Eusebio Ruvalcaba habla sobre Poéticas y obsesiones

Nadie como un escritor está en posibilidad de asomarse a la maquinaria implacable de la producción artística. Cualquier creador —llámese compositor, fotógrafo, escultor— está capacitado para llevar a cabo este cometido, pero sólo el escritor cuenta con el entrenamiento adecuado. Por la única razón de que su herramienta de trabajo es el lenguaje, específicamente el lenguaje de las palabras. Lo que le permite nombrar este misterio para muchos insondable.

            Es lo que hace Marco Tulio Aguilera Garramuño en su libro intitulado Poéticas y obsesiones (Bibiolteca de la Universidad Veracruzana, 2007).

            De entrada, debo aclarar que el libro se lee bajo una suerte de encantamiento, tal como si lo que se tuviera en las manos fuera una novela y no un volumen de ensayos —que, por su temática, alguien, muy a la ligera, podría calificar de denso. Basta con algunos de los títulos del índice para comprobarlo: “La creación del cuento”, “La mecánica del cuento erótico”, “El pájaro que cruza por el cielo del cuento”, “Sexus: las variedades de la carne”, “Erotismo y sentido de la poesía en Lolita”, “¿De dónde salen los cuentos?”, “La novela: seda entre las manos”... En efecto, la malicia de Marco Tulio le permite abordar estos temas y tejer con ellos una fina y sencilla urdimbre —pero en la misma medida resistente a cualquier embate— de lo que es la manufactura de un cuento o de una novela. No muchos escritores se atreverían a esto, precisamente porque cada escritor tiene su verdad. A mi modo de ver, eso hace doblemente punzante el libro; en donde dos o más no están de acuerdo es justo donde hay que leer con mayor acuciosidad.

            Ahora que se ha puesto tan de moda que los escritores se tiren tarascadas a modo de hienas hambrientas, es motivo de celebración y agradecimiento que venga un escritor experimentado y ponga sobre la mesa su juego de cartas. ¿Cuándo un escritor hace esto? Simplemente cuando tiene los pelos de la mula en la mano. Todos sabemos que no hay verdades absolutas en materia de arte, que, por ejemplo, alguien puede argüir con verdades indestructibles que un buen cuento habrá de poseer un nudo, un clímax y un desenlace para que se sostenga de principio a fin, y que de pronto alguien puede venir y demostrar lo contrario. Vaya, que las cosas no estén terminadas es motivo de alegría porque anima aun al más escéptico a dirimir sus propias verdades. Creo que ahí radica uno de los encantos de este libro de Marco Tulio Aguilera Garramuño: en que siempre deja una ventana abierta para que el propio lector experimente y compruebe la eficacia de aquel axioma. O lo deseche.

            Digo que ahí radica parte de la sustancia de Poéticas y obsesiones. La otra estriba en la profunda observación que el autor lleva a cabo de sus clásicos, es decir, de quienes para él son sus clásicos (como en el feliz caso de José Revueltas). Es justo la otra gran lección que se deriva del libro, y algo que sólo un escritor verdadero es capaz de dar: que cada quien tiene derecho a tener sus autores —que habrá de defender a capa y espada, aunque no todo mundo esté de acuerdo—, y que entre más estrictamente personal esa selección mejor todavía. Ignoro si este hombre pertenece a alguna ínclita [nótese la palabrita] academia, pero nadie más alejado de los cartabones en los que se mueven los señores de toga y birrete.

            Cuando un libro de éstos cae en mis manos, cuando un escritor me abraza a través de su honestidad clara y sencilla, no me queda más remedio que emborracharme a su salud.


 

Marco Tulio Aguilera

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