear contra un muchacho. Tendría 25 años. Era voluminoso, buen jugador, y uno de esos tipos que al jugar sienten que nadie puede con ellos. El problema surgió del hecho de que jugando uno contra uno, lo humillé varias veces. Le metí una canasta tras otra. Lo del codazo quizás fuera cierto, pero eso no disculpa su agresión. 
Soy en general rudo, pero nunca tiro golpes a propósito. Creo no ser malintencionado. Lo mismo me sucede cuando ejerzo la crítica literaria. Como cualquier persona, creo tener la razón.
Al final de la pelea le pregunté a mi amigo Bogart que quién había tenido la culpa. Bogart dijo que yo. De todos modos agregó que ya no le permitirían al gordo volver a jugar en la Magisterial por querer abusar del ancianito.

Marco Tulio Aguilera

No hay comentarios:

Publicar un comentario